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“Crónica sentimental de España” de Manuel Vázquez Montalbán

Como si se tratara de una versión literaria del televisivo “Cachitos”, pero escrito a modo de cuatro reportajes para una revista en 1969 y convertidos meses después en este ensayo. Una obra atrevida en la que se disecciona con realismo, pero también con buenas dosis de ironía y sarcasmo, la evolución sociológica de la España de las tres décadas anteriores a través de los artistas, las canciones, las películas y los hábitos más populares en cada momento.

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Los años 40 fueron duros, grises, ocres, marrones, mate, sin luz ni colores vivos. Fríos y desapacibles, extremos en invierno y de un calor rotundo y agotador durante el verano. Había poco que comer, para vestir apenas lo justo, la represión y el miedo se transformaron en un silencio que alcanzó hasta la dimensión del pensamiento. Y aún así, a pesar de las faltas y las penurias, de las extremas necesidades, el discurso del entretenimiento decía que España era lo mejor del mundo entero, que habíamos vuelto a los tiempos del Imperio, al Siglo de Oro, siendo envidiados por pueblos y naciones de todos los continentes. Vivíamos exaltando la riqueza productiva de nuestra agricultura y la superioridad racial de nuestra identidad. Algo que quedaba claramente manifestado en las letras de las zarzuelas y en las canciones del género de la copla, en el argumento de películas en las que el hombre era el garante de la familia y la mujer la obediente responsable de su logística bajo la siempre presente sombra de una iglesia que marcaba hasta el ritmo de la respiración.

Los 50 implicaron la llegada de los americanos por la puerta grande. El régimen firmó con ellos el acuerdo por el que se asentaban militarmente en nuestro territorio, trayendo consigo tanto el american way of life publicitario y cinematográfico como el comenzar a relacionarnos con más cercanía con las naciones extranjeras. No queríamos su política, pero sí la apariencia que destilaban de familia feliz, de consumidores de productos con nombres sugerentes y envoltorios atractivos. Con colores como los de las películas en technicolor que llenaban las pantallas de extras simulando vivir en tiempos históricos pretéritos o recordando las guerras y batallas de la década anterior en que con esfuerzo, inteligencia y sacrificio se consiguió salvaguardar la paz y el equilibrio mundial.

Mientras tanto, en tierras patrias, ya se comía de caliente a diario y la difusión de la radio generaba una épica nacional más cercana al presente. Voces como la de Matías Prats hacían de cada partido un acontecimiento único y los estadios se llenaban todas las jornadas para ver a los que ganaban Copas de Europa.

Así fue como los 60 fueron avanzando con el azul de los cielos salpicado por construcciones en las que uno se sentía moderno y veía como crecían ciudades como Madrid, Barcelona o Bilbao o nos preparábamos para acoger en grandes hoteles a extranjeros que acudían con poca ropa a conocer las playas y el sol mediterráneo. Para entonces ya habíamos comenzado a desarrollar un espíritu crítico y hasta la capacidad de reírnos de nosotros mismos. Algunos jóvenes masculinos se dejaban el pelo largo y las féminas se acortaban las faldas, las familias adineradas se reunían en torno a la televisión y las menos pudientes lo hacían escuchando los seriales radiofónicos.

Esta crónica de Vázquez Montalbán es una sucesión y combinación de miles de instantáneas –desconocidas muchas de ellas para los que no habíamos nacido aún entonces- con las que recorrer con simpatía un tiempo que hoy nos parece anecdótico. Pero en su momento, y de ahí el valor de este texto publicado originalmente en 1971, este fue el camino por la vía del entretenimiento y la popularidad con el que el régimen dictatorial del franquismo apalancó buena parte de su supervivencia, forjando a la par la cultura y la identidad popular de una nación con escasa libertad para buscar o crearse sus propios referentes.

“Heartstone, corazones de piedra”

Con mucha sensibilidad y respetando el ritmo que tienen los acontecimientos que narra, esta película nos cuenta que no podemos esconder ni camuflar quiénes somos. Menos aun cuando se vive en un entorno tan apegado al discurrir de la naturaleza como es el norte de Islandia. Un hermoso retrato sobre el descubrimiento personal, el conflicto social cuando no se cumplen las etiquetas y la búsqueda de luz entre ambos frentes.

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En los últimos meses hemos visto en la cartelera dos grandes películas –Tierra de Dios y Call me by your name– en las que se retrataba el descubrimiento y la aceptación –con o sin dificultad- de la homosexualidad a través de la primera experiencia de la atracción física y de lo que podría llamarse amor. Partiendo de un propósito similar, Corazones de piedra traza su propio recorrido, y no solo por ser una historia sobre adolescentes que están aprendiendo a conocerse y a hacerlo en una localización tan agreste como es el medio rural islandés.

En esas coordenadas el transcurrir del tiempo no se rige necesariamente por el dictado de un reloj, es la naturaleza quien marca el ritmo con frecuencias como la de las estaciones o la alternancia del día y de la noche. Latitudes en las que la juventud es algo que se vive constantemente a la vista de todo el mundo, no se puede reservar lo que dictan los impulsos y la curiosidad a determinados momentos de la semana o espacios de la ciudad al margen del hogar familiar. La cuidada transmisión de lo que esto es y supone es lo que hace que Heartstone resulte tan sólida y creíble.

Su propósito no es únicamente plantear el posible drama que puede ser la aceptación, tanto personal como social, de la homosexualidad, sino hacernos vivir las mismas etapas por las que han de transitar sus dos jóvenes protagonistas en el descubrimiento y experimentación de su sexualidad hasta dar con las coordenadas que sienten que les definen. La competitividad con los otros chicos, los acercamientos a las chicas, las inseguridades físicas y emocionales por la falta de conocimiento, las diferencias con los más mayores, la puesta en duda de la autoridad de los padres,…  A todo esto es lo que se suma el conflicto de reconocerse o ser tomado como homosexual cuando no hay referentes cercanos y las alusiones al tema en el entorno son siempre despectivas.

Secuencias en las que se van mostrando con sumo tiento los distintos frentes que conforman vidas que para unos son fáciles y llevaderas, para otros confusas y para algunos incluso, extremadamente complicadas. Pasajes en los que la fotografía juega un papel fundamental, tanto estético como narrativo, aunando la belleza panorámica de los espacios abiertos de la isla con los detalles –miradas, el auto descubrimiento corporal o el lenguaje no verbal como forma de comunicación- en los que se refleja la búsqueda y formación de la identidad.

Comportamientos, unas veces siguiendo la intuición y otras cumpliendo lo que el grupo social espera de sus miembros, que se hilvanan en una perfecta simbiosis con las sensaciones y los retos y conflictos que provocan. Una lucha que el guionista y director de Heartstone,  Guðmundur Arnar Guðmundsson, no muestra como exclusiva de la adolescencia, sino como algo que se da por primera vez entonces y que si no se resuelve exitosamente, puede condicionar el resto de la vida.

“Sol poniente” de Antonio Fontana

Volver la mirada a la Málaga de cuando se era niño para dejar aflorar los recuerdos de aquellos años en que se forjó nuestra identidad. Un ejercicio de intimidad en el que las palabras son el medio para llegar a las sensaciones que se quedaron grabadas en la piel, las verdaderas protagonistas de esta delicada novela. Un relato auténtico, que desprende nostalgia con simpatía y buen humor pero sin añoranzas sentimentales, celebrando que somos el resultado de quienes fuimos y de cuanto nos aconteció.

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Vivimos millones de minutos a lo largo de nuestra vida, pero algunos se nos quedan especialmente grabados, dando la impresión de que nuestra biografía es únicamente un recopilatorio de estos entre una inmensidad de descartes. Así le sucede al protagonista de esta novela que desde su posición de adulto viaja a aquellos momentos que siguen vivos en su memoria, ya fuera por el efecto novedad, por lo inexplicable de lo sucedido o por las respuestas evasivas y nada creíbles de sus padres.

El nacimiento de su hermano Curro y sus necesidades especiales, los peculiares comportamientos de su abuela, la evolución del matrimonio de sus padres, la climatología y la orografía de su ciudad, profesores que le llegaron, amigos que le acompañaron,… Sin seguir un estricto orden cronológico, el narrador de Sol poniente recupera la mirada inocente y sin filtros con que miraba lo que pasaba a su alrededor, respondía a lo que le llamaba la atención y reparaba en aquello que le provocaba emociones que le perturbaban.

Con las mismas palabras con que se iba configurando su visión de ese gran mundo que es el alrededor cuando tu universo no va más allá de este. Un espacio sin límites y un tiempo de costumbrismo y convivencia intergeneracional en una sociedad, la España de los 70 y los 80, que se iniciaba en prácticas modernas como la de coger el coche para ir a la playa o incinerar a los muertos. Una vuelta  atrás sin edulcorante ni brillos, con honestidad y simpatía hasta en los momentos más dramáticos. A aquel entonces en que utilizábamos términos que significaban más que lo que define el diccionario y expresiones que no se encuentran en este.

Quizás nada ocurrió con la exactitud que lo relata el alter ego de Antonio Fontana, pero lo que sí sucedieron fueron los sentimientos que le provocaron. Ahí sí que percibimos que sus palabras son fieles, donde conectamos con ese niño que contempla con extrañeza las réplicas de los adultos y los dobles significados de sus diálogos, con ese adolescente que se ve condicionado por lo que sus hormonas le dictan, con ese joven que asume que su padre y su madre ya no son sus referentes, sino únicamente sus mayores.

Una realidad paralela a la de las películas, al maquillaje del hombre de hojalata de El mago de Oz,  al Oscar que ganó Hattie McDaniel como mejor actriz secundaria por Lo que el viento se llevó, al magnetismo que desprendía Greta Garbo y a la ansiedad que transmitía Alien. Imágenes que seguimos observando como si fuera la primera vez que lo hacemos y que valieron para ocultar tras ellas lo que dolía y no podíamos compartir. Leer Sol poniente y sentir su luz es también mostrar lo que había quedado oculto y liberarlo para integrarlo con todo aquello con lo que convivió.

“El amante alemán” de Julián Martínez Gómez

Más que una historia, esta novela corta es un fantástico viaje sensorial y emocional que une dos personas, dos generaciones y dos ciudades, Berlín y La Habana, pasando por Madrid. Con una cálida y enriquecedora precisión, una naturalidad llena de verdad y una plenitud que llega muy hondo, la narración de las vivencias de Julio y Sebastián provocan el deseo y el logro de sentirse en comunión con ellos y partícipe de las conexiones que surgen entre ambos.

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Acostumbramos a definirnos por características como lugar de nacimiento o residencia, profesión y edad, pero en El amante alemán estas son datos superfluos que su autor deja atrás para llegar a lo que está siempre, al margen de etiquetas y códigos identificativos, pero que tanto nos cuesta reconocer como motores de nuestras vidas, las emociones y las sensaciones. Aquellas a las que por su intensidad y hondura las palabras no consiguen llegar en toda su verdad. Así que en lugar de situarse frente a ellas para intentar describirlas, Julián Martínez ha optado por algo más arriesgado, pero también más enriquecedor, como es ponerse a su servicio, dejarse llenar de ellas y hacer de su escritura su mejor representación.

Esta brillante primera novela está también guiada por los sentidos, por los olores y sabores de las recetas que sirven como acertado recurso para iniciar introspectivamente algunos capítulos; por las miradas al exterior que abren el relato a lo social y lo comunitario; y por el tacto de las manos que se rozan, acarician y entrecruzan moldeando lo que no es tangible para materializar aquello que solo los que lo construyen saben qué es. Así es como nos llega la mirada de Julio posándose suave y amablemente por cuanto le llama la atención en las calles y casas de su barrio en La Habana, en los detalles únicos que marcan su rumbo cuando visita Berlín y en todo lo que confirma su cotidianeidad en Madrid. Sitios que quedan marcados por las recetas que cocina en ellos, las canciones que escucha y los abrazos y los besos con Sebastián una vez que este aparece en su vida.

Un viaje entre Europa y el Caribe que comienza en 1981 con unos personajes, hace escala en 1989 para relatarnos una catástrofe aérea y acaba en 2014 con otros. Alejados estos en el tiempo, pero conectados por diversas circunstancias con los primeros en un relato conformado por distintas piezas. Tan diferentes en su forma – escritura narrativa, dramática o teatral y poética a modo de letras musicales, además de recursos visuales como fotografías y palabras utilizadas como potentes pinceladas expresionistas-  como perfectamente conectadas en su fondo.

Desde el primer capítulo, con esa visión profundamente humana del paisaje urbano de la capital cubana, hasta el bien logrado final, todo discurre con una fluidez que resulta de lo más natural, aumentada si cabe por detalles a caballo entre el simbolismo (las ya referidas a la gastronomía) y el realismo mágico (los espejos). Un punto medio en el que se crea una fina, pero sólida y constante atmósfera envolvente, llena de lirismo que hace que El amante alemán sea más que una lectura, una vivencia de lo más sugerente. Notando como lo que nos dirige y conduce por ella es el impulso de nuestro corazón en una constante búsqueda y anhelo no solo por saber, sino por experimentar hasta donde pueden llevarnos las emociones que nos brinda el presente y las conexiones con nuestro pasado que nos hacen ser quienes somos.

“Tan solo el fin del mundo” de Jean-Luc Lagarce

Muchas voces unidas en un único discurso. Una genialidad que amalgama lo que se dijo, lo que se recuerda, lo que se pensó, se escuchó y se interpretó. Todo a la vez, como una cacofonía sordamente ruidosa, pero con un eco que retumba y te atraviesa sin dejarte escapatoria. Un texto brutal, una bofetada en la cara, un estrangulamiento en la boca del estómago, un campo de lucha en el que no hay más salida que el hacerle frente.

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En esta familia se comparte mucho más de lo que ellos creen, están más unidos de lo que están dispuestos a reconocer. Da igual que el hijo mayor lleve doce años fuera de casa y sin apenas contacto con su madre y sus dos hermanos. El vínculo es tan fuerte que no pasa un segundo de sus vidas en que no se tengan en cuenta. Su vuelta a casa con la intención de decirles que va a morir hace patente la invisible tela de araña que les une en una red de dolor y culpa, ira y desgarro, sin saber ya ni cuándo ni por qué comenzó ese fluir de energía hiriente y destructiva, pero al tiempo endemoniadamente identitaria. Odian lo que son, pero todo eso que desprecian es lo que les vincula.

El afecto tiene forma de desprecio y la impotencia se manifiesta como insultos no pronunciados, el cariño y el sentido del tacto no se encuentran, el respeto tiene múltiples fisuras. Una tensión y un resquebrajamiento que suponen a la vez el equilibrio que les da el suelo que pisan. Un lugar en el que el amor está pero no se le espera, lo desean y lo tocan, pero se les va de las manos, están llenos de él, pero no fluye, le falta oxígeno, está sucio, estanco, corrompido.

Un maremágnum en el que lo emocional lleva una dirección y lo corporal otro, cuanta más quietud, más cerca de la explosión. Y sin embargo, un a punto que nunca termina de llegar, una inacción que supone un desgaste brutal, que pone al cuerpo y a la mente al borde del abismo, borrando las fronteras entre el vivir y el morir.

Lo que Jean-Luc Lagarce escribe es un ejercicio de superación impresionante, convierte el lenguaje en un medio con el que llegar a lugares interiores –solitarios unos, compartidos otros con aquellos con los que tenemos lazos inevitables- cuya existencia no queríamos reconocer porque supone poner a la luz todo lo que escondemos, dar voz a lo enmudecido, liberando de su armadura –cuyo peso es ya superior a la protección que otorga- a lo que siempre hemos estado defendiendo, nuestra dolida, herida y castigada vulnerabilidad.

Tan solo el fin del mundo es algo más que una ficción teatral, es una performance literaria con la que únicamente se puede conectar si se empatiza con ella y transitamos ese pasaje interior que es el de abrirse en canal, descargarse del dolor ya sufrido y sentir la dificultad de saberse más ligero. De dejar atrás el confort del miedo y los límites conocidos y arriesgarse a conquistar lo que está lejos de nosotros solo porque hasta ahora no hemos sido capaces de acercarnos a ello.

“Suburbana” de Claudio Mazza, un viaje en busca de la identidad

Una de las novelas más íntima y humana, a la par que genialmente escrita, que haya leído en mucho tiempo. Un completo viaje hasta la esencia de lo que somos como personas y como miembros de una familia, y cómo nos influye en ambos planos el devenir del país que nos da la nacionalidad, en este caso la Argentina de las últimas décadas. Un volver narrado con una extraordinaria sensibilidad con el que cerrar el ciclo que se inició con la huida motivada por la imperiosa necesidad de vivir.

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Toda crisis es una oportunidad para evolucionar, y los grandes éxitos suelen llegar después de haber superado satisfactoriamente momentos difíciles. En Argentina conocen muy bien la primera parte de esta afirmación, les falta materializar la segunda. En “Suburbana” los argentinos que habitan en su país se mueven en la inestabilidad, el desconcierto y una continua incertidumbre que según el momento, no solo les ha limitado sus posibilidades o coartado sus deseos, sino que ha amenazado incluso sus vidas. Porque la historia no son únicamente las decisiones de los gobernantes o los documentos que se mencionan en los ensayos, es el efecto que ambos tienen en la cotidianidad, en el día a día, en los aspectos materiales como si habrá pan o no cuando se vaya al supermercado, o en las sensaciones, como la de tener la certeza de si se volverá sano y salvo a casa al final del día tras la jornada de trabajo.

Dirán algunos que es necesario haber vivido en primera persona realidades como estas o como la de perder un hijo en una guerra absurda, innecesaria y carente de sentido, para poder hablar de ello. Desconozco si Claudio Mazza ha vivido estas situaciones de primera mano, pero leyendo su “Suburbana” se accede a esos rincones del corazón y del pensamiento que no se expresan con palabras, sino que solo son accesibles mirando al fondo de los ojos, de las miradas de aquellos que incluso dudan haber vivido semejantes acontecimientos. Llegar hasta ese lugar íntimo y sin coordenadas es el sobrecogedor resultado de la narrativa y del perfecto uso del lenguaje que hace Mazza.

Las palabras que elige, el modo diferente en que las usa cada uno de sus personajes, la expresividad individual tan auténtica que tienen todos ellos, tan diferentes a la par que con puntos en común entre sí. Juntos forman una muestra de ese universo heterogéneo que son los habitantes de una nación, pero que en el fondo están unidos por unas mismas circunstancias, valores y catálogo de puntos de vista con los que se considera y afronta la vida. De igual manera muestra el concepto de la familia, una red flexible, elástica, donde el vínculo nunca se desvanece a pesar de la distancia, sino que esta es el descanso necesario para coger fuerza hasta tener la oportunidad o la necesidad de volver a ejercitarse, como es ese instante en que los mayores nos ceden con su muerte el testigo de liderar y hacer evolucionar lo que ellos trajeron hasta el presente.

De lo absoluto al más ínfimo detalle, ese es el acierto de las situaciones que forman la historia de “Suburbana”. Una comida familiar nos basta para conocer de manera sencilla, pero completa, las mil consecuencias que los acontecimientos políticos causan sobre los ciudadanos de a pie. Al tiempo, los momentos en que el retrato del sistema se hace dueño de sus páginas, Mazza da carta blanca al tren de las emociones que toda persona lleva consigo: ira, coraje, miedo, valor, orgullo, esperanza,… De esta manera, consigue un equilibrio total entre lo macro y lo micro, entre lo abstracto y lo concreto, lo ajeno y lo propio, que hace de la lectura de su creación una experiencia absoluta, un viaje en el tiempo y en la distancia hasta la Argentina, con puntos de conexión con España, de las últimas décadas del siglo XX y el inicio del XXI.

Desde las coordenadas del fin del peronismo, la dictadura y la vuelta de la democracia en el país sudamericano hasta llegar al corralito de diciembre de 2001; con hitos como los niños robados, las madres de la Plaza de Mayo, la farsa promocional del mundial de fútbol de 1978 o la guerra de las Malvinas; y mientras tanto cambian los modelos de familia, de la múltiple integrada a las prácticas prematrimoniales, al debate sobre el concepto de la fidelidad y la visibilidad de la homosexualidad, las nuevas generaciones llegan a cursar estudios universitarios, se manifiestan delante de la policía o ante las sedes gubernamentales y emigran –unas veces por motivos políticos, otros económicos-. Todo esto, junto con la búsqueda personal a través de lo que los demás nos transmiten de nosotros mismos, es el completo y entusiasta viaje que nos ofrece “Suburbana”.