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“Mothers and sons” de Terrence McNally

Dos hombres, una mujer y un niño en un salón de Nueva York con vistas a Central Park son los elementos que le bastan a uno de los mejores autores teatrales actuales para contar una historia sobre afectos de pareja, la correspondencia del amor entre padres e hijos y el sentimiento de comunidad que el horror del SIDA despertó en la comunidad gay durante sus inicios en la década de los 80.

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Los muertos no siempre desaparecen de nuestras vidas el día de su funeral, los hay que siguen presentes, de manera natural o como fantasmas, en función de cómo haya sido nuestra actitud ante lo que el destino impuso en nuestras vidas. En esta obra, estrenada en julio de 2013, el fallecido es André, un actor con potencial para ser un intérprete de primera, al que el SIDA arrebató de los brazos de su pareja de varios años, Cal, y de una madre que vivía en la distancia, Katherine. Actualmente, mucho tiempo después, Katherine está viuda y Cal lleva más de una década de matrimonio con Will, con quien tiene un hijo de seis años. Y precisamente hoy, a Katherine ha tocado el timbre de la casa en la que viven la pareja. Will y el niño salieron a pasear, y Cal la recibe sorprendido. Aquí es donde comienza “Mothers and sons”.

La muerte no es el punto de inflexión que muchas veces creemos, marcando un antes y un después. Es también una síntesis de lo que han sido nuestras trayectorias vitales y de las emociones y sentimientos que hemos compartido en cada una de nuestras relaciones. Donde hubo amor, sinceridad y correspondencia habrá paz, donde hubo fue rechazo, distancia y manipulación queda silencio, dolor y frustración. Esto es lo que McNally convierte en brillantes diálogos en los que cada frase revela tras de sí realidades humanas -como la de una mujer frustrada porque el matrimonio no le dio el futuro que ella esperaba-, sociales –la clandestinidad y los prejuicios a los que la homosexualidad ha de hacer frente en muchos lugares- o colectivas –el sentimiento de grupo que se despertó entre el colectivo gay ante el estigma y el  apocalíptico horror del VIH-.

Sin embargo, la visión de este escritor es también la de una persona que mira atrás con la perspectiva de que el tiempo transcurrido ha ayudado a mejorar y a sanar. Los que entonces vivían escondidos hoy pueden casarse y tener hijos; los que enfermaban hace treinta años y morían, hoy se pueden tratar y seguir viviendo como cualquier otra persona. Pero no para todos es igual, los que discriminaban e ignoraban que la realidad humana es algo múltiple que no se puede normalizar, hoy viven frustrados por el largo tiempo que perdieron, resultado del cual viven un presente vacío y un futuro sin aliciente. Pero “Mothers and sons” deja una cuestión muy clara, si el presente se vive de manera consciente, evitando dejarse atrapar por el deseo de venganza y de rabia que nos ancla al pasado, es posible construir un verdadero porvenir.

Así es como transcurre la tarde del solsticio de invierno en la que vemos a estos cuatro personajes cotidianos expresando los valores, creencias y principios con que viven su día a día y con los que han establecido las bases de su vida en familia. Los temas tratados, la fluidez de los diálogos, los vínculos que muestra y las relaciones que establece entre todos los personajes ejemplifican en su conjunto eso que McNally ya demostró en 1995 en “Master class” (saber diseccionar las causas de la amargura), en 1994 en “Love! Valour! Compassion!” (el sentimiento de comunidad a que dio pie el SIDA entre los homosexuales de las grandes ciudades norteamericanas en los 80) o en 1987 en “Frankie and Johnny in the clair of moon” (como los afectos nos ayudan a ser mejores personas, como estos consisten en pequeños gestos y actitudes a realizar y demostrar cada día).

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¡Dame teatro que me da la vida!

“Si te gusta leer no puedes dejar de ir a Half Price Books”, me dijeron. Y allá que fui a recorrer estanterías, a mirar nombres y títulos, a descubrir más de autores ya conocidos o a hojear a algunos no leídos hasta ahora. Después de perder la noción del tiempo largo rato y tomarme un café rodeado de libros –¡qué gran idea esa de una cafetería dentro de una librería!- salí con Arthur Miller, Tennessee Williams, Thornton Wilder y Terrence McNally bajo el brazo.

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Mundos impresos no solo de tinta, sino también de las vivencias de aquellos que ya los leyeron. Así son los libros de segunda mano. Visto así, hacerte con un volumen que ya pasó por las manos de otra persona tiene algo de ilusorio, de película de fantasía para adolescentes. Como si a lo que te produzca el autor, le sumaras, quizás enriqueciendo quizás contaminando, lo que le suscitó al que antes que tú fuera dueño de esas páginas.

Un gran espacio, una gran nave industrial, así es Half Price Books. Pero muy acogedora. Sus altos techos, lo diáfano del lugar, el paso tranquilo de sus visitantes, la pose relajada de sus dependientes, los carteles que cuelgan del techo dando nombre a cada una de las secciones, invitan a pasear por ella sin rumbo fijo. El simple placer de dejarse llevar. Primero el color de los cómics, después la grafía nipona de los mangas, más allá novelas de todas las temáticas (románticas, policíacas, históricas,…) hasta llegar a la zona solemne de los clásicos con Edith Warton y su “La edad de la inocencia” como destacado de la semana. Del otro lado, en la no ficción, la oferta es tanta como intereses tiene la vida (arte, viajes, economía, cocina, educación,…). Pero por ahí no va lo que busco, vuelvo al lado de la literatura hasta dar con el letrero que dice drama,  teatro en inglés.

Se siente el latido, a medida que me acerco aumenta la intensidad del boom que palpita desde las estanterías de lo que siento es el centro de este lugar, el motivo que me llama, por el que he venido hasta aquí. Bajo el cartel un pasillo sin salida que me despierta la mayor de las sonrisas, como la que provocaba la paga de los domingos cuando era niño ante la avalancha de chuches que esta traería consigo. Este es el momento en que me dejo a mí mismo a un lado y paso a ser las emociones, los sentimientos, las reacciones, las lágrimas y las sonrisas, los lloros, los miedos, los gritos, las ironías, las verdades y las confesiones que están en todas estas páginas llenas de diálogos, monólogos, soliloquios y conversaciones. Situaciones y momentos planteados en lugares y tiempos que da igual que sean reales, imaginados o supuestos.

Un repertorio de sensaciones que emanan los volúmenes que rozo con la yema de los dedos mientras recorro de arriba abajo y de izquierda a derecha cada una de las baldas de las estanterías. En los títulos ya leídos o ante autores conocidos el sentido del tacto se activa como si fuera una prolongación del corazón. Ahí quedan los hombres duros de la oficina de “Glengarry Glen Ross” de David Mamet, o su visión de lo que es el teatro en “Three uses of the knife”. Un poco más abajo el profundo ejercicio de introspección y absurdo de Samuel Beckett en “Esperando a Godot”. Hojeo “Murder in the catedral” de T.S.Eliot, pero no me atrevo con él, parece un inglés demasiado elaborado, voy a emplear más tiempo en descifrarlo que en disfrutarlo.

Llegando a la eme -a David Mamet le colocaron por la d- surge Arthur Miller, el hombre dotado de una extraordinaria delicadeza para diseccionar las dinámicas familiares: “Panorama desde el puente”, “Muerte de un viajante”,Todos los hijos” o “El precio”, sin olvidar esa ácida, incisiva y despiadada crítica a la caza de brujas que fueron “Las brujas de Salem”. Miller parece ser esa clase de autores que a base de escuchar, observar y fijarse en cuanto sucede a su alrededor es capaz de llegar a la esencia de lo auténtico y después mostrarlo. Pensando esto aparece “Después de la caída” entre sus títulos, en el que dicen que cuenta cómo fue su matrimonio con Marilyn Monroe. Quizás en esta ocasión la inspiración le vino de las propias vivencias. Me lo llevo.

Frente a él, el autor que parece ser todo vísceras y pasión primaria, Tennessee Williams. Su nombre, con tantas letras duplicadas, ya transmite insistencia e intensidad. Un clásico del siglo XX que hace genial a quien sabe estar a su altura. He ahí a Almodóvar sirviéndose de “Un tranvía llamado deseo” como hilo narrativo en “Todo sobre mi madre” con Huma Rojo tirada sobre el escenario buscando su corazón o Marisa Paredes diciéndole a Cecilia Roth en un garaje eso de “quien quiera que seas, siempre he confiado en la bondad de los desconocidos”. Sus frases nacen de donde lo hace la vida, poco hay tan profundo, desgarrador y liberador, tan sufrido y clamando libertad como los hijos de “El zoo de cristal”, el reverendo de “La noche de la iguana” o el matrimonio de “La gata sobre el tejido de zinc caliente”. Estos últimos no solo ante las convenciones sociales de los estados del sur de EE.UU., sino entre ellos y cada uno ante sí mismo. Parece que a través de ellos el señor Williams gritaba lo que él no era capaz de decir o aquello en lo que no se sentía escuchado por los suyos. Los títulos mencionados son algunos de sus grandes clásicos, lo único que conozco de él. Supongo que por eso “The notebook of Trigorin” con el añadido de “a free adaption of Anton Chekhov’s The Sea Gull” hace que me llame la atención. Me lo llevo.

Van dos, dos conocidos, dos que ya he leído, dos que ya he visto representados en diversas ocasiones sobre el escenario y adaptados en el cine. Toca también buscar algo nuevo, que no conozca, que me haga descubrir, que me pueda sorprender de manera que no pueda prever. Recurro primero a aquellos de los que he leído solo un título en el pasado, pero no veo nada de David Henry Hwang (“M. Butterfly” o la relación durante 20 años de un diplomático francés en China con una mujer que resultó ser un hombre, un basado en hechos reales con sentencias como “solo un hombre sabe cómo debe comportarse una mujer”), Tony Kushner (“Angels in America” y su genial visión de los fantasmas que el sida genera) o de Eugene O’Neill (“Largo viaje del día hacia la noche”, otra de familias con padres caníbales de sus hijos). Así que toca alguien a quien no haya leído nunca antes. Entre los nombres y apellidos enfrente de mí enfoco Thornton Wilder y “Our town”. ¿Merecerá la pena? Habrá que comprobarlo. Me lo llevo.

Con tres obras en la mano me doy por satisfecho, pero por el rabillo del ojo veo algo de cuya existencia sabía pero que no esperaba encontrar y que no puedo evitar sentirlo en las manos. “15 obras cortas de Terrence McNally”. Él fue el responsable de que comenzara a leer teatro. Cuando en 1997 vi en pantalla grande su adaptación de “Love! Valour! Compassion!” (¿quién fue el brillante distribuidor que en España la tituló “Con plumas y a lo loco”?) quise introducirme en esa historia en la que ocho hombres homosexuales convivían durante un fin de semana en las afueras de Nueva York. 48 horas llenas de amor y desamor, rechazo y amistad, compromiso y fin, miedo y aceptación,… Tardé un poco en llegar a su texto, entonces no existía el comercio electrónico. Sería cuatro años después en mi primer viaje a San Francisco donde lo conseguí, en la ya desaparecida A different light bookstore en el barrio del Castro. Y aquello fue mágico, maravilloso, de esas cosas que el tiempo dirá, pero que tras catorce años es ya uno de esos recuerdos que forman parte de mi bagaje vital. A continuación llegaría “Frankie and Johnny in the clair of moon” que él mismo adaptó también para el cine, dos torpes incapaces de darle una oportunidad al amor delicadamente interpretados por Michelle Pfeiffer y Al Pacino. Maria Callas debe ser una obsesión para él, por dos veces la ha hecho protagonista de sus historias. En “The Lisbon traviata” dos amigos discutían por una grabación de la genial griega en la capital portuguesa. En “Masterclass” la suponía ya retirada y como dura profesora de voces por formar, un papel que recientemente interpretó con maestría Norma Aleandro en los Teatros del Canal en Madrid y que parece ser es el que está en estos momentos rodando Meryl Streep. El texto de McNally y las dotes para la interpretación de la Streep, motivos lógicos para la expectación. Con todo esto en la cabeza, hojeo estas quince obras cortas. Decidido. Me las llevo.

Ahora sí. Ahora siento que la misión está cumplida. Satisfecho, sonriente. Con los cuatro libros en las manos como si fueran algo aún indefinido pero que acabará convirtiéndose en parte de mí me dirijo a la caja y pago los 13,09$ que me piden.

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(Fotografías tomadas en Dallas el 1 de julio de 2015)

I´m so excited… San Francisco

… and I just can´t hide it, la letra de The Pointer Sisters no podría ser más apropiada para este momento. Con la misma intensidad en cuanto a ilusión y ganas de la primera vez, aunque en esta ocasión no sea el atractivo de lo desconocido lo que me atraiga sino el hecho de haberme situado por cuarta vez durante unos días en una ciudad que recuerdo por la alegría y naturalidad que transmiten sus habitantes, la espontaneidad y el modo easy going en que parece desarrollarse la cotidianeidad de esta ciudad.

Recuerdo la primera vez que llegué en 2001 cuando la familia me estaban esperando en la misma puerta de desembarque del avión. La primera visión de la ciudad iluminada por la noche mirando por la ventanilla del coche mientras atravesábamos el Bay Bridge camino de la zona este de la bahía. Nunca antes había circulado por una creación humana semejante, toda ella de hierro y con dos niveles, el de arriba para salir de la ciudad y el inferior para entrar en ella.

Más allá la ciudad de Oakland, de la que lo único que he visitado es su estadio de beisbol, el Oakland-Alameda County Coliseum en el que durante varias horas vi jugar al equipo local, los Athletics. Más que un partido, aquello me pareció un pasatiempo social, comiendo, bebiendo, compartiendo tiempo en familia, viendo como de vez en cuando un jugador bateaba y otros corrían o amagaban con hacerlo,… Allí estrené mi primera cámara réflex, tiempos en que el carrete que hubieras introducido te marcaba el ISO con el que tendrías que resolver las tomas hasta llegar a la número 36.

Al día siguiente visitar por primera vez la ciudad, esa que por sí mismo tiene nombre de película, San Francisco. Salir del cercanías, el BART (Bay Area Rapid Transport), en la estación del Financial District, y el asombro, ¡qué edificios tan altos! ¡Nunca antes había visto nada semejante! ¡Auténticos rascacielos! “Lucas, pero si esto no es nada, ¡son de juguete comparados con los de Nueva York!”, me dijeron. Ocho años después comprobaría que así es, pero la primera impresión es la que produce la magia de las sensaciones interiores. Un barrio lleno de gente trajeada, muchos caminando a zancadas, llevando en una mano zumos o cafés en vasos de plástico y en la otra sus maletines. Un barrio que se vaciaba a las cinco de la tarde convirtiéndose en zona fantasma, inhumana, escenario de película de terror cuando la niebla se filtraba desde las alturas entre las cuadriculas de su callejero de este a oeste y bajando hasta posarse en la tierra.

Mar de nubes

Muchos días es imposible ver por culpa de ellas el icónico Golden Gate Bridge, genialidad de la ingeniería y de la mente humana, toneladas y toneladas de hierro para salvar los más de tres kilómetros que separan a la ciudad de la tierra firme del lado norte de la bahía. Acercarse a él es recordar ese momento en que Alfred Hitchcock situó a James Stewart con Kim Novak al pie del agua con el fondo del puente dando misterio cinematográfico a su “Vértigo”. Desde ahí subir por el bosque de eucaliptos hasta alcanzar el punto de arranque del puente y cruzarlo, andar sobre él. Un largo paseo ondulante, porque este puente se mueve, vibra con el continuo tráfico que transcurre sobre él constantemente, se balancea con el ritmo del aire, en modo brisa o viento, según el momento meteorológico. Y desde el otro lado, cazadora bien abrochada (¡qué frío puede llegar a hacer hasta en verano!) esa vista tan maravillosa, el corazón de la bahía que envuelve a la ciudad por su lados norte y este (del oeste es dueño el Océano Pacífico). El azul intenso del agua surcado por barcos de vela, contrastado por el liviano del cielo en los días despejados. Después el verde, la frondosidad del bosque ya comentado y el parque de Presidio haciendo que esta zona que es ciudad, no sea urbanidad sino naturaleza en estado controlado. Más allá la isla-prisión de Alcatraz, la leyenda de Al Capone y de la mafia y los tiempos de la ley seca. Una demostración de cómo hacer historia hasta del pasado menos glorioso y de paso aplicarle el más estricto capitalismo convirtiéndolo en una de las mayores atracciones turísticas. Sí, yo también la he visitado.

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Otra manera fantástica de llegar a San Francisco es en ferry. Lo hice en varias ocasiones en 2001 y 2002, un autobús me llevaba desde Benicia hasta Vallejo y desde allí disfrutaba de una hora de trayecto. Un recorrido compartido con muchos trabajadores, pero que para mí resultaba como un minicrucero. La bruma matinal, la magnitud del transbordador, el espectáculo del agua sin dejar de divisar tierra en ningún instante, la insinuación de la ciudad que poco a poco se va formando hasta completar una imagen de postal cuando apenas quedan unos minutos para atracar y poner punto final al trayecto en Embarcadero. Una vez en tierra, recuerdo caminar siguiendo la línea de la bahía en dirección este pasando por distintos muelles. En uno de ellos visitando un submarino de la II Guerra Mundial, ¡cómo podrían pasar tantos meses en un espacio tan pequeño, reducido y claustrofóbico! Más allá el señalado en todas las guías, el Pier 39, el turismo convertido en parque temático. Y aun así hay momento para la sorpresa, los leones marinos que junto a él residen, de tosa e inmensa apariencia, comunicándose con unos sonidos que no acierto a describir pero que me provocan sonrisa al recordarlos. Más allá queda Ghirardelli Square, llamada así por el hombre que trajo el chocolate a esta ciudad a mediados del siglo XIX. En algún sitio he leído que fue uno de los primeros lugares del mundo donde este se comenzó a comercializar en tabletas para que los habitantes de entonces se lo llevaran como alimento a las minas de oro que por aquellos entonces existían en California o a las obras de construcción de líneas ferroviarias que unirían la costa oeste desde Seattle hasta San Diego, así como desde Oakland hacia el interior del país en dirección Chicago.

Cuestas, cuestas, y más cuestas

¡Qué ejercicio de piernas supone caminar por esta ciudad! He hecho cuesta arriba varias colinas, como las que que se ven en “La Roca” o “¿Qué me pasa, doctor?” ¡Hay momentos en que casi debes caminar de puntillas porque si posas todo el pie te da la sensación de que te puedes ir abajo! Merece la pena cuando llegas arriba y ves la vista hacia la bahía. Como la de calle Lombard con su espectáculo de carretera sinuosa y jardines con flores de múltiples colores. O subir hasta la Coit Tower en Telegraph Hill, ya sea desde el barrio italiano como por la escalera que nace en la Levis Square –sí, en honor al señor que inició la comercialización de los famosos pantalones vaqueros. Una vez dentro disfrutar de sus murales a la manera de Diego Rivera y coger el ascensor hasta su mirador, y otra vez disfrutar de la vista de los grandes edificios. Aquí el protagonista es el Transamerica pyramid, blanco y en forma de pirámide, utilizado en las imágenes de series de televisión como “Embrujadas” para señalar que están ambientadas en esta ciudad de amaneceres y atardeceres dorados. Pero quizás haya otro punto aún más reconocido visualmente en San Francisco, son las casas de Pacific Heights o las victorianas de Alamo Square. Son lugares familiares, vistos en pantalla grande o pequeña tantas veces que consideras parte de tu iconografía personal. “Tengo tantos buenos recuerdos de sitios en los que no he estado”, escuché estos días de un residente de la ciudad.

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El tranvía es la opción de evitar el ejercicio de alto rendimiento en la zona más turística, espectáculo fotográfico incluido ver cómo da la vuelta por tracción humana en el cruce de Market con Powell. Desde ahí puedes hacer el recorrido más famoso en su vagón sin ventanas y con asientos de madera, o incluso en su parte posterior para simular que vas colgado tal y como se ve en las películas.

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Para no volver al Pier 39, puedes quedarte en el número 1100 de California St y visitar St. Grace Cathedral, una réplica a escala de Nôtre Dame de Paris, con una capilla decorada por Keith Haring en los primeros años 80 en honor a los fallecidos por el sida y en los muros de su nave sur los frescos recordando los esfuerzos de los bomberos intentando apagar los fuegos que destruyeron la ciudad tras el famoso terremoto de 1906. Y para recordar incendios, nada como visitar el hall del “Hyatt Regency Hotel” y contemplar los ascensores en que intentaban escapar de la tragedia los personajes de “El coloso en llamas”.

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Ciudad de derechos

Dicen que dentro de EE.UU. San Francisco es una ciudad “europea”, quizás por detalles como la flota de tranvías traídas en su día desde Milán o Zurich que se pueden ver en Market St, la amplia avenida que cruza en diagonal toda la ciudad marcando dos zonas, la rica, comercial y visitada al norte y la más residencial, anónima y marginal –según zonas- al sur. Europea quizás también por detalles como el casi centenario edificio del Ayuntamiento que recuerda a los Inválidos de París, edificio al que se puede entrar y rememorar como llegó a aquel lugar en la década de los 70 del siglo XX Harvey Milk, el primer concejal abiertamente gay en la ciudad y una de las figuras de referencia en la lucha contra la discriminación por algo tan personal e íntimo como es sentir y vivir una orientación sexual no heterosexual. Ironía que esto pasara en un emplazamiento que está junto a la plaza de la Declaración de los Derechos Humanos, llamada así porque fue en esta ciudad donde se firmó el documento previo que dio pie a estos el 26 de junio de 1945.

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El tranvía F te lleva hasta el Castro, el famoso barrio gay de la ciudad, icónico emplazamiento homosexual con la bandera arcoíris siempre ondeando y el teatro del mismo nombre. En este cine de toda la vida hoy se reponen clásicos o se organizan pases sing-a-long de películas de ayer y de hoy como “Sonrisas y lágrimas” (“The sound of music” aquí) o la reciente “Frozen” de Disney.  A su lado el bar Twin Peaks, el primer lugar de ocio gay en la historia de la ciudad con ventanas hacia el exterior, allá por 1972. Y unas calle más atrás, en Church St.,  Aardvark Books una librería de segunda mano que supone una delicia para la vista, el corazón y el tacto dactilar al pasar las páginas de los volúmenes que en ella puedes encontrar. Por ella he pasado cada vez que he visitado San Francisco, y en ella descubrí a Randy Shilts, el periodista del San Francisco Chronicle que narró brillantemente los inicios y primeros años del sida en “And the band played on”, y a Terrence McNally, genial dramaturgo con títulos como “Love! Valour! And compassion!” o “Frankie and Johnny in the clair of moon”, ambos también tiernas películas.

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¿Es el Castro un barrio gay? Sí, ¿es solo eso? No, es más que eso. Es lo que transmite San Francisco, un punto en el mapa donde puedes ser lo que quieras ser, puedes ser tú mismo, vivir tal y como sientes sin ser juzgado por ello ni marcado por los estereotipos ni predicamentos ni etiquetas sociales. Una ciudad en la que conviven múltiples culturas y bilingüismos, idiomas traídos de otras naciones originando otras tantas versiones del idioma inglés enriquecido con los acentos de aquellos que allí llegaron recientemente, hace un tiempo, o generaciones atrás. Así es por ejemplo cerca del Castro, el Mission District, barrio plagado de mexicanos, pero también de guatemaltecos, peruanos, nicaragüenses u hondureños. Comunicarse en español, o quizás en spanglish, en las calles de este barrio es de lo más cotidiano. Dejarse llevar por estas calles es comer en sus taquerías burritos, quesadillas, fajitas o frijoles o disfrutar de los murales al aire libre -¡el ayer y hoy del streetart!- en calles como la 18th, la 24th o el Collin Alley.

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Tales of the city 

Desde aquí abajo puedes mirar hacia el oeste y si la niebla no ha acampado sobre Twin Peaks decidirte a subir a esta colina (¡otra más!). Quizás el mejor punto para en los días despejados disfrutar de unas vistas espectaculares, únicas. La ciudad entera extendida a tus pies, con Market St como línea diagonal que llega hasta el agua en Embarcadero. A tu derecha quedará el Bay Bridge y barrios como Noe Valley o Potrero Hill, a tu izquierda el Golden Gate Bridge y la zonas de Haight Ashbury (el barrio del haz el amor y no la guerra de los años 60 cuando se cantaba “If you’re going to San Francisco be sure to wear some flowers in your heir”) y Corona Heights.

Lugares en los que puedes imaginar a los personajes de “Tales of the city” del novelista Armistead Maupin, la fantástica serie de novelas –hasta seis- que recoge las alegrías y tristezas, sueños y decepciones, de varios personajes que en sus diálogos e historias encarnan la esencia de sonrisa, ganas e ilusión que despierta San Francisco. Una recomendación con la que cerrar este post y con la que prolongar o revivir las sensaciones que produce esta ciudad. No hay dos sin tres, aunque en mi caso quizás deba decir que no hay cuatro sin cinco, ¡ojalá!