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“Vengadores: la era de Ultrón”, mucho ruido y pocas nueces

Más efectos especiales que fotogramas por segundo para envolver a un argumento que es poco más que una excusa para un derroche visual a ritmo casi frenético. Tras él, una vaga historia y unos personajes lineales diseñados exclusivamente para los admiradores de la saga.

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Imagino al director de esta película, Joss Whedon, como un responsable  de una gran empresa, encargado de hacer que funcionen las distintas facetas del proyecto que le ha sido encargado.

En primer lugar hacer que los seguidores de los seis superhéroes protagonistas sientan que tienen su correspondiente dosis de estrellato individual y de aportación a la lucha –y suponemos que éxito final- del grupo. Esto junto a su correspondiente multitud de planos revelando los perfiles más fotogénicos de los actores enfundados en el dress-code de los personajes que interpretan: los pectorales de Chris Evans, los bíceps de Chris Hemsworth, la sonrisa pícara de Robert Downey Jr., la mirada tierna de Mark Ruffalo y la valiente de Jeremy Renner, o las curvas de Scarlett Johansson. De esta manera Marvel podrá garantizarse una buena cuantía de ingresos por merchandising, primer objetivo cumplido.

Contamos con un guión con un planteamiento y desarrollo lineal. Que a todo el mundo le quede claro que el punto de partida es el de un nuevo mal que nos amenaza, un nudo con diversos contratiempos en el camino para encontrar la manera de hacerle frente y un desenlace con una batalla final en la que los buenos lucharán contra el mal para salvar al mundo del apocalipsis. Segundo objetivo cumplido: una película para todos los públicos, que puedan ver juntos niños y mayores, lo que da muchas posibilidades de convertirse en la película más taquillera del momento. Las previsiones dicen que para este domingo la nueva entrega de “Los vengadores” habrá recaudado en tan solo cuatro días más de 600 millones de dólares en todo el mundo.

A su vez, amenícese el argumento con briznas sobre la historia de cada uno de los superhéroes que ya se nos contaron en las cintas que tuvieron sobre ellos mismos basadas en sus respectivos cómics (Capitán América, Thor, Iron Man, La Masa,…). Y como última guinda se introducen nuevos candidatos a entrar en el equipo cuyo futuro quedará determinado por la aceptación que la combinación de personaje y actor o actriz –¡Elizabeth Olsen!- tenga por el público. Tercer objetivo cumplido: enlazar con el resto de títulos de la saga y dejar preparado el camino para que haya más en el futuro.

Ahora, el envoltorio. Llénese todo de efectos visuales y de sonido en un montaje que te hace dudar de si ahora las películas incluyen más de 24 fotogramas por segundo. Habrá espectadores que no tengan claro si están viendo una proyección en pantalla o si se ha desatado una locura en el interior de sus cabezas. Luchas y persecuciones en escenarios que lo mismo son un bosque, Nueva York, Seúl o una supuesta ciudad del Este Europeo. Grandes vistas aéreas en las que la cámara corre más que los coches y se pasa sin corte alguno del gran angular al detalle más nimio a la velocidad del rayo. El derroche es aún mayor en la creación de escenografías: desde fortalezas de aire medieval a residencias minimalistas en rascacielos de acero y cristal a grandes urbes de distinto estilo convertidas en campos de batalla en los que la destrucción llega a niveles de absoluto delirio. Ultimo objetivo conseguido: muerte en la butaca por apabullamiento.

En definitiva, un producto de escaso guión –aunque, ¿a quién le importa?- resuelto con un completo catálogo de recursos técnicos destinado al entretenimiento de aquellos que consigan disfrutar con él.

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Foxcatcher

Teniéndolo todo –guión, actores, dirección- se queda a un paso de conseguir ser una gran película.

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Al público americano le gustan las épicas basadas en hechos reales protagonizados por aquellos que en algún momento de sus vidas consiguieron el éxito bajo los colores de la bandera de barras y estrellas gracias al esfuerzo y la superación contando con el apoyo de aquellos que contaban con los medios necesarios para ayudarles. Da igual a que se dedicaran, el sentimiento de orgullo patrio está por encima de todo y toca ahí donde parece que se fundamenta la nación y la identidad estadounidense, en una emoción común más que en un largo pasado repleto de fechas y lugares que se remonte a siglos atrás a la manera europea.

Por eso no ha de sorprendernos que un gran estudio de Hollywood como Sony Pictures le dedique presupuesto a  contar cómo dos hermanos se prepararon para los Juegos Olímpicos de Seúl 88 tras resultar campeones en la disciplina de lucha libre en Los Angeles 84. Años de duro trabajo bajo el patrocinio de un sobrado millonario que esconde tras su dinero algo más que filantropía. Aquello que quedó tres décadas atrás se ha convertido ahora en historia cinematográfica de la mano de que quien ya realizara un muy buen biopic con “Capote”, Bennett Miller. A sus órdenes dos actores con una ya consolidada trayectoria, Channing Tatum y Mark Ruffalo, un cómico deseoso de mostrarse capaz en un registro dramático, Steve Carrell y el excelente extra que es Vanessa Redgrave.

Tenemos el director y los intérpretes, ahora faltan los diálogos y las acciones a través de las cuales ver cómo evoluciona esta historia que junta en una explosiva y tensa combinación a dos hermanos pobres unidos y a una familia rica en la que las personas se dan la espalda. Foxcatcher cuenta con un guión muy bien estructurado y muy bien presentado en pantalla, sumando al presente de sus personajes su pasado a medida que nos los hace conocer tanto de manera individual como en conjunto mediante el establecimiento y desarrollo de las relaciones entre ellos. Sin embargo, a media que avanzan los acontecimientos, y como resultado de un guión parco en palabras y una dirección que huye de los efectismos, nos quedamos en una secuencia lineal de brillantes registros interpretativos ante las situaciones mostradas. Aunque sentimos que se están construyendo personajes profundos y completos, no se muestran como tales en pantalla, se deja todo en matices tan pequeños y sutiles, que en muchos momentos se hace difícil no solo verlos, sino incluso percatarnos de su existencia.

Aun así, es innegable la potente presencia de sus intérpretes en pantalla. Steve Carrel se erige en un maestro de la sutileza dejando intuir tras su muralla gestual a un hombre en el que se une el poder y el deseo, la ansiedad y el anhelo de reconocimiento con el odio, la violencia, debilidad y el más profundo patetismo. Channing Tatum es un diamante en bruto, ha demostrado ya en muchas ocasiones ser un solvente intérprete de películas con flojos guiones en los que aun así es capaz de destacar y hacer que el espectador se quede con él. Cuestión de tiempo que llegue a sus manos un personaje sólido, serio y profundo que le permita un despliegue interpretativo para el que puede contar con su rotunda presencia física. De Mark Ruffalo poco hay que añadir en un año en el que junto a la merecida nominación al Oscar como secundario que le ha valido este título, están su protagonismo en la adaptación televisiva de “The normal heart” y esa cálida y encantadora comedia que fue “Begin again”.