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Llegar hasta Rabat

Lo dije hace un año, me quedaba con ganas de más Marruecos, así que doce meses después heme aquí de nuevo. Entonces comencé ruta llegando a Tetuán, esta vez el punto de inicio marcado ha sido Rabat.

Nada más bajar del avión la primera sensación que te provoca Casablanca es su temperatura, siete, ocho, quizás nueve grados más que en Madrid. Y la luz, aun siendo débil transmite fuerza, vigor, energía, provoca que las pupilas se empequeñezcan y te preguntes dónde has dejado las gafas. Imposible mirar al sol directamente, te hará lagrimear alegremente.

Control de pasaportes, comprar moneda local y salir a la terminal dejando atrás a los que están esperando a alguien, aquí es cuando comienza verdaderamente el viaje, ya no hay trámites que cumplir, tú marcas tu ruta y tu modo de recorrerla. De frente el cartel que indica taxi, a la derecha el que sigo, el del tren que me llevará hasta Rabat.

Entre la máquina de autoventa y la cola de la taquilla opto por la segunda al ver pocas personas y comprobar que tengo 20 minutos por delante para coger el tren de las 11:55. 75 dirhams (7,5 €) por el billete que he de pagar en metálico, “no funciona la línea telefónica” me contesta la chica con pañuelo que me ha vendido el billete. Acto seguido compruebo el sentido de la comodidad marroquí al tener que subir 30 escalones a pie con mi maleta para llegar hasta los aseos.

Tomo asiento en mi vagón de segunda clase y frente a mí una pareja en cuya maleta veo una etiqueta que señala una dirección de Villanueva de la Cañada como su domicilio habitual, unos venimos de turismo y otros a reconectar con sus raíces. El trayecto comienza puntual, el paisaje es llano, verde, paralelo por momentos a trazados de autovía, perpendicular a líneas eléctricas de alta tensión y salpicado de construcciones más o menos perennes hasta que se llega a lo que parecen los suburbios de Casablanca. Entonces los edificios son de varias plantas, seriados hasta el aburrimiento, hormigonados y monocromos causando hastío estético.

Tren

A la media hora de recorrido avisan por megafonía que hemos llegado al final de nuestro trayecto y nombran distintos destinos a los que se puede seguir desde donde vamos a parar. Sigo las indicaciones de mi billete al bajar y busco el andén en el que coger el A26, el indicativo electrónico dice “Salé”, en ese momento no tengo ni idea de qué ciudad es –tardaré un par de horas en caer que es la que está justo al norte de Rabat, tan solo separadas por la desembocadura del río Bu Regreg- y temo que pueda acabar en Fez, Marrakech o cualquier otra ciudad el interior del país si no ando con cuidado. Tras veinte minutos de espera el tren llega lleno, por lo que los que subimos con maletas hacemos que el resultado sea de masificación total. En la primera parada encuentro un asiento vacío en la planta baja del vagón y ahí me siento los todavía cuarenta minutos que tardaré en llegar hasta mi destino final. Me llama la atención las línea curvas de la estructura del vagón semejando un arco de herradura en las zonas de entrada y salida por su cabecera, el diseño inspirado en lo autóctono.

RabatVille

En Rabat Ville maremagnum de gente joven, ¡y todos con abrigos! ¡Pero si el termómetro marca 17 grados! Dos escaleras mecánicas y salgo al exterior, a la Avenida de Mohammed V, la principal vía de la zona nueva de la ciudad, la que construyeron los franceses durante el protectorado (1912-1956) cuando decidieron que Rabat sería la capital de Marruecos, para evitar así las corruptelas y círculos de poder ya establecidos en Fez y Marrakech. A la derecha una gran torre que podría pasar por similar a la Giralda de Sevilla, pero que resulta ser Le Tour Hassan, a cuyos pies está el mausoleo del monarca que logró la independencia del país y que da nombre a la avenida, el abuelo del actual Mohammed VI.

Impresión de Google Maps en mano recorro a pie –cosas que te permiten las maletas con ruedas- los 900 metros que me separan de mi hotel pasando junto a  edificios ministeriales, el gran teatro Mohammed V (otra vez él), construcciones inacabadas abandonadas y otras antiguas que parecen desahuciadas a cuyo pie contrasta el silencioso paso de un moderno tranvía. Con mi justo francés resuelvo el trámite del check-in sin olvidarme de pedir la clave del wifi y asegurarme de que tengo el desayuno incluido en la tarifa de la habitación. En menos de dos segundos chequeo visualmente los 12 metros cuadrados de mi individual acabando el tour en el pequeño balcón desde el que tengo la fantástica vista de una sucesión de azoteas pobladas de antenas parabólicas.

Son las 14:30 hora local, una menos que en España, y mucha hambre, así que es hora de echarse a la calle en modo turista: guía lonely planet, cámara de fotos, móvil cargado y muchas ganas de patear, de mirar, de dejarme llevar por lo que vea y escuche, lo que me llame la atención. En la recepción del hotel no tienen planos de la ciudad, así que, sin plano entonces, ¡a conocer Rabat!

“El Tiempo entre Costuras” de María Dueñas

ElTiempoEntreCosturas

He hecho coincidir la lectura de “El Tiempo entre Costuras” con un viaje por dos de los lugares en los que María Dueñas ambienta su novela: Tánger y Tetuán. Por sus medinas y sus ensanches urbanísticos de planificación occidental he recorrido y visitado calles y lugares en los que se sucede esta historia. Leer durante el viaje no me ha ayudado a una mayor visualización de la novela, sino al revés, la narrativa de Dueñas apoyó la experiencia personal de verme trasladado a la época de su historia, al esplendor internacional y el pasado español que Tánger y Tetuán vivieron durante varias décadas en la primera mitad del siglo XX. Añádase a esto conocer por residencia o por viajes previos sus otras localizaciones, Madrid y Lisboa.

La sobria redacción, claridad de las descripciones y justa precisión de los detalles ofrecidos se sitúan en un punto de encuentro entre el exhaustivo trabajo de documentación que se le supone a la autora y dar al lector la información que necesita, ni más ni menos, para introducirse en la historia y situarse en cada uno de los momentos y escenarios por los que esta avanza.

Su hilo argumental son las vivencias de Sira Quiroga, un personaje -tan bien presentado como todos los demás- que como narradora en primera persona nos conduce de unos lugares y tiempos a otros. A través de sus ojos y vivencias la novela evoluciona con diálogos vivos y profusos entre el retrato social, el folletín amoroso, la historia contemporánea y la intriga de espías. En esta variedad de géneros, personajes, lugares y momentos históricos se van incorporando en un relato que crece con gran espontaneidad.

Sin embargo, una vez conseguida la fluidez narrativa llegan determinados quiebros en la historia y en la evolución de los personajes que por su efectismo hacen que el avance de “El tiempo entre costuras” tenga algunos giros forzados. Queda la duda de si estos momentos son resoluciones para encajar piezas predefinidas o si su intención es cerrar círculos narrativos y descriptivos cuya no solución impedía el correcto desarrollo de los personajes y de la propia historia.

Para cuando esto comienza a suceder, el relato ya tiene suficiente bagaje y demanda seguir adelante con él por el buen trabajo de ambientación y recreación, por lo entretenido que es y por la locuacidad narrativa de su autora. Un fin a una novela que para mí marca la curiosidad de tener la experiencia de volver a leer otro título más de María Dueñas.

(imagen tomada de amazon.es)

Impresiones, anécdotas y ganas de más Marruecos

Llega el momento de dejar Marruecos, se acabó el viaje que he hecho por Tetuán, Chefchaouen, Assilah y Tánger. Toca hacer la maleta, recoger las cosas que traje y guardar también las que he comprado. Vuelvo con poco equipaje extra en la maleta, tan sólo tres pequeños libros, tres obras de teatro marroquíes traducidas al inglés.

Literatura

No conozco nada sobre literatura marroquí ni sobre sus autores,  pero leer teatro es una de mis pasiones, aunque lo haga mucho menos de lo que me gustaría. Me he encontrado con ellas sin buscarlo, surgieron sin más. Las dos primeras en la librería de la antigua legación americana y la tercera en la librería Colonnes, a la que llegué siguiendo los pasos de Paul Bowles. Leyendo sus reseñas me han parecido interesantes, “No man’s land” de Mohammed Kaouti dice ser una predicción del movimiento del 20 de febrero, la versión marroquí de la primavera árabe de 2011, y de Zoubeir Ben Bouchta “Shakespeare Lane”, una reinterpretación de momentos de distintas obras del genial inglés, y “The red fire” que toma punto de partida una historia que el pintor y novelista local Ahmed Elyakoubi contó a Paul Bowles y que este redactaría en inglés bajo el título “The night before thinking”.

Tras haber conocido un poco más sobre él y su vida aquí, de Paul Bowles me voy con ganas de leer “El cielo protector”. Tengo en casa sin ver la adaptación cinematográfica de Bernardo Bertolucci, quizás sea también el momento de desprecintarla y poner el dvd en marcha.

El Reducto

Con la maleta cerrada y la mochila al hombro bajo por última vez en el ascensor estilo colonial del hotel Rembrandt. No será este el hotel que me lleve como recuerdo, será el riad de Tetuán, “El Reducto”. Llegar hasta él callejeando por la medina ya le dio un primer toque de autenticidad, y a este súmale otros como su pequeño tamaño articulado en torno a su bonito patio interior de estilo morisco, la calidez de la decoración de la habitación y el que el hotel en total contara con tan sólo cinco estancias, las vistas desde su azotea, el desayuno que te preparaban al sentarte, la mesa llena de libros en el comedor para hojear y la anécdota de ser uno de ellos “El tiempo entre costuras”, la novela de María Dueñas cuya lectura he hecho coincidir con este viaje para así avanzar entre sus páginas por las ciudades en las que acontece parte de su historia.

Viajando en autobús y en tren

Pagadas las cuatro noches que he hecho en Tánger, salgo a la calle a coger un taxi. En apenas 30 segundos para uno a mi lado, antes de subir y siguiendo el manual del turista precavido le pregunto cuánto me cobrará por llevarme al aeropuerto.

Esta vez sé que voy seguro a mi destino, no como cuando en Chefchaouen me subí al bus para volver a Tetuán. El billete marcaba como hora de salida las 15:15 y a esa hora apareció un autobús, me subí a él rápidamente ya que llovía a mares mientras el resto de los que también debían hacerlo introducían sus equipajes en el maletero. Sube una chica y me dice que ella tiene mi asiento también, le enseño el billete y ella me enseña el suyo. Al ver los dos algo me llama la atención, no son iguales, tenemos el mismo número de butaca, pero el suyo dice que va de Chefchaouen a Fez y el mío que voy de Chefchaouen a Tetuán. ¡Me había equivocado de autobús! ¡Qué momento! Me excusaré alegando que en la estación no había ningún panel indicativo ni avisos por megafonía.

Parecida cara de ¡ay! se me debió quedar en la estación de tren de Assilah al volver para Tánger. Había comprado billete para el tren de las 16:41, llegué media hora antes y pensé que si llegaba otro tren antes lo cogía ya que los asientos no eran numerados. Por la mañana el tren en el que vine de Tánger había parado en la vía 1, y ante, nuevamente, la falta de paneles informativos y de avisos por megafonía supuse que para volver debía colocarme en el otro andén, el 2. Y a eso de las 16:20 oigo la sirena del tren, dejo de leer y miro, están viniendo dos trenes a la vez, cada uno en un sentido. Y el que va en dirección norte, en el que tengo que subir yo ¡es el del otro andén! No hay paso soterrado y el convoy que va hacia el sur me impedía cruzar las vías, imagino que me quedé con cara de pasmado en grado supremo. Una vez se fueron los trenes pregunté al de seguridad cuál era el andén de mi tren, me dijo que el 1 y allí me coloqué y esperé sentado leyendo al que era mi tren. Y leí bastante, tanto como los 50 minutos de retraso con que llegó el tren Oujda-Tánger. La experiencia ferroviaria creció con intensidad al intentar subir al tren, imposible hacerlo en los vagones de segunda clase tal y como me correspondía por mi billete. Iban tan llenos como el metro en hora punta, con los pasillos y los espacios entre puertas repletos de gente de pie. Así que subí en el de primera en el que todo el mundo va sentado en el asiento asignado en su billete, pero como también iba completo, hice el trayecto de pie.

Relativo a los trenes me quedo con las ganas de saber por qué el único colectivo que vi que tenían derecho a descuento en la tarifa, del 50%, eran los periodistas. Cuando viajo llevo conmigo mi carnet de la federación internacional de periodistas, pero estuve lento de reflejos en la taquilla y no llegué a sacarlo. No por el ahorro en el billete, sino por ver la reacción, parto del concepto de que los periodistas en este país son un colectivo controlado. Me lo anoto para la próxima vez que vuelva.

“Hola amigo”

Ya en la terminal del aeropuerto de Tánger me dirijo al mostrador de facturación, en apenas un minuto tengo mi tarjeta de embarque. El personal habla perfectamente español, supongo será un requisito que ha tener en su cv para poder trabajar en el aeropuerto atendiendo a turistas españoles, pero caminando por las calles de Tánger y, sobre todo, de Tetuán, queda patente que hubo un tiempo que en este fue un territorio con amplia presencia del otro lado del Estrecho de Gibraltar. Nombres de establecimientos y antiguas placas de denominación de calles son algunos de los testigos de aquel pasado.

Entre la población, el español básico está a la orden del día entre todos los que te vayan a atender como turista. Enseguida por la cara me identificaban como español  y llegaban los “Hola amigo”, “¿De dónde eres, de Madrid?”, “Yo te enseño la medina”, “Si buscas cosas bonitas yo te llevo”,…, todas ellas ofertas de lo más interesadas. Siguiendo el manual del turista precavido respondía con un “No, gracias” o un “Ya sé, conozco la ciudad”, evitaba la mirada, seguía caminando a mi paso y no respondía a la propuesta de diálogo. En algunos momentos, sobre todo en la medina de Tánger, aceptar este cortejo impuesto por mayores y pequeños fue todo un ejercicio de paciencia, no había calle en que no te libraras y no parecían aceptar un no por respuesta.

Si con el español no puedes hacerte entender, con un francés básico sí que llegas a todas partes. Aunque ha habido algún momento, con gente mayor fundamentalmente, en que al no hablar árabe la comunicación no ha sido posible.

¿Seguridad o control?

Como si fuera un ejercicio simétrico a la llegada hace una semana, paso el control policial para que mi pasaporte quede registrado en el sistema informático del Ministerio del Interior del Reino de Marruecos y en su página 30 pongan el sello de salida.

Será la última vez que vea presencia policial o militar en este viaje, un continuo que me ha acompañado desde el primer día y que parece ser la cotidianeidad del país. En controles de carreteras, en estaciones de autobús y tren, repartidos aquí y allá por el paseo marítimo o el llamado mirador “de los perezosos” en Tánger, en la plaza Hassan II o en la medina de Tetuán y en la de Chefchaouen, en la parada de taxis en Assilah,… Creo no haber pasado por un sitio donde no haya visto hombres uniformados visiblemente colocados.

¿Serán ellos el motivo de la sensación de seguridad que hay en el ambiente? ¿O me equivoco y realmente debo interpretarla como sensación de control? ¿Tendrá algo que ver con los acontecimientos de la llamada primavera árabe en el país en febrero de 2011 o con atentados como el de Marrakech en abril de 2011? ¿O sencillamente ha sido siempre así? Si comparo con mi viaje anterior hace tres años, mi sensación es que la presencia policial y militar en las calles era entonces, igual que ahora.

Comerciantes como Mahoma

Cuando cae la noche das por hecho que las calles se van a vaciar porque ha llegado el momento de hacer vida en casa. Sin embargo, lo que he vivido estos días ha sido todo lo contrario, al desaparecer el sol las aceras se abarrotaban de gente, de familias y grupos de mujeres y hombres jóvenes que parecen estar haciendo vida social.

Mujeres mayores ves pocas, y hombres de mediana edad y mayores ves muchos, pero casi todos ellos sentados en las terrazas de los cafés y salones de té de nombres exóticos como “Salón de Thé Grand Paris” y “Café Saigon” que recuerdan la huella del protectorado francés cuando el referente de modernismo era la antigua metrópoli y sus colonias africanas y asiáticas.

Y junto a aceras repletas de paseantes y terrazas llenas de hombres que miran a aquellos o debaten entre ellos, un comercio que se coloca por todas partes. No sólo se vende en la medina y en los locales comerciales convencionales de las zonas modernas, allí donde hay un hueco en el adoquinado surge una mesa o una manta en el suelo sobre el que se colocan toda clase de artículos a la venta.

–           “Lo que pasó en febrero de 2011 ha hecho que levanten la mano en algunas cosas, hasta entonces, por ejemplo, el tema del comercio se desarrollaba exclusivamente dentro de la medina. Los puestos ambulantes que has visto en la plaza de Hassan II o repartidos por las calles del ensanche antes no estaban”, me decía una española en Tetuán.

–          “Pero si aquí los sueldos son más bajos, ¿quién compra todo esto? ¿de verdad tanta gente puede vivir del comercio?”, preguntaba yo intentando saber dónde estaba el equilibrio oferta-demanda en aquel espectáculo de calles abarrotadas de mercancía exhibida y cantidades ingentes de peatones y potenciales clientes que hasta dificultaban el paso de vehículos.

–          “No sé decirte si se puede vivir o no de ello, pero la realidad es que ahí están un día tras otro desde primera hora hasta bien entrada la noche. El profeta Mahoma era comerciante y supongo que eso es lo que hace que tanta gente elija esta actividad en esta cultura”, y llegada a esta conclusión que sigue pululando en mi cabeza como explicación al porqué del asunto dejamos el tema de conversación.

Surgió la mención a Mahoma con la misma cotidianeidad con que se vive el islam en la vida pública de los países árabes. Esta ahí, es permeable, transversal a todo. De hecho, el estado marroquí tiene en su estructura un ministerio de asuntos religiosos, el Habus. Andas por la ciudad y oyes las llamadas a la oración, paseando por cualquier rincón de la ciudad encontrarás una mezquita en la que hombres y mujeres entrarán por puertas diferentes ya que en su interior sus espacios están completamente separados.

Excepto a determinadas horas del día en la suntuosa mezquita de Hassan II en Casablanca, ningún no musulmán puede entrar a una mezquita en Marruecos. La medida comenzó durante el protectorado francés para que los musulmanes sintieran respetadas sus creencias e identidad y evitar conflictos con la comunidad expatriada, y tras la declaración de independencia se siguió manteniendo la prohibición.

La familia

Ya estoy en la zona de embarque del aeropuerto. Mi entretenimiento aquí es siempre el mismo, ¿a qué otras ciudades habrá vuelos desde aquí? ¿Y cómo será la gente que va a esos destinos? En las próximas horas veo que aparte de a Madrid, hay programados vuelos a Casablanca, París, Lisboa y Bruselas.

Veo personas con look occidental y otros tradicional, una diferencia visualmente mucho más evidente en las mujeres, los colores vivo de sus chilabas, el pañuelo en la cabeza, el hiyab. Entre los que parecen nacionales apenas se ven pasajeros individuales, abundan las familias, y en ellas queda claro como cuando lo ves en cualquier ciudad que hay un cabeza de familia, él, y una encargada, ella, de estar al tanto de los varios hijos que tienen.

Sabores

El vuelo es a las 13:00, mala hora, me veré obligado a tener que pedir algo de la comida de pago del avión. Nada que ver con los zumos naturales de naranja exprimidos en el momento en puestos callejeros que he tomado estos días, el pescado fresco en las terrazas del paseo marítimos de Tánger, el sabroso couscous con pollo que tomé frente a la kasbah de Chefchaouen y en el Restinga de Tetuán o el tajin de verduras en Assilah. Me llevo en el sentido del gusto las distintas clases de preparación de aceitunas que puedo haber probado y descubrimientos como la harira, la tradicional sopa marroquí elaborada a base de carne, tomate y legumbres.

Cenar en el “Populaire Saveur de Poisson” la última noche fue toda una experiencia. Un pequeño local con capacidad para unas 25 personas cerca de la entrada de la medina de Tánger. Llegas y te sientan donde haya hueco junto a otros clientes en sus mesas corridas. No hay carta, menú único servido en fuentes de barro: sopa de pescado, un revuelto a la plancha de sepia, mero y distintos mariscos, a continuación un lenguado a la plancha y marrajo a la brasa. Todo ello acompañado de un rico zumo de frutas que combina frambuesas, pera y frutos secos. Éxtasis para la boca. Y como cierre de postre dos combinaciones de miel, una con copos de avena y frutos secos y otra fresas y granada.

Tres años después

Asiento 17A, he tenido suerte, salida de emergencia, así podré ir un poco más cómodo con las piernas estiradas. Miro el sello de salida en el pasaporte, mismas fecha tres años después que mi anterior viaje a Marruecos, del 26 de diciembre al 2 de enero. Entonces entre 2010 y 2011 en el que fue mi último viaje como guía acompañante de grupos en viajes organizados.

La ruta de aquel tour fue Marrakech-Ourzazate-Erfoud-Fez-Casablanca-Marrakech. La plaza Djemaa el Fna de Marrakech me pareció un auténtico espectáculo en vivo, quedé impresionado al conocer que la medina de Fez la forman más de 9.000 calles en las que viven 300.000 personas, me encantaron los amaneceres en Erfoud a las puertas del desierto, así como cruzar por dos veces el macizo del Atlas y descubrir que en sus zonas altas tiene nieves perpetuas,… Entonces me llevé la impresión que esta es una buena época del año para visitar Marruecos, viniendo del invierno de Madrid, la luz y las temperaturas de hasta 20º en el momento central del día resultan muy agradables.

Después de lo conocido estos días sobre el protectorado español y francés, me quedo con ganas de conocer Casablanca y Rabat, las ciudades en las que está el centro político y económico del país que surgió en 1956. Y si vuelvo a Tánger intentar recorrerla siguiendo las huellas de Delacroix y Matisse, qué vivieron y conocieron, qué sintieron, qué les impactó en esta ciudad y en las demás que visitaron en el país, qué hay detrás de las pinturas que aquí crearon. Me queda como pendiente la experiencia de ir a un barbero local, de repetir la visita a un hamman,…

“Buenas tardes señores pasajeros. El comandante y todos nosotros les damos las gracias por elegir este vuelo con destino Madrid. La duración del vuelo será de aproximadamente una hora.” Ahora sí que sí, con el aviso de megafonía de la sobrecargo puedo decir que la experiencia de este viaje ha llegado a su fin.

Assilah, mirando al Océano Atlántico

A las 10:40 de la mañana he cogido en Tánger el tren que partía hacia Oujda, en la frontera con Argelia. 40 minutos después he comenzado a ver al fondo el océano, tranquilo, relajante, inmenso. Acto seguido, el tren ha realizado su segunda parada en lo que llevábamos de trayecto, habíamos llegado a Assilah.

Al salir del edificio terminal, y junto con una pareja española, he cogido el taxi que estaba esperando a los viajeros y por 10 dirhams (1 €) por persona nos ha dejado en el centro de la ciudad. Allí, en el lado norte de su muralla, y junto al océano, estaba una de las puertas de entrada a la medina.

Si por algo llama la atención la medina de Assilah, entre otros motivos, y que es parte de su encanto, es contar aquí y allá con lienzos de paredes convertidos en murales. Dan color, hablan a la imaginación, suscitan la curiosidad y te enganchan a seguir caminando buscando el siguiente mural, a ver qué dice, qué contiene, qué expresa. El arte parece ser una de las señas de identidad de esta ciudad, además de los murales, añádanse las varias galerías y talleres artísticos que se ven en sus calles, así como un centro de exposiciones (Centro Hassan II de Encuentros Internacionales) en el que he visto una muestra de artistas jóvenes de distintos países árabes.

Murales

Además de por lo artístico, esta medina es diferente a la de otras ciudades como Tetuán, Tánger, Fez o Marrakech. No sólo por ser más pequeña, sino también porque todas sus calles de entrada, así como las que circundan interiormente su muralla, son amplias y diáfanas. También por no haber comercio en su interior más que el estrictamente dirigido a turistas, y ser estos el grupo de gente mayoritario frente a los locales. Añádase lo cuidado del conjunto de sus calles y de los arreglos florales de muchas de las puertas de entrada de sus viviendas.

Calles

Todo esto respirando, oliendo, escuchando el océano, y pudiéndolo ver subiendo a la muralla junto a su torre suroeste.

Desde ese lugar se pudo ver en 1471 cómo llegaron los 30.000 portugueses que conquistaron la ciudad. Fueron ellos quienes construyeron a continuación la muralla que existente hoy en día, haciendo así de Assilah, como de Ceuta o de Tánger, un puerto base para las rutas marítimas portuguesas que tenían como destino el cuerno de África. Tras la unión en 1578 y posterior separación en 1640 de los reinos de Portugal y España, Assilah pasó a ser parte del imperio español, en cuyos dominios estaría hasta 1691 en que fue recuperada por los árabes. En 1912 la ciudad quedaría incluida dentro de la zona del protectorado español de Marruecos.

De esta época quedan testigos como la iglesia de San Bartolomé y la arquitectura que aloja varios restaurantes frente a la puerta norte de la medina. En la balconada de uno de ellos, en el Océano, reza un “desde 1914”. Desde aquí  se puede rodear la muralla portuguesa de la medina por su exterior, ver sus otras dos puertas en el lado este y en la torre sureste, y comprobar la vida fuera de esta, una primera zona de terrazas de restaurantes y otra posterior donde está el mercado que hubiéramos esperado encontrar dentro: verduras, frutas, huevos, pollos, cerámicas,…

Muralla

A la hora de volver a la estación del tren, y con 18º como los que hacía hoy, merece la pena volver al punto de inicio del día, la puerta norte de la medina y desde ahí caminar por la playa hasta la estación para tomar de vuelta a Tánger el tren de las 16:40 que venía desde Oujda. Un paseo de dos kilómetros hacia el norte que comienza dejando atrás el pequeño puerto pesquero, sigue dejando a un lado el espigón y finalmente, si hay oleaje, se puede ver a surferos disfrutar de las olas en un mar en estado natural que parece prolongarse hasta el infinito.

Oceano

Chefchaouen: impresión azul

Ir a Chefchaouen es como ir a Granada. La gente se cree que porque estás en Andalucía allí va a hacer un día espléndido, y luego llegas y qué frío. Dímelo a mí que fui hace un mes y con menudo catarro volví. Pues aquí en el norte de Marruecos es lo mismo con Chefchaouen, allí hay que ir abrigado, estás en lo alto de la sierra y lo mismo te encuentras hasta nieve.”

Con este consejo recibido durante el desayuno he comenzado el día. En el autobús CTM que cubría la ruta Tánger-Oujda he subido al asiento 42 para hacer en una hora los 60 km del trayecto Tetuán-Chefchaouen. Un recorrido por el inicio de la cordillera del Rif que me ha llevado de estar casi a nivel del mar hasta llegar a los 564 metros sobre este. Una carretera sinuosa que observa la altura que forma el valle del Oued Hajera, el cauce de un río prácticamente sin caudal pero con aspecto de acoger aguas turbulentas en los momentos de lluvias torrenciales. Pasada la primera subida el terreno yermo comienza a acoger pinos y en los últimos kilómetros de subida a Chefchaouen el suelo escarpado se ha llenado de olivos.

La subida no termina cuando llegas a la ciudad. La estación del autobús te deja abajo, y la ciudad antigua queda arriba en una empinada cuesta que pondrá a prueba tus gemelos si la subes andando. A mi llegada, llovía, llovía y llovía. Esperados unos minutos a que escampara y viendo que la nube estaba estancada en los montes que rodean la ciudad, finalmente me puse en marcha. El trayecto de quince minutos bajo la lluvia hasta llegar a la entrada a la medina mereció la pena.

La ciudad antigua

Entras en una medina, calles estrechas, puestos comerciales a uno y otro lado, con la salvedad de que en esta ocasión hay cuestas, estamos en lo alto del valle. La medina de Chefchaouen no es muy grande y en apenas unos minutos se llega a su centro, la plaza Uta-el Hamman, un espacio abierto en cuyo centro está el imponente recinto fortificado de paredes rojizas de la kasbah (alcazaba) que data del inicio de la ciudad a finales del s. XV.

Alcazaba

En lo recorrido hasta entonces llama la atención que el colorido de las edificaciones no sea blanco. Aquí el color es… azul… en las fachadas, enmarcando puertas de madera, en las paredes, en las alturas,… Casi todo está pintado de este color y verte rodeado de azul te da sensación de sosiego y ligereza, de estar moviéndote en el agua más que sobre la tierra.

El impacto es realmente deslumbrante y todo un espectáculo en cuanto dejas atrás la plaza y la zona turístico-comercial (en un día como el de hoy con bastante españoles y japoneses) y comienzas a ascender por la zona más antigua y residencial. Muchas escaleras habrás de hacer para llegar hasta arriba, pero no te arrepentirás. A cada quiebro, a cada rincón, otro toque más de espectáculo azul.

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La historia

El origen de Chefchaouen es similar al de Tetuán, hasta aquí llegaron musulmanes y judíos expulsados de la Península Ibérica y junto a los bereberes que habitaban las montañas del Rif fundaron en 1471 esta ciudad desde la que se planificaban y lanzaban campañas militares contra los portugueses que ocupaban Ceuta. Hasta iniciado el siglo XX la ciudad fue un completo bastión a las influencias externas, el cristiano que intentara entrar en ella sería recibido con la pena de muerte.

Los primeros en traspasar sus murallas finalmente fueron los españoles que llegaron a marcar el terreno con el inicio del protectorado en 1912. Para su sorpresa, se encontraron que la población de origen judío hablaba castellano medieval. Chefchaouen sería la última ciudad que las tropas españolas abandonarían cuando finalizó el protectorado para dar paso a la soberanía de Marruecos en 1956.

Hoy la ciudad parece vivir sólo del turismo –ese que en exceso le roba el alma a los lugares que coloniza- atrayendo a unos por su encanto azul y supuestamente a otros por lo fácil que aquí es adquirir marihuana (por dos veces hombres con chilaba me dijeron “eh, tú, ¿quieres una china?”, según Lonely Planet el Rif produce el 42% del cannabis mundial y supone el medio de 800.000 personas en la región). También dicen los entendidos que es el emplazamiento ideal para hacer trekking en los cercanos Parques Nacionales de Talassemtane –llegando a su cima, los 1.616 metros del pico Jebel El-Kelaa- y Bouhacem.

Joan Miró

La parte nueva de la ciudad no tiene encanto alguno, excepto la plaza de Mohammed V (el rey que recuperó la soberanía del país en 1956) cuyo diseño fue obra de Joan Miró. Supongo que del original no queda nada, porque lo que ves cuando llegas –al menos está de paso entre la medina y la estación de autobuses- te deja con sensación de… nada.

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Tetúan: la medina, la plaza de Hassan II y el ensanche

Mirando hacia el norte, a la derecha, al este, la medina, la ciudad que se reconstruyó a finales del siglo XV. A la izquierda, al oeste, el ensanche, la expansión urbana que trajo consigo la capitalidad de Tetuán del protectorado español de Marruecos (1912-1956). Como transición entre ambas la Plaza de Hassan II con el Palacio Real, y unificando medina, ensanche y plaza en un continuo, el blanco impoluto de las paredes que lo llena todo de luz.

La medina

Elijas la puerta que elijas, la calle por la que entrarás será estrecha, con puestos comerciales a un lado y a otro, mostrando todo el género en su exterior. En continuo movimiento, gente que te adelanta, gente con la que te cruzas, vestidos en colores apagados ellos y ellas en vivos. A partes iguales chilabas y pantalones, camisas y chaquetas, en pocos casos ellas con faldas.

Las calles de la medina están distribuidas por negocios, aunque no encontrarás indicación alguna que te guíe. Puedes ver al carnicero matando en vivo un pollo y sumergiéndolo después en agua hirviendo para desplumarlo, al pescadero dándole los recortes de sus piezas al gato que espera ávido, los vivos colores de todas las frutas expuestas, docenas y docenas de huevos apiladas en torres, la extensa variedad de dulces basadas en frutos secos y miel que ofrece el pastelero, al zapatero pegando una suela, al sastre cosiendo, falsificaciones de marcas y prendas con diseños autóctonas, toda clase de dorados llenando las vitrinas de los escaparates de las joyerías, a los curtidores sumergiendo las pieles en los tintes preparados, a los ebanistas cortando sus piezas y llenando el suelo de serrín, a los barberos enjabonando a sus clientes y manejando después con maestría la cuchilla.

Oficios

Y no lo dudes, te perderás. Toda calle se bifurca, después se curva, o te obliga a girar noventa grados a la derecha, para después a la izquierda y entonces elegir nuevamente, si a este lado o a aquel. Relájate, déjate llevar y sorprender por lo que te pueda ofrecer el recorrido. Estás viviendo la ciudad, lo que sus gentes haces, hay pocos turistas y por eso de vez en cuando llamas la atención. Habrá quien se acerque y te pregunte, te quiera llevar, tú decides si sí o si no. Y no pretendas repetir una ruta dentro de la medina, no lo conseguirás, te volverás a perder, creerás que ese gato con el que te acabas de cruzar es el mismo que ya viste antes, y no, no lo es.

Gatos

Calles comerciales y otras más discretas que se asoman y en las que si entras te llevarán a viviendas en cuyo interior deben vivir en la penumbra. Y repartidas aquí y allá distintas mezquitas y zagüías (especie de ermita en que se halla la tumba de un santón según la definición de la RAE) e indicaciones en cerámica sobre las paredes –hoy ladrillo y ayer adobe- que te cuentan en árabe, inglés y español el origen del enclave exacto en que te encuentras.

CalleOscura

La medina de Tetuán fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1997. Su origen actual se remonta a la llegada desde Andalucía de refugiados árabes y hebreos altamente formados durante los últimos años de la Reconquista española y tras las expulsiones de judíos decretadas por los Reyes Católicos en 1492 y de los moriscos por Felipe II entre 1609 y 1613. Previamente Tetuán había sido destruida en varias ocasiones por castellanos y portugueses por ser sede de piratas y base de ataques a la cercana ciudad fronteriza de Ceuta (ciudad portuguesa de 1415 a 1640 y desde entonces española).

La plaza de Hassan II

PalacioReal

Por ella entré a la medina y a ella vuelvo. Es una gran esplanada, y la primera impresión es que aquí algo no cuadra. Por la propia estructura del espacio, no se ven proporciones, regularidad ni relación entre sus elementos. La fachada este, la del Palacio Real no es simétrica ni está centrada con respecto a la plaza. Además, casi todo el espacio está vallado y con presencia militar permanente que impide acercarte al edificio regio. Al norte de la plaza varios cafés con terrazas donde hombres tranquilos y más o menos charlatanes toman té y café, al sur también cafés con terrazas menores –nuevamente solo hombres forman su clientela- y puestos ambulantes que prolongan el mercado de la medina en un continuo que llega hasta el ensanche.

La forma elíptica que tiene la plaza frente al palacio real se prolonga en otra zona que está también vallada, lo que junto a la invasión del comercio callejero hace el paso de personas atascado, lento y necesitado de paciencia.

La respuesta a este diseño de plaza está en la historia reciente, hasta mediados de la década de 1980 el monarca Hassan II, padre del actual Mohammed VI, nunca había visitado la ciudad y según la costumbre, llegado este momento, se le habilitó un palacio similar a los que tenía en otras ciudades –como Fez, Casablanca, Rabat, Meknes o Marrakech- utilizando el hasta entonces consulado general de España y que durante el tiempo del protectorado español había sido la comisaría. En aquellos tiempos frente al edificio policial se encontraba la plaza del Feddán que fue destruida para dar amplitud visual al palacio.

Además de lo expuesto sobre la distribución del espacio llaman también la atención cuatro torres frente al palacio que podrían parecer minaretes y que sin embargo resultan ser faros art nouveau diseñados por un discípulo de Gaudí.

El ensanche

Junto a la plaza de Hassan II está la de Al-Jala, ahí surge la avenida de Mohammed V. Es el elemento central del desarrollo urbano iniciado cuando en 1912 se designó desde Madrid a Tetuán como la capital del protectorado español de Marruecos. En aquel año el hoy país independiente cedió su soberanía a Francia y este traspasó a España el control de la zona norte del país, un régimen que duraría hasta 1956 cuando el país recuperaría nuevamente su soberanía.

El urbanismo de esta zona es el opuesto al de la medina, planificado bajo las premisas del orden y la cuadricula. Edificios que podríamos encontrarnos perfectamente en Andalucía y que en los letreros y luminosos de sus cafés y locales comerciales como cines, teatros y farmacias conservan muchos nombres españoles. La propia avenida de Mohammed V fue hasta 1956 avenida del Generalísimo.

Nombres

En esta zona de la ciudad está el que fuera el primer museo del país, el Museo Arqueológico, inaugurado en 1940. Formado por un pequeño jardín y tres salas en las que podemos conocer un poco sobre el pasado prehistórico fenicio, romano, bereber e islámico del norte marroquí. Llaman especialmente la atención los mosaicos del s. II dC traídos desde la antigua ciudad romana de Lixus (hoy cerca de Larache, en la costa atlántica, a 130 km de Tetuán) o los vestigios encontrado en el yacimiento arqueológico de Tamuda, ciudad prerromana del s. III aC y situada a 2 km al sur de la ciudad en dirección a Chefchaouen, a donde voy mañana…

Mosaio

Llegar hasta Tetuán

Se ha encendido la señal de “abróchense los cinturones”, miro por la ventanilla y lo que presumo es la línea del litoral gaditano se va quedando atrás y sólo se ve azul, intensidad lapislázuli en el océano y turquesa hacia el horizonte. Según la mitología griega estoy más allá del mundo conocido, aquel que entonces abarcaba únicamente el mar Mediterráneo y cuyo fin a Hércules mandaron enmarcar en uno de sus trabajos colocando dos columnas, una en Tarifa y la otra en el monte Hacho en Ceuta, fijando así en los mapas de entonces y de ahora el Estrecho de Gibraltar. Hoy soy yo el que pretende ampliar su mundo conocido, la intención de este vuelo es llegar a ciudades que hasta ahora nunca había visitado.

En poco más de cinco minutos el avión gira hacia la izquierda y entonces observo nuevo litoral, es la costa atlántica africana, estamos entrando en Marruecos. En los minutos que el Bombardier CRJ200 sobrevuela tierra llama la atención lo verde del terreno y sus subidas y bajadas, así como la multitud de construcciones que se ven aquí y allá, incluido un extenso parque de aerogeneradores, y un poco más allá la amplia prolongación urbana que supongo es Tánger.

Aterrizamos puntuales a las 12:25 hora local, apenas han sido 50 minutos en el aire desde Madrid, y salimos del avión. Primera impresión, hasta se podría decir que hace calor, sobra el abrigo, la brisa es agradable a la piel y si fuera a estar en exterior un poco más no podría hacerlo sin recurrir a las gafas de sol. La terminal del aeropuerto tangerino es pequeña, lo que permite resolver en breve los trámites aeroportuarios: control de pasaportes, cambiar euros por dírhams (1 €: 10,5 dírhams) y salir por el “no tiene nada que declarar” que aquí incluye pasar todo el equipaje por un scanner de (presunta) seguridad.

Es el momento, ¡comienza la aventura! Destino de este primer día: Tetuán. Junto al indicador de taxis en la terminal de llegadas un gran cartel te indica las tarifas, a Tánger centro ciudad 100 dírhams. En mi tímido francés, le indico al taxista que quiero ir a la estación de autobuses de la compañía CTM –la que he leído que da un servicio más fiable-, y me dice que entonces son 150, que los 100 es a la es estación central. “OK, no problem, a la estación central de autobuses entonces” le respondo, cuando lleguemos allí ya pensaré qué hacer.

Nos ponemos en marcha. Desde el primer momento hay edificaciones a lo largo de todo el camino, con mayor densidad a medida que avanzamos. Me llama la atención que aquí y allá se vea a hombres, mayoritariamente jóvenes, a pie de carretera con actitud entre ociosa y relajada espera, y vestidos con chaquetas que yo llevaría en días de frío. No como hoy, que puesto pie en tierra no he vuelto a ponerme la que yo llevaba cerrada hasta el cuello cuando salí de mi casa en Madrid esta mañana.

Pasados unos quince minutos llegamos a una gran glorieta en la que es patente una falsa sinfonía de cláxones, y el tráfico saturado parece regularse más por un espíritu de supervivencia que por reglas formales. Hay varias salidas y me pregunto cuál cogerá el taxista para seguir avanzando. Fácil respuesta, para, me señala a la derecha y me dice que hemos llegado.

En la acera varios vendedores ambulantes ofreciendo dulces, gente que sube y baja de más taxis. Decido entrar en la estación y ver si encuentro el modo de ir a Tetuán. Todas las señales parecen bilingües árabe-francés por lo que creo que será fácil hacerme entender. Sigo la acera, comienzo a ver por primera vez hombres y mujeres con chilaba y a muchas de ellas con pañuelo cubriendo el cabello, paso varios puestos más de lo que parece comida rápida y llego hasta la entrada a la estación. Una vez dentro busco que por algún sitio diga “Tetuán”, el espacio no es muy grande, habrá como unas diez taquillas. Veo un primer puesto que en sus vitrinas lleva escrito el nombre que busco, pregunto y me dicen que ahí no, pero me hacen una señal de dos puestos más allá. El diálogo es simple

–          ¿Tetuán?

–          Sí.

–          ¿Cuánto?

–          14 dírhams.

–          ¿A qué hora?

–          1:15, en diez minutos

–          ¿En qué andén?

–          Busca ese autobús, me indica el hombre desde su silla señalando un cartel ajado por la mucha luz directa recibida probablemente a lo largo de años en que se ve un autobús con lo que parece una gran estrella en su lateral.

Con un pedazo de papel en la mano que supongo es el billete salgo a los andenes. No hay señalización informativa alguna, pero enseguida intuyo el bus que me habían indicado, podría ser el de la fotografía, tal cual, porque parece tener tanto años como ella. Para que no me quede duda alguna, junto a su puerta un tipo gritando “Tetuán, Tetuán, Tetuán”, le enseño mi billete y me indica la parte trasera. El que debe ser su compañero me precede, abre el maletero y allí dejo mi equipaje. Quedan unos minutos para salir y espero, miro el bullicio, más relajado detecto que hay más voces, más destinos que están siendo anunciados de esta manera.

No se llega a completar ni medio autobús, me coloco en la parte de atrás junto a una ventanilla, así puedo ver el paisaje una vez nos ponemos en camino. Puntualidad, a las 13:15 el conductor da portazo, se sienta en su sitio, da marcha atrás y comenzamos viaje.

Bus

La zona urbana que atravesamos no es muy grande y no hay demasiado tráfico, además de tener dos carriles por cada sentido. Para mi sorpresa, dejamos a un lado un edificio circular que parece abandonado desde hace tiempo, ¿es posible que fuera una plaza de toros? Anotado queda en mi cabeza, tengo que leer más estos días sobre el antiguo protectorado español de Marruecos (1912-1956) y el pasado de Tánger como puerto franco internacional, lo mismo descubro que sí, que aquí hubo una plaza de toros.

PlazaToros

En un par de glorietas frenazos en seco, se abre la puerta y sube algún nuevo viajero. Supongo dejada atrás la ciudad cuando pasamos bajo unos grandes pilares y unas señales que indican el desvío hacia la autopista Tanger Puerto – Casablanca. Entonces sucede como antes desde el aire, llama la atención lo verde y ondulado del paisaje que contemplo a través del cristal.

Monte

De vez en cuando algún desvío en la carretera N2 hacia poblaciones que se ven más allá y junto a ella puestos ambulantes que a la rápida velocidad que pasamos he llegado a adivinar son algunos de cebollas y otras auténticas carnicerías con sus piezas colgadas a pie del asfalto.

Cebollas

A mitad de camino la carretera inicia una subida serpentuosa  y llegado a una cima comienza el cambio. Entramos por el oeste en la cadena montañosa del Rif, en la bajada surgen los árboles, un bosque frondoso de pinos a mi derecha y a la izquierda veo que se abre un gran valle enmarcado más allá por una gran muralla de piedra. Hemos dejado atrás la influencia atlántica, aquí reina el clima mediterráneo.

En breve surge una mancha blanca que se extiende a lo largo de una gran colina, son las casas encaladas de Tetuán. La N2 bordea la ciudad por su lado sur hasta que el autobús se desvía y paramos. Hemos llegado, estamos en la estación de autobuses tetuaní. Los porteadores esperan junto al bus esperando que algunos de los viajeros les reclamemos sus servicios. Salgo con mi maleta pequeña y me dirijo a la parada de taxis. Indico que quiero ir al hotel El Reducto, pero a los dos que pregunto me indican que ellos van a otras zonas. Son colectivos, suben a gente con direcciones comunes y parece que yo quiero ir a donde nadie más va, a apenas un par de kilómetros y en sentido centro ciudad.

Así que manos a la obra me pongo a andar. Subo cuesta, y aquí se agradece ponerse la chaqueta, sopla un aire más bien fresco. Subo, subo y subo. Miro mi mapa varias veces y veo que voy en buen camino. Tengo que llegar a la muralla, a la entrada principal de la medina junto al Palacio Real.

En una de esas comprobaciones de mapas oigo un “¿A dónde vas?” Me está pasando lo que la guía advierte, se te acercarán guías voluntarios que no aceptarán un no por respuesta, irán de altruistas y luego te pedirán que les pagues.  Le digo que ya sé yo cómo ir, pero deben ser las únicas palabras en español que no quiere entender, su vocabulario sobre barrios de Madrid y equipos de la liga de fútbol es de lo más completo.  Eso sí, debo reconocer que una vez aceptada la situación, me dejé llevar por él y llegados a la zona comercial con una cada vez mayor afluencia de viandantes su asistencia fue muy útil. Probablemente sin ella hubiera tardado en encontrar el pasadizo que junto a la Plaza Hassan II te lleva al hotel “El Reducto”.

Me dejó en la misma entrada, un pequeño recibidor alicatado con azulejos que forman una decoración de motivos geométricos y al frente una puerta de madera con cristales de colores. Paso y veo un pequeño comedor que resulta de lo más acogedor y a mi izquierda una recepción.

–          Hola, buenas tardes, tenía una reserva a nombre de…

Ya lo puedo decir, ya estoy asentado en Tetuán.