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“Vidas arrebatadas: los huérfanos de ETA” de Pepa Bueno

Lo que no se cuenta no existe y el dolor que no se exterioriza no desaparece. Ese ha sido el objetivo con el que José Mari y Víctor han compartido cuanto han sido capaces en este ensayo periodístico con grandes dosis de humanidad. Datos, nombres, hechos y contextos ordenados con precisión y expuestos con objetividad informativa, pero también con la empatía y escucha atenta que durante demasiado tiempo se les negó a sus protagonistas.

El terrorismo etarra parece una cosa del pasado. Pero no es así, sus consecuencias están presentes. En silencio, de manera invisible. Con el riesgo de que se le siga negando su sufrimiento a quienes se han visto obligados a convivir con él desde el día en que la barbarie irrumpió en sus vidas. Los más jóvenes ni siquiera son capaces de mencionar alguna de aquellas salvajadas que durante muchos años fueron ignoradas, pero que progresivamente llegaron a ocupar las portadas de todos los periódicos y que los que ya tenemos unos años hemos sido incapaces de olvidar. Como la explosión de un coche bomba que a primera hora del 11 de diciembre de 1987 destrozaba la casa cuartel de la Guardia Civil de Zaragoza en la que vivían los hermanos Pino Fernández.

En la que yo lo hacía, a muchos kilómetros de allí, apenas un par de horas después, cuando tocaba prepararse para ir al colegio había nervios y agitación, caras serias y recuerdo escuchar que alguien iba a la oficina de Correos a enviar un telegrama de solidaridad con las víctimas. Lo que para mí fue un instante más de mi niñez, para ellos fue el horror que les dejó sin padres y sin su hermana pequeña, y el ancla que desde entonces ha lastrado sus vidas, hasta el punto de hacerles casi naufragar más de una vez.

Soy oyente habitual de Pepa Bueno, con lo que no me ha sorprendido la manera ordenada y didáctica con que expone los acontecimientos, todo aquello que es resultado de la documentación, pero sobre todo he valorado el tacto con el que relata cómo han sido las tres décadas transcurridas desde aquel día para José Mari y Víctor. Dos niños de trece y once años entonces. Hoy dos hombres, dos guardias civiles retirados, con una incapacidad total para el trabajo como resultado del estrés postraumático que les causaron doscientos cincuenta kilos de amonal.

Unas Vidas arrebatadas y después abandonadas a su suerte por una familia, una sociedad y un sistema institucional en el que el cariño resultó ser una promesa que se disolvió enseguida, en que la dimensión emocional de las personas no se consideraba y en el que los responsables públicos eran incapaces de ver más allá de sí mismos. El hilo conductor seguido por la periodista es su propio relato -transcribiendo momentos de las conversaciones que han tenido o de los diarios íntimos que han compartido-, complementándoles con fuentes de distinto tipo (hemeroteca, judiciales) y personas que le han ayudado a ahondar en algunos de los episodios -su paso por el internado- o entender el acantilado psicológico y psiquiátrico a cuyo borde han estado en demasiadas ocasiones.

Un recorrido en el que lo personal queda hilvanado con la actualidad social y política de cada momento, permitiéndonos conocer cómo hemos evolucionado como país, pero también el daño extra que por ignorancia, insensibilidad o inconsciencia les hemos causado a muchas personas que bastante tenían ya con las heridas físicas provocadas por los cascotes y el vacío psicológico generado por el asesinato sin piedad de los suyos.

Reconozco que inicié la lectura pensando que me iba a encontrar una investigación periodística sin más, pero fui cambiando de idea a medida que ahondaba en la cuidada exposición de hechos y puntos de vista que Pepa Bueno ha construido y me calaba el tono amable, la intención reparadora y el reconocimiento moral con que lo ha hecho. Me ha emocionado, tanto interior como exteriormente, y creo que no puede haber un logro más grande para un escritor o un informador que ese, así como un bálsamo mejor para José Mari y Víctor.  

Vidas arrebatadas: los huérfanos de ETA, Pepa Bueno, 2021, Editorial Planeta.

“Mi padre se fue con un señor de Zaragoza” de Rubén Guallar

Un paseo conducido con una prosa tranquila por Barcelona y la capital aragonesa en las vísperas del festival de Eurovisión de 1984. Una historia sensible, con un punto naif, sobre un niño que ha de hacer frente a la crueldad del mundo exterior desde la comprensión de un hogar que se tambalea por la marcha repentina del cabeza de familia.

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Cuando se tienen ocho años apenas existen los matices a la hora de actuar, lo que es, es, lo que gusta, gusta, y lo que no, es que no. Se tiene una idea de lo que está bien y de lo que está mal, pero la mente está limpia, lejos de realizar juicio moral alguno. La espontaneidad, la naturalidad y la sinceridad con uno mismo son la nota dominante. De ahí que no haya de sorprendernos que Fermín admita con honestidad, verbalice sin pudor alguno y actúe dentro de su casa en consonancia –y con la conformidad de su madre y de su abuela- con su deseo de verse vestido como Blancanieves. La cuestión es muy diferente para los adultos, cuando el qué dirán y la presión social ganan la batalla interior a los deseos más íntimos. Ese opuesto es Roberto, el padre de nuestro protagonista, quien durante un tiempo sobrellevó su matrimonio y su paternidad con escarceos con otros hombres que ocultaban sus impulsos sexuales como él. Hasta que lo inevitable le pudo y marchó tras el señor de Zaragoza del título al creer ver en él la luz de la verdad y el equilibrio personal.

Sin embargo, a pesar de la diferencia de edad y de la distancia geográfica, ambos personajes parecen vivir de manera conectada los desengaños y la crueldad que acampan en muchas ocasiones en las relaciones humanas. De niños es el bullying en el colegio, de adultos el maltrato emocional en el ámbito de la pareja. En ambos casos, Rubén Guallar nos transmite de manera cercana y con un lenguaje sencillo -con las palabras justas, tanto en términos de cantidad como de claro significado- las sensaciones que acompañan al sentirse despreciado cuando se está en público, invisible cuando se está a solas. Es en esos momentos cuando las personalidades creadas por el autor del atrevido poemario que fue Todos los putos días de mi vida, se muestran tal y como son en su más pura esencia, seres nacidos para crecer y vivir amando y siendo amados.

Pero no todo depende del tú a tú que surge con la convivencia vecinal y los lazos biológicos y afectivos. Guallar da un paso más y nos enseña también ese otro plano social resultado de una historia y de un pasado anterior a nosotros que marca el desarrollo de nuestras biografías. En la España de 1984 los ecos de una educación de modos castrenses y el filtro católico con el que se observaban las relaciones conyugales eran la norma. Tiempos en los que las escasas opciones para el entretenimiento televisivo se limitaban a dos canales que hacían que cualquier evento retransmitido por ellas se convirtiera en todo un acontecimiento social. Así sucedía con el Festival de Eurovisión, uno de los hilos argumentales de esta novela corta, en un año en el que España concursó con una canción tan pegadiza como la Lady, lady de los Bravo.

Una imposibilidad de elección que era también de actuación ante muchas injusticias. El retrato de una época que es Mi padre se fue con un señor de Zaragoza va más allá del costumbrismo de imágenes edulcoradas. Guallar no se deja llevar por la pátina borrosa de los recuerdos y testimonia también la situación de absoluta soledad en la que se había de combatir contra determinado tipo de abusos. Una lucha sorda, oscura y silenciosa, en la que solo se podía plantar cara si primero se era capaz de vencer a un enemigo aún más grande como es el miedo.