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“Manuel Bergman” de Pablo Herrán de Viu

La necesidad de encontrarte a ti mismo, de encajar en un lugar que no son solo unas coordenadas físicas y el canibalismo económico de la ciudad de Nueva York. Un triple relato en primera persona perfectamente encajado, con un estilo sobrio y directo, creador de atmósferas ambientales y emocionales que rebosan autenticidad. Una historia moderna y actual, que se vive en tiempo real,en la que el desconcierto convive con la determinación y el shock con la capacidad de no juzgar.

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Jorge estudió para formarse en una profesión que aspiraba a que se convirtiera en su manera de ganarse la vida. Se fue a Nueva York para encontrar lo que aún está buscando. Se enamoró y se dio cuenta de que el amor le enriqueció, pero también le robó aquello que no concebía que podía perder, su objetivo de convertirse en guionista cinematográfico. Quizás porque aún no se conoce tanto como él se cree. Nada es lo que parece y lo que creía que era resulta no ser. Toda evolución conlleva un período de crisis. El quiere lograr lo primero y por eso le abre la puerta a lo segundo. Lo que no sabe es que lo que le espera al otro lado no es un camino con opción a volver, sino un precipicio que le aboca a un salto al vacío en el que se convierte en Manuel Bergman.

Sin querer mirar a lo lejos para no perder la conexión con el aquí y ahora, y sin ser capaz de ver más allá de lo inmediato, así es el relato que Pablo Herrán de Viu nos cuenta a través de la primera persona de Jorge. Pero sin angustias escapistas ni dramas emocionalmente expansivos, su narrativa es fiel a la situación en la que se encuentra su personaje. Veinteañero e independiente, queriendo encontrar, hacerse un sitio en el mundo, pero también solo y con el dinero justo para sobrevivir en el corto plazo, lo que hace que nos resulte alguien conocido y cercano, con quien podemos identificarnos.

Lo que le sucede a Jorge y a Manuel es de lo más neoyorquino, esa ciudad americana que es también capital del mundo y en la que viven personas, colectivos, grupos y sociedades de toda clase y condición. En ella, como en los títulos de Paul Auster –Trilogía de Nueva York, La noche del oráculo o Brooklyn Follies, entre otras- la cotidianeidad no está basada en unas reglas metódicamente estructuradas, compartidas y respetadas por todos, sino en una convivencia en la que lo mismo se comparte piso con ciudadanos bielorrusos que se vive a tres calles de una comunidad hebrea. Las páginas de Manuel Bergman reflejan con precisas descripciones y claros diálogos la autenticidad de ese escenario tridimensional en el que todo parece estar al alcance de la mano. Sin embargo, la realidad es que el abrumador urbanismo de los rascacielos y la múltiple oferta del capitalismo originan más espejismos sobre nuestras ambiciones e ilusiones que cualquier desierto.

La soledad -fantástico el personaje de Eve- y la cosificación del cuerpo -todo lo que sucede en el piso de la calle 58 es brillante- son dos de los escenarios que Herrán de Viu explora en profundidad para hacernos ver el exigente precio que exige, y las consecuencias que puede conllevar, materializar promesas que nadie nos hizo, pero que aun así nos comprometemos a alcanzar. Su narrativa se hace más profunda y lograda cuando introduce a sus personajes en estos territorios, cuando se desprende de aquello que le retiene en el mundo de lo habitual. Alcanza nuevas cotas al sumergirse en lo hasta entonces desconocido, en aquello a lo que ha de darle forma y presencia para, interactuando con ello, ver cómo les afecta, les transforma y les traslada a otras dimensiones dentro de ellos mismos. Un recorrido en el que Jorge crece y se desarrolla y su alter ego, Manuel Bergman despliega y materializa toda su fuerza y potencial literario.

“Nubosidad variable” de Carmen Martín Gaite

La bruma del título es también la de la mente de las dos protagonistas de mediana edad de esta ficción que no aciertan a saber cómo enfocar correctamente sus vidas. Una revisión de pasado, entre epistolar y monologada, y un poner orden en el presente a través de una prosa menuda y delicada con la que llegar mediante las palabras hasta lo más íntimo y sensible. De fondo, un retrato social de la España de los 80 finamente disuelto a lo largo de una historia plagada de acertadas referencias literarias.

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Cuando dabas por hecho que ya no iba a ocurrir, cuando habías dejado de desear que tu vida experimentara el cambio que anhelabas, sucede algo nimio y pequeño, casi sin importancia, que genera una onda expansiva que lo sacude todo. Primero llega hasta el fondo de ti mismo, descolocándolo todo, rompiendo inercias y estancamientos, dejándote hueco y vacío, desnudo y vulnerable. Condenado, y sin alternativa alguna, a comenzar de nuevo, a reconstruirte y reinventarte por ti mismo.

Ese instante es el que se produce cuando Sofía Montalvo y Mariana León coinciden en la inauguración de una exposición tras décadas sin verse, desde que ambas comenzaran la universidad y el enamorarse del mismo hombre pusiera fin a una amistad de infancia que hasta entonces las había hecho relacionarse de manera casi fraternal. La distancia temporal hace que dejen a un lado las diferencias que tuvieron y recuperen la memoria de aquello que las unió como tabla de salvación de un presente en el que ambas se sienten solas y tristes, sin proyecto de futuro y con un lánguido pasado tras de sí.

Se enciende entonces una débil llama que ambas deciden cuidar retomando su relación, pero de una manera delicada, abriéndose recíprocamente, pero también reflexionando, haciendo un profundo examen de conciencia y de consciencia. La forma elegida para contar quién soy y dónde estoy, quién he sido y de dónde vengo, quién quiero ser y a dónde ir y con quién, es la epistolar. Así, no solo se desnudan la una frente a la otra, dejándose ver en lugar de obligar a suponerse, sino que a la par hacen un profundo ejercicio de introspección, que no es solo un viaje de ida, también lo es de vuelta al ponerle seleccionadas y medidas palabras a la completa narración de los acontecimientos que han vivido, a la detallada explicación de lo que les ha marcado y a la precisa definición de lo que han sentido y les ha dejado huella.

Un recorrido en el que se diseccionan con gran fineza las diversas capas que conforman la trayectoria personal y la situación actual de cada una de ellas. Por un lado, la dedicación al trabajo y la pseudo dependencia de Mariana de un hombre que no la desea y, por otro, la casa vacía de Sofía con un marido al que no quiere y tres hijos que hace tiempo dejaron el nido familiar. De fondo, la España de los 70, deseosa de nuevos horizontes, y la de los 80, en la que los jóvenes buscaban aire fresco y los más adultos ambicionaban el pelotazo económico. Esa que en lo social coqueteaba con los porros y comenzaba a aceptar la visibilidad de la homosexualidad.

Nubosidad variable es una novela escrita para ser saboreada y disfrutada de manera templada frase a frase, capítulo a capítulo, al mismo ritmo que avanza la sosegada exposición de las reflexiones, recuerdos y cuestionamientos de sus protagonistas. Yendo y volviendo en una narración que progresa linealmente a la par que lo hace también en círculos, aportando profundidad con nuevos sentidos y significados a lo ya conocido hasta entonces. Un complicado y duro camino, pero también reconfortante y enriquecedor, en busca del autoconocimiento y de la paz interior con multitud de guiños literarios. Mencionando explícitamente, entre otros, a Patricia Highsmith y Kafka, a Peter Pan y Ana Karenina, sugiriendo las Cinco horas con Mario de Miguel Delibes y declarando su devoción por El Quijote, el Poema del Mío Cid y las Coplas a la muerte de su padre de Jorge Manrique.

“Other people” de Christopher Shinn

Lo que nos hace personas es el contacto y el establecimiento de lazos afectivos con aquellos que el destino pone en nuestro camino. Pero cuando esos vínculos no surgen o se deshacen una y otra vez, nuestro sitio en el mundo y nuestra percepción de nosotros mismos se tambalea. Mark, Petra y Stephen son todo lo que podemos ser –amigos, amantes, profesionales- y lo que ocurre cuando no lo somos –soledad, adicciones,…-.

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Finales de la década de los 90, estamos en los últimos días del año. Stephen se gana la vida escribiendo reseñas sobre cine y en estos momento le toca hacerlo sobre Men in black. Petra aspira a ser escritora, pero por ahora sus ingresos le llegan de un club en el que trabajaba bailando. Mark ha rodado ya una película, solo le queda decidir si quiere ver su nombre en los títulos de crédito. Los dos primeros viven en Nueva York, son compañeros de piso, el tercero acaba de volver de Los Angeles, después de meses –tras romper con Stephen- sin saber de él.

La verdad es que el primero tiene su cabeza pendiente únicamente de saber si va a recibir una beca a la que ha presentado su primera obra de teatro. La segunda ha conocido hombres de sólida posición intelectual, pero que luego resultaban ser primarios, déspotas y abusivos en lo sexual. El tercero intenta compensar con austeridad y abstinencia un pasado de drogas y orgías del que ahora reniega. Sin llegar a compartir, Stephen y Petra se acompañan en este momento actual por el que transitan, pero en el que solo contactan en lo básico, no llegan a vivirlo como un verdadero presente. Mark, en cambio, sí que está en él, pero a través de la confrontación y la negación, necesita de ello para reafirmarse y creer que tiene unos valores y una identidad que realmente, dentro de sí, no encuentra.

La realidad que Christopher Sinn plantea es que cada una de estas personas no conseguirá ninguno de sus objetivos –personales, profesionales- o deseos –sentimentales, creativos- si no se acepta a sí mismo y digiere cuanto le haya acontecido, tanto lo que fue impuesto sorpresivamente por terceros, como lo elegido, ya fuera consciente o irresponsablemente. Todo cuanto vemos es una continua huida, pero muy bien maquillada de normalidad y cotidianeidad como búsqueda del encaje entre el deseo interior y las supuestas oportunidades que ofrece la gran ciudad, Nueva York, la que se presenta bajo el eslogan de meca de las artes, de la capital de las posibilidades.

Una situación que Other people muestra a través de lo que conforma el día a día. Tanto de aquello que exteriorizamos abiertamente como de lo que solo vivimos en las sombras en las que nos sentimos seguros para mostrar aquello que no consideramos convencional o socialmente aceptado. Un juego de apariencias que no es solo interior, sino que forma parte también del mundo capitalista y de su tramposa ley de la oferta y la demanda en el que vivimos: camareros que aspiran a ser estrellas de cine, directores de casting guiados por sus bajos impulsos, parejas unidas por el deseo espiral de la venganza,…

Un conflicto que Christopher Sinn deja claro que es muy patente cuando miramos a los demás, pero del que nos creemos falsamente libres cuando pensamos en nosotros mismos.

“Mi padre se fue con un señor de Zaragoza” de Rubén Guallar

Un paseo conducido con una prosa tranquila por Barcelona y la capital aragonesa en las vísperas del festival de Eurovisión de 1984. Una historia sensible, con un punto naif, sobre un niño que ha de hacer frente a la crueldad del mundo exterior desde la comprensión de un hogar que se tambalea por la marcha repentina del cabeza de familia.

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Cuando se tienen ocho años apenas existen los matices a la hora de actuar, lo que es, es, lo que gusta, gusta, y lo que no, es que no. Se tiene una idea de lo que está bien y de lo que está mal, pero la mente está limpia, lejos de realizar juicio moral alguno. La espontaneidad, la naturalidad y la sinceridad con uno mismo son la nota dominante. De ahí que no haya de sorprendernos que Fermín admita con honestidad, verbalice sin pudor alguno y actúe dentro de su casa en consonancia –y con la conformidad de su madre y de su abuela- con su deseo de verse vestido como Blancanieves. La cuestión es muy diferente para los adultos, cuando el qué dirán y la presión social ganan la batalla interior a los deseos más íntimos. Ese opuesto es Roberto, el padre de nuestro protagonista, quien durante un tiempo sobrellevó su matrimonio y su paternidad con escarceos con otros hombres que ocultaban sus impulsos sexuales como él. Hasta que lo inevitable le pudo y marchó tras el señor de Zaragoza del título al creer ver en él la luz de la verdad y el equilibrio personal.

Sin embargo, a pesar de la diferencia de edad y de la distancia geográfica, ambos personajes parecen vivir de manera conectada los desengaños y la crueldad que acampan en muchas ocasiones en las relaciones humanas. De niños es el bullying en el colegio, de adultos el maltrato emocional en el ámbito de la pareja. En ambos casos, Rubén Guallar nos transmite de manera cercana y con un lenguaje sencillo -con las palabras justas, tanto en términos de cantidad como de claro significado- las sensaciones que acompañan al sentirse despreciado cuando se está en público, invisible cuando se está a solas. Es en esos momentos cuando las personalidades creadas por el autor del atrevido poemario que fue Todos los putos días de mi vida, se muestran tal y como son en su más pura esencia, seres nacidos para crecer y vivir amando y siendo amados.

Pero no todo depende del tú a tú que surge con la convivencia vecinal y los lazos biológicos y afectivos. Guallar da un paso más y nos enseña también ese otro plano social resultado de una historia y de un pasado anterior a nosotros que marca el desarrollo de nuestras biografías. En la España de 1984 los ecos de una educación de modos castrenses y el filtro católico con el que se observaban las relaciones conyugales eran la norma. Tiempos en los que las escasas opciones para el entretenimiento televisivo se limitaban a dos canales que hacían que cualquier evento retransmitido por ellas se convirtiera en todo un acontecimiento social. Así sucedía con el Festival de Eurovisión, uno de los hilos argumentales de esta novela corta, en un año en el que España concursó con una canción tan pegadiza como la Lady, lady de los Bravo.

Una imposibilidad de elección que era también de actuación ante muchas injusticias. El retrato de una época que es Mi padre se fue con un señor de Zaragoza va más allá del costumbrismo de imágenes edulcoradas. Guallar no se deja llevar por la pátina borrosa de los recuerdos y testimonia también la situación de absoluta soledad en la que se había de combatir contra determinado tipo de abusos. Una lucha sorda, oscura y silenciosa, en la que solo se podía plantar cara si primero se era capaz de vencer a un enemigo aún más grande como es el miedo.

Así que pasen “45 años”

El recital de Charlotte Rampling es de los que dejan huella. El futuro dirá si se convierte en una de esas interpretaciones que se ven una y otra vez por su maestría al hacer aflorar a la piel y los ojos de su personaje el mar revuelto de su interior. A su altura, un perfecto Tom Courtenay en una cruda historia sobre los fantasmas del pasado que, por mucho tiempo que pase, en cualquier momento pueden hacer acto de presencia y cambiar el punto de vista que tenemos de cuanto hemos vivido.

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En una de las secuencias de “45 años” Kate está sentada viendo antiguas diapositivas proyectadas sobre una sábana. Se intuyen dichas imágenes, pero su contenido es secundario, lo que realmente impacta de esta escena es la mirada, el rostro, la piel y el cuerpo de la mujer que las observa. Que se pare el mundo, que todo da igual ante la perfección con que Charlotte Rampling encarna a esta silente esposa que se comunica con absoluta sinceridad y desnudez sin necesidad de pronunciar palabra alguna. No solo a través de sus gestos, sino también, haciéndonos ver cómo le afecta interiormente lo que está descubriendo: la alteración de sus pupilas, la sobrecarga de sus hombros, el vello erizado, el palidecer de su cara. Ella no interpreta, siente, no simula, vive, no representa, transmite.

Al igual que en esta escena, a lo largo de toda la proyección, el espectador es colocado en una posición de testigo privilegiado a través de encuadres enmarcados dentro de la acción -en el asiento de atrás o en la ventanilla del coche, en la mesa de al lado en un restaurante o en la agencia de viajes- sin interferir ni interponerse entre los protagonistas. La propuesta de Andrew Haigh va más allá de dejarnos mirar y es la de mostrarnos en qué consiste una intimidad construida durante casi medio siglo, tan interiorizada por Kate y Geoff que ellos ya no son conscientes de los pequeños detalles en los que se manifiesta. Noventa minutos de película para ponernos en el lugar de una pareja días antes de la celebración social de su aniversario de boda, en el de un hombre al que una carta inesperada le hace recordar cómo desapareció el primer amor de su vida y en el de una mujer que se pregunta de dónde nació su relación y qué sentido han tenido sus cuarenta y cinco años en común.

Tanto en términos de guión como visuales, “45 años” es de una bella sobriedad. Tiene justo lo que necesita, ni más ni menos. No hay nada superfluo ni vacíos que pidan frases o imágenes no incluidas para mostrar que la convivencia entre estos dos adultos se articula a base de diálogos de soledad y de miradas y gestos muchas veces adustos, más que con palabras y a través del sentido del tacto. Tampoco hay ánimo de trascendencia ni de solemnidad en sus encuadres de horizontes infinitos y paisajes costumbristas, en los silencios sobre los que se superponen el abrir de un grifo, el ladrido de un perro o el crepitar de la leña en el fuego.

45 años” no es una historia a la que accedamos desde la butaca, sino que ella misma se muestra, honesta y transparente, sin artificio alguno, desde la pantalla. Esa es la clave de su éxito y de su grandeza.

 

“Todas las noches de un día” de Alberto Conejero

Una historia de amor inconfeso convertido en obsesión, de pérdida de la noción del tiempo, de convivencia de planos de ensueño, realidad y fantasía. Un texto con una estructura magistral y un lenguaje lleno de belleza y poesía. Un libreto que destila magia y ferviente deseo de verlo representado.

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Basta leer la descripción que Alberto Conejero hace del invernadero en el que propone situar la acción de su obra para caer rendido ante su capacidad para hacer de la combinación de apenas unas palabras algo tremendamente efectivo en el plano formal y aún más evocador y sugerente en el sensorial. Tan solo unas líneas consiguen que abramos de par en par el corazón y la mente para empatizar con unos personajes que son emoción pura y entender las decisiones que han tomado para hacer que la vida sea para cada uno de ellos poco más que el otro.

Silvia, la mujer dueña de la propiedad, es a la belleza lo que Samuel, el jardinero que cuida de su plantas, a la devoción. Ella aporta la presencia y él crea la atmósfera. Dos seres que se complementan sin tocarse, que se buscan y se demandan de manera vital. Cada uno con un pasado y una forma de amar de la que se alejan y se esconden –los hombres en el caso de ella, la familia en el de él- para más allá de la noción del tiempo y del espacio, hacer que su existencia gire en torno a la soledad compartida, un lazo invisible que les une como si fuera el más fuerte de los compromisos.

A medida que avanza la acción, cuanto se dicen y nos relatan ambos personajes va adquiriendo una profundidad llena de intimidad, una desnudez que deja atrás pudores y distancias. El verbo de Conejero fluye a través de sus bocas con una armonía casi musical, con un ritmo que es pura melodía y que a buen seguro será deleite acústico el día que sea representado. Junto al lenguaje corporal que debemos presuponer entre ellos (miradas, distancias, momentos de contacto físico) se va creando un ambiente lleno de energía, un campo magnético que les trasciende, seduciendo y atrapando a su lector hasta abducirlo completamente.

Las noches del título y el invernadero en el que se suceden gozan también de su protagonismo, son ese tiempo y ese lugar alejados del mundo real en el que viven Silvia y Samuel. Coordenadas que tienen su propia vida y que influyen de manera directa sobre las de ellos en una manera que recuerda a las novelas y relatos de uno de los maestros del retrato psicológico y del ambiente barroco de la literatura del XIX, Henry James. Una ambientación amplificada con la música de Corelli que Alberto propone en las anotaciones de algunas de las escenas de su texto, y a la que contrapone en algún momento la voz de Mina como un intento de oxigenar la claustrofobia emocional cada vez más oscura y asfixiante hacia la que nos dirige.

Las recién editadas “Todas las noches de un día” son una creación redonda en el plano literario y material de primera para el montaje que lo representará en Madrid en unos meses. Un título con el que creo puede ocurrir lo mismo que vi con su exitosa y reconocida “La piedra oscura” (2013) tras leerlo, encontrar una puesta en escena que teniendo su propia esencia, amplifica y da una nueva dimensión a la genial creación de su dramaturgo.

Ocho impresiones de Dallas

Una ciudad solo la conoce verdaderamente el que ha vivido en ella a lo largo de mucho tiempo y la ha visto de día y de noche, en invierno y en verano, en los días anodinos y en los de exaltación. Pero a veces, basta la mirada de uno que está de paso para detectar cuáles son los rasgos que la definen y que forjan su identidad. Quizás acertadas, quizás equivocadas, aquí dejo estas impresiones.
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Los iconos. A esta ciudad la pusieron en el mapa las maldades de JR y el asesinato de un presidente de los EE.UU. en sus calles. Al primero lo intentaron revivir con un remake televisivo en el que al villano le dieron el papel de bueno. Al segundo lo han convertido en una leyenda, un mito, y un reclamo turístico con un precio de entrada de 16 dólares para acceder al lugar desde el que se le disparó aquel 22 de noviembre de 1962. Apenas cuatro metros cuadrados en los que tras unas cajas se escondió Lee Harvey Oswald para apoyar su fusil sobre la ventana, y que hoy forman parte del llamado The sixth floor Museum. Al alrededor de ese “national historic landmark” un discurso museográfico a base de fotografías, vídeos y claridad expositiva nos cuenta cómo un hombre de buena familia y matrimonio de alta alcurnia transformó a los EE.UU. con su talante, empatía, inteligencia y frescura en una nación moderna, progresista y líder del mundo occidental, el bueno, el civilizado.

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La arquitectura. Pero eso fue hace ya más de cincuenta años, cuando la capital financiera del estado de Texas –la política y administrativa es Austin- debía ser poco más que edificios de ladrillos. Hoy su financial district es una colección de rascacielos, los más modernos con exterior de cristal, entre los que han quedado escondidos algunos de los primeros hoteles con solera como el The Adolphus (1912) o el Magnolia (1922).

fachada

El clima. En el interior de ellos, como en cualquier otro edificio, aire seco a temperaturas casi gélidas. Al salir, una bofetada de calor húmedo de mes de junio que te hace sentir como estar continuamente junto a la salida de un potente aire acondicionado. Una tranquilidad que si se rompe serán con rayos, truenos y centellas, desatando una tormenta que podrá caer durante horas, pero cuyo rastro desaparecerá apenas haya cesado.

La soledad. Quizás por eso se ve tan poca gente en el exterior. Aquí los desplazamientos a pie son escasos, del parking al lugar de destino, el restaurante, el centro comercial, y de estos a las cuatro ruedas de vuelta. Los pocos que caminan aparentan no tener hogar al que ir, mayormente son de piel negra y mirada perdida, ropas sucias y conversaciones sin interlocutor. En las plazas del West End cualquier fotógrafo podría aspirar a conseguir miradas como aquellas con las que Dorothea Lange retrató la gran depresión de los años 30.

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Una persona: un coche.  “Yo soy de Etiopía”, me cuenta el taxista mientras avanzamos por una de las autopistas que atraviesa la ciudad con seis carriles por sentido, “vine hace doce años. Tuve suerte, me dieron la green card y me establecí aquí en Dallas. Me gusta vivir en esta ciudad, aquí voy al supermercado y puedo comprar lo que quiero, eso en mi país no pasaba.” Cuando le cuento que en Madrid lo habitual es ir andando a hacer la compra o que es posible ir al trabajo en transporte público pone cara de no dar crédito. “Aquí eso es imposible amigo”, me dice, “aquí la vida no se concibe sin un coche.”

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Nadie en la calle. ¿Será ese el motivo por el que da igual la calle por la que vaya que solo veo a alguna persona aislada aquí o allá? Como figuras descontextualizadas de un óleo de Edward Hopper, traídos desde Nueva York o Massachusetts y puestos a andar en absoluta soledad. Como en la avenida Mockingbird –nombre que me hace recordar que algún día he de leer “Matar a un ruiseñor” de Harper Lee-, calle formada a base de casas unifamiliares de cuidado estilo y exquisito acabado. Es en esta zona, junto con la vecina del campus de la Southern Methodist University, donde la eterna mancha de asfalto se cambia por cuidado césped y árboles de grandes copas y largas ramas bajo los cuales se puede caminar protegiéndose del sol.

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La filantropía. Bien cerca queda el Meadows Museum, una de las mayores colecciones de arte español en suelo americano. Ellos mismos se presentan como un pequeño Museo del Prado, y méritos no le faltan para ello, desde frescos románicos arrancados de capillas de pequeñas iglesias castellanas hasta Jaume Plensa o Miquel Barceló. Todo ello por impulso de un acaudalado millonario que hizo su dinero en el negocio del petróleo y que 50 años atrás situó a Dallas en el mapa mundial de las ciudades con una entidad cultural de primer nivel.

Plensa

El arte que nos cuenta quiénes somos y quiénes fuimos. Para conocer un poco de la creatividad autóctona, el lugar al que acudir es el Dallas Museum of Art. Aunque pequeña, su colección tiene mucho encanto, con piezas a través de las que descubrir cómo ha evolucionado la pintura autóctona desde los deslumbrantes paisajes del siglo XIX al impresionismo femenino de Mary Cassatt o el modernismo de Georgia O’Keefe. También es sitio en el que poder disfrutar un jueves por la tarde, día en el que la hora de cierre es las nueve de la noche, de un concierto de jazz en su cafetería.