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“Los días felices” de Beckett, Messiez y Orazi

Un texto que se esconde dentro de sí mismo. Una puesta en escena retadora tanto para los que trabajan sobre el escenario como para los que observan su labor desde el patio de butacas. Un director inteligente, que se adentra virtuosamente en la complejidad, y una actriz soberbia que se crece y encumbra en el audaz absurdo de Samuel Beckett.

Abusamos del término surrealista, cuando en realidad debiéramos usar muchas veces el de absurdo. Confundimos como onírico e irracional aquello cuya lógica no entendemos o no conseguimos captar por mucho que nos empeñemos. El autor de Esperando a Godot fue un genio en este sentido, usando las palabras no solo para contarnos algo, sino también para estrujar nuestro estómago, presionar nuestro corazón y aporrear nuestra cabeza cuando nos exponemos a sus neuróticas y aparentemente incomprensibles propuestas.

Una enmarañada complejidad que Pablo Messiez trabaja -desde la escenografía, el sonido y la iluminación- hasta convertir en una experiencia tan inmersiva y sugerente -lo que importa es el trayecto, no el origen ni el destino- como la montaña de cascotes que cubre a Winnie, primero hasta el pecho, después hasta el cuello.

Una mujer de mediana edad, vestida con un palabra de honor, acompañada de su bolso y sin movilidad posible, pero dotada de una locuacidad sin par. De una oralidad que Fernanda Orazi convierte en un derroche de discurso y retórica que viaja libremente entre el psicoanálisis, el lacanismo y la elaboración gestáltica, entre la expresión libre, la indagación introspectiva y la búsqueda de un sentido que quizás no exista, o sí, pero que en cualquier caso no puede ser fijado en un concepto, un proceso o un objetivo con el que el hombre se sienta realizado.

Esta adaptación de Los días felices (obra escrita en 1960) embauca, atrae y conquista. Por la verborrea sin fin con que Winnie ahuyenta el silencio y absorbe el oxígeno. Por la manera en que retuerce la supuesta sencillez de su argumentario, llevándolo hasta un extremo en el que confluyen el vacío, la nada, la angustia y la ansiedad. Por la explosión gestual, tonal y la capacidad de trascenderse físicamente de la Orazi (“la” de diva, de grande, de ama, de dueña y señora del escenario). Por la barbaridad de lograr que durante la hora y media de función sus manos y su rostro -y después solo su rostro- nos atraigan e hipnoticen embaucándonos en una narrativa más vertical que horizontal, más de caída y descenso existencial que de progresión y avance.

Una lógica perturbadora marca Samuel Beckett perfectamente orquestada por Messiez, alcanzando y manteniendo a lo largo de toda la función ese difícil y delicado punto de equilibrio en el que es fiel al autor al que está adaptando, al tiempo que deja impreso su propio sello como director y cocreador de la representación a la que estamos asistiendo. Parece que no hay genio de la dramaturgia que se le resista a Pablo, ya sea Lorca (Bodas de sangre), Chejov (La otra mujer) o ahora Beckett. Quién iba a decir que después de la explosión corporal que fueron Las canciones, iba a llevarnos tan arriba, pero esta vez sin hacernos mover un ápice de la butaca.  

Los días felices, en el Teatro Valle Inclán (Madrid).