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“La función por hacer” la haces tú

El teatro dentro del teatro como si se tratara de una imagen reflejada en un sinfín de espejos. La diferencia entre la realidad y la representación, entre lo verdadero y lo verosímil. Personajes que dejan de ser arcilla moldeada por su autor y pasan a ser seres independientes, pero que aún están en busca de un público que les dé carta de identidad. Este es el interesante planteamiento y el estimulante juego de esta propuesta que resulta casi más una ceremonia de inmersión teatral que una función de arte dramático.

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Nada es lo que parece, la realidad tiene una capa visible y muchas invisibles, la percepción es subjetiva y la marcan factores como la experiencia, el estado de ánimo, las inquietudes o las expectativas del momento. A la verdad le sucede algo parecido, no siempre es absoluta, todo depende del punto de vista, de si coinciden o no los valores de quien elabora el mensaje y quien lo escucha, y de la buena labor que haga el intermediario entre ambos. Eso es el teatro, ahí es donde está su esencia, latente, perceptible pero intocable, una fuerza que te puede tocar y provocar, que si conectas con ella te motiva, te lleva, te arrastra a lo más alto y lo más hondo, a lo cómico y lo dramático, a creer lo que no imaginabas y a sentir lo que no percibías, a identificarte con lo que no conocías y a sorprenderte de lo que ya sabías.

Ese maremágnum, todo minuciosidad y precisión y nada de totum revolutum, es el que ocurre cuando la conversación entre una pareja en el ambigú del teatro Kamikaze es interrumpida por cuatro personajes que no solo buscan un escenario en el que representar su historia, sino que también exploran el territorio queriendo dar con un público que les crea y que haga verdad lo que ellos representan, realidad aquello que implica su argumento, todo lo que sucedió antes de llegar a escena.

A partir de ese momento los dos actores iniciales serán también espectadores, directores e intérpretes de otra función diferente. Mientras, los personajes llegados de la nada lucharán por explicarse a sí mismos y ante los que osen encarnarles, se multiplicarán para hacer entender y comprender no solo quiénes son, sino cómo han de ser interpretados para que su representación transmita su exactitud. Sus textos y sus movimientos puede que difieran de lo que hicieron o de lo que sucedió, pero solo de esta manera podremos comprender y sentir lo que ocurrió, lo que en sus vidas, en su efímera pero eterna e infinita existencia, acontece una y otra vez, una y mil veces.

Pero nunca es igual, en ese tiempo sin linealidad ni progresión en que ellos viven, cada ocasión es diferente a la anterior y no tiene nada que ver con la siguiente. Una dimensión que ya no se sabe si es ficción o imaginación y si somos espectadores o testigos silentes de una situación en la que nuestro corazón se paraliza con cada grito desgarrador, en la que nos reímos con las réplicas cargadas de acidez y sarcasmo, o en la que endurecemos nuestro gesto al escuchar las afirmaciones sin piedad con que se dirigen unos a otros.

La función por hacer, en Teatro Pavón (Madrid)

“Out cry”, el grito ahogado de Tennessee Williams

Dos hijos maltratados por sus padres, dos actores abandonados por su compañía, dos personajes unidos en el escenario por un lazo fraternal en un libreto sin un final claro. Una obra en la que su autor combina su mundo interior con la biografía de su familia en un doble plano de realidad y ficción tan íntimamente unidos y sólidamente escritos que en ningún momento sabemos exactamente dónde estamos ni hacia donde vamos.

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Una situación prolongada en el tiempo en la que nada es lo que parece, ni siquiera en el sentido visual. Las indicaciones de este libreto comienzan describiendo un escenario que no queda claro si son las tablas de un supuesto teatro o la escenografía de una función. Sensación que se acrecienta al situarnos en una ciudad (New Bethesda) inexistente, con dos personas de las que han huido sus compañeros de trabajo (“Your sister and you are insane”) y que alternan su conversación con los diálogos de uno de los títulos de su repertorio (“The two-character play”), uniendo de esta manera varios lugares en un único sitio, distintas realidades en un único momento. El resultado no es claro, no hay una lógica que permita interpretar correctamente lo que percibimos, no hay reglas, todo son excepciones. Estamos en un mar de grises donde todo tiene un punto turbio, mucho de luz inalcanzable y más de oscuridad amenazante.

A diferencia de en sus primeros grandes éxitos, como El zoo de cristal o Un tranvía llamado deseo, en Out cry los personajes no vomitan sus conflictos en un vendaval de palabras y gestos que expresen claramente cuál es la tormenta interior a la que por fin están dando salida. Tennessee comenzó a escribir esta obra cuando ya superaba los cincuenta años, tras varias décadas como escritor en las que su éxito y reconocimiento profesional habían convivido con una historia familiar que, tanto en su caso como en el de su hermana, se caracterizaba por la inestabilidad psicológica, cabe incluso decir que por el más claro desequilibrio psiquiátrico. Una sombra perpetua en su biografía, tal y como explicó en sus memorias, iniciadas en 1972, un año antes de la edición definitiva de este texto.

A lo largo de sus setenta páginas, sus dos protagonistas y sus espectadores se encuentran encerrados –cuando no es por agorafobia es de manera claustrofóbica-, sin posibilidad de salida alguna, en un maremágnum de acontecimientos aparentemente reales como la muerte violenta de unos padres de la que son testigos sus hijos, a otros que no guardan lógica alguna como estar representando una función que no solo no tiene fin, sino que no se sabe cuándo acaba. Aparentes absurdos, que recuerdan al Esperando a Godot de Samuel Beckett, que son la punta del iceberg de una compleja atmósfera de angustia y desconcierto bajo la que se esconde una brutal inseguridad e incapacidad para distinguir lo exterior de lo interior, la verdad de la ilusión, de encontrar alternativa a lo que juntos es tortura y por separado una cárcel.

Out cry no es un creación diferente de Tennessee Williams, es una muestra de su capacidad para ir todavía más allá, de profundizar en las heridas y exponerlas sin pudor ni vergüenza. Un ejercicio que no tiene nada de exhibicionismo y que aparenta ser una última apuesta, un intento de todo o nada con el fin de llegar al origen de los desequilibrios para, o bien corregirlos, o bien iniciar una autopsia que deje patente que aquello es terreno muerto que ya no tiene sentido vivir.

“Imre: una memoria íntima” de Edward Prime-Stevenson

Hace más de un siglo que un hombre se aventuró a sobrepasar los límites que el esoterismo camuflado como ciencia le quería imponer a su capacidad de amar a otra persona, a otro que físicamente era como él, a otro hombre. Con una cuidada narrativa y un ritmo tranquilo, el norteamericano Prime-Stevenson diseccionó de manera precisa y delicada en esta novela cada una de las sensaciones y emociones en que consiste el gran y bonito sentimiento de “la amistad que es amor, el amor que es amistad”.

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En sus múltiples vertientes, la ciencia intenta que todo cuanto nos rodea sea objeto de su análisis y de su capacidad de establecer leyes que expliquen la lógica de lo estudiado. Unas veces lo logra aportándonos un mayor conocimiento del mundo en el que vivimos. Otras, en cambio, la incapacidad para reconocer sus límites de aquellos que se han considerado a sí mismo científicos, ha hecho que sus teorías sin constatar se hayan convertido en doctrinas absurdas y dogmas estigmatizadores de los sujetos objeto de estudio. Así sucedió durante mucho tiempo con los hombres y mujeres homosexuales, no solo por ser tales, sino también por no mostrar un comportamiento sujeto a la norma social y religiosa heterosexual convertida en reglamento legal.

Hasta que llegaron aquellos que no estaban dispuestos a dejarse avasallar, a negarse a sí mismos. Cada uno a su manera pasó por encima de los prejuicios e hizo frente al desconocimiento, la ignorancia y a lo insensatamente establecido para afrontar con naturalidad y espontaneidad lo que no es más que vivir lo que el destino te depara a nivel humano y relacional. Edward Prime-Stevenson (1858-1942) fue uno de estos hombres que con sus habilidades, la de saber escribir, se puso manos a la obra y relató bajo estos principios la ficción del encuentro de un viajero inglés y un militar del Imperio Austro-Húngaro en el Budapest del principios del s. XX.

Ambos, individuos solitarios a los que vamos conociendo a través de una serie de encuentros sociales impregnados de una gran formalidad. A medida que estos se suceden, surge una intimidad resultado de compartir tiempos diurnos y espacios públicos en los que la cercanía y el conocimiento mutuo crecen a través de diálogos con poco más que las palabras justas, pero tan precisas y sutiles que conllevan en los que las dicen, escuchan y leemos un calado de honda y profunda emoción. Ese es el juego que hábilmente crea y expresa el autor, complementado con las completas reflexiones de uno de sus protagonistas a cuya mente nos da acceso al hacer de él el narrador, dejándonos incluso la duda de cuánto hay en él de alter ego.

Primero nos atrapa hábilmente a través de la corrección formal de lo que escribe, y que es también la de la situación que nos describe. Pero llegado el momento en que la tensión de lo establecido no se soporta más en los parques, los puentes o los cafés de la ciudad de San Esteban, y que ésta ya ha alcanzado también su culmen sobre el papel, da el paso a la segunda parte de las memorias íntimas de Imre. Comienza entonces un torrente emocional de honestidad, verdad y transparencia con el que se derrumban prejuicios, se vencen miedos y se prepara el terreno para algo en cuya definición debiéramos utilizar términos como futuro, ilusión y libertad.

“49 goles espectaculares”, Davide Martini sabe mostrarse como adolescente

Con naturalidad, con la sencillez de mostrar las cosas tal y como son, sin dramas ni tragedias, pero sin vanalidades ni ligerezas, así es la realidad que este autor italiano muestra sobre ese momento de la vida en que uno busca poner palabras individuales y coordenadas colectivas a quién es y cómo de diferente o de igual tu circunstancia te hace respecto a los demás.

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Lorenzo, un joven preuniversitario, se prepara para iniciar el curso escolar y volver a un universo formado por chicos con los que se fuma y bebe y chicas a las que se ha de pretender sexualmente. El paquete lo completan un volumen de “En busca del tiempo perdido” de Marcel Proust que nuestro protagonista lleva siempre en la mochila y unos padres que son, pero que no están. Pero algo sucede que no responde a la lógica de lo esperado. A pesar de las eternas conversaciones sobre lo de siempre, a Lorenzo el tema del sexo con aquella u otra muchacha compañera de clase o del instituto no le llama, no le motiva, él no se ve. ¿Qué sucede? Primero llega la duda, la incertidumbre de ver lo que no se es, después viene la pregunta, los tanteos con la respuesta y la aceptación de lo que se es.

Un viaje que dura nueve meses, lo que un curso escolar y en el que a través de los ojos, el corazón y el relato en primera persona –sabiendo variar de registro, de la narración literaria a la íntima a modo de diario- del protagonista conoceremos una realidad que aun siendo ficción no deja de ser realista. Con matices localistas, pero con una verdad que puede ser tomada como propia en cualquier lugar occidental. ¿Qué ocurre con aquellos que no tienen a su alrededor referentes? ¿Qué sucede cuando teniendo 17 años sientes que el torrente de la normalización amenaza con arrasar al que no se pliegue a sus gestos y comportamientos?

En esa nebulosa, en esa atmósfera de incertidumbre, en esa semilla deseando surgir, brotar y crecer es donde se desenvuelve como pez en el agua Davide Martini a través de una narrativa sencilla y sin adornos. Pero con una corrección total, sin excesos ni alardes literarios, con las palabras justas en sus descripciones y diálogos, las necesarias para mostrar la posible autenticidad de los hechos que expone y la variedad, convivencia y choque de planos que conforman la vida de un adolescente. Su estilo y técnica están al servicio de los personajes, de los acontecimientos y sensaciones que estos viven, descubren, sienten y aprenden a interpretar.

En “49 goles espectaculares” hay ilusión y dudas, miedo y ganas, también inexperiencia y recelos, pero tantos como voluntad y honestidad en recorrer un camino que está por ser construido. Como anécdota, señalar la curiosa contraposición de auto enseñanza emocional que se han de buscar Lorenzo, Giulia, Gianni y demás amigos y compañeros en el entorno académico –ese donde te enseñan fórmulas, fechas, títulos, autores y vivencias de tiempos pasados- en torno al cual se estructura la formalidad de sus vidas.

La primera novela de este médico también escritor afincado en España se publicó en Italia en 2006 y semanas atrás llegó a España de la mano de un nuevo sello editorial, Dos Bigotes, que promete dar voz y presencia a una manera de contar la circunstancia LGBTI combinando el saber hacer literario con la cercanía y la cotidianeidad de las circunstancias individuales que desde la diferencia nos hacen a todos similares. Bienvenidos sean más títulos tanto de Davide Martini como de Dos Bigotes.

“El mar llegaba hasta aquí” de Alex Pler

Mágico y realista a la par, tan ilusionante como veraz, no se lee, se vive, se siente.

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Leo desde hace tiempo a Alex con frecuencia, sea por entretenimiento de manera casi diaria a través de twitter o de vez en cuando, buscando un momento de evasión de la rutina, en su blog “Sombras de neón”. En el recuerdo tengo también la alegre sorpresa que fue descubrir el recopilatorio de posts de su bitácora digital anterior, “La noche nos alumbrará”. Meses atrás ya dejó leer para todo aquel que lo quisiera el primer capítulo de la que desde el pasado 13 de enero es la ficción “El mar llegaba hasta aquí”. Tras finalizarlo le hice llegar vía mensaje mi impresión: “ganas de más”.

Ahora que ya es una novela lanzada al mundo y cobrando vida al margen de su autor, pasando a ser moldeada por las impresiones de sus lectores, diré que aquellas páginas iniciales son la puerta de entrada a un universo mágico y realista a la par. Siguiendo el símil de su título, bucear en esta creación literaria es ilusión para el espíritu y realismo para la piel de los que se decidan a sumergirse en sus aguas. “El mar llegaba hasta aquí” no se lee, trasciende el código de las palabras y sus estrictos significados y va más allá, se vive, se siente.

En su manera de relatar Alex va más allá de concatenar hechos y reflexiones, sino que entra dentro de de las motivaciones y las causas de sus personajes, dotando a sus narraciones y diálogos de una gran sensibilidad. Aunque sus protagonistas puedan actuar por lo que les dicte su cabeza o los convencionalismos, Pler plasma con gran delicadeza las emociones que fluyen por su interior, tanto aquellas que llegan a expresar como las que no son capaces de dejar fluir. Así es como Leo, Adán, Javi o Verónica se hacen grandes, completos, humanos, haciendo que la identificación o la proyección con ellos de sus lectores surja de manera casi instantánea.

Ante su narración en primera persona es inevitable preguntarse cuánto de autobiográfico hay a lo largo de sus trescientas páginas. Mi apuesta es que mucho, quizás no todo vivido por Alex, pero sí a su alrededor, experiencias que le habrán llegado a través de sus propias vivencias o del relato de otros cercanos a él. El conjunto que forman es de un gran realismo, sin crudezas ni excesos ni gratuidades, la vida tal cual ha sido o podido ser hasta ahora para aquellos que hoy nos consideramos jóvenes aunque la niñez quede ya lejos, aunque aún miremos hacia ella más veces que hacia el futuro por venir. Y para darle continente a ese contenido vital no faltan referencias literarias (Tom Spanbauer, David Foster Wallace, Stephen King, Michael Crichton,…), musicales (Whitney Houston, Madonna, Céline Dion, Alanis Morissette, Rihanna, Fangoria,…)  o cinematográficas (El mago de Oz, Lost in translation, Smoke, Mi vida sin mí, Azul oscuro casi negro,…),  además de cómics, programas de tv y redes sociales que componen un completo marco generacional.

El vértice en el que confluyen autenticidad, sensibilidad y verismo es en la fluidez y espontaneidad con que van evolucionando los acontecimientos que con el sexo, el amor y la amistad junto a las ganas de crecer y descubrir como telón de fondo se desarrollan en el triángulo Barcelona-Granada-Madrid. De ahí la historia salta a Japón y con esa distancia geográfica su ficción adopta nuevas coordenadas no solo geográficas sino evolutivas. Se dejan las coordenadas espacio-temporales como cuadro de escena para adoptar modos orientales, como los de Haruki Murakami cuando confronta en sus novelas el mundo en el que estamos físicamente con otro paralelo y aparentemente irreal en  el que nos sentimos vivir de manera más plena, completa y auténtica. Se pasa de lo lineal a un caleidoscopio de emociones, un salto que supone una inicial bajada de ritmo que despierta dudas sobre hacia dónde quiere llevarnos Alex Pler, pero resituados en las nuevas coordenadas narrativas en que nos coloca está clara que su intención es llevarnos hacia la alegría, el positivismo, el tener fe y empeño. Su intención es que disfrutemos con su lectura de igual manera que hemos de hacerlo con la vida, tanto cuando miramos hacia atrás como cuando miramos hacia delante desde el hoy en el que estamos.

El encanto de los “Amores minúsculos”

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Te sientas en tu silla –esto es la sala off del Lara, por lo que no son butacas- y a apenas unos metros –o unos centímetros si estás en primera fila- verás la vida pasar frente a tus ojos hasta tal punto que no solo la ves y la escuchas, sino que casi la tocas, como cuando estás en un parque fijándote en los que van y vienen o en una fiesta improvisada en tu casa observando a los que entran y salen. Eso es “Amores minúsculos”, esos instantes que no son grandes momentos, pero que tienen el potencial de ser el germen de algo que quizás no, pero que quizás sí, lleguen a ser algo importante en la trayectoria de los que los viven. Eso es lo que nos relata esta obra que fue cómic antes que libreto, y que si te acercas a ella libre de pretensiones puede ser una vivencia inspiradora tras dejar la sala.

Su naturalidad radica en su espontaneidad, la misma con que se inicia la acción como si fuera una continuidad de la cotidianeidad que los espectadores introducen en la sala, haciendo que esta se transforme en apenas un segundo, ese en el que se apagan las luces generales y se enciende un primer foco, en energía teatral. El planteamiento escenográfico hace de los actores no solo personajes, sino también narradores para el público de sus historias, así como atrezzistas y apuntadores de las de sus compañeros. Y en su ir y venir por el escenario, su estar aquí o allí, “Amores minúsculos” va hilvanando sus historias individuales y entrelazadas utilizando como hilo tejedor la chispa de la vida.

Un viaje de emociones –ilusión, ganas, desencanto, sorpresa, aturdimiento, dolor, esperanza, futuro, sonrisa,…-  a cuyo servicio se pone todo el reparto para hacer del trayecto de hora y media una atmósfera única en la que sienten y viven tanto ellos como sus espectadores. Quizás te llegue, quizás no, pero probablemente sea más por lo que lo en ti pueda calar lo que allí se cuenta –por tus experiencias, tus prejuicios o tu capacidad de concebir otras maneras de vivenciar- que porque los actores te puedan resultar más o menos completos en su trabajo de recreación de alguien tan normal y tan auténtico, tan anodino y tan especial como cualquiera de los que van a verles en cada función.

El encanto de un cruce casual de miradas; el de mirar por la ventana en un día de lluvia o recibir la luz del sol en el rostro en un día de invierno; el de pasar las primeras páginas de un libro al comenzar su lectura o el de escuchar a lo lejos la melodía de una canción que por mucho tiempo que pase te sigue enganchando; el de vivir la vida tal y como venga, tomando lo que ella te muestre y ofreciéndole tú todo lo que eres; carpe diem, eso es “Amores minúsculos”,  eso es lo que puede ser este título que ya lleva meses en la cartelera madrileña para el que vaya a verla.

“Amores minúsculos”, viernes y sábados en el Teatro Lara (Madrid).

30 años de “La historia interminable”

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Este 6 de diciembre se cumplieron tres décadas del estreno en España de esta película de Wolfgang Petersen basada en la novela de Michael Ende. La historia y su mensaje siguen igual de vigentes, tiene la misma fuerza. El mundo de Fantasía acechado por La Nada, y que solo puede salvarse si desde la Realidad se sueña. ¿Puede haber algo más atemporal y real a la par? ¿Algo que es tan propio de niños como y tan ausentemente presente en los adultos? Provocaba una sonrisa ver en el pase al que acudí ayer en el Artistic Metropol (Madrid) a padres con hijos en edades similares a las que ellos debían tener cuando  la vieron en el cine. Sonrisa aumentada al acabar la sesión y escuchar a los pequeños comentar con ilusión y asombro cómo los personajes de Baltasar y Atreyu están interrelacionados, la rapidez del caracol de carreras o el malvado lobo Gmork.

Desde 1984 los recursos técnicos de la industria cinematográfica han cambiado mucho, los efectos especiales que entonces nos asombraron hoy se miran desde la butaca con cariño y un punto de admiración al recordar cómo aquellos momentos artesanales -a base de maquetas e inserciones croma en momentos en que Photoshop y la edición digital eran alcances aún por inventar-, junto con una buena resolución en los temas de fotografía, vestuario y escenografía, podían hacernos sentir tanto como los hiperdesarrollos informáticos de hoy en día. Colin Arthur, el responsable de los efectos especiales de la película, contaba ayer en el previo a la proyección cómo el gigante comepiedras está inspirado en él mismo y el blanco dragón Fújur en su entonces mascota. “… Realmente entonces no hablábamos de efectos especiales, sino de efectos ópticos…”, señalaba este hombre de cine con una carrera tan amplia que abarca colaboraciones con figuras como Stanley Kubrick (“2001, una odisea del espacio”) o Pedro Almodovar (“Hable con ella”).

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Atención especial merece también  la banda sonora de Giorgio Moroder a golpe de sintetizador, como con los que revolucionó la música disco y lanzó al estrellato a Donna Summers, y su tema principal, “The never ending story”, una de esas canciones de la que podemos decir que no fue solo uno de los temas del año, sino de toda una época. De aquellos años son películas de factura similar sobre mundos fantásticos como “Dune” (David Lynch), personajes de leyenda como “Lady halcón” (Richard Donner) o historias entre la fantasía y la realidad como “La princesa prometida” (Rob Reiner). Títulos que también nos hicieron soñar e imaginar tanto que, a la par que se hicieron su sitio en la historia del cine, se convirtieron en parte del imaginario de los que entonces éramos niños.

Michael Ende no quedó nada satisfecho de la adaptación de su novela (publicada cinco años antes), hasta el punto de pedir que se retirara su nombre de los créditos del film, al contrario que los más de dos millones y medio de personas que la vieron en España. Como con tantos otros textos siempre existirá la diatriba de cuál está mejor, si el libro o la película, a lo que yo respondo, ¿y qué más da? Es interesante el debate sobre la fidelidad o no de la segunda hacia el primero, pero en cualquier caso son creaciones diferentes (he ahí “Las crónicas de Narnia”, “Harry Potter”, “El señor de los anillos”,…). Y como tal merece la pena disfrutar de ambas, pasando las páginas de, y con Wolfgang Petersen observando desde la butaca lo que en la oscuridad de una sala sucederá mágicamente sobre la pantalla, hoy como hace 30 años, que podemos volar a lomos de un dragón con cara de golden retriever achuchable al que desearíamos llevarnos a casa.

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Olivia, Eugenio y Concha Velasco

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Que una obra cuente en su plantel de actores con Concha Velasco  es un gancho para acercarse al teatro. Tenerla como cabeza de cartel atrae tanto al público como a la crítica, la de Valladolid es un valor seguro de la escena. En el momento actual se junta la expectación por ver a la actriz actuando  de nuevo tras los sobresaltos médicos que la obligaron a interrumpir la gira de “Hécuba”, el desgarrador texto clásico con una impresionante interpretación  por su parte que actuó en Mérida en agosto de 2013 y con el que estuvo en el Teatro Español a principios de este 2014.

En “Olivia y Eugenio” quien quiera hacerlo podrá ver un paralelismo entre el personaje y la actriz. Olivia es una mujer mayo. Concha cumplirá 75 años el próximo día 29. Olivia se enfrenta al dictamen médico de la enfermedad. Concha acaba de superar un linfoma. Olivia pasó por un matrimonio más agrio que dulce. De la vida marital de Concha la prensa rosa nos ha mantenido siempre informados. Oliva luchó por mantenerse a sí misma levantando de la nada una galería de arte. A Concha su pasión por el teatro la ha llevado a la ruina económica y anímica más de una vez, con mucho humor lo contó en 2012 en “Yo lo que quiero es bailar”. Para Olivia su pasión es su hijo. Concha ha dejado claro muchas veces que su prioridad, aún más allá de la interpretación, es su familia.

Cuando comienza la función Concha se disuelve, desaparece, y solo está Olivia. Desde el momento en que se encienden las luces hasta que comienzan los aplausos hora y media después solo hay un personaje al que Concha le cede su cuerpo y lo recrea a través de sus suspiros, de sus movimientos, de los cambios de tono de su habla, que la llevan de la sonrisa a las lágrimas, a momentos ácidos y a pequeñas gotas de humor negro, e iluminando a la platea completa con sus miradas cargadas de amor y devoción por su hijo. Concha es grande, muy grande, convierte el escenario en un corazón gigante que late a la par que ella da riego sanguíneo al de Olivia.

Concha es también generosa, toda su energía va destinada a que las tablas sean un espacio compartido con los demás actores y no el lugar en el que hacerles sombra con su maestría. Con su propia actuación les hace a ellos también protagonistas, se hace secundaria cuando ellos hablan. La vi hacer esto mismo años atrás en “La vida por delante” con el joven Víctor Sevilla, y ahora aquí de nuevo con Hugo Aritzmendiz, el actor que comparte con su personaje el tener síndrome de Down (se alterna con Rodrigo Raimondi en la interpretación de Eugenio). ¿Hay un truco para ello? La única respuesta a la que llego es la de su actitud, sus ganas, su ilusión de hacernos sentir a los que estamos pegados en la butaca.

Tan fantástica resulta Concha que se nos puede olvidar que detrás hay un director que es quien ha establecido las pautas con las que el texto toma vida, y ese responsable es en este caso José Antonio Plaza. Entre ambos dan al texto de Herbert Morote la vida que parece faltarle en algunos momentos por su linealidad. Sin embargo, no hay nada que Concha no consiga transformar en matices y detalles que se transforman en sensaciones plenas e intensas para los que seamos testigos de su arte. Motivo este por el que merece la pena, y mucho, acercarse al Teatro Bellas Artes de Madrid antes del 25 de enero para conocer a “Olivia y Eugenio”.

En los días de lluvia…

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… cuando ya es otoño, y el frío cae del cielo para ya no marcharse, me refugio en casa, junto a una ventana, una de las grandes, que me permite apreciar tanto las gotas de agua que caen sobre ella como la cotidianeidad que se hace húmeda al otro lado del cristal. Será por la lluvia, será por la bajada del barómetro, o no sé por qué, pero entonces pulso play y la música, las letras, los acordes, se hacen más intensos, los hago míos y siento y vivo a través de ellos. Mis ojos miran hacia fuera, y yo imagino y sueño hacia dentro.

There are moments you remember in your life, there are moments you wait for and dream of all your life… Hay canciones que nada más comenzar ya han conseguido emocionarme, el vello se me eriza, mi piel se estremece… I stepped outside and looked around, I never dreamt it was so high or even half as wide… Lo que está por venir es una fuerza, una energía que nace de lo más hondo y profundo de mí, que recorre mi cuerpo de arriba a bajo y que saldrá a través de todos mis poros, de mis ojos, de mi boca, luz que llenará el espacio que me rodea.

Your heart is not open, so I must go, the spell has been broken, I loved you so… Estrofas que ponen en palabras lo que en algún momento no he sido capaz de expresar verbalmente, emociones que aún no había elevado al arte de la retórica, que eran sensaciones físicas, un corazón dolido, encogido,… It won´t be easy, you’ll think strange when I try to explain how I feel, that I still need your love after all that I’ve done… Una vez que ya he mostrado la vulnerabilidad de mi corazón, ya no tengo pudor alguno en enseñar quién soy, desnudo, transparente, intentando –espero que consiguiendo- ser honesto y veraz contigo que me escuchas.

When you’re standing on the edge of nowhere, there’s only one way up, so your heart’s got to go there…  Sé que tengo la fuerza, la capacidad, las habilidades para llegar hasta ahí donde me proponga, un punto que no es tal, no es unas coordenadas físicas, un norte o sur y un este u oeste, sino un lugar de emociones y sensaciones en el que quizás ya vivo, y al que todo el que llegue -como puedes ser tú hablando, paseando, viajando conmigo- será para sumarme a mí, sumarte a ti, hacerme crecer a mí, hacerte crecer a ti. Everyone was watching, you were the freakiest thing on show, dazzle in the crystal ball… Con la certeza de cada uno de nosotros somos únicos y tenemos sonrisas, momentos, palabras, roces, miradas que ofrecernos con el único fin de sentirnos y hacer sentir bien, de ofrecer sin esperar y recibir aún más.

Thought that I was going crazy, just having one those days, didn´t know what to do… Dejo atrás prejuicios e ideas preconcebidas, límites e imposiciones, unos autoimpuestas, otras recibidas, busco de dónde vienen para así superarlas, hago de la debilidad oportunidad. What´s the worst thing that could happen to you? Take a chance tonight and try something new… Me atrevo, voy a por ello. Hasta tres veces está bien hacer algo de la misma manera, luego ya no, ya no vale. Voy a más, a conocer nuevos modos de crear, a descubrir nuevas formas de escuchar, a dejarme sorprender. A construir, a dar forma al futuro, y cuando mire atrás al día de hoy, al camino recorrido, no lo haré con añoranza, sino con orgullo.

Coincide el fin de la lluvia con el de esta canción, las gotas desaparecen del vidrio que me separa del exterior. Abro la puerta de la terraza y salgo a la par que lo hacen también mis vecinos. Solo se oye el ruido ambiente que sube desde la calle, pero el ritmo musical que me lleva hacia adelante en el tiempo y el espacio no ha parado, sigue en mi cuerpo, en mi cabeza y en mi corazón.

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(Fotografías tomadas en Madrid el 29 de marzo de 2014).

Cinco minutos…

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… y salimos a escena. Siempre me ocurre lo mismo, ese nudo en el estómago. Creer que voy a ser incapaz, me falta casi el aire. Dudo de saberme las letras de las canciones, de si seré capaz de la espontaneidad que exigen los pequeños monólogos entre ellas, de si sabré entender al público de hoy para dialogar con él. Por muy igual que sea cada concierto de la gira en la forma, la atmósfera que se crea cada día es diferente. Al final quizás no, pero al principio, el punto de partida, es único, diferente en cada lugar. Ningún estadio es similar a ningún otro, como tampoco se parecen el público de dos pequeñas salas de concierto aunque estén a apenas tres calles de distancia la una de la otra. Y aun habiendo estado tantas veces y aparecido en tantas ocasiones ante un público expectante tanto en unos como en otras – bueno, al principio de mi carrera expectación cero, las cosas como son- no me acostumbro. Estos minutos previos son casi de pavor.

Concéntrate, respiración abdominal. Inspira profundamente, exhala relajadamente. Una vez. Dos. Tres. La tensión va desapareciendo.

Se quedan los nervios. No, no son nervios. Es excitación. Eso es lo que me gusta de estos minutos previos. Cuando ya estoy vestido, maquillado, peinado, los técnicos y la orquesta en sus puestos. Cada uno concentrado en su posición. Todos juntos esperando. Y yo con la responsabilidad de saber que soy el capitán de este barco, de tener bien clara cuál es mi misión, hacia todos los que navegan conmigo y hacia los que nos esperan. El paso del tiempo no ha hecho mella en mis ganas de salir a darlo todo, me sigo entregando hoy ante miles de personas con la misma ilusión con que décadas atrás lo hice por primera vez ante apenas una veintena.  Sonrío, bien grande, no solo con mis labios o mi rostro, también con mi pecho. Es un momento de gran consciencia de mí misma. Me olvidaré de ello, de mí, en el momento en que comience la música y tenga que ponerme en acción. Pero el encanto de estos segundos que parecen no transcurrir me resulta mágico. Es el primer instante de plenitud. Y lo mejor de todo es saber que es el previo de los que probablemente estén por llegar en las próximas dos horas.

Inspiro profundamente, sintiendo como me lleno de aire, como el oxígeno llega hasta el más recóndito rincón de mi cuerpo. Exhalo relajadamente, y siento como todos los puntos de mi persona se alinean.

El último minuto antes de comenzar tiene algo de irreal. Ya no queda nada por hacer ni por preparar, solo esperar sesenta segundos. En esta cuenta atrás me evado, se superponen las imágenes, viajo en mis recuerdos a los ánimos que me dieron los primeros aplausos que recibí, la sorpresa de ver entre el público a artistas a los que yo admiraba y que nunca imaginaba poder conocer, las miradas emocionadas y agradecidas de tantas personas que aprecian y dan valor a lo que hago. La sensación de la alegría y de la satisfacción sobre mi piel que todo ello me produce, la luz que transmite mi presencia, cómo irradia mi sonrisa, cómo brillan mis ojos. Soy una persona afortunada, por ganarme la vida haciendo lo único que sé hacer, por hacer lo que deseo hacer. Por soñar haciendo soñar, por sentir haciendo sentir.

Estoy listo, preparado. Tres, dos, uno. Se levanta el telón, comienza la música.

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(Fotografías tomadas en Viena el 4 de agosto y en Madrid el 31 de enero de 2014).