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“Macbeth”, soberbia y muerte

La obra maestra de William Shakespeare sintetizada en una versión que pone el foco en la personalidad y las motivaciones de sus personajes. Dos horas de función clavado en la butaca, sin aliento, ensimismado, seducido e hipnotizado por un elenco dotado para la palabra y la presencia. Tras ellos, un escenario que subraya con la maestría técnica y creativa de cuanto confluye en él, la solemnidad, dureza y conflicto de los parlamentos de quienes lo habitan.

La tragedia de este rey de Escocia que llegó al trono con las manos manchadas de sangre es uno de los textos más apasionantes del de Stratford-upon-Avon. Todo está tan bien definido, estructurado y desarrollado en él que normal que cualquier dramaturgo ambicioso, apasionado y devoto por su profesión -como era el caso de Gerardo Vera- quiera llevarlo a escena. El destino hizo de las suyas dejando a Gerardo fuera de la recta final del proyecto el pasado 20 de septiembre, con la adaptación ya trabajada, el reparto seleccionado y habiendo comenzado a diseñar los elementos destinados a complementarles (escenografía, iluminación, sonido, música, vestuario…).

Aun así, la producción siguió bajo la dirección de Alfredo Sanzol hasta llegar finalmente a este buen puerto al que somos convocados. Queda la duda de cuánto de su factura final tiene de semejante a lo que Vera hubiera hecho. Recordando otros trabajos suyos, con los medios y las posibilidades que permite el Centro Dramático Nacional, son evidentes los vínculos de este Macbeth con lo bien trazadas que estaban las tramas y expuestos los impulsos y las razones de sus protagonistas en El Idiota (2019) o Los hermanos Karamazov (2015). Pero también hay diferencias, como pasajes en los que prima más el relato, la narración, que la acción, siempre constante (ya fuera a nivel de movimiento -entradas y salidas- como de temperatura emocional) con que recuerdo aquellas propuestas.

El punto de partida, el Shakesperare que José Luis Collado ha sintetizado es una joya. Cada cuadro es un punto alto, individuos con doble faz, apariciones oraculares, puntos de inflexión históricos, decisiones que acrecientan la tensión, conflictos que ponen a prueba la capacidad de resistencia de sus protagonistas… Esta es la base sobre la que Carlos Hipólito y Marta Poveda despliegan su saber hacer como Lord y Lady Macbeth, más comedido y contenido él, más explícita y manifiesta ella, convincentes cada uno en su papel y plenamente compenetrados en el matrimonio de tiranía y sangre en el que se retroalimentan.  

El resto de intérpretes conforman un grupo -algunos de ellos encarnan más de un personaje- que, sin embargo, nunca les homogeniza. Un apunte más del ingenio con el que está ideado y llevado a la práctica cuanto sucede sobre las tablas. Haciendo que confluyan lo formal y lo establecido de la palabra con un dinamismo que va más allá de lo teatral, tan envolvente como el de una instalación plástica, y rítmico y coreografiado como el que despliegan los grandes montajes operísticos.

Una escenografía aparentemente sencilla, pero que hace de su suelo y su aire un cerro y un cielo amenazante cuando se simulan exteriores y una tribuna y una decoración suntuosa en interiores. Plataformas de laminados con movilidad en las que la luz permite jugar a las horas del día, las sensaciones meteorológicas y las subjetividades de las sombras y las llamas de las antorchas. Música, espacio sonoro y videoescena sumándose, haciendo del escenario una fuente de energía a punto de eclosionar, de un lugar vibrante teñido por el rojo, en el que lo humano y lo telúrico se debaten en una lucha sin cuartel.

Macbeth, en el Teatro María Guerrero (Madrid).

“Macbeth” de William Shakespeare

Tragedia sobre el origen, evolución y consecuencias de una desmedida ambición política y los múltiples daños colaterales que provoca recurrir al crimen para hacerse con el poder. Un logro que abre en su protagonista un abismo personal y un vacío interior que deriva en una tormenta perfecta de horror y destrucción. Tras todo ello, el habitual arte y despliegue maestro de su autor en la creación y desarrollo de personajes y tramas.

Un drama monárquico sobre ocupantes, herederos y aspirantes a disponer del bastón de mando, combinado con dosis de fantasía de la mano de tres brujas que aventuran el futuro. Tres seres sobrenaturales que comparten su visión con un general del ejército del rey, el aventurero Macbeth, sembrando en él la semilla de la gloria, pero sin hacerle consciente de que el medio para materializarla será el engreimiento, la soberbia, el abandono de la ética personal y la comisión de todo tipo de delitos. Un hecho que hace que tras luchar contra el reinado de Noruega, Escocia siga en el conflicto. Primero el terremoto que implicará el regicidio del Rey Duncan, a lo que seguirá el despotismo de su sucesor y quien da título a esta obra. Finalmente, la lucha de Malcolm, el sucesor legítimo, contra el asesino para devolver la libertad y la esperanza a su tierra y a sus súbditos.

Un hilo narrativo que Shakespeare prolonga a lo largo de cinco actos en los que expone cuanto necesita que conozcamos para entender las múltiples dimensiones de lo que está en juego. Desde la geopolítica (reinos enfrentados y aliados), los egos (Lady Macbeth como encarnación máxima de este vicio) y la dimensión familiar de los protagonistas (las alianzas consanguíneas y los hijos como prolongación de los propios logros) hasta los valores que han de regir toda estructura de gobierno (justicia, templanza, veracidad, firmeza…) y jerarquía militar (lealtad, fortaleza, compromiso, entrega…).

Tras un inicio alegre, resultado de ganar el conflicto bélico con que se inicia la obra, poco a poco el autor de Hamlet (1601) y Otelo (1603) va generando una atmósfera que abandona la luminosidad inicial para adentrarse en una oscura, incierta y tenebrosa noche argumental en la que las desgracias y los sobresaltos se suceden sin piedad. Una atmósfera cada vez más opresiva que ejerce de espejo de los pensamientos y acciones de Macbeth, de la tiranía que despliega sobre sus dominios y la crueldad con que trata a su pueblo. Una pesadumbre resultado de su neurótico deseo de mantenerse en el trono, cueste lo que cueste, y su paranoica vivencia de los fenómenos espirituales y kármicos que le acompañan negándole la celebridad, la reputación y el reconocimiento al que aspiraba.

Una fábula sobre el egoísmo y las derivadas que puede conllevar, no el salirse de las coordenadas vitales que el destino te hubiera deparado -más aún cuando, desde fuera, eran aparentemente positivas-, sino el hacerlo sin respeto alguno por la vida y la convivencia social. Una vez más, como en Romeo y Julieta (1597) o en El Rey Lear (1603), Shakespeare despliega su extraordinaria capacidad para, aún contando algo circunscrito a un lugar y tiempo muy concreto, convertirlo en una alegoría sobre la condición humana.

Macbeth, William Shakespeare, 1606, Ediciones Cátedra.