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La doble faz de “Refugio”

Queremos más de lo que tenemos y lo buscamos. Nos dejamos la piel en ello, saltándonos incluso lo que marca la ley, arrastrando en ello a nuestra familia y a los que nos rodean. Pero no son los mismos motivos los del político corrupto que ansía dinero y poder que el refugiado que se sube a una patera huyendo de los conflictos que le niegan su condición de ser humano. Dos de las cruces de nuestro mundo, los que abusan de él y las víctimas de su degenerada ambición sin límites. Un texto ambicioso y de amplio registro, con un arranque fantástico y un desarrollo posterior con algún momento desigual, pero también con grandes y sublimes pasajes.

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En los tiempos en que vivimos la carrera del servidor público parece exigir más tiempo y habilidades como orador que como gestor, les valoramos por los titulares de sus declaraciones y no por lo acertado de sus decisiones, nos fijamos más en su sonrisa y su manera de vestir que en la corrección de sus métodos de gobierno. Una fingida espontaneidad tras la que se esconden toda clase de trucos y métodos propios de la práctica profesional de la comunicación, la publicidad y el marketing con el fin de hacernos sentir una empatía, una cercanía y una afinidad que tiene poco de natural y mucho de impostado. Una enorme fachada tras la que los políticos viven su otra cara, la personal, la supuestamente verdadera y que no sabemos si convive con aquella de manera natural o con luchas esquizofrénicas, bipolares o paranoicas entre ellas.

Registros dispares que se dan no solo en la biografía del protagonista de Refugio, sino también en un texto que nos muestra cómo tras la objetividad periodística está el intento de manipulación, tras la imagen de felicidad conyugal la insatisfacción personal y tras la corrección política el cinismo elevado a la máxima potencia.

Un potente inicio desde el que Miguel del Arco nos traslada de manera poética a ese otro mundo que está ahí pero que desconocemos porque no se le dedica ni espacio ni tiempo político ni mediático y que socialmente es visto como una amenaza. Es el terreno de aquel para el que el término refugio no es un coto desde el que mirar hacia abajo a los demás, sino que es el asilo, el exilio, el destino del camino que se inicia allí donde reina la muerte, la pobreza y la violencia. Males que no se quedan en el punto de partida, sino que toman otras formas a lo largo de ese difícil y duro recorrido, con múltiples etapas y peajes y del que se llega a dudar que conduzca a un buen final, que ha de hacer el refugiado para conseguir sobrevivir.

Refugio es ambiciosa, no pretende únicamente mostrar una situación o contar una historia, sino que expone cómo se articula lo oculto y lo visible, lo conocido y lo íntimo, lo público y lo secreto en el triángulo de lo político, lo mediático y lo social en el que viven, desenvueltos unos, atrapados otros, la mayor parte de sus personajes. Y lo logra, articulando y mostrando de manera fluida cómo lo bueno y lo positivo se ensucia y se corrompe, convirtiendo el compromiso en extorsión, la generosidad en violencia y la simpatía en arrogancia. Proceso de metamorfosis en el que de manera puntual Refugio también se enreda en sí mismo al hacer que sus diálogos insistan en lo ya expuesto, sobreargumentando lo ya dicho.

Pero también hay un Refugio lleno de lirismo y poesía escenográfica, gestual y corporal que relata la necesidad de huir, de aventurarse y de lanzarse al mar Mediterráneo, de la condena a la renuncia que impone la muerte, de mostrarse y hacerse respetar en el nuevo mundo, y sobre todo, y en todo momento, la de no perder la cordura, la conexión con uno mismo, con su identidad y cultura. Es entonces, con palabras moldeadas como si de barro se tratara, que se da forma a algo tremendamente frágil, pero también muy emocionante por la sensibilidad y belleza con que toma forma sobre el escenario y se transforma en una sobrecogedora atmósfera que lo inunda todo.

Refugio, en el Teatro María Guerrero (Centro Dramático Nacional, Madrid).

“La rosa tatuada” en el pecho de Aitana Sánchez-Gijón

El nombre de Tennessee Williams como autor y el de Aitana como cabeza de cartel prometen mucho. El tercer lado de este triángulo creativo es una directora que ha construido su montaje con proyección tras proyección, momentos drag, comedia a lo José Luis Moreno y un hilo musical de ascensor. A pesar de ello, el texto consigue ser escuchado pese al ruido continuo que lo amenaza y Sánchez-Gijón brillar bajo semejante desatino.

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Tennessee no es el exceso con el que muchas veces se le identifica. Lo que sus textos ofrecen, sin tapujos ni adornos, es una completa disección de los rincones más profundos y ocultos de nuestros corazones, almas y conciencias. Un territorio al que no es fácil llegar y al que es más complicado aún hacerle frente. La verdad desnuda, esa que no se puede eludir con evasivas, medias tintas y auto engaños, puede dar mucho miedo.

Además de por su maestría formal, el valor de profundizar hasta esos lugares tan poco visitados fue el que desde el primer momento hizo de este estadounidense un grande de la literatura. La rosa tatuada es una buena muestra de ello, más aún, y al igual que sucedió con otros títulos suyos, por su brillante adaptación cinematográfica. La combinación de sus palabras con la imagen en blanco y negro de Anna Magnani dándolo todo como Serafina della Rose –inmigrante italiana, esposa y amante fiel de un marido recién asesinado y madre de una hija adolescente- es un referente marcado a fuego en el imaginario habitual de este escritor.

Sin embargo, viendo lo representado en el escenario del María Guerrero, da la impresión de que su directora se ha propuesto desmarcarse de todo esto para intentar hacer de Williams algo que no ha sido hasta ahora. Carme Portaceli se aleja del tono que desprende el texto originalmente estrenado en 1951 e intenta darle otro aire, quizás con buenas intenciones, pero sin éxito alguno. Una pena que teniendo un material con el que construir arte, acabar produciendo poco más que un banal entretenimiento.

El primer acto comienza bien, con una Aitana espectacular, bella, guapa, con un porte y una figura de rompe y rasga, llenándolo todo con su mirada, sus movimientos y su voz. Pero enseguida comienza el recorrido alternativo a la propuesta de su autor que es este montaje. Las proyecciones resultan poco más que fotografías con animación y aportan aún menos cuando se utilizan para hacernos llegar unas emociones que ya hemos captado a través del trabajo de los actores. Un arranque en el que a pesar de algún otro momento, como el número musical a lo Priscilla con el que se ejemplifica las pocas opciones escapistas que se tienen en los bajos fondos de Nueva Orleans, se mantiene un equilibrio dramático en el que la premio Max de este año –acompañada de las secundarias Paloma Tabasco y Ana Vélez- aguanta firme la borrasca.

El desbarajuste llega cuando Serafina y su historia han de afrontar un cambio en su trayectoria y hacer frente a la presencia de un nuevo hombre en su vida. Lo que tendría que haber sido un episodio entre dos seres deseosos de encontrarse resulta ser un prolongado sketch, como aquellos de Matrimoniadas en los que los actores parecen ir de gag en gag. El realismo, la veracidad y la naturalidad que pide este momento se ven contaminados por un histrionismo que provoca, incluso, alguna sonrisa de incredulidad.  Y así hasta el final, con algún que otro desatino más al que se suma la pronunciación en italiano de la mayoría del elenco, con un nivel que hubiera necesitado de algo más que de la condescendencia del público para considerarse aceptable.

Concluida la función, uno no sabe si sentir rabia por no haber visto cumplidas las expectativas con las que compró su entrada semanas atrás, o admiración por un conjunto de actores que hubieran podido dar tanto y de los que se ha extraído tan poco.

La rosa tatuada, en el Teatro María Guerrero (Madrid).