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“Cosas que escribí mientras se me enfriaba el café” de Isaac Pachón

Historias que imaginas mientras esperas a que te sirvan, anécdotas que supones al contemplar el vaho de calor que despega desde su superficie, irrealidades que sueñas al calentarte las manos con la porcelana en un día de mucho frío. Relatos que duran lo que una taza de café, unas veces un momento y otras se prolongan en el recuerdo, en ocasiones son intensos y fuertes y otras ligeros. Unos con leche y otros sin azúcar, pero siempre precisos y estimulantes.

CosasQueEscribíMientrasSeMeEnfriabaElCafé

Hay quien responde ante los relatos breves como ante una obra de Miró o de Rothko, “¡eso lo hace cualquiera, hasta un niño!” Algo a lo que siempre respondo, verbal o mentalmente, con un “pues estás tardando”. Los más osados llegan a coger el bolígrafo o a ponerse frente al teclado, pero a la quinta línea lo dejan porque lo escrito no solo no les lleva a ningún lugar hacia delante, sino que no encuentran en la tinta utilizada el camino de vuelta al punto de partida. A estos les aconsejo que se lean este conjunto de historias cortas de Isaac Pachón y tomen buena nota de su saber hacer.

Leer estos pequeños relatos, que van desde apenas unas líneas hasta varias páginas, es como colocarse en la silla donde está sentado Isaac y mirar lo mismo que sus ojos. Su particular manera de plasmar lo que observa hace de nosotros un alguien que no ocupa su silla, sino que está colocado dentro de la acción, junto a los personajes que él describe, y siendo testigos invisibles de cómo su piel, sus ojos o sus manos expresan lo mismo que dicen sus palabras o demuestran sus actos.

Ahora bien, cuando los cierra y es su imaginación la que dictamina el destino del corto, pero intenso viaje, el destino merece igualmente la pena. Entonces la magia de la literatura hace acto de presencia entre sus líneas y nos traslada de unos planos de la realidad (temporales, espaciales, corporales o interpersonales) a otros haciendo que todo sea posible y provocando en último caso la mejor de las sensaciones, el asombro de su lector. Y dejando de mar de fondo la agradable impresión de que estos destellos de realidad o fantasía que presenta como cápsulas independientes, bien podrían estar todas interconectadas entre sí si tomaran vida sobre un mismo tablero. Algo así como lo que hizo en Los Ángeles en 1993 el director de cine Robert Altman con las Vidas cruzadas de Raymond Carver.

El medio de Pachón para conseguirlo es un uso muy concreto y acertado del lenguaje. Sin excesos en cuanto a extensión, pero sin quedarse corto en ningún momento. Lo suyo no es sobriedad, sino precisión como lo demuestran lo eficaces, sugerentes y evocadores que son sus parlamentos cuando dialoga como su prosa cuando describe en tercera persona o medita en primera. Su logro no es ser buen escritor, sino un mejor creador de ficciones a cuyo fin uno se queda con la duda de si fueron únicamente instantes fugaces o pasajes a los que volver para ampliar los recuerdos que quedaron de ellos.

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