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“Macbeth” de William Shakespeare

Tragedia sobre el origen, evolución y consecuencias de una desmedida ambición política y los múltiples daños colaterales que provoca recurrir al crimen para hacerse con el poder. Un logro que abre en su protagonista un abismo personal y un vacío interior que deriva en una tormenta perfecta de horror y destrucción. Tras todo ello, el habitual arte y despliegue maestro de su autor en la creación y desarrollo de personajes y tramas.

Un drama monárquico sobre ocupantes, herederos y aspirantes a disponer del bastón de mando, combinado con dosis de fantasía de la mano de tres brujas que aventuran el futuro. Tres seres sobrenaturales que comparten su visión con un general del ejército del rey, el aventurero Macbeth, sembrando en él la semilla de la gloria, pero sin hacerle consciente de que el medio para materializarla será el engreimiento, la soberbia, el abandono de la ética personal y la comisión de todo tipo de delitos. Un hecho que hace que tras luchar contra el reinado de Noruega, Escocia siga en el conflicto. Primero el terremoto que implicará el regicidio del Rey Duncan, a lo que seguirá el despotismo de su sucesor y quien da título a esta obra. Finalmente, la lucha de Malcolm, el sucesor legítimo, contra el asesino para devolver la libertad y la esperanza a su tierra y a sus súbditos.

Un hilo narrativo que Shakespeare prolonga a lo largo de cinco actos en los que expone cuanto necesita que conozcamos para entender las múltiples dimensiones de lo que está en juego. Desde la geopolítica (reinos enfrentados y aliados), los egos (Lady Macbeth como encarnación máxima de este vicio) y la dimensión familiar de los protagonistas (las alianzas consanguíneas y los hijos como prolongación de los propios logros) hasta los valores que han de regir toda estructura de gobierno (justicia, templanza, veracidad, firmeza…) y jerarquía militar (lealtad, fortaleza, compromiso, entrega…).

Tras un inicio alegre, resultado de ganar el conflicto bélico con que se inicia la obra, poco a poco el autor de Hamlet (1601) y Otelo (1603) va generando una atmósfera que abandona la luminosidad inicial para adentrarse en una oscura, incierta y tenebrosa noche argumental en la que las desgracias y los sobresaltos se suceden sin piedad. Una atmósfera cada vez más opresiva que ejerce de espejo de los pensamientos y acciones de Macbeth, de la tiranía que despliega sobre sus dominios y la crueldad con que trata a su pueblo. Una pesadumbre resultado de su neurótico deseo de mantenerse en el trono, cueste lo que cueste, y su paranoica vivencia de los fenómenos espirituales y kármicos que le acompañan negándole la celebridad, la reputación y el reconocimiento al que aspiraba.

Una fábula sobre el egoísmo y las derivadas que puede conllevar, no el salirse de las coordenadas vitales que el destino te hubiera deparado -más aún cuando, desde fuera, eran aparentemente positivas-, sino el hacerlo sin respeto alguno por la vida y la convivencia social. Una vez más, como en Romeo y Julieta (1597) o en El Rey Lear (1603), Shakespeare despliega su extraordinaria capacidad para, aún contando algo circunscrito a un lugar y tiempo muy concreto, convertirlo en una alegoría sobre la condición humana.

Macbeth, William Shakespeare, 1606, Ediciones Cátedra.

“La invitación”, tensión inteligente

Esta cena de amigos juega con algo que no es tan obvio como el terror ni tan dirigido como el suspense. Se trata de una presencia invisible, mucho más abstracta y corrosiva, una tensión que genera dudas y suspicacias, que no se sabe bien si está en el ambiente o si la estamos lanzando sobre él. Un efectivo relato cinematográfico, sin efectismo alguno, centrado únicamente en las relaciones y dinámicas que se establecen entre sus personajes.

LaInvitacionCartel

Will y Eden llevan dos años sin verse. Tras el fallecimiento de su hijo de cinco años y su posterior divorcio, cada uno ha rehecho su vida con una nueva pareja. Hoy es el día en que vuelven a verse en una cena de amigos que ella ha organizado en su casa, en la que fuera el hogar de los dos. Él está tenso, demasiados recuerdos quizás, se siente extraño al volver a reunirse, tras un paréntesis de silencio y distancia, con gente con la que compartió momentos importantes de su biografía. Sin embargo, él conoce las estancias y rincones de esta vivienda y rápidamente se da cuenta de que en ella hay más novedades que el nuevo marido de su ex mujer y los dos desconocidos también convocados a esta reunión. No es visible, pero él lo percibe, está en movimiento, conduciendo la situación hacia un punto de destino incierto, pero que, según todo indica, es turbio y oscuro.

La atmósfera inicial en pantalla es la lógica incomodidad, que se muestra en la recurrente conversación y el torpe lenguaje corporal, entre personas a las que el dolor les hizo separarse y ahora se reencuentran en coordenadas diferentes. Un refinado mecanismo con el que Karyn Kusama nos conduce hacia un escenario en el que piezas que antes encajaban, ahora resultan no cuadrar sobre el tablero de juego. Una rémora que se arrastra desde la primera secuencia y que se va haciendo más grande a medida que los diálogos y comportamientos de los anfitriones nos generan más sombras que luces con su mezcla de fina ambigüedad e inverosímil transparencia. Una situación que nos conduce a la paranoia, no hay nada malo en lo que estamos viendo, pero entonces, ¿por qué cada vez estamos más inquietos?

Este es el endiablado juego de un relato que no busca ni construye en ningún momento el susto ante lo desconocido o lo inexplicable, ni hacer que te veas sometido al irremediable impacto de aquello ante lo que no tuviste tiempo de reacción. Su objetivo es mucho más sutil. Va sembrando dentro de sus espectadores todos los ingredientes que necesita para, llegado el momento, y tras generarles incluso la duda de si verdaderamente está ocurriendo algo, agarrarles del estómago y dejarles clavados en la butaca con una salvaje explosión de motivos y consecuencias que sentirán ocurre dentro de ellos mismos. El culmen de una cadena de acontecimientos perfectamente construida que nos sacude brutalmente tras habernos agotado y dejado sin aliento. Tras ella, un fluido guión habitado por personajes veraces, un eficaz trabajo de sonido con el que se traslada el conflicto percepción-interpretación del protagonista masculino y una inteligente dirección que hacen de La invitación noventa apasionantes minutos.