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“La llorona”, Marcela Serrano relata la fuerza de la maternidad

Quizás sea una imposición social, quizás sea la llamada de la naturaleza, pero según Marcela Serrano, una vez que la mujer gesta una vida en su interior, esta forma parte de sí de manera tan visceral e ilógica como racional y sentida a la par. Una novela corta que retrata con delicadeza y sobriedad acontecimientos límites que ponen a prueba las habilidades y capacidades del ser humano.

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Hay personas a las que las desgracias nunca le han venido solas, su vida ha sido una sucesión de acontecimientos torcidos, unas veces atravesados en su camino, otras invocados y en ocasiones hasta generados por ellas mismas. Como ya hiciera en títulos anteriores como en “Nosotras que nos queremos tanto”, la autora plantea su ficción con un reivindicativo punto de vista muy realista: la pobreza genera encierro en vida y la ignorancia incapacidad intelectual. Su narración deja claro que lo que parece tremendo es, en realidad, tristemente anodino, y toda excepción a esta regla es de efectos aún más pérfidos, convirtiendo lo extraordinario en cruel.

Marcela Serrano se introduce a fondo en su personaje y tomando como hilo conductor la afección sobre su corazón de cuanto le ocurre, nos presenta las etapas que se han sucedido en su trayectoria vital. En primer lugar, su inicio en un mundo rural con una restringida dimensión humana, reducida a la familia en primer grado. Esa en la que se quiere por la fuerza del hábito, del instinto animal, de la cercanía y la pertenencia, no por los tactos, miradas o palabras que transmitan cariño, afecto o empatía alguna.

Con un aparente discurso costumbrista, Serrano imprime fuerza, empuje, valor y curiosidad en su protagonista. Así es como esta deja atrás lo único que conoce y se lanza a lo desconocido para lo que comúnmente denominamos “comenzar de cero”. Un punto de inflexión tras el cual está el feminismo de la escritora abriendo las ventanas a preguntas tan obvias que no se llegan nunca a plantear. ¿Qué se había comenzado sino el verse inmerso desde el inicio en una existencia ya acabada? ¿No hay que inventar o crear por primera vez antes que replantearse modificar el diseño conseguido?

Sin embargo, no elude que la realidad del destino de casi toda mujer en Sudamérica –en ningún momento nos dice el país concreto en el que acontece su historia- es el papel de esposa fiel y madre amantísima. Llegan al matrimonio porque se lo piden desde fuera y ella a sí misma desde dentro, presionada por la supuesta urgencia del reloj biológico. Ese mismo que lleva de la seducción del cortejo al altar antes de que caduque la pasión del sexo, hito que generalmente confluye con la llegada de la maternidad. Un acontecimiento que se le presenta y se autosugestiona como la cima, la cumbre, el culmen de la identidad femenina.

Pero, ¿qué ocurre cuando este se ve cortado de raíz, cuando a la madre le dicen que su hijo no ha sobrevivido al parto? ¿Qué se mueve entonces? ¿Qué le dicen sus entrañas? ¿Es el fin definitivo o el inicio de una fuerza que hasta entonces desconocía poseer? La que había sido criada, educada e instruida para procrear, ¿hasta dónde llegará en su papel de progenitora negada?

Esa es “La llorona” que propone descubrir Marcela Serrano. Una mujer que ya antes había conseguido por empeño propio aprender a leer y a algo que podemos compartir con ella en las páginas de esta novela: disfrutar de la belleza del lenguaje, de su capacidad expresiva, de su captación de los matices, del poder multiplicador que tiene de las emociones cuando a estas se le ponen palabras y se pronuncian en voz alta, más aún si es al complemento directo, al tú, que las motiva, las inspira y las alimenta.

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La inevitabilidad del destino, “Nosotras que nos queremos tanto” de Marcela Serrano

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La vida va pasando y llega un momento en el que se ha acumulado suficiente bagaje, años y experiencia, en el que se siente la necesidad vital de mirar atrás para observar lo vivido, tomar aire y disponerse con tranquilidad de espíritu a transitar el futuro.

Desde ese punto en sus vidas, Ana -¿alter ego de la autora?- nos cuenta su propia trayectoria, así como la de Isabel, Sara y María. Cuatro mujeres que no son cuatro prototipos, ellas no son protagonistas de una teleserie, sino personajes que han vivido tiempos reales que hoy nos podrían parecer el prolegómeno de la historia más reciente de Chile. Quizás sea así, pero para Marcela Serrano no hay en ello nada de épico, sino la inevitabilidad del destino en el momento en que la dictadura –“alzamiento” le dicen algunos allí- militar de Pinochet se instaló en su país el 11 de septiembre de 1973.

Desde un momento presente en que la democracia vuelve al país en 1990, la reunión de estas cuatro amigas y compañeras de trabajo en un lugar alejado de sus mundos individuales nos sirve para llevarnos a lugares en el pasado en el que se entrecruzan a pinceladas más o menos definidas, pero suficientemente claras, otros tiempos sociales y políticos con los vitales de cada una de ellas. La infancia, la familia, los primeros amores, el crecimiento intelectual con la llegada a la universidad y el descubrir las ideas y la militancia política, el sexo, los hombres, el amor, la clandestinidad y el exilio, la vida en pareja, … Completos recorridos vitales, tanto a nivel íntimo como social, contemplados con la visión de aquel momento y la de hoy, con los latidos del corazón de la primera vez y la templanza de la madurez, aunque esta en ocasiones se quede a un lado desplazada por las ganas de (volver a) sentir.

Y como guía narrativo un lenguaje rico, en el que deleitarse con su sintaxis y sus descripciones, la naturalidad de sus diálogos o la riqueza de su vocabulario autóctono (un novio es un “pololo”, un bebé es una “guagua”,…). Al interés y entusiasmo que despiertan el coro protagonista se le suma el lirismo del español manejado con belleza y soltura por Marcela Serrano. Palabras combinadas con gracia y ritmo haciéndonos tocar con la yema de los dedos o el roce de los labios la amplia riqueza de matices de las situaciones y sensaciones vividas y acontecidas a lo largo de sus páginas.

Un texto vivo que no se apaga cuando llegas a su fin y lo devuelves a la estantería. Sus personajes han salido de él y constituyen ya parte del catálogo de personajes invisibles que forman parte del mundo particular de aquel que les dio vida leyéndolas e imagina desde entonces qué podría ser de ellos en el Chile actual.

(imagen tomada de alfaguara.com)