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“En realidad nunca estuviste aquí”

Un relato sobre el uso de la violencia como medio para impartir justicia, sobre el deseo de venganza nunca satisfecho, sobre un atormentado recuerdo siempre presente.  Una patada en el estómago que duele más al ver el sordo dolor que esta causa en un brutal Joaquin Phoenix. Una brillante hora y media en la que se siente cuán discordante es el mundo cuando perdemos la conexión con él.  

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En esta película no hay un segundo de sosiego. Comienza jugando con el referente de Psicosis, de aquel hijo que vivía en una realidad paralela subyugado a una madre ausente, a la par que omnipresente, a la que estaba supeditado. Pero el humor se desvanece ante una tensión que poco a poco toma cuerpo y que lo inunda todo. Por una parte algo intrínseco a la fantástica construcción del personaje de Joaquín Phoenix, su lenguaje corporal, lo contraído de sus gestos faciales, la carga de sus hombros, su pesado andar,… Por otra, la sórdida encomienda de rescatar a la hija de un alto cargo de la política estadounidense que parece haber caído en manos de una red de explotación sexual infantil.

A partir de ese momento comienza la angustia en una misión que es también una huida. Un ir exterior a por algo que es a la vez querer escapar interiormente de ello y que hace que todo sea discordante, incómodo y ruidoso. Así lo reflejan los entornos suburbanos –sin personalidad, áridos, metálicos- en los que discurre la acción, la fotografía con la que son plasmados y la banda sonora de armonías estridentes y cuerdas chirriantes con que se traduce pasmosamente el estado anímico de un protagonista que vive en una realidad paralela a esta por la que transita.

En la primera no tiene límites para conseguir su objetivo, no le para la sangre ni tiene prejuicios a la hora de utilizar la violencia. Sin embargo, esta frialdad es la puerta de entrada a un pasaje interior de búsqueda angustiosa de una liberación que no encuentra y en el que la misión de hacer justicia se superpone a una necesidad de venganza que estrangula, hasta casi hacer morir, toda capacidad de sentir y expresar. Llegados a este punto, Lynne Ramsay ha conseguido generar un estado de opresión vital que recuerda al Stanley Kubrick de El resplandor. Se sabe que no hay salida ni marcha atrás, que no queda otra opción más que ir hasta el final con todas sus consecuencias, incitando al movimiento en los espacios exteriores y causando un estado de máxima alerta ante las inquietantes amenazas en los cerrados.

Un relato sin concesiones que avanza –con alguna imagen poética prescindible- dejando atrás los convencionalismos sociales hasta llegar a un páramo árido y cruel en el que tienen lugar las conductas humanas más animales, en el que la posición social, el dinero y la madurez se utilizan para, de manera organizada, abusar sexualmente de menores. Un escenario en el que no hay más opción que, como tantos otros, retirar cobardemente la mirada y desconectar de la humanidad o actuar unilateralmente ante la brutalidad de lo que se observa y de los vivos recuerdos que esto genera.