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“Yernos que aman”, teatro a la manera de los grandes

Un puzle familiar de diez personajes en el que cada uno de ellos cumple con creces su misión en un complejo engranaje en el que todo encaja: el conjunto de historias y sus tiempos, los diálogos, las entradas y salidas de escena, los cambios de ritmo,… Dos horas brillantes que dejan en el cuerpo sensaciones como las que provocan Tennessee Williams o Eugene O’Neill.

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En esta obra no hay actores, a los intérpretes no se les ve en ningún momento. Es tal su mimetización con los caracteres que encarnan que como espectador se te olvida que estás asistiendo a una representación. Desde el inicio quedas completamente atrapado por esta atmósfera de sentimientos a flor de piel, llena de cosas que no se dicen, clamando por ser expresadas, deseando que llegue el momento en que se libere la tensión y que pase lo que pase y conlleve lo que conlleve, la tranquilidad vuelva –o se establezca por primera vez- entre los miembros de esta familia.

Algo que no es nuevo, que viene de muchos años atrás, pero que inicia un camino de no retorno cuando uno de los cuatro hijos de la familia muere. El que fuera su novio sigue anclado al pasado, al tiempo en que él creía ser feliz con quien realmente era con él cruel e infiel. Además de al fallecido, conoceremos a sus tres hermanas y a los hombres presentes en su vida. Por último, la madre que a la par que tolera, gobierna, que mientras es servil con sus hijos, marca con su actitud el ritmo de la cotidianeidad y de los acontecimientos extraordinarios que ocurren bajo su techo. Un clan de personalidades y actitudes variadas y diversas unido por los lazos de la sangre y del afecto. Un mundo cerrado en el que no hay espacio para nada ni nadie más. “Yernos que aman” es un universo perfecto de principio a fin, desde la primera hasta la última línea del texto escrito por Abel Zamora.

El también actor y director de esta obra realiza un trabajo en estado de gracia, lo que consigue en las dos horas de función es auténtica magia. Todo cuadra y fluye a medida que la historia inicial se abre en varias paralelas que van y vienen, unas veces rápido, otras haciendo que cada segundo se respire profundamente, referenciándose entre sí, estableciendo puntos de conexión con total espontaneidad. Y sin olvidar sus momentos de humor, unos jocosos, otros ácidos y algunos hasta negros, pero siempre con chispa, perfectamente encajados en la cotidianeidad a la que asistimos. Un edificio argumental al que da vida un deslumbrante y versátil reparto que enriquece el fantástico libreto que ha llegado a sus manos llenándolo de registros, y estos de matices, tanto a través de sus voces y miradas como del lenguaje corporal con que se mueven en escena.

Texto, dirección e interpretaciones se coordinan con una indiscutible sincronía avanzando in crescendo descubriéndonos personalidades, vínculos, dependencias, amores y odios, mentiras y verdades, intimidades, sueños,… un recital que trae a la memoria obras maestras de la historia del teatro que han diseccionado familias como “El largo viaje del día hacia la noche” de Eugene O’Neill, “El zoo de cristal” de Tennessee Williams o “Agosto” de Tracy Letts.

“Yernos que aman” es un espectáculo que produce una honda impresión, de esos que cuentan con todas las papeletas para ser recordado con absoluto detalle a pesar del paso del tiempo. Un excelente trabajo de cada uno de sus actores, así como de Abel Zamora, su también autor y director, merecedor de un gran aplauso.

“Yernos que aman” en la Pensión de las pulgas (Madrid).

“Héroes” que luchan por ser ellos mismos

Una obra bien estructurada y  dialogada convertida en una gran representación gracias al versátil y entregado trabajo de sus tres actores.

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En un tiempo y lugar indeterminado al que acaba de llegar, una psicóloga hace frente a sus propios demonios interiores mientras ayuda a que exterioricen los suyos dos hombres que no teniendo nada que ver el uno con el otro resultan ser las dos caras de la moneda de esa realidad fuera de la consulta en la que todos confluyen. Uno, un terrorista que lucha por una tierra que siente robada, el otro, aquel que vive sin libertad por culpa del terror en el lugar en que nació.

El azar provoca que confluyan en un momento determinado que les hace conectar, instante a partir del cual se van dejando ver poco a poco en su dimensión humana. Hacia los espectadores, en cambio, su interior es una caja abierta y diáfana desde el momento inicial. Lo que narran a modo de píldoras monologadas nos convierte en cómplices de lo que sienten ante los acontecimientos que viven, situaciones impregnadas por unos valores ideológicos que consideran la vida humana no como algo supremo, sino como moneda de cambio. En el caso de ella la situación es opuesta, llegar hasta su fondo llevará tiempo, poco a poco, a medida que consiga echarle valor y luz a la oscuridad de su crisis personal y de pareja.

Esos dos hombres que se ofrecen mutuamente hasta donde son capaces, arrastrando tras de sí a aquella otra parte de sus personajes que se niega a la entrega completa que muy a su pesar anhelan y se suscitan. Esa lucha entre sus luces y sus sombras es la que nos trasladan con la fuerza de sus miradas y la soltura de su lenguaje corporal Miguel Diosdado y, de manera aún más sobresaliente, Raúl Tejón. Su presencia es algo más que físico, junto a Diana Palazón llenan la sala de una atmósfera en la que se palpa la distancia que separa el deseo de la incapacidad por culpa del miedo, así como la posibilidad de salvarla si se supiera resolver el conflicto entre la razón y el corazón con la moral y la losa de lo aprendido o de las heridas del pasado de por medio.

Detrás de esta eficaz e impactante puesta en escena hay un soberbio trabajo de escritura y dirección de Antonio Hernández Centeno adaptado al reducido espacio escénico que es la Pensión de las Pulgas. Las palabras fluyen dando cuerpo y entidad a los personajes, y como si de un río se tratara, da pie a una acción que una vez iniciada se convierte en un torrente que crece y avanza por sí mismo con gran autenticidad hasta llegar a su final sesenta minutos después de su comienzo.

“Héroes”, en la Pensión de las Pulgas (Madrid).