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Lolita vive en “La plaza del diamante”

Simbiosis de texto y actriz. Un somero y cuidado recorrido en forma de monólogo desde la ingenuidad de la más tierna juventud hasta el diálogo maduro frente a frente, de igual a igual, con la vida. Una hábil y sobria Lolita que, con el único instrumento de su voz, nos lleva con paso firme desde la esperanza de los años 20 a la incertidumbre de los 30 y la posterior hecatombe y penumbra de la posguerra.

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La adaptación teatral que Cales Guillén y Joan Ollé han realizado de la novela de Mercè Rodoreda tiene una gran fuerza. Sin necesidad de escenografía, apenas unas luces de fiesta y el banco en el que se sienta la Colometa, la historia que esta mujer nos cuenta nos traslada a una época cuya huella invisible nos rodea y a una biografía de la que somos descendientes.

Esta plaza, la del diamante, del barrio de Gracia de Barcelona recoge con sosiego las palabras amables con las que, sin culpar ni victimar, una de sus vecinas recorre las turbulencias, la agitación y los sacrificios sin límites que supuso buena parte de la historia española del siglo XX. Un marco temporal en el que las esperanzas, los sueños y las ilusiones de muchos niños se dieron de bruces con la realidad. Durante la infancia se les hizo fantasear con mundos y posibilidades que solo existían en la imaginación para posteriormente, dejada esta etapa atrás, encontrarse con un entorno en el que para hacerse un sitio había que contar con medios que no tenían con los que luchar contra la desigualdad y la injusticia. Ocurría que después, cuando ya como adultos habían aprendido a lidiar con el mundo, la sinrazón se apoderó de él. La barbarie no solo les golpeó con violencia y crueldad, sino que les inoculó el germen de la desesperación, prolegómeno de la autodestrucción. Sin ni siquiera haber estado destinados en el frente y con la contienda habiendo llegado a su fin, se desencadenó entonces la batalla más dura y larga de la guerra, esa que tuvo como fin preservar la conciencia, la dignidad y la razón, lo que nos hace seres humanos, sentirnos personas.

Y en todo ese maremágnum, un ser aparentemente débil, pero que con la fuerza que revelan los ojos, el tono de voz y las manos de Lolita demuestra la serenidad de saberse fuerte por haber superado las pruebas, golpes y avatares que el trazado del destino le tenía preparado a las mujeres de su tiempo. Una joven prometida a la que su novio la obliga a arrodillarse por dentro, que como mujer debe someterse al visto bueno de su suegra, madre que trabaja durante horas de rodillas para dar de comer a sus hijos, convertida en viuda por una guerra que no le da siquiera un cuerpo que enterrar, al borde del colapso por el hambre generada por el racionamiento alimenticio de la posguerra,… Y sin embargo, alguien que a pesar de su pobreza económica, su mínima educación formal y su limitada experiencia en la vida, con su aprender mirando, su sentido de la prudencia y su saber dar pasos certeros, no solo mantiene la cabeza bien alta, sino que sale adelante triunfante y vencedora sin necesidad de haber causado daños ni dejar víctima alguna en su camino.

La Colometa y Lolita comparten el impulso que las mueve, el instinto, animal, femenino, visceral, resultado de la experiencia y las crisis vividas, pero que en ambos casos hace de ellas dos grandes mujeres. Una como personaje literario y teatral, y otra como la actriz que la ha convertido en alguien real y a recordar sobre el escenario.

“La plaza del diamante”, en el Teatro Bellas Artes (Madrid).

“De mutuo desacuerdo”, largo, demasiado largo

Si un texto funciona en un formato de medio tiempo, ¿por qué estirarlo en una obra que dura justo el doble? Aunque bien planteados y estructurados y con dos buenos actores en escena, los 90 minutos de desencuentros entre estos dos divorciados resultan excesivos.

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Entre la comedia de enredo y los diálogos descarnados, esa es la premisa con la que uno se acerca al Teatro Bellas Artes a ver esta obra escrita por Fernando J. López. Y es lo que te encuentras, pero con un envoltorio que ya avisa en la impresión low cost que te llevas cuando se sube el telón. La escenografía y el jingle musical con el que se inicia parecen sacados del plató de un programa televisivo de entretenimiento de la década de los 90.

Una vez que se presentan los personajes asocias que dicha composición debe haber sido creada por Sandra, la músico interpretada por una resuelta Toni Acosta. Frente a ella el consultor financiero Ignacio, un fantástico Iñaki Miramón que es capaz de sacarle múltiples matices a su personaje a lo largo de toda la función. Un buen trabajo de la pareja, queda evidente la química que hay entre ellos y el vínculo aún presente entre sus personajes, a pesar de que sus diálogos parezcan querer encasillarles en un registro único en cada escena. Porque eso es lo que sucede con “De mutuo desacuerdo”, se va de situación en situación, como si fueran piezas individuales de microteatro tratando las etapas de ese tránsito en el que el divorcio pasa de ser un papel a una realidad en la que las dos personas implicadas sienten ya disuelto el lazo que les unía.

¿Qué le falta a este divorcio? Más tramas, solo tenemos una, el eterno conflicto entre él y ella, su hijo no es más que un recurso verbal y las nuevas –o conatos- parejas de ambos no son más que excusas para generar diálogos. Estos, aunque recurrentes por momentos consiguiendo que se suelten carcajadas, en muchos otros resultan llenos de lugares comunes. Son estos los que hacen pensar que teniendo escenas bien creadas, habiendo elegido los momentos correctos para conocer la evolución de su relación, estas han sido rellenadas de manera fácil para conseguir que el libreto alcanzara una duración con la que ser llevada a escena.

¿La sensación en el cuerpo? Mientras estás en la butaca un “tíos, sois majos, pero ¡qué cansinos!”. Cuando sales a la calle lo haces casi saturado por esos vacíos continuos a los que has tenido que asistir, añadiéndole una interrogante, “teniendo una base inteligente, ¿por qué caer en estos modos y maneras?”. Como en esta vida hay que ser positivo, me quedo con esa parte y aunque no he tenido una experiencia que me hubiera gustado, hay algo en el cuerpo que me pide que me vuelva a acercar a la creación de Fernando J. López  para ver qué me encuentro.

“De mutuo desacuerdo”, en el Teatro Bellas Artes (Madrid) hasta el 31 de mayo.

Olivia, Eugenio y Concha Velasco

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Que una obra cuente en su plantel de actores con Concha Velasco  es un gancho para acercarse al teatro. Tenerla como cabeza de cartel atrae tanto al público como a la crítica, la de Valladolid es un valor seguro de la escena. En el momento actual se junta la expectación por ver a la actriz actuando  de nuevo tras los sobresaltos médicos que la obligaron a interrumpir la gira de “Hécuba”, el desgarrador texto clásico con una impresionante interpretación  por su parte que actuó en Mérida en agosto de 2013 y con el que estuvo en el Teatro Español a principios de este 2014.

En “Olivia y Eugenio” quien quiera hacerlo podrá ver un paralelismo entre el personaje y la actriz. Olivia es una mujer mayo. Concha cumplirá 75 años el próximo día 29. Olivia se enfrenta al dictamen médico de la enfermedad. Concha acaba de superar un linfoma. Olivia pasó por un matrimonio más agrio que dulce. De la vida marital de Concha la prensa rosa nos ha mantenido siempre informados. Oliva luchó por mantenerse a sí misma levantando de la nada una galería de arte. A Concha su pasión por el teatro la ha llevado a la ruina económica y anímica más de una vez, con mucho humor lo contó en 2012 en “Yo lo que quiero es bailar”. Para Olivia su pasión es su hijo. Concha ha dejado claro muchas veces que su prioridad, aún más allá de la interpretación, es su familia.

Cuando comienza la función Concha se disuelve, desaparece, y solo está Olivia. Desde el momento en que se encienden las luces hasta que comienzan los aplausos hora y media después solo hay un personaje al que Concha le cede su cuerpo y lo recrea a través de sus suspiros, de sus movimientos, de los cambios de tono de su habla, que la llevan de la sonrisa a las lágrimas, a momentos ácidos y a pequeñas gotas de humor negro, e iluminando a la platea completa con sus miradas cargadas de amor y devoción por su hijo. Concha es grande, muy grande, convierte el escenario en un corazón gigante que late a la par que ella da riego sanguíneo al de Olivia.

Concha es también generosa, toda su energía va destinada a que las tablas sean un espacio compartido con los demás actores y no el lugar en el que hacerles sombra con su maestría. Con su propia actuación les hace a ellos también protagonistas, se hace secundaria cuando ellos hablan. La vi hacer esto mismo años atrás en “La vida por delante” con el joven Víctor Sevilla, y ahora aquí de nuevo con Hugo Aritzmendiz, el actor que comparte con su personaje el tener síndrome de Down (se alterna con Rodrigo Raimondi en la interpretación de Eugenio). ¿Hay un truco para ello? La única respuesta a la que llego es la de su actitud, sus ganas, su ilusión de hacernos sentir a los que estamos pegados en la butaca.

Tan fantástica resulta Concha que se nos puede olvidar que detrás hay un director que es quien ha establecido las pautas con las que el texto toma vida, y ese responsable es en este caso José Antonio Plaza. Entre ambos dan al texto de Herbert Morote la vida que parece faltarle en algunos momentos por su linealidad. Sin embargo, no hay nada que Concha no consiga transformar en matices y detalles que se transforman en sensaciones plenas e intensas para los que seamos testigos de su arte. Motivo este por el que merece la pena, y mucho, acercarse al Teatro Bellas Artes de Madrid antes del 25 de enero para conocer a “Olivia y Eugenio”.