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Ambición, divergencias y cortinas de humo

Liderar el partido a nivel regional y hacer de la cámara legislativa un lugar de mayor bronca aún. Dos frentes para un único objetivo, llegar a la cúspide de la pirámide. Y el ruido de cada uno de ellos concebido para tapar e impulsar el alboroto del otro. La política como un juego de estrategia sin principios ni límites.

Su ambición -y la de los que la apoyan, jalean y colaboran en su propósito-, y no el deber que conllevan sus responsabilidades públicas -servir al interés general- como motor de sus acciones. Sea como sea, seguir un día sí y otro también en el candelero. Y hacer de todo ello una sucesión de hitos mediáticos creando un personaje poliédrico que le da a cada segmento de la opinión pública lo que ésta espera de ella. Indigna y enerva a unos, asusta y tensa a los siguientes, alegra y exalta a otros. En el fondo, la determinación de expulsar de las coordenadas de la política a los que la conciben como foro de encuentro, debate, negociación y acuerdo.  

Es una experta en cómo ser noticia. Comienza la jornada a cara de perro, insultando a sus oponentes, saltándose cuanto indica el respeto, la educación y el pudor que se le presupone a cualquier ciudadano decente, y un rato después se presenta en un entorno totalmente diferente con ritmo pausado, sonrisa relajada y chascarrillos recurrentes como si fuera una estrella del pop o una celebridad cinematográfica. Una bipolaridad perfectamente recogida por todos los medios de comunicación. Con perspectiva crítica, presuntamente objetiva por parte de determinadas cabeceras, con descarada intención propagandística y clientelar por las demás. Cortinas de humo concebidas, diseñadas y ejecutadas para tapar el ruido que van a generar distintas votaciones en los próximos días y semanas en la Asamblea de Madrid.

La certificación de la ocupación sine die de Telemadrid con el nombramiento como indefinido de su administrador único. Accediendo a reducir su presupuesto para ganarse el voto cómplice del partido amigo, lo que es de suponer que supondrá la cancelación de contratos con productoras externas y cuantas medidas laborales sean necesarias para reducir la masa salarial (y crítica) del ente público. No es descabellado imaginar que esto sea un paso con el que facilitar una hipoteca privatización o el fin de sus emisiones. Aunque es previsible que no ocurra antes de las elecciones de 2023. Dudo mucho de que, por el momento, los titulares de los despachos de la Real Casa de Correos renuncien al tremendo potencial publicitario que les supone tener a su entera, exclusiva y plenipotenciaria disposición semejante equipo técnico y humano.

El colectivo LGTBI en el centro de la diana. Le renta más ir en su contra que estar a su favor. En la saca de los votos y apoyos parlamentarios cotizan al alza el egoísmo y el desprecio frente a los derechos y las libertades fundamentales. La Constitución Española reducida a las dos palabras que le dan título, a una portada sin contenido, una tapa dura con las páginas en blanco. No son buenos tiempos para la empatía. Las cuestiones que afectan a minorías no interesan o no permean en una parte importante de la mayoría –cierto es que muchos de ellos ya tienen bastante con llegar a final de mes-. Esto hace que, por tradición, sentido de la democracia o coherencia -o todo a la vez-, el arco iris, la femineidad o el haber nacido en otro país, sean cuestiones defendidas solo por una determinada parte del espectro ideológico. Excusa perfecta para combinar en un mismo argumentario dos mentiras, la vacuidad de la exigencia de igualdad de los afectados y el carácter inventivo, instrumentalizador y manipulador de sus valedores.

Movimiento con derivada, la previsión de que sus retrocesos en esta materia quedarán anulados con la supuesta futura Ley LGTBI estatal le servirán como munición con la que seguir azuzando en este frente. Asuntos en los que se valdrá de su poder ejecutivo para llevar a la organización pública que gestiona a la inacción administrativa, como ya está haciendo en campos como el de la eutanasia o la dependencia.      

La cultura no se libra de la tergiversación. Enarbola la bandera del español, envolviendo en paño rojigualda cuanto ya existía y estaba programado. Encarga la creación de un nuevo logotipo a plasmar en tamaño superlativo en el cartel de organizadores de cuanto evento sea necesario, ante cuya visión y verbalización llevarse la mano derecha extendida al pecho y destilar patriotismo excluyente. O conmigo o contra mí. Se conceden espacios públicos de manera irregular a amigos particulares con actitudes de palmero para la ejecución de proyectos de dudosa calidad artística -ya sean con forma de pirámide, ya sea para realizar proyecciones inmersivas-, mientras compañeros de partido afirman sin pudor que hay que “poner el acento en que la programación cultural sirva para la moderación de nuestro pensamiento crítico”. Es decir, convertir la cultura en entretenimiento, en ocio, en anestesia con la que desactivar la posibilidad de imaginar y reclamar, por ejemplo, un sistema social, educativo o sanitario más justo y equitativo.

De manera paralela, y mientras esperamos las sorpresas que seguro traerán los próximo presupuestos regionales, su jefe de gabinete y máximo asesor personal ya ha puesto en marcha la estrategia de comunicación pertinente para que dentro de su casa no solo la reconozcan, sino que le concedan de manera oficial los galones, pleitesía y poder de decisión que considera le corresponde. Amenaza con utilizar la influencia que ya tiene para poner en duda la valía y las posibilidades de quien la nombró en su día. Predecesoras afines -que seguro ven en ella una manera de reivindicarse y seguir estando presentes- ya se han puesto manos a la obra haciendo lo que más les gusta, practicar el ego, desplegar retórica y jugar a la fotogenia. Tanto fuera como dentro, sea como sea, se trata de ganar.

Vorágine de ruido con la que demostrar hasta donde es capaz de llegar para construir su personaje y llegar a esa meta que está dos pasos más allá -o seis plantas más arriba y cinco kilómetros hacia el noroeste- de aquella a la que dice aspirar. Da igual cuanto tenga que hacer y decir para ser la número uno, la primera, la única, quien decide y manda.

(imagen tomada de infolibre.com, EFE)

“Arte, revancha y propaganda” de Arturo Colorado

Toda guerra es, por definición, destructiva y la contienda fratricida que tuvo lugar en España entre 1936 y 1939 no fue una excepción a esta regla. El patrimonio artístico fue uno de los focos de la contienda, aunque mucho más como instrumento de propaganda que como legado cultural que preservar. El bando nacional fue especialista en esto, algo que siguió haciendo, ya con Franco en el poder, tanto para justificar sus principios ideológicos como en su relación con las potencias del eje y los aliados a lo largo de la II Guerra Mundial.   

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El conflicto que se inició el 18 de julio de 1936 generó toda clase de aberraciones como vandalismos, asaltos, bombardeos,…, que trajeron consigo la destrucción de muchos bienes inmuebles y la desaparición de innumerables piezas artísticas. En algunos casos como resultado de lo que hoy llamamos daños colaterales y en otros de manera totalmente deliberada (ej. bombardeo nacional sobre el Palacio de Liria el 17 de noviembre de 1936 o, en esas mismas fechas, sobre el Museo del Prado).

Una falta total de sensibilidad y de respeto por las manifestaciones artísticas y culturales que continuó tras el 1 de abril de 1939. El régimen franquista siguió luchando en este frente contra el depuesto gobierno republicano, definiendo el traslado preventivo a Suiza de las obras de la pinacoteca madrileña o a Francia de otras colecciones públicas –como la del MNAC- y privadas de distintos lugares de origen como una muestra del “expolio rojo” al que había sido sometido nuestro país. Campaña de desprestigio en la que la buena labor de preservación realizada por el anterior gobierno democrático –tal y como atestiguaron profesionales de grandes museos internacionales como la National Gallery- era metida en el mismo saco que los robos perpetrados por delincuentes, el tráfico ilegal llevado a cabo por profesionales nada éticos o las pertenencias personales que llevaban consigo los que iniciaban el camino del exilio.

Tras el fin de la contienda, las nuevas autoridades hicieron bien poco a efectos prácticos para que esas piezas volvieran a su lugar de origen. Las que habían salido de manera legal retornaron una vez que Franco fue reconocido de manera oficial por los gobiernos  de esos países. Pero más allá de ello –y por la casi nula dotación de recursos económicos, técnicos y humanos dedicados a la misión- no se consiguió apenas ningún resultado exitoso, a excepción de la incautación de sus propiedades privadas que sufrieron los republicanos descubiertos en Francia.

Una tesitura que coincide con el inicio de la II Guerra Mundial, conflicto en el que España apoyó inicialmente a los regímenes fascistas de Italia y Alemania bajo el eufemismo de “no beligerancia”. Coyuntura que, tal y como cuenta Arturo Colorado, la nueva España imperialista aprovechó, con ánimo de revancha, para solventar las deudas que el país vecino no había saldado tras el paso de las tropas napoleónicas por nuestro territorio un siglo atrás. De esta manera se consiguió que el régimen de Vichy firmara en 1941 un acuerdo –considerado extorsión por la mayoría del resto de los franceses- por el que no solo se recuperaron muchos de los legados del Archivo de Simancas que entonces habían sido trasladados como botín de guerra, sino que volvieran a España piezas únicas como la Dama de Elche que, tras su descubrimiento en 1897, había sido vendida legalmente al Museo del Louvre.

Un tratado por el que se recuperaron otras piezas (como la famosa corona visigoda de Recesvinto o una apreciada Inmaculada de Murillo) a cambio de entregar un Velázquez, un Greco y un Goya, y que en nuestras fronteras fue presentado ante la opinión pública como una victoria diplomática y una validación de la fuerza, potencia y liderazgo del Caudillo. Un logro que debía mucho al apoyo fascista, y al que, en ocasiones, el régimen halagó con donaciones de obras de arte. En 1939 se entregaron al Führer tres Zuloagas y en 1941 Franco llegó a adquirir para hacérselo llegar, el retrato de Goya de La marquesa de Santa Cruz.

Sin embargo, los buenos resultados que comenzó a conseguir el bando aliado tras el fracaso alemán en su intento de invasión de Rusia hizo que esta operación no solo no se llevara a cabo, sino que meses después España adoptara la postura oficial de “neutralidad” y que incluso llegara a ofrecer el Palacio de Riofrío en Segovia para acoger los fondos del Museo del Louvre para que estos estuvieran a salvo de los bombardeos. Tras el poco cuidado de lo propio, esta ofertaba revelaba, sin duda alguna, el único valor propagandístico que la cultura –y el arte como expresión de esta- tenían para la autarquía que acababa de comenzar a gobernar España.

“La comunicación política” de Gianpietro Mazzoleni

ComunicacionPolitica

Un mensaje que transmite un emisor hacia un receptor a través de un canal utilizando un código, un lenguaje determinado, esta es la base de la comunicación. ¿También cuando se trata de comunicación política? Podríamos plantearnos que los partidos e instituciones, así como sus representantes son los emisores, los ciudadanos los receptores y los medios de comunicación el canal. Sin embargo, desde siempre se ha hablado de los medios como el cuarto poder (junto a ejecutivo, legislativo y judicial) y por ello de su influencia subjetiva sobre emisores y receptores, ¿podemos considerar a los medios tan solo entonces como canal? ¿En qué medida son también emisores políticos condicionando a los partidos e instituciones, reelaborando los mensajes que estos dirigen a sus audiencias –unas veces como ciudadanos y otras como potenciales votantes-, o formando incluso parte del entramado político por su línea editorial o intereses empresariales?

Entre los políticos, ¿qué función ha de cumplir la comunicación en su gestión y papel social? La teoría nos dice que informar (de sus planteamientos) en el caso de los partidos, y también el de formar (sobre sus decisiones) en el de las instituciones. ¿Es así? ¿Dónde está el límite entre la comunicación y la propaganda en los partidos, o entre la comunicación y la publicidad en las instituciones? ¿Dónde está la línea roja  que diferencie el contenido de los mensajes a emitir por los partidos y las instituciones que estos gobiernan por delegación de los ciudadanos?

Vivimos tiempos en los que los medios dedican gran espacio y tiempo a lo que llamamos “la actualidad política”, ¿a qué es debido? ¿Qué crea tal actualidad? ¿Es contenido de valor generado por las instituciones políticas? ¿O por los medios como manera de cubrir espacio a bajo coste y los partidos y sus líderes aprovechan esta necesidad para fomentar su imagen? ¿Qué papel cumplen en este entramado las nuevas tecnologías o los expertos en marketing y comunicación encargados de la comunicación y el posicionamiento de imagen de partidos y sus líderes?

Y las audiencias de los medios, los seguidores de los partidos políticos, los ciudadanos a cuyo servicio están las administraciones públicas, ¿qué papel cumplimos al respecto? ¿Cómo influimos sobre los medios bajo el mecanismo de formar o no parte de su audiencia? ¿Y sobre los políticos? ¿Alguna otra manera aparte de dar audiencia a los contenidos que ellos protagonizan, votar cada cuatro años o ser entrevistados de manera aleatoria en encuestas de opinión?

Las múltiples respuestas a estas preguntas, entre otras muchas, son la esencia del análisis que Mazzoleni, profesor de comunicación política y sociología de la comunicación en la Universidad de Milán, realiza en este trabajo que está a medio camino entre el ensayo y la investigación académica, entre el análisis y la profusión de citas y mención a autores insertadas en su redacción. Cuestión esta que, a diferencia de cuando se opta por incluir estas cuestiones a modo de citas a pie de página, en algunos momentos dificulta la lectura por no permitir al lector centrarse en el hilo argumental que le ha de guiar. El otro pero a este título es la no mención a las redes sociales –la edición de Alianza Editorial en el mercado es de 2010-, lo que pide una puesta al día para considerar este último componente ya consolidado de la comunicación política para así complementar el estudio tan serio y profuso que sí hace del resto de sus factores y de las relaciones entre ellos.