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“No pasar (Do Not Cross)” de Dora Pavel

¿Qué puede hacer que un secuestrado decida quedarse con el hombre que le retiene en lugar de marcharse con la policía cuando le encuentran? La respuesta es este relato árido y oscuro que bucea en la mente de una personalidad que no se atiene a patrones para entender en qué punto de su pasado, su educación y su relación con la sociedad está la clave que explique su comportamiento.  

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Las primeras páginas de No pasar son las de un thriller convencional. La policía busca con todos los medios a un hombre retenido contra su voluntad por un demente. Pero cuando logran dar con él acontece lo inesperado, el secuestrado opta por ponerse del lado de quien le niega la libertad y huir junto a él de las fuerzas y cuerpos de seguridad que ahora les asedian a los dos con todos los medios a su alcance. Comienza entonces una doble intriga tan angustiosa como inquietante, cómo evadir el cerco de la ley y entender por qué ha actuado así el joven Cesar Braia.

Y si su comportamiento no es convencional, menos aún lo es su mente y, por tanto, su narración en primera persona. La ficción de Dora Pavel no entra en qué consiste o en qué se basa el síndrome de Estocolmo, su empeño es el de mostrar con total asertividad quién y cómo es esa persona que quiere ser en todo momento alguien imprevisible a ojos de los demás. Desde la ansiedad, pero también la tranquilidad, de la nocturnidad del bosque a través del cual huye, y en el que también se refugia, nos relata su biografía mediante una serie de flashbacks que nos dan a conocer a un individuo siempre contrario a lo que se esperaba de él, siempre opuesto a su entorno.

Tanto que hasta el supuesto ejercicio de sinceridad de su narración resulta escurridizo. Su transparencia es real, pero requiere el esfuerzo de hacer frente a un estilo sinuoso, un tránsito por arenas movedizas que exige una lectura atenta y entregada para conseguir captar cuanto este ser profundamente neurótico quiere, aparentemente, compartir con nosotros. Sin embargo, el esfuerzo merece la pena, y si se es capaz de entrar en su discurso y dedicarle atención plena, su relato es fascinante. Un viaje por una configuración personal única y diferente a cualquier otra que hayamos conocido, que no se atiene a cánones ni esquemas preconcebidos basados en la experiencia.

Una vuelta atrás que llega hasta la infancia y que desde el inicio de su biografía repasa tanto las distintas etapas de su vida como su visión de las mismas y su relación con las personas que formaron parte de cada una de ellas. Episodios en los que sintetiza su conflictiva relación con sus padres, el lazo de reciprocidad que mantuvo con su hermano y, sobre todo, una vez entrado en la adolescencia, la atracción por los hombres y su compleja vivencia desde entonces de la sensualidad, la sexualidad y el deseo.

Áreas de la intimidad en las que la lucha por encajar es tan ardua como la de empeñarse en no hacerlo, y en la que el conflicto, la provocación, la pasividad y la agresividad revelan un desconcertante paralelismo con el momento presente en el que aparentemente no hay otra opción vital más que la de una doble huida hacia adelante.

“Secuestro”

Un buen inicio y un brutal y eficaz giro de 360 grados tras al que a la película le cuesta impulsarse de nuevo. Un thriller lleno de convencionalismos, bien utilizados unas veces, puro trámite en otras ocasiones. Actores correctos en una historia que avanza alternando la intriga con la sorpresa.

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El arranque te deja pegado a la butaca, un niño deambula por una carretera por la que parece desorientado. Acto seguido está en un hospital y no responde a las preguntas de la policía. Mientras tanto, Patricia de Lucas, una famosa abogada, gana el juicio en el que ha ayudado a un cargo público a ser declarado inocente de cargos relacionados con malversación y corrupción política. Ellos son la madre y el hijo que ha vivido el acontecimiento que responde al título de la película. La investigación que comienza entonces plantea una serie de interrogantes que nos introducen tanto en la trama como en el hogar de esta mujer soltera, profesional exitosa, influyente y con contactos allí donde haga falta tenerlos.

Blanca Portillo domina la cámara casi tanto como las tablas teatrales y no hay línea o plano que se le resista, aunque destile un saber hacer tan extraordinario que en algún momento haga que su presencia sea más grande que la de su personaje. Cuando los acontecimientos dan su primer gran giro, el argumento se abre y con él también los registros que ella ha de mostrar, eficaz en todos ellos, pero ocurre como con la historia y los encajes de sus piezas, tan correcto y pulcro que no brilla. Así sucede también con José Coronado en un papel con el que su presencia ante la cámara resulta efectivo, pero con la sensación de que esos gestos y miradas ya se los hemos vistos en anteriores trabajos como Cien años de perdón o El cuerpo.

Una vez introducido él, la policía deja de ser quien diga hacia dónde hemos de ir, la realidad toma otro cariz y entran muchos más elementos en juego. Sin embargo, el inicio ha quedado tan bien explicado –y el personaje del niño ha estado tan bien desarrollado como interpretado, al igual que la pareja de los bajos fondos formada por Macarena Gómez y Andrés Herrera- que resulta casi cerrado y los caracteres que dan continuidad a lo que están sucediendo parecen más rescatados que protagonistas. A partir de ese momento Secuestro tiene todo lo que necesita para apretar el acelerador de la intriga, pero algunos recursos son demasiado manidos –noches de lluvia, antros de escasa limpieza y menor iluminación- y en su puesta en escena la dirección de Mar Targarona parece estar tan preocupada porque resulten impactantes que a algunos de ellos les quita naturalidad en su fluidez y, por tanto, valor narrativo.

La proyección avanza haciéndonos ver cómo evolucionan –unas veces de manera lineal, otras sinuosa y en ocasiones cambiando drásticamente la orientación- sus distintas líneas argumentales hasta confluir. Siempre bien introducidas y solventemente desarrolladas, pero cuando al final se produce la cuadratura del círculo queda la sensación de que lo que sobre el papel parecía un guión bien estructurado no se ha convertido en todo lo buena película que prometía iba a ser.

“Money monster”, tan correcta como fría

La combinación de Julia Roberts y George Clooney despierta curiosidad, y saber que tras ellos está Jodie Foster, genera expectativas. La historia tiene un ritmo adecuado, los actores están perfectamente en su sitio, los diálogos son correctos, no hay nada de falsa épica en el desarrollo de este secuestro televisivo. Pero la suma de estas piezas tan bien diseñadas no termina de encajar y el resultado se queda en la categoría de algo que podría haber sido pero que no es.

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Jodie Foster se ha acercado a la dirección cinematográfica en contadas ocasiones hasta ahora, la última de ellas cinco años atrás (El castor) tras un paréntesis de más de quince desde su anterior proyecto tras la cámara (A casa por vacaciones). Un tomárselo con calma que parece haber adoptado también en su carrera como actriz tras una dilatada carrera de más de tres décadas desde que Scorsese la descubriera en Taxi Driver.

Con lo aprendido en rodajes como los que le valieron dos Oscar –Acusados y El silencio de los corderos– Foster se inició en su día en la dirección, una faceta que seguro considera mucho más creativa que las propuestas interpretativas que le llegan de un tiempo a esta parte.

Money Monster es el programa de televisión sobre finanzas y consejos de inversión en bolsa que presenta un histriónico George Clooney encarnando a una estrella de la pequeña pantalla sin más principios que los de su telegenia. La directora es una sobria, correcta y equilibrada Julia Roberts que cuando comienza el secuestro en directo del que es víctima tanto la emisión como todo el equipo, se revela como una persona con gran e innata capacidad de liderazgo y control. La acción se desarrolla de manera contenida, con los sobresaltos que le corresponde a cualquier situación violentamente inesperada, pero sin añadir artificio alguno con el que incrementar innecesariamente el ruido o la angustia de lo que está sucediendo.

A su debido tiempo conocemos las motivaciones del hombre que tiene en sus manos las posibilidades de hacer que todo salte por los aires, pero tarda en llegar aquello a lo que la trama quiere llevarnos después. Quizás sea intencionado para hacernos apreciar el vacío informativo y el silencio ilógico en el que nos hemos de mover en todo el mundo los millones de usuarios de a pie del sistema financiero, pero cinematográficamente ese tiempo nos hace sentirnos suspendidos en la nada, sin saber exactamente por qué ni para qué. Posteriormente y una vez que nos hace partícipes de cuál era esa realidad que no veíamos, la combinación de secuestro con investigación, el debate moral sobre el conflicto entre lo ético y lo legal y periodistas buscando la información necesaria para contar su noticia, no termina de cuajar y todo ocurre en la pantalla porque así es como transcurre, pero no para no contarnos algo en concreto.

Los encuadres son perfectos, el montaje el adecuado, la expresividad de Clooney y la sobriedad de Roberts son las que marca el guión. Está claro que Foster tiene sensibilidad, que sabe los elementos que necesita y como ordenarlos, graduarlos y combinarlos, pero tanto cuidado porque todo resulte correcto hace que se le cuelen en la puesta en escena algunos vacíos y detalles innecesarios que hacen que Money Monster no tenga el brillo que podría haber tenido.

“Palabras encadenadas”

La oscuridad de un lugar cerrado. La desnudez de la sala off del Lara. La brutalidad sobre una mujer secuestrada. La influencia sobre un hombre deseoso de ser escuchado. Diálogos que surgen desde el bajo vientre, el corazón y la cabeza. Una acción enérgica y nerviosa, que avanza de manera serpenteante. Francisco Boira y Cristina Alcázar encajando de igual manera que lo hacen el amor y el odio, el deseo y el desprecio, la reconciliación y la venganza.

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Hay representaciones a las que contar con una escasa escenografía les viene como anillo al dedo. Lo que podría suponer más presión para sus actores, ya que todo recae sobre ellos (diálogos, movimiento y lenguaje corporal), se convierte en lo contrario, en una oportunidad para demostrar su capacidad de hacer suyo el escenario nada más aparecer en escena. Así sucede en “Palabras encadenadas”. Desde el instante cero y hasta el momento en que se apagan las luces, Boira y Alcázar practican un duelo interpretativo tan impetuoso y encendido como complementario y recíprocamente enriquecedor. Un in crescendo sin tregua. Cuando la acción parece relajarse, resulta estar cogiendo aire para dar un salto hacia adelante con más fuerza, con una combinación de furia e inteligencia que te agarra, te arrastra y te tiene continuamente confundido al no darte pista alguna de hacia dónde te va a llevar.

Jordi Galcerán les ha conducido por este camino con un texto que comienza desorientando, haciendo descender al infierno a dos seres humanos que se comportan casi como animales. Mientras tanto, en ese plano paralelo que es la realidad, vemos a dos actores que llenan la escena de manera brutal con sus cuerpos exudando ansiedad. Él como secuestrador ejerciendo sometimiento, ella como mujer violentada y aterrorizada.

Tras situarnos, evolucionamos hacia una fase dialogada que se asemeja a una montaña rusa. Un viaje acelerado y sin frenos, por un camino de escasa visibilidad y con unos cambios de rasante que cada personaje aprovecha para introducirse en las fisuras del otro con una sagacidad que tensiona el ambiente, elevando al máximo nuestra capacidad de tolerancia y resistencia, con situaciones que pasan de ser hipótesis que no queremos imaginar a una realidad asfixiante, que aun siendo invisible, el espectador llega a sentir. Es la etapa de las paradojas, de por momentos llegar a empatizar con el que parecía despreciable y  de desconfiar de la que había sido presentada como víctima. Un pasaje intenso y potente en el que nada es lo que parece para, quizás sí, quizás no, acabar siendo lo que semejaba ser.

Desde aquí y hasta el final, Francisco Boira y Cristina Alcázar entran en toda la filigrana de la que son capaces haciendo, con la sutileza de sus miradas, la expresividad de sus cuerpos y la versatilidad de sus voces, que uno más uno sean tres: él, ella y los dos. Sea por la química que hay entre ellos, sea por el trabajo de Juan Pedro Campoy como director, de lo que no queda duda alguna es que su buena interpretación conjunta es la que encadena las palabras del título, la narración en la que se enmarcan y las atmósferas que las acompañan.

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“Palabras encadenadas”, en el Teatro Lara (Madrid).

“El comensal” de Gabriela Ybarra, una novela muy necesaria

Valiente e íntima a partes iguales, la autora abre su corazón y su pasado para mostrar la realidad de una historia familiar violentada por la barbarie terrorista y un presente cercano asaltado por la destrucción del cáncer. En ambos casos, una emocionante aceptación de la muerte y de saber convivir en el después con las causas que no solo eliminaron a seres queridos, sino que dejaron un tremendo hueco emocional, siempre presente, en la propia biografía.

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El primer paso para hacer frente al miedo y a lo irracional es darle forma mediante palabras. Se crea entonces un ente al que visualizar y mirarle fijamente hasta descubrir cuáles son sus fisuras y a partir de ahí desmontarlo y comenzar ese complicado proceso que es hacer del dolor un compañero de viaje. Un proceso complicado y duro, quizás incomprensible desde fuera, pero tremendamente terapéutico y enriquecedor. Una particular manera de renacer y de hacerse a uno mismo más grande y más humano.

Ponerse manos a la obra ante una aventura así requiere, entre otros dones, de valor y de ser capaz de escuchar en la oscuridad, de paciencia infinita y mucho tesón. Además de unas potentes habilidades narrativas cuando el resultado es un libro tan impactante en su estilo, claro en su redacción y generador de emociones en su lector como este viaje desde los años 70 hasta hoy, desde Getxo hasta Nueva York pasando por Madrid, que ha escrito Gabriela Ybarra.

El abuelo

Su propuesta comienza dejando claro que la biología no es solo una cuestión de ADN, sino que es también la línea afectiva que nos une con los que estuvieron antes que nosotros y con los que están por venir. Quizás fue este el principio, aparentemente inexplicable, el que le llevó a querer saber quién era y qué pasó con su abuelo, Javier Ybarra. Debemos suponer que las referencias a su figura en su casa eran, si es que la había, veladas e indirectas, llenas de evasión y silencio. Algo comprensible en la figura de su padre que tuvo que ver secuestrar a su progenitor y convivir con su asesinato, y que posteriormente, junto a su mujer, siguió viviendo día a día bajo la amenaza de la sinrazón. Lo que para sus padres debía ser algo dotado de cierta lógica, conocían y vivían la causa, para su hija, al no hablarse nunca,  no comentarse jamás, acabó convirtiéndose en huecos en su personalidad y su biografía.

Lo interesante que tiene “El comensal” es el doble resultado de ese proceso de documentación del pasado y de integración emocional en el presente. Por un lado, haber descubierto las piezas que faltaban utilizando los medios ajenos a su familia (internet fundamentalmente). Por el otro, hacer una lectura humana de todo ello, dándole a la razón y a la emoción su peso exacto y centrarse en lo importante, en ponerle nombres, fechas y acontecimientos a lo anterior a ella. Labor que probablemente sea la que le haya permitido, aun reconociendo a los causantes, no dejarse atrapar por el torrente visceral del dolor causado por los salvajes, que no solo dejaron una huella perenne en su día, sino que intentaron amplificarla continuamente.

La madre

Y frente a lo que parece fácilmente localizable, los culpables tienen nombres y apellidos, el sufrimiento más intangible, el originado por la enfermedad. ¿Puede haber mayor sensación de derrota y de imposibilidad que ver cómo se le va la vida a tu madre por un cáncer que la arrasa en apenas seis meses? ¿Cómo encajarlo? ¿Cómo convivir con ello no solo durante el proceso, sino posteriormente?

Un transcurso que debemos suponer muy complejo y delicado, lleno de filigrana interna y difícilmente comunicable. La virtud de Gabriela, además de haber sido capaz de superarlo, es la de haber sabido elaborar el discurso con el que va más allá de transmitirnos la película de lo sucedido y alcanza un estadio superior. Ese en el que lo escrito trasciende lo impreso sobre el papel y se convierte en una lección de vida que comparte abiertamente con todo el que la lee.

El puzle

La cuestión aún más grande es cuando se es capaz de exponer ambos episodios como lo que son, vivencias paralelas, pero a la par entrelazadas, historias diferentes pero formando una única que se influencian y se retroalimentan. Gabriela es tan clara y sencilla en su discurso como difícil lo que le ha tocado vivir. Y así es como se ha situado por encima de lo sucedido y ha hecho de su saber aceptar lo que para otros hubiera sido imposible de digerir, tanto una oportunidad de crecimiento personal como una impactante propuesta literaria.