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Venecia, una y mil veces

Calles y canales, luces y sombras, histórica y actual, clásica y moderna, local y turista, mítica, exótica, musical, literaria y cinematográfica, cuna de maestros, acogedora de deseosos de saber, lugar de paso para curiosos,… Venecia tiene para recibirte una y mil veces.

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La ciudad de los canales y de las calle estrechas. De puentes en los que disfrutar del efecto de la luz sobre el agua y de callejones a cuyo suelo el sol nunca llega. De urbanismo sinuoso y ajeno a toda norma, con el que no vale ni el más detallado de los mapas, para moverse solo son de fiar los carteles que indican puntos conocidos como “San Marco”, “Rialto”, “Ferrovia” o “Piazzale Roma”. En ella las plazas son campos, hay palacios a pie de agua y un sinfín de iglesias que podrían dar para acoger a todo el santoral. Tantos templos que algunos se han desacralizado y dedicado a la música, a acoger en sus cuatro paredes interpretaciones diarias en concierto de las “Las cuatro estaciones” que compusiera el local Vivaldi. Vacía al alba y tras al atardecer, plagada de visitantes que ejercen el turisteo como las plantas la fotosíntesis, solo durante las horas de luz. Fresca en sus despertares, ardiente en su mediodía y nuevamente liviana al caer la noche. En el litoral oeste de sus islas ojalá sus atardeceres al pie del agua fueran eternos.

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Aquí la política supo mantener a raya la religión durante el medievo. A su puerto llegaron vía la ruta de la seda, telas, especias y demás exotismos durante siglos desde el Oriente. En sus talleres, hoy resumidos en la Accademia, la pintura descubrió con Tiziano y Tintoretto la magia del color en el siglo XVI. Shakespeare la convirtió en soberbia escenografía en varias de sus obras, de esas que hicieron del teatro una fuente de sabiduría humana, como haría después Thomas Mann en “Muerte en Venecia” o Patricia Highsmith en “El talento de Mr. Ripley”. Cada mes de septiembre su festival de cine, la Mostra,  pone en la isla del Lido (la que alberga las playas de la ciudad) la alfombra roja a actrices que sueñan con la fotogenia, la carnalidad e inspirar tanto deseo y admiración como lo sugerían, incitaban y provocaban Sofía Loren, Claudia Cardinale o Anna Magnani incluso en blanco y negro.

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Sala de la Galería de la Academia, obra de Tintoretto en el Palacio Ducal, playa del Lido y Sofía Loren en la Mostra de Venecia en 1955.

Peggy Guggenheim se estableció aquí en la década de los 40 del siglo XX con su ilustre y rico apellido para hacerse perenne a través de sus Picasso, Rothko, Pollock, Dubuffet, Kandinsky o Magritte desde un lugar hoy visitable en el que se puede mirar el final del Gran Canal tal y como lo dibujaba Canaletto en el siglo XVIII. Más moderna, actual, resulta la Biennale. La creatividad llevada al máximo, solo concebida para ser vista, ajena al mercadeo capitalista, para conocer lo más actual, contemporáneo e innovador que se hace en cada país. Una disculpa para conocer las zonas de Giardini y Arsenale o para debatir sobre los límites entre arte y atrevimiento, creatividad y descaro, imaginación y copia, originalidad y homenaje.

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“Hombre con jersey a rayas” de Picasso (1994), de los fondos de la Peggy Guggenheim Collection. Vista desde el embarcadero del Museo. Instalación de Camille Norment en el pabellón de los países nórdicos en la 56 edición de la Biennale, y la de Sarah Lucas en la del Reino Unido.

Venecia es desplazarse a pie o en vaporetto. La góndola queda para los dispuestos a pagarse un capricho, añádasele extra a negociar si quieres que tu apuesto gondolero de camisa de rayas blancas y azules, rojas o negras te cante Oh sole mio. Dejarse llevar en ella es sentirse en un momento mágico. Verlas pasar desde los puentes es señalar la cantidad de nacionalidades que se ven: americanos, rusos, japoneses, árabes, indios, argentinos, ingleses, españoles,… Todos quedan hechizados por los escaparates de las firmas de lujo y las virguerías de los artesanos del cristal de la isla de Murano. Algunos, los menos, espantados del horror kitsch del merchadising recuerdo de Venecia (made in China) que inunda cada calle como el agua la plaza de San Marcos cuando hay marea alta.

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A esta la mira de manera tranquila desde enfrente la isla de San Giorgio Maggiore, libre de las multitudes que quieren deslumbrarse con la escalera de los gigantes o  los 180 metros cuadrados del óleo “El paraíso”, de Tintoretto, en el Palacio Ducal, subir los 97 metros del Campanile o dejarse apabullar por el estilo bizantino de su basílica. Al otro lado el Museo Correr nos recuerda que Sissi Emperatriz y Napoléon pasaron por aquí, como también los romanos y los fenicios muchos siglos antes según se puede ver en las adyacentes salas del Museo Arqueológico. Un lugar que puede interesar no solo al estudioso de la historia o al humanista enganchado a Italia, sino también a todo aquel que pase por aquí por las vistas que desde sus salas se tiene a San Marcos.

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Esa plaza Patrimonio Mundial, que es de todos y para todos, en la que sentarse a tomar un café para mirar, para ver y observar, en silencio o con música ambiente supondrá un recuerdo para toda la vida. Un motivo para venir una primera vez, volver una segunda o repetir muchas más.

Picasso, grande entre los grandes del Museo del Prado

Maestro, innovador y líder creativo del siglo XX, Pablo es aún más cuando se le coloca en el pinacoteca madrileña junto a aquellos de los que aprendió y de los que se convirtió en evolución natural: el románico, los clásicos del Renacimiento, El Greco, Rubens, Velázquez, Goya,…

A lo largo de sus 91 años de vida Picasso solo pasó una noche en Basilea, en un viaje de camino a Zurich para asistir a la inauguración de una exposición. Sin embargo, la ciudad suiza es una de las que más ha realizado para promulgar el nombre y la obra de quien se considera la figura más importante del arte del siglo XX. Ya en 1926 el museo de arte de la ciudad fue uno de los primeros en adquirir obra suya, poco a poco fue ampliando su nómina de obras del malagueño a través de donaciones particulares. Incluso colectivas, como la que en los años 1967 llegó de la mano de los ciudadanos de la ciudad a través de una colecta –entonces no se le llamaba crowdfunding- para conseguir que dos obras (“Los dos hermanos” de 1906 y “Arlequín sentado” de 1923) suyas que habían residido durante décadas en la capital no fueran vendidas y pasaran a formar parte de su patrimonio colectivo recogido en esa institución pública con más de 350 años de historia que es la Colección Pública de Arte de Basilea.

En agradecimiento a semejante tributo popular Picasso le regaló a la ciudad y a sus habitantes cuatro obras. Dos de ellas junto al par mencionado forman parte de estos “10 Picassos del Kunstmuseum Basel” que pueden verse hasta el próximo 14 de septiembre en la galería central del Museo del Prado. Qué mejor lugar que este en el que se formó de joven junto a su padre grabando en su retina composiciones, figuras, líneas y colores, que presidió honoríficamente de 1936 a 1939 y en el que soñó ver expuesto su Guernica una vez que España volviera a ser libre y democrática.

Una decena de óleos a través de los cuales pueden recorrerse seis décadas de creación de un hombre del que se dice dejó un legado de más de 40.000 obras y quien no dejó período, estilo o corriente artística anterior a él sin pasar por su mano y de esta manera ser hecha evolucionar y proyectada hacia el futuro a través de las etapas, motivos e intereses en las que se clasifica su trayectoria: azul, rosa, cubista, los ballets rusos y el mundo del circo, sus mujeres y amantes, el Guernica y su afiliación al comunismo, las series reinterpretando grandes clásicos,…

Ahora que la pinacoteca suiza está cerrada por obras de remodelación, esta muestra –complementaria al repaso al siglo XX que es “Fuego blanco. La colección moderna del Kunstmuseum Basel” que acoge el Museo Reina Sofía- es una fantástica oportunidad con la que gozar de esta pequeña parte de los más de 100 Picassos que posee esta institución clave para el estudio y disfrute de su figura y creación.

Los dos hermanos, 1906. Una composición del período rosa con un fondo casi abstracto claramente tomado de retratos de Velázquez en el Museo del Prado como el de “Pablo de Valladolid” que tanto impresionaron décadas antes también a Manet.

141.4 x 97.1 cm; Öl auf Leinwand; Inv. G 1967.8

Hombre, mujer y niño, 1906. Una sagrada familia hecha cuerpo con apenas unos trazos que le dan forma y volumen a la manera de las esculturas y pinturas románicas que en la primavera de ese año Picasso vio durante su estancia en Gosol, en el Pirineo leridano.

115.7 x 88.9 cm; Öl auf Leinwand; Inv. G 1967.11

Panes y frutero con frutas sobre una mesa, 1909. Continuando a Cezanne y su estudio de los volúmenes, los planos y la perspectiva, Pablo simplifica las formas y sin dejar de ser figurativo comienza a formular el cubismo.

163.7 x 132.1 cm |  ; Öl auf Leinwand; Inv. 2261

El aficionado, 1912. Cubismo en su etapa hermética. Cada motivo es un plano y estos se superponen y se unen, pero siendo aún posible descifrar elementos que definen a la figura como su bigote, la guitarra o las banderillas de este amante de los toros en la plaza de Nimes.

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Mujer con guitarra, 1911-14. Tras azules, rosas, verdes y marrones de las obras anteriores, el blanco domina este óleo dando color a un fondo en el que se ve a una mujer a la que se superpone un fragmento que simula ser la madera con la que se construye el elemento musical.

130.2 x 90.1 cm; Öl auf Leinwand; Inv. 2307

Arlequín sentado o El pintor Jacinto Salvadó, 1923. Las ofertas para realizar escenografías y vestuarios para los ballets rusos a finales de la década de 1910 le introdujeron en el mundo del circo y los funambulistas, elementos que él unió e integró a la bohemia que ya formaba parte de su vida artística y personal.

130.2 x 97.1 cm; Öl auf Leinwand; Inv. G 1967.9

Mujer con sombrero sentada en un sillón, 1941-42. He aquí a Dora Maar, su pareja de 1935 a 1943, la fotógrafa que documentó el proceso de creación del Guernica, una mujer dura, fría y elegante que le conquistó tan apasionadamente al igual que se aburrió de ella años después y la abandonó sin pudor alguno.

130.5 x 97.5 cm; Öl auf Leinwand; Inv. G 1967.3

Muchachas a la orilla del Sena, según Courbet, 1950. “Las meninas” de Velázquez, “Las mujeres de Argel” de Delacroix o estas cortesanas junto al Sena de 1856 fueron motivos que Picasso descompuso en series de hasta decenas de óleos en las que analizó creativamente –tanto por separado como en conjunto relacional- todos los elementos que las forman: composición, colorido, perspectiva, dibujo,…

100.4 x 208 cm; Öl auf Sperrholz; Inv. G 1955.2

Venus y Amor, 1967. Una de las dos obras que ese año regaló a la ciudad de Basilea y en la que deja claro que el amor, el sexo, la atracción y la pasión emocional, física y carnal seguían siendo parte del leit motiv de vida de este hombre que ya pasaba de largo los 80 años de edad.

195 x 130 cm; Öl auf Leinwand; Inv. G 1967.12

La pareja, 1967. Cuando se consideraba que los más actuales del momento le habían dejado atrás (Rothko, Pollock,…), Picasso demuestra que sus modos y maneras ya avanzaron los de aquellos (action painting, ready made) a la hora de construir sus imágenes sin dejar de ser nunca figurativo.

195 x 130 cm; Öl auf Leinwand; Inv. G 1967.13

“10 Picassos del Kunstmuseum Basel”, hasta el 14 de septiembre en el Museo del Prado.