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“El misterio del umbral” de Guillermo Escribano

Un thriller en el que la intriga histórica se combina con la nebulosa de la religión y formalmente con una variada comicidad y un punto medio entre el reconocimiento y la sátira de los títulos superventas con argumentos similares. Una novela que parece haber sido concebida más como un relato cinematográfico que como una narración literaria por la rapidez de acontecimientos, la diversidad de localizaciones, lo directo de los diálogos entre sus personajes y las descripciones de sus comportamientos.

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Se aprende leyendo. Cierto. Hasta hace unos días desconocía la existencia de la Hermandad del Santo Prepucio (con sede en Amberes) y su propósito, la conservación de la reliquia resultante de la circuncisión realizada a Jesucristo en su octavo día de vida. Un episodio sin espacio en los evangelios oficiales, pero sí tratado en los apócrifos, donde se cuenta este episodio de la cristiandad –nunca reconocido por el Vaticano- que durante mucho tiempo se celebraba el día 1 de enero. Y con un segundo aspecto a tener en cuenta, de ser cierto supondría que tendríamos entre nosotros un resto carnal, humano, ADN del hijo de Dios, todo un terremoto para el ámbito de la fé y la práctica de ciencias como la genética.

A partir de todos estos datos y con un allanamiento de morada al que le sigue el asesinato de un cura en la localidad de Cálcata, Guillermo inicia a 50 kilómetros al norte de Roma El misterio del umbral. Una aventura en la que una cuestión mayúscula como es la historia, la oficial y la supuesta, la verdadera y la reconstruida, la verosímil y la creíble, la documentada y la hipotética, se combina con las desventuras de dos personajes anónimos que se ven envueltos en algo que no han buscado. Un lío de tremendas dimensiones –judiciales, políticas, religiosas- al que han de hacer frente con lo único que tienen, espíritu de supervivencia y los conocimientos que se le suponen a un profesor de secundaria de historia y a una historiadora del arte.

Dos caracteres –ateo él, creyente ella- que mientras escapan de los que les persiguen y se esfuerzan por resolver las pistas intelectuales (escritas en latín, referencias a la historia de la pintura,…) que el caso les depara, parecen estar condenados a conocerse y relacionarse siguiendo los parámetros de una comedia romántica que nunca les sale bien. Algo así como si evocáramos esos títulos superventas de Dan Brown que pocos dicen conocer –pero que muchos hemos leído en tardes de verano- y se le diera un aire entre patrio, latino y mediterráneo a base de guiños a la literatura del Siglo de Oro y menciones al humanismo renacentista. Sin olvidar el mundo actual de las fake news, la manipulación genética, el postcolonialismo y la cercanía y el vértigo que supone la globalidad.

Un entretenimiento al que le corresponde decir a los expertos si cumple con el rigor que se le exige a la novela histórica para ser considerado tal y al que los lectores bien pueden recurrir como alternativa a las propuestas de cualquier renombrado autor de best sellers.

El misterio del umbral, Guillermo Escribano, 2019, Libros.com.

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“El Reino” nada claro de Emmanuel Carrère

La religión cristiana tiene un papel fundamental en las coordenadas identitarias del mundo occidental y, en consecuencia, de todos los que lo habitamos desde hace veinte siglos. No está claro dónde ni cuándo comenzó exactamente a adoctrinarnos y ni siquiera en qué se basa, pero su poder de influencia –tanto en el sistema político, social y cultural en que vivimos como en nuestras individualidades- sigue vigente. Carrère se propone bucear en su génesis para descubrir los momentos, personas y discursos que la iniciaron, al tiempo que nos ofrece cómo ha variado su vivencia del cristianismo a lo largo de su biografía. El resultado, un tremendo lío.

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Compartir vivencias o pensamientos en un ejercicio de desnudez interior o de reflexión, o hacerme testigo de una historia inventada o recreada. Eso es lo que -en un breve y como tal, siempre escaso, resumen- espero me ofrezca un escritor a la hora de comenzar a leer uno de sus títulos. Con tal predisposición comencé El Reino. Inicialmente pensé que eso era lo que estaba experimentando, pero las páginas se sucedían y no me quedaba claro cuál era el escenario en el que me estaba situando Carrère. Inquietud que progresivamente se fue transformando en desasosiego por una redacción que en ocasiones me resultó tosca y agreste, despertándome la duda de si esta era la intención de su autor o si ha ocurrido algo en el paso de su francés a mi español.

De un lado, un relato biográfico en el que hace repaso a la etapa en que, en un momento de intensa y prolongada crisis personal, abrazó una intensa práctica diaria del cristianismo (lecturas, reflexiones y asistencia a servicios eclesiásticos). Hábitos que le dieron la sensación de haber encontrado las respuestas que necesitaba para hacer frente a sus inseguridades e inestabilidades. Posteriormente, ese remanso de paz resultó ser un lugar vacío y sin rumbo, lleno de dogma inducido desde la institución católica como medio con el que anular el razonamiento crítico y el debate, y en consecuencia, la posibilidad de progreso y evolución individual. Paso previo para que todo hombre y mujer deje de ser un sujeto político y se convierta en una persona manipulable y manipulada, un soldado de un ejército de fieles que cumple reglas sin lógica ni verosimilitud demostrada alguna.

Quizás por lo que tiene de vivencia, y la facilidad de los mecanismos de identificación y proyección que surgen en toda lectura, estos pasajes de El Reino, protagonistas en sus páginas iniciales y anotaciones intercaladas en los siguientes, resultan atractivos e interesantes para conocer cómo puede llegar a funcionar y evolucionar la mente y el espíritu humano en sus momentos de debilidad y de fortaleza.

En la margen opuesta, un ejercicio entre el ensayo, la reflexión y la divagación sobre las distintas fuentes documentales que nos cuentan el inicio del cristianismo, de sus principales actores y mensajes, tomando como referente las figuras de San Pablo y San Lucas el Evangelista. Su punto de partida son las diferencias entre los mensajes de estos, supuestamente recogidos por testigos directos de su escucha o redactados por ellos mismos (cartas a los Corintios o los Hechos de los Apóstoles escritos por San Lucas) y los que el Vaticano ha establecido como enunciados por Jesucristo, y de los que hay múltiples versiones como demuestran los distintos evangelios (tanto los oficiales como los apócrifos). Narraciones con las que nos lleva de viaje en un área geográfica que va desde Jerusalén a Roma o desde Macedonia y Efeso hasta Siria, contándonos cómo los cristianos se fueron conformando como un grupo definido con reglas propias al margen de los judíos dentro del Imperio Romano.

Un sinfín de fechas, lugares, nombres, declaraciones, datos contrastados y otros supuestos que Carrère entremezcla con símiles y ocurrencias de su amplio acerbo intelectual que dan como resultado una miscelánea que, si bien deja claro que la versión oficial de los inicios del cristianismo no tiene lógica ninguna (como tampoco sus creencias), tampoco llega a convertirse en una lectura que aporte nada nuevo a alguien que no sea él mismo en su necesidad de crearse su propio mapa y argumentario mental al respecto de este tema.

“La ramera de Babilonia”, sopor de lugares comunes

Un texto sobre cómo la Iglesia ha tratado a la mujer a lo largo de su historia lleno de argumentos escuchados ya mil veces. Personajes nada creíbles por su carácter naif y cuya construcción parece haber sido dejada a la mejor voluntad de las actrices que los encarnan. El resultado es tener ganas desde casi el inicio de que llegue a su fin la hora y media de función.

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Por mucho que nuestra Constitución diga que somos un país laico y que una gran mayoría de los españoles –según el CIS- se consideren ateos u agnósticos, está claro que lo católico forma parte tanto del aire que respiramos como de los Presupuestos Generales del Estado. La historia –dictadura franquista, por si no queda claro- más reciente dejó que la Iglesia tuviera un protagonismo que, como la lluvia, lo empapó todo, ahondando así en esa influencia que desde hace siglos ha ejercido en el arte o en las relaciones sociales marcando valores y la hegemonía masculina. Y no con un enfoque positivista, sino mediante la estrategia del miedo, del insulto, del desprestigio, además de desde el más absoluto y desvergonzado descaro.

De ahí nace el argumento de “La ramera de Babilonia” que arranca con una buena idea, leyendo titulares de prensa y declaraciones de mandatarios y representantes de la Santa Iglesia Católica justificando u obviando desmanes como la desigualdad de sexos o la pederastia. La lectura de los periódicos dura lo mismo que en la vida real, apenas un instante, y entonces como improvisadas contertulias de un programa televisivo matinal, las cuatro actrices comienzan a desgranar las acusaciones que desde el Vaticano se ha hecho a las mujeres desde tiempos inmemoriales. La intención diabólica del vestir sensual, la buscada provocación de las violaciones, sus inferiores capacidades frente a las de los hombres, y así un largo reguero de maledicencias con las que los herederos del legado de Jesucristo se han erigido durante dos milenios ya como garantes del equilibrio social.

La idea de esta obra no es original, llevamos décadas luchando para liberarnos de este yugo pretendidamente espiritual y que es también cultural, cuenta con sobrado material para contarlo tanto en forma documental como dramatizada. Por lo tanto, al autor que quiera afrontar este tema le queda por su parte el esfuerzo de la creatividad, del ingenio en la articulación del texto a elaborar y de proponer una puesta en escena que enganche por sí misma. De alguna manera los espectadores ya sabemos lo que nos van a contar.

Pues bien, nada de esto pasa en la propuesta de Ramón Paso. Los diálogos se suceden como conversaciones a la espera de tu turno en el puesto del mercado, como intervenciones sin ton ni son en esas reuniones de vecinos en noches de verano viendo la vida pasar a la puerta de casa. Las cuatro mujeres protagonistas que ejercen como narradoras son de un carácter naif, de una pose ingenua y de una eterna sonrisa con aires de mimo y supuestos aries cabareteros que resulta fingido y distante, nada creíble, llegando a lo extremadamente cargante. Con todo esto, a las actrices que las encarnan les queda poco margen para poder realizar un ejercicio profesional sobre el escenario y escapar de la sensación de representación de fin de curso de un taller teatral de la junta municipal de nuestro barrio (si es que nuestros Ayuntamientos siguen financiando este tipo de actividades).

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“La ramera de Babilonia”, en Teatro Lara (Madrid).

“El descendimiento de la cruz” de Caravaggio

La fuerza de su luz y la autenticidad de sus protagonistas hace que ante su visión tiemble el suelo y se pare el tiempo.

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Agosto de 2006. Roma. Caminando por la pinacoteca de los Museos Vaticanos. Impresionado por todo lo que llevaba visto, pero al llegar a esta pieza se paró el tiempo. No llegaron a brotar, pero dentro de mí surgieron las lágrimas, el dolor. Busqué un asiento y ahí me quedé durante muchos minutos mirando, observando, viviendo dentro de esa escena pintada 400 años atrás.

Deslumbrado por Jesucristo, por ese cuerpo extenuado por la tortura inhumana, pero aun así hermoso, bello, fuerte, solemnemente protagonista. Tan místico como humano, tan divino como carnal, tan inalcanzable como cercano gracias a la genial iluminación de Caravaggio. Sentía y deseaba a la par. Tocarle, recogerle, abrazarle, ayudarle a sanar, a volver a la vida. Veía la carne y el cuerpo definido antes que a ese que dicen el salvador, el hijo de Dios. Caí totalmente embaucado en la monumental ilusión del más grande del barroco.

¡Cómo era posible que de la muerte pudiera surgir tanta luz! Ese cuerpo inerte envuelto en una deslumbrante túnica blanca haciendo aún más negra la espesura en la que lloran su sufrimiento la Virgen, María Magdalena y María Cleofás. Entre él y ellas esos dos hombres firmes y serios, San Juan y Nicodemo, pragmáticos y serviciales cumplidores de su papel como porteadores. El sufrimiento humano conviviendo con el equilibrio visual dando como resultado una infinita belleza. He ahí la alegoría de la paz, de la tranquilidad de espíritu.

En el verano de 2011 el cuadro viajó hasta Madrid y estuvo expuesto de manera temporal en el Museo del Prado. Rápido y veloz acudí a verlo, y sucedió lo mismo. Resulté nueva y profundamente impresionado. Así cada una de las varias veces que me coloqué frente a él. A pesar del silencio, a pesar de los demás visitantes con los que compartía la vivencia, el corazón sobrecogido. Algo me dice que así es como fue pintado este descendimiento, como un torrente sin fin de energía, fuerza y rabia, que a Caravaggio le fluía a partes iguales desde el estómago y desde el centro del pecho.

Ese agosto Roma volvió a ser el destino elegido para aprovechar las vacaciones como lugar en el que viajar al pasado. Buscando los referentes que nos han construido y hecho ser quienes somos acudí nuevamente a la Ciudad del Vaticano. Lo sabía, pero quería comprobarlo. Aunque no estaba físicamente allí y la cartela decía “en préstamo para exhibición temporal”, aquella sala de la pinacoteca de los Museos Vaticanos me volvió a transmitir la misma sensación que la primera vez. Auténtico, pleno y máximo placer estético el que volví a sentir con solo rememorar esta obra de Caravaggio.

Tarde o temprano volveré a Roma. Dialogar con “El descendimiento de la cruz” será uno de los motivos para ello.