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“Una habitación propia” de Virginia Woolf

La literatura como un coto reducido para los hombres, las mujeres como un instrumento, seres que ni sienten ni padecen al servicio de la masculinidad. Pero ni lo uno ni lo otro son cierto, el arte no entiende del género de quien lo crea y las capacidades humanas no guardan correspondencia con el sexo del cuerpo que las practica. Esto es lo que deja claro la Virginia Woolf que tan bien encarna Clara Sanchís y a la que no le limita ni que el texto sea originalmente un ensayo ni una puesta en escena con algunos elementos con un punto artificioso.

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Un día, estando sentada en el césped del campus de la Universidad de Oxford, un bedel se le acercó a Virginia para decirle que no podía estar sentada allí, que el suelo mullido solo podía ser pisado por profesores y alumnos, curiosamente todos ellos hombres. Esta es la anécdota que le sirve como punto de referencia a partir de la cual contarnos no solo como se encuentra con mil límites para ejercitar su intelecto, sino la consideración que la sociedad de su tiempo tenía de las mujeres. Seres invisibles, sin identidad, inexistentes, tal y como ejemplifica con la historia de su país. ¿Acaso recogen los libros alguna fémina antes que la Reina Isabel? ¿Qué habría ocurrido de haber existido una mujer con el don de Shakespeare? ¿Hubiera llegado a nosotros? ¿O hubiera fallecido frustrada por no tener siquiera la posibilidad de haber sido enseñada a leer y escribir?

Cuestiones cercanas para una mujer, con más posibilidades materiales pero también con mayor espíritu reivindicativo que las demás, en un tiempo en que las de su sexo habían de casarse para ser consideradas socialmente y que, en cualquier caso, tenían negado el acceso a todo lo que supusiera su consideración intelectual, como el formar parte de los círculos de discusión y decisión. O qué decir de aspectos tan mundanos de auto gestión como el disponer de su propio dinero en una cuenta corriente. Esto es lo que pone de manifiesto Virginia, siendo ella muestra de lo primero y poniendo como ejemplo de lo segundo a todas esas que no tuvieron otra opción más que la de ser madres de una larga prole, trabajadoras en el campo de sol a sol o limpiadoras sin horario por un sueldo que les daba escasamente para comer.

Un monólogo que tiene mucho de reivindicación, pero también de exposición sin más, los hechos hablan por sí mismos de cómo era la situación de las mujeres en la metrópoli del Imperio Británico a finales de la década de los veinte del pasado siglo. No hace falta decir que lo que Woolf planteaba entonces sigue estando presente no solo en algunos ámbitos de nuestra sociedad occidental, sino que sigue siendo tal cual o, incluso, aun peor, en muchos lugares del mundo.

Durante algo más de una hora Clara Sanchís se entrega completamente a este monólogo para hacernos ver las múltiples dimensiones que tiene todo cuanto Virginia explicaba con absoluta claridad hace casi noventa años. La falsedad de los argumentos masculinos, lo tergiversado de sus razonamientos para ejercer y mantenerse en el poder, la sumisión femenina ante lo impuesto y aceptado cuando no es capaz siquiera de dudar, la impotencia que le genera la injusticia sufrida por ella misma. Palabras que tienen mucha fuerza y que no necesitan de recursos con los que marcar puntos de inflexión en la acción como papeles arrojados al aire o de un piano en la acción. El buen hacer de Sanchís demuestra que lo suyo es que la expresividad de su piel y el tono de su voz vayan tras el texto y no que este se adapte al sentir que la dirección le ordena en los momentos en que intenta alterar su fluir.

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Una habitación propia, en Teatro Pavón (Madrid).

“A Virginia le gustaba Vita” de Pilar Bellver

El relato con el que se abría “Ábreme con cuidado” a principios de año crece para convertirse en una excitante novela corta. Un intercambio epistolar lleno de sensibilidad a través del cual conocer cómo vivieron estas dos mujeres el proceso de enamorarse, su materialización carnal y la, similar y a la par tan diferente, vivencia posterior del sentimiento del amor recíproco.

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Virgina Woolf es uno de los nombres más representativos de la literatura y el feminismo del siglo XX, reconocida por la valiente actitud con que hizo frente tanto a las limitaciones que la sociedad ponía al género femenino como a las personas con conflictos interiores. Para batallar en ambos frentes contó con dos potentes armas, por un lado su tesón y expresividad sin autocensura a la hora de escribir, y por otro, y a pesar de todo lo que se dice sobre su tosco carácter, saber rodearse de las personas adecuadas con las que tener la posibilidad de dar rienda suelta al desbordante torrente de su personalidad. Fue así como se casó con el hombre en el que encontró un compañero con el que compartir el día a día y el diálogo erudito que ella necesitaba tanto o más que el comer, pero dejando fuera de este proyecto la búsqueda y la vivencia de las emociones y la sensaciones corporales.

Con una realidad como esta es lógico etiquetar a la autora de Mrs. Dalloway como lesbiana, pero también hay que considerar el papel que para ella tenía el sexo y cuáles eran sus prioridades en cuanto a las vivencias que deseaba tener.  El sexo estaba ahí, sí, y tuvo episodios en los que se dejó arrastrar y ser poseída por él, en que fue el motor de sus decisiones, pero siempre momentáneas, nunca como pilar sobre el que iniciar o construir una relación. Para eso ella necesitaba tener la certeza de que la otra persona estaba, si no por encima, al menos a su altura intelectual, y que habría de aportarle debate, generarle preguntas y amplificarle sus ideas. Esos son los ingredientes que dieron forma a su relación con Vita Sackville-West, mujer aristócrata y procaz, libre de ataduras y cumplidora de los aspectos formales de los convencionalismos para vivir al margen de ellos.

Esos son los condicionantes que marcaron la forma de conocerse y de comenzar a intimar de estas dos mujeres hasta que se produjeron los acontecimientos que podemos leer en A Virginia le gustaba Vita.  La opción narrativa elegida por Pilar Bellver, el intercambio de cartas entre ambas mujeres, consigue el logro de llevarnos hasta aquellos años 20 en que esta era la manera habitual de establecer diálogo íntimo. Más aún cuando las notas a pie de página nos señalan que Pilar se ha servido de frases y referencias auténticas –enviadas entre ellas- para hacer de su ficción un texto si no real, sí verosímil.

Con un estilo entregado, sincero, desnudo e íntimo, Bellver deja de ser narradora para convertirse en la Virginia y la Vita que se escribían de esa manera tan íntegra con la que no dejar duda alguna de lo que habían sentido, de lo que les había proporcionado placer y de lo que las había hecho sentirse inseguras, de lo que las había llenado y de lo que sabían inevitablemente no coincidente con la otra. Con su cruce de cartas podemos ver de manera completa dos puntos de vista sinceros y honestos sobre una misma realidad, donde el amor y la amistad surgen y evolucionan no solo en las coincidencias si no también en el reconocimiento, el respeto y la aceptación de las diferencias.

Una muy buena obra que Pilar prolonga con un añadido –no considerable como un epílogo o un segundo capítulo ambientado en otro tiempo y con otros personajes- con el que darnos a conocer más detalles tanto sobre la relación entre Virginia y Vita como sobre sus vidas personales y su contexto. Lo que parece iniciarse como unas notas redactadas con estilo coloquial evoluciona hacia una ficcionada conversación entre la escritora y su sobrina en la que parece ser una master-class sobre el tema para adolescentes. Una manera diferente de completar lo que es un muy buen ejercicio de literatura epistolar.