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“Hacia las luces del norte” de Angel Valenzuela

Un viaje spanglish en coche de dos jóvenes que recorren Estados Unidos partiendo desde México para llegar a Canadá. Un trayecto por esa América anodina, salvaje y vacía que con su silencio obliga a la búsqueda y al diálogo interior. Un relato directo y sin rodeos sobre la identidad, el deseo, la comunicación con el otro, la necesidad de poner palabras a lo que no se nombra y de hacer tangible la abstracción del futuro.

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Cuando tienes veinte años el mundo no está a tus pies como nos suelen decir, lo que ocurre es que cuentas con la energía, las ganas, la falta de compromisos y el desconocimiento suficiente para moverte sobre él sin dejarte atrapar por las múltiples formalidades y protocolos que suele exigir hacerse un hueco en él. Si además tienes una familia que te soporta en lo material, dándote casa, estudios y posibilidades para tu vida social, se te coloca esta etiqueta sin que nadie te explique qué supone exactamente.

Aparentemente, Demetrio y Andy son dos jóvenes que vistos desde fuera podrían pasar por esa clase de personas libres de preocupaciones y sin mayor obligación que cumplir el guión que les asignaron sus mayores cuando nacieron. Formarse y conseguir un buen empleo. Casarse heterosexualmente. Reproducirse y dar pie a que el ciclo se siga repitiendo.

Pero antes de que el primero consolide el segundo paso, le pide a su mejor amigo hacer un viaje como última oportunidad teórica de poder hacer algo por impulso, al margen de reglas civiles y deberes familiares aún por conocer. Hacia las luces del norte se inicia en ese mundo de hábitos establecidos por el american way of life que va más allá de la frontera que marca el Río Grande. Pero una vez que se alejan de esas coordenadas, Andy –narrador en primera persona- se va quitando las capas de pudor, formalidad y vergüenza con las que se ha ido cubriendo a medida que se hacía adulto para revelarnos quién es y cómo se siente en su relación con el mundo familiar y social en el que vive.

Así es como a lo largo de una atractiva narración de kilómetros de rodaje por paisajes infinitos, y paradas en ciudades cortadas por el mismo patrón con la intención de llegar hasta Calgary para ver la aurora boreal, toma forma la exposición de su homosexualidad. Algo que no iría más allá de no ser por el deseo y la turbación que su amigo Demetrio le ha causado desde que las hormonas se colocaron en el puesto de gobierno que tienen en toda persona desde su adolescencia.

Una tensión en la que la honestidad, la cercanía corporal, el calor ambiental, la indefinición de la noche y el imán de la piel harán de las suyas generando una atmósfera de atracción, carnalidad, morbo y deseo. Una vivencia en la que Angel Valenzuela nos implica con un estilo sobrio y coloquial que va más allá de lo erótico, pero sin eludir lo físico ni lo sexual ni endulzar las consecuencias de las reacciones químicas y los comportamientos humanos –unos marcados por la razón, otros por la emoción- que nos relata con acertada precisión. Ese es el verdadero viaje de Hacia las luces del norte y el motivo por el que me apetece leer más de este autor para así también volver a disfrutar con cómo combina el español con el inglés en su escritura.

“Novio boy” de Gary Soto, manual para conseguir una primera cita

Una obra escrita para primeros adolescentes sobre las relaciones entre chicos y chicas y entre jóvenes y adultos, en el marco de la convivencia cultural que experimentan las segundas generaciones de inmigrantes mexicanos en territorio norteamericano.

NovioBoy

Los chicos con los chicos y las chicas con las chicas, así es como viven la mayoría de los niños su infancia a la hora de establecer relaciones sociales entre iguales. Sin embargo, cuando la cuestión hormonal comienza a aparecer en el tablero de juego bajo la forma de atracción, ya no se bastan ellos por su lado y ellas por el suyo, se buscan los unos a los otros. Ahí es donde comienza “Novio boy”.

Pero no es todo tan fácil, surgen otras circunstancias que ponen límites (un año de edad es un mar de distancia, y no digamos dos) o lo hacen difícil (cosas tan simple como invitar a merendar son un reto al no contar con presupuesto  para ello). Al tiempo, los adultos pululan por ahí con sus propias historias: búsqueda de empleo, vacío emocional o eterna insatisfacción; a la par que tienen una importante y fundamental cuestión eternamente pendiente con los más jóvenes, la dicotomía entre controlar y dejar hacer.

Con todos estos elementos Gary Soto crea una estructura sencilla y líneal en la que primero presenta cada grupo de personajes y sus circunstancias con un lenguaje directo y claro para que no quede duda alguna del mundo que nos está dando a conocer. Después muestra los cruces de relaciones que hay entre ellos, creando situaciones de enredo y aparente caos y absurdo en las que se ponen de relieve las diferencias, prejuicios y retos a los que presuponemos han de hacer frente las relaciones sociales y afectivas de sus protagonistas. Finalmente la historia se resuelve juntándolos a todos en un mismo lugar y escena final en la que todo se confronta e inevitablemente se resuelve con ciertas dosis de previsibilidad.

El uso del spanglish, un talk-show radiofónico con un locutor repartiendo trucos de amor, revistas utilizadas como catálogos de chicos guapos, peluquerías como centro de discusión de cotilleos o música en directo son algunos de los recursos con que se da viveza a una acción aparentemente escrita para los que tienen los catorce años de Ricky y Alex, los dos caracteres provocadores e hilos conductores de cuanto ocurre en este libreto de siete secuencias. Sin embargo, creo que los casi veinte años transcurridos desde el estreno de “Novio Boy” en Richmond (área de la bahía de San Francisco), hacen que la inocencia con que se plantea el juego de una primera cita entre escolares sitúe su público lector hoy entre los que tienen algún año menos.

En todo caso, y al igual que sucede con la novela, bienvenido sea que haya textos teatrales bien planteados y correctamente escritos y estructurados que introduzcan a los más jóvenes en el placer de la lectura y del disfrute como espectadores de las representaciones de este género literario.