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“El viaje de Nisha”

De Noruega a Pakistán por imposición familiar en una cinta que nos plantea hasta dónde alcanza la integración real en nuestro sistema occidental de las familias que acuden buscando nuevas y mejores oportunidades desde otras culturas. Una convivencia que genera un fuerte conflicto generacional entre los que llegaron, los padres que siguen los dictados en los que se educaron a miles de kilómetros, y los ya criados aquí, los hijos que asumen con naturalidad los modos y maneras del que es su entorno natural.

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Nisha es una adolescente que con sus amigos habla en noruego, coquetea con el alcohol y el tabaco, baila, viste ropa atrevida y lleva el pelo suelto. Cuando llega a casa, se comunica con los suyos en urdu y su madre le exige que utilice prensas holgadas y completamente abrochadas, que salude educadamente a las visitas y colabore en la cocina. Un hogar al que llegaron sus padres desde Pakistán, país que dejaron buscando prosperar materialmente, atravesando para ello Europa hasta llegar a este lugar del mundo en el que se han hecho un hueco a base de realizar aquellos trabajos que los locales rechazan. Sin embargo, tras la puerta de su casa, sus costumbres y reglas de convivencia son las mismas con que se regían a 6.600 kilómetros de donde están ahora.

Cuando como resultado de la edad se produce el choque entre lo que se dicta en la residencia familiar –virginidad hasta el matrimonio- y lo que se hace en el ambiente social –flirtear con los chicos-, Nisha se ve envuelta en una espiral de opresión y desconcierto psicológico que no se ve resuelta hasta que los fríos y ordenados ambientes nórdicos son sustituidos por los calurosos y anárquicos pakistaníes a los que es trasladada obligatoriamente por su padre para su reeducación. Un cambio de coordenadas geográficas con una lógica argumental totalmente convincente, pero que en su plasmación en la pantalla se deja por el camino buena parte de la tensión  y ansiedad que había conseguido transmitirnos.

A partir de ese punto de inflexión comienza la dura aventura de la supervivencia, de la lucha de nuestra protagonista por sobrevivir mentalmente en un ambiente en el que no tiene más opción que la de someterse. Sin embargo, la inquietud que sentimos en esta parte de El viaje de Nisha se debe más a la lejanía espiritual y moral que tienen para nosotros las distintas situaciones –familiares, sociales y legales- a que ha de hacer frente esta joven noruega de rasgos pakistaníes, que a una atmósfera angustiosa conseguida con su guión y dirección por Iram Haq.

No se pierde en ningún momento el sentido de lo que se nos está contando, pero sí que tiene alguna secuencia de tintes costumbristas cuyo propósito resulta difuso, pareciendo más propias de un telefilm en el que hay que rellenar minutos de emisión televisiva, que de un ejercicio de intentar conseguir una buena película. Afortunadamente un propósito que no olvida y en el que se vuelve a centrar en su tramo final volviendo a hacer del drama de la injusticia, del chantaje de la lealtad familiar y de la crueldad del maltrato psicológico su leit motiv.

“El francotirador”, patriótico Clint Eastwood

A caballo entre la exaltación republicana del servicio y amor a la patria, y la crudeza de los efectos de la guerra no solo directamente sobre los que están en el frente, sino también los secundarios posteriores y los colaterales en los que forman parte de su vida a miles de kilómetros.

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No hay nada tan americano para muchos de sus ciudadanos como la devoción por las barras y estrellas de su bandera, así como la defensa a ultranza de su nación cuando consideran que su supremacía, integridad o bienestar está en riesgo. Ese es el punto de partida de esta historia real, y ahora también cinematográfica de la mano de Clint Eastwood, que se inicia contando como Chris Kyle, un texano aspirante a cowboy, decidió convertirse tras los ataques a las embajadas norteamericanas en Kenia y Tanzania en agosto de 1998 en un integrante de los SEAL, las tropas de élite del ejército estadounidense. A partir de ahí dos acontecimientos, su matrimonio y los atentados del 11-S de 2001 marcan de manera conjunta su vida, más aún cuando es enviado a la guerra de Irak cuando se inicia este conflicto en 2003.

Una introducción en la que el maestro Eastwood presenta el tono que tendrá su relato: objetivo, asertivo, pegado a la realidad, dejándonos ver sin efectismos visuales ni épica alguna los elementos que la forman, emociones incluidas, pero sin posicionarse de su lado. Algo que hace también con los dos hilos conductores con los que hace progresar esta historia, el protagonista militar y su mujer, encarnados por Bradley Cooper y Siena Miller. Dos caracteres que sirven para retratar los efectos que los conflictos bélicos tienen sobre las personas en un doble plano, tanto sobre las que están en el frente de guerra como sobre los que, aun estando en otras coordenadas temporales y geográficas, sufren violencia física y psíquica como consecuencia del conflicto.

Ambos actores cumplen eficazmente con su misión. Bradley Cooper demuestra que va camino de ser un actor con la misma versatilidad que los que hicieron del cine un arte clásico, añádase al temple bélico y la contención del conflicto psicológico que tiene en este “El francotirador” –junto a su transformación física-, las dotes cómicas (“Resacón en Las Vegas”) o románticas (“El lado bueno de las cosas”) ya demostradas en el pasado.  Por la suya, Siena Miller constituye una fuerza física que hace que un personaje sin casi vis individual alguna tenga su propia entidad en pantalla frente al dominio argumental que el guión da a su partenaire masculino.

Lo que comienza siendo una muestra sin fisura alguna de patriotismo –que podría parecer de tinte republicano- y compromiso con la patria, va derivando hacia una reflexión sobre el precio a pagar que este esfuerzo supone y si hay líneas rojas en la entrega e implicación personal que no se deben pasar. “El francotirador” no entra en moralismos sobre las causas o sentido del conflicto ni debate sobre su ética o justificación, se limita a contarnos la vivencia día a día tanto de los soldados americanos, profesionales con una misión, que luchan sobre el terreno, como de aquellos que les quieren y esperan a miles de kilómetros.

Un relato en pantalla sobrio e inteligente –construido fundamentalmente a partir de un maestro uso del sonido, el montaje y la fotografía-, directo, crudo, sin pudor, sin adornos, donde el protagonismo recae sobre los acontecimientos y las situaciones límites que estos plantean: matar para no morir, tirar sobre mujeres o niños como medida preventiva, el ataque como defensa o como venganza, disparar como deber o como placer, o el balance entre el compromiso profesional y el familiar.

Planteamientos que recuerdan a los dos últimos títulos de Kathryn Bigellow, “En tierra hostil” –sobre una brigada antiexplosivos también en la guerra de Irak- y “La noche más larga” -acerca de la captura de Bin Laden en Pakistán-, y que prolongan con un muy buen resultado la trayectoria de Clint Eastwood como director de historias en escenarios bélicos (“Banderas de nuestros padres” y “Cartas desde Iwo Jima”), ensalzando los valores americanos (“Gran Torino” o “Million dollar baby”) y construyendo películas con un ritmo sosegado y preciso (“Sin perdón” o “Medianoche en el jardín del bien y del mal”) al servicio de su espectador.