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¡Dame teatro que me da la vida!

“Si te gusta leer no puedes dejar de ir a Half Price Books”, me dijeron. Y allá que fui a recorrer estanterías, a mirar nombres y títulos, a descubrir más de autores ya conocidos o a hojear a algunos no leídos hasta ahora. Después de perder la noción del tiempo largo rato y tomarme un café rodeado de libros –¡qué gran idea esa de una cafetería dentro de una librería!- salí con Arthur Miller, Tennessee Williams, Thornton Wilder y Terrence McNally bajo el brazo.

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Mundos impresos no solo de tinta, sino también de las vivencias de aquellos que ya los leyeron. Así son los libros de segunda mano. Visto así, hacerte con un volumen que ya pasó por las manos de otra persona tiene algo de ilusorio, de película de fantasía para adolescentes. Como si a lo que te produzca el autor, le sumaras, quizás enriqueciendo quizás contaminando, lo que le suscitó al que antes que tú fuera dueño de esas páginas.

Un gran espacio, una gran nave industrial, así es Half Price Books. Pero muy acogedora. Sus altos techos, lo diáfano del lugar, el paso tranquilo de sus visitantes, la pose relajada de sus dependientes, los carteles que cuelgan del techo dando nombre a cada una de las secciones, invitan a pasear por ella sin rumbo fijo. El simple placer de dejarse llevar. Primero el color de los cómics, después la grafía nipona de los mangas, más allá novelas de todas las temáticas (románticas, policíacas, históricas,…) hasta llegar a la zona solemne de los clásicos con Edith Warton y su “La edad de la inocencia” como destacado de la semana. Del otro lado, en la no ficción, la oferta es tanta como intereses tiene la vida (arte, viajes, economía, cocina, educación,…). Pero por ahí no va lo que busco, vuelvo al lado de la literatura hasta dar con el letrero que dice drama,  teatro en inglés.

Se siente el latido, a medida que me acerco aumenta la intensidad del boom que palpita desde las estanterías de lo que siento es el centro de este lugar, el motivo que me llama, por el que he venido hasta aquí. Bajo el cartel un pasillo sin salida que me despierta la mayor de las sonrisas, como la que provocaba la paga de los domingos cuando era niño ante la avalancha de chuches que esta traería consigo. Este es el momento en que me dejo a mí mismo a un lado y paso a ser las emociones, los sentimientos, las reacciones, las lágrimas y las sonrisas, los lloros, los miedos, los gritos, las ironías, las verdades y las confesiones que están en todas estas páginas llenas de diálogos, monólogos, soliloquios y conversaciones. Situaciones y momentos planteados en lugares y tiempos que da igual que sean reales, imaginados o supuestos.

Un repertorio de sensaciones que emanan los volúmenes que rozo con la yema de los dedos mientras recorro de arriba abajo y de izquierda a derecha cada una de las baldas de las estanterías. En los títulos ya leídos o ante autores conocidos el sentido del tacto se activa como si fuera una prolongación del corazón. Ahí quedan los hombres duros de la oficina de “Glengarry Glen Ross” de David Mamet, o su visión de lo que es el teatro en “Three uses of the knife”. Un poco más abajo el profundo ejercicio de introspección y absurdo de Samuel Beckett en “Esperando a Godot”. Hojeo “Murder in the catedral” de T.S.Eliot, pero no me atrevo con él, parece un inglés demasiado elaborado, voy a emplear más tiempo en descifrarlo que en disfrutarlo.

Llegando a la eme -a David Mamet le colocaron por la d- surge Arthur Miller, el hombre dotado de una extraordinaria delicadeza para diseccionar las dinámicas familiares: “Panorama desde el puente”, “Muerte de un viajante”,Todos los hijos” o “El precio”, sin olvidar esa ácida, incisiva y despiadada crítica a la caza de brujas que fueron “Las brujas de Salem”. Miller parece ser esa clase de autores que a base de escuchar, observar y fijarse en cuanto sucede a su alrededor es capaz de llegar a la esencia de lo auténtico y después mostrarlo. Pensando esto aparece “Después de la caída” entre sus títulos, en el que dicen que cuenta cómo fue su matrimonio con Marilyn Monroe. Quizás en esta ocasión la inspiración le vino de las propias vivencias. Me lo llevo.

Frente a él, el autor que parece ser todo vísceras y pasión primaria, Tennessee Williams. Su nombre, con tantas letras duplicadas, ya transmite insistencia e intensidad. Un clásico del siglo XX que hace genial a quien sabe estar a su altura. He ahí a Almodóvar sirviéndose de “Un tranvía llamado deseo” como hilo narrativo en “Todo sobre mi madre” con Huma Rojo tirada sobre el escenario buscando su corazón o Marisa Paredes diciéndole a Cecilia Roth en un garaje eso de “quien quiera que seas, siempre he confiado en la bondad de los desconocidos”. Sus frases nacen de donde lo hace la vida, poco hay tan profundo, desgarrador y liberador, tan sufrido y clamando libertad como los hijos de “El zoo de cristal”, el reverendo de “La noche de la iguana” o el matrimonio de “La gata sobre el tejido de zinc caliente”. Estos últimos no solo ante las convenciones sociales de los estados del sur de EE.UU., sino entre ellos y cada uno ante sí mismo. Parece que a través de ellos el señor Williams gritaba lo que él no era capaz de decir o aquello en lo que no se sentía escuchado por los suyos. Los títulos mencionados son algunos de sus grandes clásicos, lo único que conozco de él. Supongo que por eso “The notebook of Trigorin” con el añadido de “a free adaption of Anton Chekhov’s The Sea Gull” hace que me llame la atención. Me lo llevo.

Van dos, dos conocidos, dos que ya he leído, dos que ya he visto representados en diversas ocasiones sobre el escenario y adaptados en el cine. Toca también buscar algo nuevo, que no conozca, que me haga descubrir, que me pueda sorprender de manera que no pueda prever. Recurro primero a aquellos de los que he leído solo un título en el pasado, pero no veo nada de David Henry Hwang (“M. Butterfly” o la relación durante 20 años de un diplomático francés en China con una mujer que resultó ser un hombre, un basado en hechos reales con sentencias como “solo un hombre sabe cómo debe comportarse una mujer”), Tony Kushner (“Angels in America” y su genial visión de los fantasmas que el sida genera) o de Eugene O’Neill (“Largo viaje del día hacia la noche”, otra de familias con padres caníbales de sus hijos). Así que toca alguien a quien no haya leído nunca antes. Entre los nombres y apellidos enfrente de mí enfoco Thornton Wilder y “Our town”. ¿Merecerá la pena? Habrá que comprobarlo. Me lo llevo.

Con tres obras en la mano me doy por satisfecho, pero por el rabillo del ojo veo algo de cuya existencia sabía pero que no esperaba encontrar y que no puedo evitar sentirlo en las manos. “15 obras cortas de Terrence McNally”. Él fue el responsable de que comenzara a leer teatro. Cuando en 1997 vi en pantalla grande su adaptación de “Love! Valour! Compassion!” (¿quién fue el brillante distribuidor que en España la tituló “Con plumas y a lo loco”?) quise introducirme en esa historia en la que ocho hombres homosexuales convivían durante un fin de semana en las afueras de Nueva York. 48 horas llenas de amor y desamor, rechazo y amistad, compromiso y fin, miedo y aceptación,… Tardé un poco en llegar a su texto, entonces no existía el comercio electrónico. Sería cuatro años después en mi primer viaje a San Francisco donde lo conseguí, en la ya desaparecida A different light bookstore en el barrio del Castro. Y aquello fue mágico, maravilloso, de esas cosas que el tiempo dirá, pero que tras catorce años es ya uno de esos recuerdos que forman parte de mi bagaje vital. A continuación llegaría “Frankie and Johnny in the clair of moon” que él mismo adaptó también para el cine, dos torpes incapaces de darle una oportunidad al amor delicadamente interpretados por Michelle Pfeiffer y Al Pacino. Maria Callas debe ser una obsesión para él, por dos veces la ha hecho protagonista de sus historias. En “The Lisbon traviata” dos amigos discutían por una grabación de la genial griega en la capital portuguesa. En “Masterclass” la suponía ya retirada y como dura profesora de voces por formar, un papel que recientemente interpretó con maestría Norma Aleandro en los Teatros del Canal en Madrid y que parece ser es el que está en estos momentos rodando Meryl Streep. El texto de McNally y las dotes para la interpretación de la Streep, motivos lógicos para la expectación. Con todo esto en la cabeza, hojeo estas quince obras cortas. Decidido. Me las llevo.

Ahora sí. Ahora siento que la misión está cumplida. Satisfecho, sonriente. Con los cuatro libros en las manos como si fueran algo aún indefinido pero que acabará convirtiéndose en parte de mí me dirijo a la caja y pago los 13,09$ que me piden.

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(Fotografías tomadas en Dallas el 1 de julio de 2015)

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Fallido zoo de cristal en el Teatro Fernán Gómez

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“El zoo de cristal” es un pequeño apartamento en San Louis, una cárcel emocional en la que Amanda gobierna a sus dos hijos, obligando a Tom a ejercer de sustentador material de la familia y ahogando a Laura con sus directrices para convertirse en una joven casadera.  Un ambiente en el que entre línea y línea, entre sus silencios y su plúmbea atmósfera se puede entrever a un Tennessee Williams autobiográfico, dolido, herido, gritando por salir, por huir, clamando por ser escuchado y no cosificado, por tener una identidad, por ser reconocido. Eso que no tienen ni Tom ni Laura porque su madre no se lo permite, no les reconoce tal derecho, tan solo les otorga el deber de representar a los hijos que ella ha concebido, no solo en su vientre, sino también en su mente, instrumentos a su servicio para no reconocer su sensación de fracaso vital.

La obra que el genial sureño estrenó en 1945 es mucho más que un libreto. Ha pasado a una categoría mayor, a la de la literatura y a la del mundo de los libros, al placer de poder hojearla impresa y encuadernada en multitud de ediciones que encontrar en librerías y bibliotecas de muchos lugares del mundo traducida a múltiples idiomas. Es por eso un texto conocido, referente para muchos,  leído, devorado, recreado en nuestras mentes, visto quizás en representaciones teatrales anteriores o en adaptaciones cinematográficas tan notables como la dirigida por Paul Newman en 1987.

El montaje que el Teatro Fernán Gómez ha presentado este mes de “El zoo de cristal” tiene a su favor contar un texto con todo lo necesario –personajes anónimos pero únicos en su multitud de pequeños detalles y una trama muy bien desarrollada- para dejar a los espectadores pegados a sus butacas, que quizás acudan atraídos por conocer otros títulos de Tennessee Williams como su tranvía llamado deseo, su de repente el último verano, su noche de la iguana, o tantas otras. Añádase a ello el tirón de Silvia Marsó como primera figura. En su contra, la adaptación de Eduardo Galán dirigida por Francisco Vidal tiene tanto al propio texto como a las vidas anteriores que los allí testigos de esta función le hayamos podido dar en ocasiones anteriores. El zoo de Tennessee no es bueno, es más, es magistral.  Y para estar a su altura, todo lo destinado a darle vida en un escenario profesional debe estar a su nivel, dirección, interpretaciones, elementos técnicos,… Si no lo está, las obras de Tennessee Williams se transforman en un ser sin piedad que deja al desnudo las deficiencias de quienes hayan osado intentar hacerse con sus riendas.

La fuerza e intensidad que tienen las palabras que Tennessee Williams está en que salen del corazón y del estómago, de lo más profundo e íntimo de sus personajes. Eso es lo que les da su autenticidad, y eso es lo que no vi ayer sobre el escenario. Las interpretaciones se quedan en la parte exterior, en la gesticulación, en el efecto, pero sin causa, cayendo en mayor o menor medida en la sobreactuación o en la presencia sin alma de algunos de los personajes por ser débilmente interpretados.

Decía el también dramaturgo David Mamet en “Three uses of the knife” que el texto ha sido concebido por el autor con una intención y una finalidad, y que eso ha de ser respetado para no convertirlo en otro o desvirtualizarlo.  ¿Por qué no ocurre eso en el Centro Cultural de la Villa de Madrid? ¿Por qué hay momentos en que se ha pretendido provocar risas? No hay motivos para reír en la vida de esta familia, eso es huir de su verdad. ¿Por qué se pretende provocar sonrisas queriendo hacernos parecer al personaje protagonista como una mujer de manías comprensibles? Ella es de formas cercanas, pero detrás se esconde una madre insinuada por su creador como un Saturno devorando a sus hijos. Esto es también faltarle a la verdad de “El zoo de cristal”. Tennessee Williams muestra en sus obras un mundo duro, cruel e hiriente, pero si por algo se ganó desde el primer momento su lugar en la historia de la letras es por hacer literatura lo que era y es cotidianeidad a su alrededor y a la cercanía de todos nosotros. No querer ver así a Tennessee Williams es falsearle, es mirar hacia otro lado, no solo hacia lo que él nos expone, sino a las historias similares a las suyas que acontecen a nuestro alrededor o en las que podemos estar viviendo.