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“Rembrandt y el retrato en Amsterdam, 1590-1670”, el ciudadano como protagonista

Cuatro siglos atrás el orgullo personal, el prestigio profesional y la posición social quedaban consolidados cuando se transmitían desde un lienzo o una tabla. Esta exposición nos lleva hasta una de las ciudades más ricas, poderosas y dinámicas del siglo XVII. Una urbe en la que el arte de la pintura destacó plasmando los rostros, tanto en el ámbito privado como laboral, de sus vecinos más reconocidos.

Ochenta años de historia -económica, social y artística- a través de 35 artistas y ochenta pinturas, más de veinte de ellas del genio neerlandés, autor también de los 16 grabados y la plancha de la última sala de la muestra. Piezas con las que disfrutar de la contenida expresividad de sus miradas, la delicada reproducción de los muchos detalles de sus vestimentas, la concepción por parejas de algunos de ellos, la agrupación de miembros de una misma familia o de un gremio en otros, los entornos de trabajo en los que posan o simulan estar actuando conforme a su cargo o profesión (artesanal, intelectual…), los escudos y blasones con que a modo de sello acreditan su linaje…

Habituados a que en aquella época las bellas artes se centraran a ensalzar a nobles y monarcas, demostraran su capacidad imaginativa en escenas mitológicas y pusieran su potencial pedagógico al servicio de la religión, la pareja de retratos de 1594 del Museo Thyssen de Cornelis Ketel (1548-1616) que abren esta exposición, sorprenden. Se quedan grabados en la retina por su composición simétrica y la parquedad tonal entre el negro y el gris de las prendas que lucen y el fondo que rodea a sus protagonistas. Apenas unos detalles rosáceos para dar vida a sus rostros y manos, y el marrón del mobiliario sobre el que está sentada la mujer. La capacidad económica que les permitiría semejante encargo queda escondida tras la sobriedad calvinista con que se muestran, dos imágenes reservadas para la probable exclusividad del hogar en las que la única diferencia está en que mientras ella sostiene un libro, él agarra un pañuelo.

Otro tanto, aunque por factores muy diferentes, ocurre con el Banquete de la guardia civil del capitán Geurt Dircksz van Beuningen y el teniente Peter Martens Hoefijser que Jan Tengnagel (1584-1631) realizara en 1613 y que hoy conserva el Rijksmuseum. Un grupo de diecisiete profesionales de la defensa, la protección y la seguridad, responsables de un aspecto vital en una ciudad de más de 60.000 habitantes y con una intensa actividad comercial. Un conjunto a caballo entre la acumulación de retratos individuales y recursos compositivos para que parezcan estar interactuando. Luciendo armas y armaduras ricamente labradas y un portaestandarte igualmente bordado, así como tejidos que por su brillo denotan suntuosidad. Por el bodegón que vemos sobre la mesa, comen más como forma de disfrutar que para cubrir una necesidad energética, lo que transmite rango, poder y capacidad.

En este contexto, Rembrandt (1606-1669) llegó a Amsterdam, desde Leyden, en 1631, con una sólida reputación que le generó multitud de comisiones. Respetó las convenciones del retrato que practicaban sus contemporáneos, pero despojó a sus modelos del hieratismo con que posaban para dotarles de una viveza que les hacía más humanos y presentes. Tal y como revelan sus miradas, como si más que sintetizarlos en una imagen fija, se hubiera introducido en su intimidad y captado la autenticidad de su ser y estar, haciéndonos imaginar, incluso, qué podrían estar pensando, sintiendo en ese preciso momento.

Retrato del poeta Jan Hermanszoon Krul (1633, Museumslandschaft Hessen Kassel), Busto de un anciano en traje de fantasía (1635, The Royal Collection) y Retrato de un hombre en un escritorio (1631, Museo Nacional del Hermitage).

En los años sucesivos el género dejó atrás la austeridad y sobriedad de finales del XVI y principios del XVII, enriqueciendo sus representaciones con gestualidad y escenografía. Ya no se mostraba únicamente existencia y estatus, sino también actitud personal y propuesta retórica en escenas (con mayor gama cromática y tonal, volumen, perspectiva y profundidad) en las que se incluían los elementos que identificaban el entorno en el que sus protagonistas -tanto individualmente como en conjunto- se dejaban ver o, incluso, en torno a los cuales giraba su actividad profesional. La acumulación de personas de un par de décadas atrás, distantes de sus espectadores, pasa a ser una colectividad interactuando, que nos mira al sentir que la estamos observando o que, directamente, nos invita a entrar en sus coordenadas para conocer quiénes son y a qué se dedican.

Regentes del Kloverniersdoelen (Bartholomeus van der Helst, 1655, Amsterdam Museum) y La lección de anatomía del doctor Frederik Ruysch (Adriaen Backer, 1670, Amsterdam Museum).

Mientras tanto, el de Leiden dedicó menos tiempo a los retratos para trabajar en otro tipo de temáticas que dieron resultados maestros como El festín de Baltasar (1635, National Gallery), Susana y los viejos (1636, Mauristhuis) o La ronda de noche (1642, Rijksmuseum). Aun así, Rembrandt no dejó nunca este género (he ahí, como ejemplo, su Autorretrato con gorra y dos cadenas, 1642, Museo Thyssen), pero cuando lo volvió a practicar con asiduidad en la década de los 1650, su enfoque cambió. Su pincelada se hace más libre (inevitable acordarse del posterior Degas) y los fondos se difuminan hasta dejarlos en ese instante en que más que un lugar real casi se convierten en una mancha de color, como en Mujer con capa de piel (1652, National Gallery), hasta el punto de casi no saber dónde comienza esta y acaba la figura humana (Hombre anciano como San Pablo, 1659, National Gallery).

Como indicaba al principio, la exposición acaba con una selección de grabados que sirven para constatar que Rembrandt era igual de genio tanto en esta técnica como en la del óleo. Su habilidad con el punzón sobre la plancha de cobre era igual que con el pincel sobre el lienzo o la tabla, con apenas unos trazos extraía la figura que el soporte guardaba dentro de sí. Después, con más o menos dedicación, le daba los detalles, subrayados y precisiones que necesitara para mostrar la personalidad y actitud que revelaría la tinta sobre el papel tras salir del torno.

Rembrandt y el retrato en Ámsterdam, 1590-1670, Museo Thyssen, hasta el 30 de agosto.