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“La función por hacer” la haces tú

El teatro dentro del teatro como si se tratara de una imagen reflejada en un sinfín de espejos. La diferencia entre la realidad y la representación, entre lo verdadero y lo verosímil. Personajes que dejan de ser arcilla moldeada por su autor y pasan a ser seres independientes, pero que aún están en busca de un público que les dé carta de identidad. Este es el interesante planteamiento y el estimulante juego de esta propuesta que resulta casi más una ceremonia de inmersión teatral que una función de arte dramático.

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Nada es lo que parece, la realidad tiene una capa visible y muchas invisibles, la percepción es subjetiva y la marcan factores como la experiencia, el estado de ánimo, las inquietudes o las expectativas del momento. A la verdad le sucede algo parecido, no siempre es absoluta, todo depende del punto de vista, de si coinciden o no los valores de quien elabora el mensaje y quien lo escucha, y de la buena labor que haga el intermediario entre ambos. Eso es el teatro, ahí es donde está su esencia, latente, perceptible pero intocable, una fuerza que te puede tocar y provocar, que si conectas con ella te motiva, te lleva, te arrastra a lo más alto y lo más hondo, a lo cómico y lo dramático, a creer lo que no imaginabas y a sentir lo que no percibías, a identificarte con lo que no conocías y a sorprenderte de lo que ya sabías.

Ese maremágnum, todo minuciosidad y precisión y nada de totum revolutum, es el que ocurre cuando la conversación entre una pareja en el ambigú del teatro Kamikaze es interrumpida por cuatro personajes que no solo buscan un escenario en el que representar su historia, sino que también exploran el territorio queriendo dar con un público que les crea y que haga verdad lo que ellos representan, realidad aquello que implica su argumento, todo lo que sucedió antes de llegar a escena.

A partir de ese momento los dos actores iniciales serán también espectadores, directores e intérpretes de otra función diferente. Mientras, los personajes llegados de la nada lucharán por explicarse a sí mismos y ante los que osen encarnarles, se multiplicarán para hacer entender y comprender no solo quiénes son, sino cómo han de ser interpretados para que su representación transmita su exactitud. Sus textos y sus movimientos puede que difieran de lo que hicieron o de lo que sucedió, pero solo de esta manera podremos comprender y sentir lo que ocurrió, lo que en sus vidas, en su efímera pero eterna e infinita existencia, acontece una y otra vez, una y mil veces.

Pero nunca es igual, en ese tiempo sin linealidad ni progresión en que ellos viven, cada ocasión es diferente a la anterior y no tiene nada que ver con la siguiente. Una dimensión que ya no se sabe si es ficción o imaginación y si somos espectadores o testigos silentes de una situación en la que nuestro corazón se paraliza con cada grito desgarrador, en la que nos reímos con las réplicas cargadas de acidez y sarcasmo, o en la que endurecemos nuestro gesto al escuchar las afirmaciones sin piedad con que se dirigen unos a otros.

La función por hacer, en Teatro Pavón (Madrid)

“Un monstruo viene a verme”

Un cuento sencillo que en pantalla resulta ser una gran historia. La puesta en escena es asombrosa, los personajes son pura emoción y están interpretados con tanta fuerza que es imposible no dejarse llevar por ellos a ese mundo de realidad y fantasía paralela que nos muestran. Detrás de las cámaras Bayona resulta ser, una vez más, un director que domina el relato audiovisual como aquellos que han hecho del cine el séptimo arte.

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Al comienzo de la película Conor y su madre ponen en marcha un proyector antiguo para ver una película en blanco y negro, es el clásico de King Kong en el preciso momento en que el gigante es atacado en lo alto del Empire State Building de Nueva York. Uno de esos grandes momentos del cine clásico que, a pesar de haber quedado muy atrás técnicamente, siguen emocionando a sus espectadores. Esa es la propuesta de Bayona, contarnos una historia a la manera de antes, en la que lo importante son las emociones y vivencias de sus personajes y donde va a poner todo al servicio de lo que estos expresan y sienten. Un relato construido prestando atención a los pequeños detalles, sabiendo que el cine tiene mucho de artesanía, como demuestra con esos planos en los que vemos cómo comienza a a esbozarse el monstruo que después vendrá a visitarnos. En este sentido hay que hacer una especial mención a las piezas de animación a golpe de colorida acuarela con que se da imagen a los cuentos que este narra, una muestra del extraordinario ejercicio de producción que tiene tras de sí este título.

Como ya ocurriera en Lo Imposible, una de las claves para conseguir que lo que vemos en pantalla esté tan bien hilvanado es el montaje. Un recurso técnico que nuevamente es el gancho para llevarnos de un pasaje a otro sin que tengamos sensación de ruptura o de cambio y todo nos parezca tan lógico y natural que ni nos preguntemos por ello. En cada minuto de la proyección estamos donde debemos estar, en el lugar y momento en que procede, con el encuadre que corresponde, haciendo que cada plano dure los segundos adecuados y con el movimiento de cámara que requiera la acción y el diálogo de ese preciso instante. Así es como quedan perfectamente compaginados y equilibrados realidad y fantasía, miedos y deseos con lazos afectivos y vínculos familiares.

La valentía y el desconcierto de Conor ante la enfermedad de su madre es la ventana por la que somos introducidos en un mundo en el que la sensibilidad nunca es sensiblería ni la emocionalidad es infantil. Lo uno y lo otro son auténticos, características humanas que en él tienen la virtud de no estar contaminadas por los prejuicios y las huellas que en los adultos suele provocar la experiencia. Una autenticidad y una fuerza que hace que lo que en el guión funcione, lo haga aún más en pantalla con el excepcional trabajo de Lewis MacDougall, la siempre eficaz Sigourney Weaver y la no menos hábil Felicity Jones. Rostros cuyas miradas hacen que cada fotograma condense toda la creatividad y emocionalidad de esta película en una magia que recuerda a aquellos instantes de Spielberg en que se veía venir a los dinosaurios en Parque Jurásico o se descubría a aquel fantástico amigo que era E.T.

Quién sabe si al igual que décadas después continuamos recordando con admiración y cariño a aquellos seres irreales, sucederá lo mismo con este Un monstruo viene a verme con el que Juan Antonio Bayona sigue haciendo crecer su filmografía.

“Los besos en el pan” de Almudena Grandes

La vida transcurre por las calles y hogares de esta novela con la misma naturalidad y espontaneidad que en las ciudades y pueblos que habitamos cada uno de sus lectores.  Un relato verosímil sobre la cara humana de la crisis que llevamos viviendo desde hace casi una década. Historias cruzadas que encajan con la misma fluidez con que discurren en un equilibrio perfecto entre la ficción inspirada en la actualidad y el docudrama cinematográfico.

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Los besos en el pan son la verdad, esos relatos que rara vez nos cuentan los medios de comunicación cuando dicen transmitirnos los acontecimientos que estamos viviendo. La prima de riesgo sube, el Gobierno no tiene ingresos suficientes y para que le cuadren las cuentas, recorta los presupuestos de sanidad, se ordena el cierre del centro de salud del barrio, los vecinos se manifiestan pidiendo que siga abierto,… Llegamos a ver alguna pieza de hasta un minuto en televisión, quizás un reportaje de dos, tres o cuatro páginas en un periódico o un suplemento dominical. Pero, ¿qué hay más allá de esa imagen de una familia –que tan rápido nos impacta como olvidamos- que no puede pagarse los medicamentos o la asistencia especializada o no puede desplazarse a donde le dicen que tiene que acudir ahora para recibir sus cuidados paliativos?

Tras esos gestos hay un largo recorrido de sueños e ilusiones que un día se vivieron como una satisfactoria realidad que poco a poco pasó a ser un escenario de lucha contra lo invisible y lo imposible. No bastó con asumir cambios ni convivir resignadamente con las dificultades, tras ellas llegaron los gastos inasumibles, las horas del día sin nada que hacer y la aceptación de la derrota, la sensación de apocalipsis. Una amalgama de nervios, ansiedad y desesperación que se tradujo en gestos adustos y conversaciones, si acaso, monosilábicas; lágrimas amargas y rostros que ya no saben sonreír. Silencios prolongados tras los que llegó la condena social de la soledad, que acaba siendo también auto infligida. Una condena previa a otra mayor en forma de aislamiento, depresiones, divorcios o radicalizaciones ideológicas.

Hasta ese cercano pozo de infinita oscuridad que nadie quiere ver ni aceptar llega Almudena Grandes en un ejercicio que tiene tanto de literario como de tremenda empatía con el género humano para mostrar las mil caras de esos muchos, miles, cientos de miles, millones incluso, afectados por eso que unos han llamado crisis y que otros creemos que es una asfixiante vuelta de tuerca del sistema social, político y económico en el que vivimos. Personas de carne y hueso y no solo números que conforman las estadísticas que se leen en despachos ajenos a nosotros, seres que se merecen ser escuchados y a los que solo les dedicamos una evasiva mirada cuando nuestros ojos se cruzan con los suyos. Pero Grandes es valiente y por eso la minuciosidad de lo que nos cuenta, la franca desnudez de sus descripciones y el vibrar de sus diálogos produce un profundo efecto conmovedor por su claridad y autenticidad.

Decenas de nombres y apellidos, de hombres y mujeres, casados y solteros, padres e hijos, hermanos y amigos, vecinos y compañeros de trabajos que confluyen, se cruzan, se unen, se separan, coinciden y divergen ayer, hoy y mañana con la misma anárquica precisión con que funciona cualquier red, sistema o medio que da servicio o coordina a una multitud indefinida de usuarios. Almudena nos lleva, nos hace ir y venir entre ellos sin establecer ninguna ruta a priori, pero haciendo que el camino resulte de una lógica aplastante y los pequeños detalles, instantes y momentos que nos relata, formen una completa panorámica 360º de nuestra sociedad y nuestro tiempo.

Por eso Los besos en el pan es una ficción que no solo nos resulta creíble y verosímil, sino también cercana. Sentimos como propio lo que les ocurre, piensan y escuchan los que la habitan; hacemos nuestra su impotencia y sensación de indefensión, así como su coraje y su capacidad para, a pesar de todo, sobrevivir, mantenerse en pie y confiar en un futuro mejor.

“Vooyeur. Sólo puedes mirar…”

Mejor no, gracias por la oferta, pero es que lo que se ve sobre el escenario carece de sentido alguno. El texto no pasa de ser una muestra de onanismo de su autora que no da una mínima oportunidad a loss actores, siendo incluso una cruel trampa al pretender que el mostrar sus carnes valga para disimular su escaso logro interpretativo.  

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El sexo, ese mito de la eterna promesa del placer, el goce y el hedonismo. Las fantasías, eso a lo que el deseo incita tanto o más que la creatividad al arte, quizás porque para lo primero basta con el cuerpo de uno mismo y para lo segundo hace falta un mecenas. Aunque, ¿qué ocurriría si mezclamos fantasías sexuales y creatividad artística? ¿Surgiría literatura? ¿Llegaríamos a la categoría de arte escénico si representamos el texto resultante? Por soñar, por desear, por imaginar,…, que no quede. Hay quien cree que a través del sexo compartido llegará al cielo, así que todo sea intentar llegar a algún lugar álgido aún por conocer –contando con la inestimable ayuda de un productor- con el sexo escrito, con el sexo interpretado.

Pero claro, en la cabeza de cada uno de nosotros, en la imaginación, todo funciona siempre a la perfección, los cuerpos se acoplan con una flexibilidad digna de los campeones olímpicos de gimnasia rítmica. Luego está la oportunidad de poner en marcha lo idealizado con la otra persona, momento de realidad en el que nos encontramos con que hay que reducir las expectativas porque no todos tenemos cuerpos como los del circo del sol con los que encajar como piezas de puzle. Y tres estadios más allá está plantarse en un escenario frente a decenas de personas y pretender que lo que les vas a escenificar –sin tener intención de resultar pornográfico, si acaso erótico- les va a atraer, gustar y complacer. Entonces la fantasía se hace añicos y las expectativas se derrumban, tal y como le ocurre a “Vooyeur. Sólo puedes mirar…”

El sexo es algo íntimo, y quizás lo es más el onanismo (por eso es tal, ¿no?) y con esta premisa este voyeur con doble o en su primera sílaba ya comienza mal. No basta ponerle altavoz a aquello sobre lo que somos reservados para que el asunto tratado resulte de interés. Sí, se rompe la barrera del pudor tradicional, de los formalismos de la educación recibida, pero, ¿qué hay después? Pues en esta obra no hay nada más. Estamos en el teatro y para disfrutar de la experiencia nos hace falta lo que no nos ofrece: un argumento sólido, unos diálogos fluidos, personajes verosímiles y un disponer del espacio escénico como un lugar en el que ser y no solo estar.

Lo que vemos sobre las tablas del Infanta Isabel son excusas sin chispa como la de dos actores –él y él- que por fin dan rienda suelta a su atracción mutua durante los ensayos de su función, la de una pareja de adultos –él y ella- que tras décadas sin verse recuerdan su noviazgo de adolescencia o la de un matrimonio –él y ella- con necesidad de echarle chispa –otro él- a lo suyo. Las frases que se escuchan suenan a programa de televisión con aires de moderno de cualquiera de las emisoras de gestión conservadora que tenemos al alcance del mando a distancia. Parece haber actrices tras los personajes femeninos que enseñan sus pechos y lucen cortas faldas y pantalones de cuero, pero en el caso de ellos no basta con pretender en slips una sonrisa de galán y mostrar un cuerpo cincelado a base de horas de gimnasio para gozar de credibilidad.

Imaginar sexo es tan natural como respirar o comer. Escribirlo puede ser un ejercicio psicológico positivo para conocerse mejor, reconocer la naturalidad del asunto, liberarse de prejuicios y alcanzar nuevas cotas que vivir con naturalidad. Pero para representarlo y conseguir la atención e interés de un espectador hace falta algo más, “Vooyeur” no lo tiene y por eso le dice a quien vaya a verla “solo puedes mirar”.

“Vooyeur. Solo puedes mirar”, en el Teatro Infanta Isabel (Madrid).

“Tokio blues” de Haruki Murakami

Maravilloso viaje literario entre la adolescencia y la adultez, entre la vida y la muerte, entre la plenitud del amor y el vacío existencial.

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Murakami es un maestro en hacer transitar a sus personajes e historias entre espacios y tiempos que son a la par coordenadas del mundo en el que habitamos y ejes de un universo etéreo en el que transitamos sin saber cómo hemos llegado a él ni el destino al que nos conducen. Un devenir en el que en “Tokio blues” se avanza impulsados por la profunda búsqueda existencial a la que se somete a su protagonista. Un viaje en el que solo se da entidad a las personas, lugares, acontecimientos y músicas –cada título de este autor cuenta con su propia banda sonora formada por los artistas y canciones citadas a lo largo de sus páginas- con los que Toru establece conexión emocional. Todo lo demás queda reducido a meros apuntes circunstanciales necesarios, la rutina procedimental de la residencia o las huelgas en el campus, para que cuanto le acontece a este joven que inicia la universidad tenga un soporte material.

Cuanto sucede a Toru se desarrolla entre triángulos, el de la amistad adolescente con Naoko y Kizuki y en del amor que le introduce en la vida adulta con Naoko y Midori. Símiles geométricos finamente hilados que nos atrapan a medida que se hacen sólidos, una vez dentro ya no hay salida. La evolución de lo que va sucediendo está al margen de la intervención del hombre, queda a voluntad de la naturaleza por una regla así escrita en esta novela, “la muerte no existe en contraposición a la vida sino como parte de ella”. También hay personas que llegan a través de otras, Hatsumi via Nagasawa y Reiko mediante Naoko, luces en el camino que aportan bocanadas de aire que guían a nuestro hilo conductor, “no te reprimas por nadie, y cuando la felicidad llame a tu puerta, aprovecha la ocasión y sé feliz”, ante lo que es más fuerte que el hombre, “si no quieres acabar en un manicomio, abre tu corazón y abandónate al curso natural de la vida”.

Otro punto importante en Murakami, y “Tokio blues” es muestra de ello, es el sexo. No como algo carnal o meramente genital, sino como ese impulso interior que arrastra a la acción a quien lo siente. Un torrente inevitable, provocador de un profundo conflicto entre el corazón y la razón, aliado seductor del primero y generador de estupor ante las estructuras que rompe en el segundo. Ahí es donde está la maestría de este japonés que todos los años suena como candidato al Premio Nobel de Literatura. Llega hasta el magma, la esencia, ese punto original en el que está el inicio de todo a partir de una energía que fluye y va tomando formas cada vez más complejas y elaboradas. Algo inmaterial e invisible que el también autor de “Kafka en la orilla”, “1Q84” o “Al sur de la frontera, al oeste del sol” maneja con suma delicadeza, haciendo de sus descripciones y diálogos palabras que se combinan para crear retazos de realidad y retratos humanos de un extraordinario verismo por su gran sensibilidad.

Hay algo profundamente vital en el estilo de Haruki Murakami que contagia a quien lo lee, y que queda muy bien descrito por esta (auto) definición que pone en boca de uno de los habitantes de esta ficción, “soy ese tipo de personas que no acaba de comprender las cosas hasta que las pone por escrito”.

30 años de “La historia interminable”

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Este 6 de diciembre se cumplieron tres décadas del estreno en España de esta película de Wolfgang Petersen basada en la novela de Michael Ende. La historia y su mensaje siguen igual de vigentes, tiene la misma fuerza. El mundo de Fantasía acechado por La Nada, y que solo puede salvarse si desde la Realidad se sueña. ¿Puede haber algo más atemporal y real a la par? ¿Algo que es tan propio de niños como y tan ausentemente presente en los adultos? Provocaba una sonrisa ver en el pase al que acudí ayer en el Artistic Metropol (Madrid) a padres con hijos en edades similares a las que ellos debían tener cuando  la vieron en el cine. Sonrisa aumentada al acabar la sesión y escuchar a los pequeños comentar con ilusión y asombro cómo los personajes de Baltasar y Atreyu están interrelacionados, la rapidez del caracol de carreras o el malvado lobo Gmork.

Desde 1984 los recursos técnicos de la industria cinematográfica han cambiado mucho, los efectos especiales que entonces nos asombraron hoy se miran desde la butaca con cariño y un punto de admiración al recordar cómo aquellos momentos artesanales -a base de maquetas e inserciones croma en momentos en que Photoshop y la edición digital eran alcances aún por inventar-, junto con una buena resolución en los temas de fotografía, vestuario y escenografía, podían hacernos sentir tanto como los hiperdesarrollos informáticos de hoy en día. Colin Arthur, el responsable de los efectos especiales de la película, contaba ayer en el previo a la proyección cómo el gigante comepiedras está inspirado en él mismo y el blanco dragón Fújur en su entonces mascota. “… Realmente entonces no hablábamos de efectos especiales, sino de efectos ópticos…”, señalaba este hombre de cine con una carrera tan amplia que abarca colaboraciones con figuras como Stanley Kubrick (“2001, una odisea del espacio”) o Pedro Almodovar (“Hable con ella”).

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Atención especial merece también  la banda sonora de Giorgio Moroder a golpe de sintetizador, como con los que revolucionó la música disco y lanzó al estrellato a Donna Summers, y su tema principal, “The never ending story”, una de esas canciones de la que podemos decir que no fue solo uno de los temas del año, sino de toda una época. De aquellos años son películas de factura similar sobre mundos fantásticos como “Dune” (David Lynch), personajes de leyenda como “Lady halcón” (Richard Donner) o historias entre la fantasía y la realidad como “La princesa prometida” (Rob Reiner). Títulos que también nos hicieron soñar e imaginar tanto que, a la par que se hicieron su sitio en la historia del cine, se convirtieron en parte del imaginario de los que entonces éramos niños.

Michael Ende no quedó nada satisfecho de la adaptación de su novela (publicada cinco años antes), hasta el punto de pedir que se retirara su nombre de los créditos del film, al contrario que los más de dos millones y medio de personas que la vieron en España. Como con tantos otros textos siempre existirá la diatriba de cuál está mejor, si el libro o la película, a lo que yo respondo, ¿y qué más da? Es interesante el debate sobre la fidelidad o no de la segunda hacia el primero, pero en cualquier caso son creaciones diferentes (he ahí “Las crónicas de Narnia”, “Harry Potter”, “El señor de los anillos”,…). Y como tal merece la pena disfrutar de ambas, pasando las páginas de, y con Wolfgang Petersen observando desde la butaca lo que en la oscuridad de una sala sucederá mágicamente sobre la pantalla, hoy como hace 30 años, que podemos volar a lomos de un dragón con cara de golden retriever achuchable al que desearíamos llevarnos a casa.

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“Creep, una historia de amor… o no… entre hombres”

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Dieciséis personas sentadas expectantes por saber qué va a suceder. De repente, y gracias a la magia escénica lo que era una sala de microteatro resulta ser la sala de espera de un dentista en la que coinciden dos hombres, uno le pide un favor al otro y este le responde seduciéndole. A partir de aquí “Creep” es su historia, el relato de lo que le acontece a esta pareja que hemos visto iniciarse. Pero como sucede en la realidad, y el teatro lo que hace es potenciarla al destilar su esencia, no hay modelo en el que referenciarse para dilucidar lo que está por venir más que la imaginación y el bucear en la propia memoria entre las pocas o muchas experiencias que cada uno de los allí observadores hayamos tenido en nuestro recorrido vital.

Como en casi toda historia de amor, incluidas muchas de la vida real, hay tristeza, drama y ansiedad, al igual que alegría, humor y risas. En la vivencia de cada espectador está ponderar cuánto de cuantitativo y cuánto de cualitativo, cuánto de verdad y cuánto de autoengaño hay de cada parte.  Factores combinados en una receta que también contempla dosis de sexo, piel y sudor. A merced de los allí de paso queda entender cuándo como lenguaje de compartición y construcción y cuándo como arma arrojadiza y de (auto) destrucción.

Doriam Sojo junta todos esos ingredientes y los hila en un texto que muestra y esconde entre unas escenas y otras creando unos personajes que destilan química en sus escenas conjuntas e intimidad en sus monologados debates internos. Héctor Gutiérrez y Javier Sotorres se encargan de hacerlos auténticos, de que respiren y vibren durante todo el recorrido emocional de la representación, al igual que lo hacen los espectadores desde las butacas al sentirse identificados con ellos (algunos dirán que no, que les recordaban –ironía- a un amigo suyo). Un libreto con referencias a la universalidad del amor -brillante el momento “Romeo y Julieta”- que se hace inteligente incluyendo el cabaret encarnado por la desvergüenza y el descaro artístico tan bien desempeñado por Supremme de Luxe.

Tras la muy buena impresión que me llevé en esta misma sala con “El casting. Solo para mayores de 18 años”, también escrita y dirigida por Doriam Sojo (quien también es empresario, él es el gestor de “El burdel a escena”, además de actor), diré que creo nos encontramos ante un profesional con talento al que seguir en su recorrido futuro por el mundo teatral.

“Creep, una historia de amor… o no… entre hombres”, los miércoles a las 20:30 en “El burdel a escena”.

(Fotografía tomada de kedin.es)