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“Primera persona” de Margarita García Robayo

Diez historias cortas protagonizadas por mujeres que nos cuentan las costumbres y tradiciones que regulan la sociedad en la que viven, así como las obsesiones y neurosis que viven en su interior. Niñas, adolescentes y maduras, hijas, madres y esposas que se preguntan porqués y reniegan de lo establecido, que desean sentirse libres y huyen hasta de sí mismas en unas narraciones que atrapan por la hondura de sus relatos y la calidez con que se expresan.

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Los hechos hablan por sí mismos. Como también los comportamientos. Y las actitudes, que están marcadas tanto por las experiencias vividas por uno mismo como por todo aquello en lo que hemos sido educados y de lo que hemos sido testigos en nuestro entorno -familiar, escolar, social, laboral- desde que nacimos. Coordenadas que marcan, y mucho, como la de ser mujer.  Con puntos comunes entre todas ellas -pensamientos, conductas, sueños, esperanzas-, pero que al tiempo son diferentes, únicos en cada mujer, tal y como demuestra las féminas que se muestran en Primera persona.

Todas ellas se expresan desde el yo, un ente acompañado siempre del ello y el superyo, de los impulsos y las expectativas, de los instintos y las reglas, para formar esa trinidad freudiana, unas veces equilibrada otras desquiciada, que compartimos todos. Un campo de batalla en el que en Primera persona se lucha contra el miedo a lo inabarcable (el mar) y las figuras que durante un tiempo nos hicieron sentir especiales y después nos marcaron distancia (el padre); en el que se ha de dar cabida a lo que reclama su sitio (el sexo) cuando desde fuera nos asustan y amedrentan, así como a combinar los impulsos afectivos y familiares con las inquietudes creativas y profesionales sin llegar a sentirnos emocionalmente culpables ni racionalmente frustrados.

Un trío que a veces se une y otras va por separado, tanto a la hora de relacionarse con los referentes (la familia) como con los supuestamente iguales (las amistades) y los deseados complementarios (las parejas, lo mismo da que sean eventuales que prolongadas). Una complejidad a la que García Robayo le da palabras con un ritmo marcado por las pulsiones internas, con un estilo pegado al surgir y a la vivencia en el momento justo en que se producen las sensaciones y brotan las emociones. Pero con una prosa que adopta al tiempo un punto de vista exterior para hacernos ver los efectos de la presión del entorno en el que han crecido y viven sus protagonistas.

Las historias de Primera persona no se sienten como algo pasado, encapsulado para no ser olvidado, sino como hechos que se están escribiendo en el momento mismo en el que ocurren, subrayando así las exigencias, límites, manipulaciones y castigos que tienen lugar durante su desarrollo. Perjuicios que tienen lugar por una causa muy sencilla, ser mujer, que no siempre son impuestos por ellos sobre ellas, también, en ocasiones, entre ellas.

Una violencia heteropatriarcal que se presenta en diversas frecuencias. Por un lado entre líneas, normalizada, camuflada bajo las normas que regulan nuestros movimientos y aspiraciones, minando el ánimo y la voluntad. Por otro escondida, haciendo acto de presencia de manera abrupta, agreste, salvaje, poniendo en peligro la integridad física y psíquica. Ese es, quizás, el mayor logro de Margarita en Primera persona, haber fijado al papel de manera irreversible la invisibilidad de esa permanente sensación de amenaza y necesidad de precaución.

Primera persona, Margarita García Robayo, 2019, Editorial Tránsito.