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“Confesiones de una máscara” de Yukio Mishima

Relato supuestamente autobiográfico escrito a la edad de 25 años en el que el autor describe sin pudor alguno su evidente y carnal atracción por los hombres, a la par que su razonado  intento, bajo supuestas premisas lógicas, de amar a las mujeres. El conflicto entre el impulso y las pulsiones por un lado y las convenciones y las (auto) imposiciones por otro desata un batalla sobre el terreno de juego de una vida adolescente vivida bajo el temor, el miedo, la ocultación y la continua evitación y huida de sí mismo.

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La sexualidad es muchas cosas: lenguaje, visceralidad, impulso, placer,…, pero por encima de estas facetas, y conteniéndolas a todas ellas, es también identidad. Y esta es todas y cada una de las caras que forman la personalidad en el plano individual, familiar y colectivo, así como en el íntimo, el compartido afectivamente y el social. Un entramado de múltiples puntos interrelacionados e influyéndose mutuamente. Y cuando se actúa sobre uno de ellos limitando su naturalidad y espontaneidad, no hay rincón de la persona (físico, psíquico o emocional) que no se vea afectado. Algo que no trae consigo efectos positivos, sino negativos, limitando, anulando, distorsionando.

La máscara no es solo el intermedio entre Mishima y su exterior, sino también un muro de separación con su corazón y su verdadera persona. Es una tierra de nadie, que ni siquiera es suya, es vacío y artificio. Es excusa y distancia, es energía dedicada a justificar la parálisis, la inacción. Paradójicamente, es también  un lugar de análisis de las emociones en el que saber detectarlas, conocer cómo se gestan y se manifiestan para desarrollar las herramientas con las que actuar contra ellas. Es un punto sin coordenadas en el que se las silencia para ceder su espacio a la apisonadora de la razón y de la lógica supuestamente conductista, pretendiendo dar a cualquier manifestación humana unas coordenadas exactas, un comportamiento premeditado y unas consecuencias previsibles y, por tanto, controladas.

En ese conflicto, su lenguaje es el medio ágil, conciso y certero con que construye ese delicado, pero al tiempo, tan milimétrico castillo de naipes donde estos polos opuestos (razón y corazón) encuentran la manera de convivir en un supuesto equilibrio, que solo sabe mantenerse coqueteando con la idea de la muerte. Por un lado las desnudas e impudorosas descripciones sobre el mundo exterior. Con ellas nos transmite las sensaciones que le genera en el inicio de su débil  y enclenque adolescencia física la atracción por la masculinidad naciente del compañero de clase Omi. Sin embargo, Mishima emprende un viaje más profundo cuando se introduce dentro de sí mismo para, con una perfecta retórica, construir y justificar el deseo de sentir amor por la joven Sonoko en ese momento que se supone trascendencia hacia la adultez, de establecerse en la vida.

Es entonces cuando Yukio Mishima hace de las palabras un entramado inteligente, una red que ejerce de muro para parar el discurrir natural de la vida y crear una realidad paralela aparentemente lúcida, pero que no es sino el inicio de un conflicto más profundo, más cruel y caníbal entre el alma y el cuerpo. Ironía que tenga como telón de fondo el Japón lleno de soberbia que se introdujo en la II Guerra Mundial, conflicto del que salió, tal y como se nos cuenta,  completamente arrasado en lo material y anulado en lo psicológico.

Leyendo (diálogos en metro de Madrid VII)

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Hola, hoy voy escuchando música porque no había ningún libro en casa que me llamara la atención. Acabé anoche el último con el que estaba, y suelo necesitar un tiempo, unas horas, quizás un día o dos, a veces hasta varios, para coger uno nuevo, abrirlo y comenzar a caminar en él como el que inicia una ruta que no conoce. Al principio despacio, como si lo leyera en voz alta pasando el dedo bajo cada palabra para no perder el hilo. Después, a medida que te adentras en su atmósfera, en sus lugares, en su tiempo, en sus personajes, vas mucho más rápido. ¿No os pasa a vosotros también?

Aún no sé cuál será el siguiente. Me dejo llevar por el impulso, por lo que me diga el corazón en el momento. Lo que suelo hacer es reunir varios que estén por casa, como si fuera una ronda preliminar, y los pongo en mi mesa de estudio. Los hojeo, los toco, quizás lea la sinopsis, quizás no. Recuerdo cómo me llegó cada uno, si lo compré yo, si me lo regalaron o me lo han prestado, o si me lo he llevado yo temporalmente prestado… Sí, a veces hago eso, los cojo de sitios donde están para el que pasa por allí, como en las recepciones de los hoteles donde me alojo cuando viajo. ¿No lo habéis hecho nunca? Yo sí, de cuando en cuando. Tomo prestado uno y ya dejaré yo otro. Si no ahí, ya lo haré en otro sitio.

¡Los libros son seres vivos! ¡Están para ser leídos, para incitar a la imaginación, a viajar mentalmente! Leyendo aprendemos cosas nuevas, detalles, fechas, nombres que nos ayudan a entender qué pasó, quiénes somos, de dónde venimos. Hay historias que estimulan, que nos hacen soñar que podríamos ser otros, que incluyen dentro de sí esas señales que nos dicen por dónde debemos ir para llegar a convertirnos en quienes queremos ser. Y lo que decía, los libros son como las personas, que somos humanos porque nos relacionamos. Pues un libro es igual, su sentido es pasar de unas manos a otras para llenarse de la energía que le va a entregar cada lector.

Yo no concibo acabarlo y dejarlo muerto y olvidado en una estantería, convertido en un lomo decorativo entre otros muchos para formar una mancha multicolor en el armario del salón. Eso cuando tienes pocos, que cuando no, la cosa va creciendo y acaban en cajas en un armario o en un trastero. Me dirás que los tienes ahí de recuerdo, para rememorar lo que te hicieron sentir, que los guardas para volver a leerlos algún día. Pero confiesa, ¿cuántos libros has releído? ¿No acabas olvidándote de los títulos de los que mandaste al fondo del garaje?

Yo los doy. O los regalo. Llámalo como quieras. O como he dicho antes, también los dejo en los sitios donde me quedo cuando viajo. En ocasiones los intercambio. Con quien surja. El otro día, por ejemplo, con un compañero de clase nos pusimos a hablar de los últimos que habíamos tenido entre manos y nos los pasamos. Yo a él “La perla” de Yukio Mishima y él a mí “Tokio blues” de Haruki Murakami, japonés por japonés. Ese ha sido el último que he leído. Y me ha encantado. Por eso estoy así, que hoy soy incapaz de nada mentalmente, todavía estoy atrapado por él, cuesta salir de una novela de Murakami aunque se hayan acabado las páginas. Los que le hayáis leído alguna vez y disfrutado con él, sabéis de lo que hablo.

También me gusta que me recomienden títulos, que me sugieran autores que no conozco o que no haya leído. ¿Alguno que recomendarme? ¿Cuál fue la última novela que os sorprendió gratamente? ¿Esa que creéis que podría apasionarme tanto como a vosotros? Venga, decidme.

(Fotografía tomada en Madrid el 22 de Mayo de 2014).