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“La ola”, todos somos nazis en potencia

Texto, dirección y actores perfectamente engranados entre sí en un montaje que demuestra que uniendo buenas piezas, el todo conseguido es aún más que la suma de ellas.

LaOla

Pasó y puede volver a pasar: es lo fundamental de lo que he de decir“, palabras del escritor italiano y judío Primo Levi que resumen bien lo que es el nazismo. Porque es, sí, en presente. No es un tiempo concreto de nuestra historia con un inicio y un final. No, es una posibilidad de comportamiento del ser humano que se ha dado desde siempre, hace apenas unas décadas con esa denominación, y para el debate quedan las formas parecidas en que pueda haberse producido después (los gulag rusos, los jemeres rojos en Camboya, la limpieza ética de Serbia en Bosnia y el genocidio de Ruanda en los 90, los talibanes en Afganistán, el mal llamado estado islámico actual,…). Pasado, presente y… futuro. ¿Volverá a ocurrir? ¿Puede suceder? Y sobre todo, ¿es posible evitarlo?

Cuestión parecida le planteó un día en clase un alumno a su profesor y este se puso manos a la obra para sin responderle directamente, demostrarle que sí, que cada persona lleva dentro de sí el germen del totalitarismo, de la bipolaridad hombre y animal. Lo que fue un hecho real en EE.UU. en 1967, ya trasladado al cine, toma ahora vida en las tablas del Teatro Valle-Inclán de la mano de ocho actores que transforman el escenario en algo más cercano a una prueba psicosociológico que en un rato de entretenimiento, que también y de alto nivel, para sus espectadores.

Tanto el texto (Ignacio García) como la dirección (Marc Montserrat) avanzan perfectamente coordinados a un ritmo que, sin prisa pero sin pausa, nos cuenta de manera clara todas las fases de este alegórico experimento. De una clase convencional de historia se pasa a las prácticas que su profesor va estableciendo para dominar a sus alumnos. Del control del cuerpo se pasa a rígidos protocolos de comunicación interpersonal para homogeneizar al grupo y hacer creer a sus miembros que son seres diferentes, únicos. Una vez conseguida esta unidad, el líder atomiza al grupo sembrando la desconfianza para evitar que la colectividad crezca al margen de él y fortalecer de esta manera su papel como referente, él es el guía espiritual. La tensión aumenta a medida que se suceden las secuencias, se fuerza cada vez más la situación, los siete adolescentes alinean psicóticamente su comportamiento al tiempo que se alienan del resto de la sociedad al sentirse superiores a ella. Cuando se consume el oxígeno, todo estalla, salta por los aires, y después de casi dos horas y media de representación esta llega a su final con los espectadores aplaudiendo y en pie ante lo que han presenciado.

Si un motivo claro hay del estupor vivido es la extraordinaria sintonía entre las interpretaciones de los ocho actores. Cada uno de ellos muy correcto en su papel, pero formando algo más todos juntos, esa masa que poco a poco va tomando cuerpo y creciendo hasta convertirse en un monstruo, el grupo. Al frente de ellos Xavi Mira como el profesor convencido de estar siendo pedagogo, y detrás de él, a pesar de jugar a ser piezas de un puzle, cada actor hace de su alumno un personaje completo y protagonista por sí mismo con referencias a su vida familiar, sus inquietudes adolescentes o sus expectativas ante la vida. Siete nombres (Javier Ballesteros, David Carrillo, Jimmy Castro, Carolina Herrera, Ignacio Jiménez, Helena Lanza y Alba Rivas) que tienen ya tras de sí una trayectoria, y con lo visto en “La ola” queda claro que también un gran potencial que esperemos siga dando frutos de tan buen resultado como en esta ocasión.

“La ola, hasta el 22 de marzo en el Teatro Valle Inclán (Centro Dramático Nacional)

Querida Almudena (a propósito de “Inés y la alegría”)…

Ines

… Después de leer esta novela que publicaste en 2010, solo encuentro motivos para renovar la pasión que me produjo conocerte allá por mediados de los 90, hace casi dos décadas. Cuando comenzaba mi vida en Madrid como universitario asistí a una conferencia sobre las relaciones entre el cine y la literatura en la Facultad de Filosofía de la Universidad Complutense. Allí contaste tu devoción por Benito Pérez-Galdós, y escuchándote recordé lo mucho que un par de veranos antes me había apasionado Fortunata y Jacinta. En aquellas fechas, no recuerdo con exactitud si justo antes o justo después, formé parte del público (cuando se es estudiante se hace de todo para llegar a final de mes) del programa Lo + Plus en un día en que la entrevistada eras tú. Creo recordar que estabas apoyando la promoción de la adaptación cinematográfica de Gerardo Herrero de tu Malena es un nombre de tango, aquel día decidí que el siguiente título a leer sería este tuyo.

Me impresionaste, caí cautivo de tus palabras, devoré el volumen.  Malena me causó el mismo vivir que los grandes de la literatura del s. XIX por cuyas páginas ya había pasado: la Madame Bovary de Gustave Flaubert, la Ana Karenina de Tolstoi, el Rojo y negro de Stendhal o la Marianela del ya referido Galdós.

Modelos de mujer y Atlas de geografía humana fueron mis siguientes vivencias en tu mundo literario. Me dejaste claro que la experiencia anterior no había sido una ocasión única, sino que acercarse a ti era sinónimo de pasión, de la tuya por escribir, y de la mía por leerte.  Devolví Modelos a quien me lo prestó y Atlas lo dejé atrás en una mudanza para no llevarme con él el recuerdo de quien me lo regaló, pero Malena siempre ha estado ahí, protagonista en la estantería de mi pequeña biblioteca, recordándome que tu universo creativo estaba esperándome.

Durante mucho tiempo me conformé con leer tus columnas en El País, hasta que recientemente dos viajes a Berlín y Budapest me llevaron a una pregunta. Si en Alemania han sido capaces de mirar hacia atrás para hablar de los años de la barbarie nazi y en Hungría sobre las atrocidades del comunismo soviético, ¿por qué en España no somos capaces de hacerlo sobre la Guerra Civil o el largo período de la dictadura franquista? ¿Por qué no se nos cuenta qué pasó? Quizás esta sea una interrogante demasiado amplia, pero tengo claro que no es ninguna exigencia, querer saber es algo natural. No sé por qué se nos oculta esa información a los que no conocimos aquellos tiempos, pero que somos hijos de ellos. Siento que se nos niega saber de dónde venimos, se me ocurre pensar que para que aceptemos ir hacia donde nos llevan y que no se nos ocurra considerar otras posibles alternativas hacia las que ir.

Y entre el falso humo que crean los que dicen que querer saber es volver a revivir los tiempos de una España dividida en dos bandos (¿será porque los que dicen esto contemplan nuestro país como un lugar repartido entre los que deciden y disfrutan y los que están sometidos y han de callar?), surgiste tú con tus Episodios de una guerra interminable como alguien que podría ayudarme a poner nombres, fechas y coordenadas a lo que estoy deseando conocer. Y aunque digas que son episodios inconexos, yo he decidido comenzar por el primero de los tres episodios que has publicado hasta la fecha, con Inés y la alegría.

En las más de 700 páginas de tu novela, y al igual que Inés, he luchado y nunca me he rendido; con ella y contigo, con sus vivencias y con tu escritura, he reído y he llorado, a veces casi a la par. Porque Inés, supongo que como tú al escribir su historia, es dos mujeres a la vez: la política, la comprometida con una causa -porque así se lo dicta su cabeza -, con sus principios y valores con todas sus consecuencias; y la humana, esa que alberga un corazón entregado dispuesto a todo por todos, a dar amor, a ofrecer calor y alimento, a tender una mano que ayude a salir adelante al que a ella se aferre. Una mujer verdadera, auténtica a la par que igual que muchas otras y otros que vieron su mundo derrumbarse y ser sustituido por otro que nunca aceptaron porque no lo sentían real y porque ellos no se reconocían en él, porque no eran capaces de fingir. Seres humanos auténticos por estar dispuestos a pagar el precio que fuera necesario, hasta sus propias vidas, para no dejar de ser ellos mismos, para no negarse, para vivir tal y como sus entrañas les dictaminaban. Personas auténticas por plantarle cara a la imposición, a la amenaza que no iba solo contra ellos, sino que iba contra todos, incluso contra los que se sometieron, para que no tuvieran duda alguna de su poder aplastador y negador, tan intenso y tan fuerte que sus ecos parecen llegar hasta hoy. Personajes auténticos porque así los has sabido construir tú.

Y en tu verbo, Almudena, Inés y todos los demás personajes se encarnan en momentos, escenas y secuencias que se hacen reales, carnales, tridimensionales. Con las precisas palabras de tus descripciones, me he sentido testigo de acontecimientos históricos y escenas de intimidad, de viajes cotidianos y de trayectos clandestinos, como si hubiera estado ahí, como si hubiera sido uno más al lado de la misma Inés o de Galán, de Santiago Carrillo, Jesús Monzón o la Pasionaria. Y no, no hablo de haberme identificado en el plano ideológico, con ese no puedo, yo no estuve allí en aquellos tiempos, pero sí lo he hecho con vivir el instante de la gran y las pequeñas historias que narras, con el corazón latiendo tan intenso que se sube a la garganta, el alma en un puño, el estómago encogido ante el desconocimiento de lo que pueda ocurrir en el instante siguiente.

Tras haber llegado al final solo puedo decir que he visto cumplidas mis dos expectativas: saber algo de aquellos tiempos que parecieron no existir (¡vaya que si existieron!) y volver a disfrutar (¡vaya que si lo he hecho!) de tu literatura. Te seguiré siguiendo y te volveré a buscar. Quizás bajo tu influjo me dirigiré a Galdós para leer su Tormento, al igual que tarde o temprano volveré a ti y a tu El lector de Julio Verne, el segundo de tus Episodios de una guerra interminable reclamando nuevamente saber de un tiempo que no viví, pero cuyo recuerdo, consecuencia y herencia está en el mundo en el que vivo, en el que vivimos.

Inés y la alegría, Almudena Grandes, 2012, Tusquets Editores.