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“La civilización occidental y cristiana” (León Ferrari, 1965)

Esta obra sintetiza buena parte de la declinación del legado artístico y el pensamiento crítico de su autor. Un hombre que, entre otros temas, puso el foco en la crueldad con que han actuado y la destrucción generada por los que se autoproclamaban elegidos por Dios para llevar a cabo su misión evangelizadora. Personas refugiadas en una institución que manipula psicológicamente y amedrenta espiritualmente a sus congéneres desde hace mucho tiempo.

Habrá quien piense que este avión predijo los de las fuerzas militares argentinas que años después arrojarían al mar a los contrarios a su régimen dictatorial. O los que un 11 de septiembre causaron la muerte de casi tres mil personas. Podría ser. Pero en este ensamblaje de maqueta y pieza de santería,  el elemento fundamental es él, Jesús, el hijo del Padre que nos hizo a todos a su imagen y semejanza. Versículo convertido en principio moral como excusa para imponerse al otro. Para someterle si no colabora. Para destruirle si se resiste.

Aunque se puede generalizar su intención, Ferrari (1920-2013) acusaba a las iglesias católica, la protestante y la ortodoxa de complicidad y ejercicio consciente del mal, ya sea por sí mismas, ya sea formando parte de las jerarquías de poder que han regido el devenir de la civilización occidental desde hace dos milenios, con el fin de consolidar su absolutismo. No niega que pueda haber gente bondadosa entre ellos, ejemplos de su credo y fieles cumplidores de sus mandamientos. Pero el bien no sirve como penitencia del mal. Como si reviviera a Lutero cuando en 1511 salió de Roma espantado ante el nivel de corrupción, soberbia y arrogancia del que fue testigo.

Un teatro en el que tras la máscara de la piedad se oculta la aniquiladora. Una dramaturgia a la que quizás dio forma siendo testigo en su Buenos Aires natal de los proyectos arquitectónicos de iglesias de los que su padre era máximo responsable. Visión que trasladaría a la serie Relecturas de la Biblia que inició en 1985. Collages y composiciones en los que ligaba la belleza de las representaciones artísticas de ángeles, santos y escenas de las sagradas escrituras con el dramatismo del belicismo, el horror del fascismo y la procacidad de una sexualidad impudorosa. Narrativa que une las dos caras de una farsa delincuente, de una hipocresía asesina. Provocación intolerable y blasfemia según algunos. Denuncia social y reivindicación política según su autor.  

Ferrari también jugó con la plasticidad, el cromatismo y la perspectiva renacentista que conoció a su llegada a Italia en 1952 en instalaciones como Jaula con aves (1985). Estas, colocadas sobre una reproducción del Juicio final de Miguel Angel, defecaban sobre dicha imagen generando un resultado con aires de ready made y arte povera, que después enmarcó aunando la intervención de lo biológico, la susceptibilidad de lo sacrílego y la sátira del canon y el proceso artístico. La razón y la censura, el academicismo y el dogmatismo puestos a prueba. La experiencia estética al servicio de la libertad de expresión, la creación artística como voz ante la opresión.

La bondadosa crueldad. León Ferrari, 100 años, en el Museo Reina Sofía (Madrid).