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“El mar llegaba hasta aquí” de Alex Pler

Mágico y realista a la par, tan ilusionante como veraz, no se lee, se vive, se siente.

ElMarLlegabaHastaAqui

Leo desde hace tiempo a Alex con frecuencia, sea por entretenimiento de manera casi diaria a través de twitter o de vez en cuando, buscando un momento de evasión de la rutina, en su blog “Sombras de neón”. En el recuerdo tengo también la alegre sorpresa que fue descubrir el recopilatorio de posts de su bitácora digital anterior, “La noche nos alumbrará”. Meses atrás ya dejó leer para todo aquel que lo quisiera el primer capítulo de la que desde el pasado 13 de enero es la ficción “El mar llegaba hasta aquí”. Tras finalizarlo le hice llegar vía mensaje mi impresión: “ganas de más”.

Ahora que ya es una novela lanzada al mundo y cobrando vida al margen de su autor, pasando a ser moldeada por las impresiones de sus lectores, diré que aquellas páginas iniciales son la puerta de entrada a un universo mágico y realista a la par. Siguiendo el símil de su título, bucear en esta creación literaria es ilusión para el espíritu y realismo para la piel de los que se decidan a sumergirse en sus aguas. “El mar llegaba hasta aquí” no se lee, trasciende el código de las palabras y sus estrictos significados y va más allá, se vive, se siente.

En su manera de relatar Alex va más allá de concatenar hechos y reflexiones, sino que entra dentro de de las motivaciones y las causas de sus personajes, dotando a sus narraciones y diálogos de una gran sensibilidad. Aunque sus protagonistas puedan actuar por lo que les dicte su cabeza o los convencionalismos, Pler plasma con gran delicadeza las emociones que fluyen por su interior, tanto aquellas que llegan a expresar como las que no son capaces de dejar fluir. Así es como Leo, Adán, Javi o Verónica se hacen grandes, completos, humanos, haciendo que la identificación o la proyección con ellos de sus lectores surja de manera casi instantánea.

Ante su narración en primera persona es inevitable preguntarse cuánto de autobiográfico hay a lo largo de sus trescientas páginas. Mi apuesta es que mucho, quizás no todo vivido por Alex, pero sí a su alrededor, experiencias que le habrán llegado a través de sus propias vivencias o del relato de otros cercanos a él. El conjunto que forman es de un gran realismo, sin crudezas ni excesos ni gratuidades, la vida tal cual ha sido o podido ser hasta ahora para aquellos que hoy nos consideramos jóvenes aunque la niñez quede ya lejos, aunque aún miremos hacia ella más veces que hacia el futuro por venir. Y para darle continente a ese contenido vital no faltan referencias literarias (Tom Spanbauer, David Foster Wallace, Stephen King, Michael Crichton,…), musicales (Whitney Houston, Madonna, Céline Dion, Alanis Morissette, Rihanna, Fangoria,…)  o cinematográficas (El mago de Oz, Lost in translation, Smoke, Mi vida sin mí, Azul oscuro casi negro,…),  además de cómics, programas de tv y redes sociales que componen un completo marco generacional.

El vértice en el que confluyen autenticidad, sensibilidad y verismo es en la fluidez y espontaneidad con que van evolucionando los acontecimientos que con el sexo, el amor y la amistad junto a las ganas de crecer y descubrir como telón de fondo se desarrollan en el triángulo Barcelona-Granada-Madrid. De ahí la historia salta a Japón y con esa distancia geográfica su ficción adopta nuevas coordenadas no solo geográficas sino evolutivas. Se dejan las coordenadas espacio-temporales como cuadro de escena para adoptar modos orientales, como los de Haruki Murakami cuando confronta en sus novelas el mundo en el que estamos físicamente con otro paralelo y aparentemente irreal en  el que nos sentimos vivir de manera más plena, completa y auténtica. Se pasa de lo lineal a un caleidoscopio de emociones, un salto que supone una inicial bajada de ritmo que despierta dudas sobre hacia dónde quiere llevarnos Alex Pler, pero resituados en las nuevas coordenadas narrativas en que nos coloca está clara que su intención es llevarnos hacia la alegría, el positivismo, el tener fe y empeño. Su intención es que disfrutemos con su lectura de igual manera que hemos de hacerlo con la vida, tanto cuando miramos hacia atrás como cuando miramos hacia delante desde el hoy en el que estamos.

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¿Dónde está mi maleta?

(basado en hechos reales sucedidos hoy mismo)

PULLMANTUR_AIR

Karaganda, 16 de Noviembre de 2013

Viaje por motivos laborales, 12 horas de vuelo en tres tramos, 5 horas de diferencia horaria, al llegar a Kazajstán los locales se te cuelan en el control de pasaportes –y te dejas no sea que la vayas a liar-, unos cuantos grados menos de temperatura –por debajo de cero-, no entiendes los  idiomas locales (ni el ruso ni el kazajo), y cuando el periplo parece casi acabado… ¡Desolación! ¡La maleta que no aparece en la cinta de recogida de equipajes! ¡Me han perdido la maleta! Y ahora, ¿¿¿qué???

Miras a tu alrededor y ves lo que en el fondo es cualquier aeropuerto, 0 glamour y 100% un hangar a base de módulos prefabricados. Además… Además, la cinta ya ni se mueve, ¿se la habrá llevado alguien? No creo, no soy de pensar mal. ¡Ay, mi maleta! ¿Dónde estará? “… Seguro que en Moscú, que en la hora de escala no les ha dado tiempo a cargarla en el segundo avión…”, pienso para mí.

La labor deductiva está muy bien para creer entender lo que ha pasado, pero no resuelve nada. A mi alrededor ni un cartel con un icono interpretable como “equipajes extraviados aquí”. Junto a la puerta de salida –que está aquí mismo, a ni diez metros de la cinta de recogida- un muchacho le pide a los últimos viajeros que le dejen comprobar el recibo de equipaje de su tarjeta de embarque con el que va pegado a la maleta. ¡Vaya manera de comprobar que cada uno se lleva solo lo que es suyo! Quizás rústico, pero juraría que es la primera vez que veo un sistema de comprobación para este tema en algún aeropuerto del mundo de los que he conocido hasta ahora..

No sólo lo sentía, sino que ahora puedo constatar que nadie se ha llevado mi equipaje. Hay que reclamar. Así que le digo al muchacho “Lost luggage” y coge su walkie-talkie. Habla en ruso, no le entiendo. Me dice “Come with me”, me fío de él y le sigo. Me caía de sueño, pero ahora… ¡despierto y firme como una raspa!

Subimos en un ascensor un piso y aparecemos en la entrada principal del aeropuerto, la terminal vacía. Al fondo una ventanilla iluminada y una persona. Está claro, allá que vamos. Voy empujando el carrito en el que he colocado la maleta de mano –brillante idea esa de llevarla con un poco de ropa “por si te pierden el equipaje”-y el maletín del ordenador. “Ten minutes”, segunda vez que me habla, pues eso, a esperar mientras él entra a no sé dónde.

Ni en dos minutos está de vuelta, me abre y entro en una sala destartalada. En la calle están bajo cero y aquí calefacción a toda máquina. En el suelo una alfombra gigante que todo lo cubre y que tiene toda la pinta de ser un vivero de ácaros, a uno y otro lado de la sala dos mesas que parecen hacer equilibrios para aguantar en pie y llenas de papeles en modo desorden desordenado. Una chica joven aparece por detrás de mí, se quita el abrigo, se queda en manga corta –lo dicho, calefacción a todo gas- y me mira con cara amable (es la tercera vez que vengo al país y en general la gente, de entrada, suele recibirte con gesto empático).

Saca un formulario y una cartulina gigante, comienza el trámite, rellena el primero a mano con los datos de mi billete y los que le doy la maleta. Seguimos en modo inglés básico, me pregunto para mí mismo si al igual que el chico habla algo de inglés o estas son las frases que se sabe y que le ayudan a resolver estas situaciones.

Toda mi atención en el dato clave, que la maleta llegue al hotel en el que estoy, aliviado porque no me lo sé de memoria y a la blackberry aún le queda un vestigio de batería para poder enseñarle el correo en el que tengo su nombre y los datos de contacto de mi empresa aquí.

¿Cuándo la voy a recibir? Sólo voy a estar dos días en Karaganda. El martes me voy a Astana, comienzan entonces mis preguntas y la cara de la joven chica se queda en modo atónito, desaparece la empatía que había visto hasta entonces.

Bueno, si quiere se la llevamos directamente a Astana, me responde ella, pero más que una respuesta me parece una salida por la tangente y mi caldera interior y el mecanismo de la paciencia a la par se activan.

– No, mire, voy a estar 48 horas aquí y necesito mi ropa (menos mal que llevo algo en la de mano pienso para mí.

Rápidamente me hago una composición de lugar: el formulario lo ha rellenado a mano (deduzco que después tendrá que telefonear o sabe Dios qué); ni yo hablo ruso ni ella habla más inglés del que parece manejar; y mi muy limitada experiencia kazaja –dos viajes anteriores- me dice que aquí las preguntas no ayudan a solucionar los imprevistos –estos se resolverán con el devenir del paso del tiempo, cuestión aparte es cuán largo o breve sea este trascurrir-, así que papeles en mano y con número de contacto apuntado no queda más remedio que marchar.

Las personas somos animales grupales y como individuos no somos omnipotentes. Dicho de otra manera, que no conozco los modos y maneras locales a la hora de tratar los asuntos burocráticos –aparte del ya importante detalle ya mencionado de que no hablo ruso-, así que confío en que mañana mis compañeros de trabajo en el país llamen en mi lugar al número que tengo y a esperar –a la manera kazaja, o sea, con paciencia- a recibir mi maleta.

Digo esto, pero no lo hago. Llego al hotel (momento Lost in Translation con la recepcionista que ahora no viene al caso), entro en la habitación (casi una hora después de llegar debido al momento Lost in Translation), enciendo pc, introduzco la contraseña del wifi, me conecto a internet y allá que voy a la página web de Transaero Airlines. Y mi corazón sube hasta la altura de la garganta, no hay más vuelos Moscú-Karaganda hasta el miércoles (si es que he de esperar a que traigan en avión mi maleta desde supongo se ha quedado) y para entonces yo ya no estoy aquí, y ese día necesito vestirme de traje, y el traje ¡está en la maleta!

Mi mente vuelve al momento colectivo, esperaré a que me ayuden mañana mis colegas laborales. No hay más opciones que esta por el momento.

¿Y mientras tanto? Pues a ser resolutivo y a hacer como antiguo, combinar por el momento los dos pantalones y el jersey con las dos mudas que llevo, la puesta y la que va en la maleta de mano.  Qué sabio  aquello que le oí en su día a alguien –supongo que a una señora mayor, o quizás no lo oí y me lo estoy imaginando o justificando para colocarlo aquí- “cuando viajes, lleva siempre en la maleta una muda nueva de repuesto por si acaso”.

Salvado por el dicho popular, me pongo la nueva, lavo a mano la que me quito, me encomiendo al destino y… a dormir un poco y a esperar a que llegue mi maleta desde donde quiera que esté.

(Imagen tomada de pullmantair.com)