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“Café society”: amor, ambición y buen humor

Woody Allen vuelve a llenar la pantalla de diálogos ágiles y fluidos, despertando sonrisas y dando toques de hilaridad a su reflexión sobre las emociones y las relaciones, declarando por enésima vez su amor por el cine y dejando claro que le gusta más Nueva York que Hollywood.

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Toda película del director de Annie Hall tiene dos grandes pilares, su guión y el elenco encargado de encarnarlo. El primero es el gran filtro para conectar con su manera de entender el mundo y su visión de las relaciones humanas, siempre con una buena carga de acidez -cercana por momentos al humor negro- y un exceso verbal que roza el histrionismo cuando se dirige a sí mismo. Diálogos que son el elemento central de sus historias, que discurren rápido  y que hacen que la producción de sus películas no necesite más recursos que una correcta ambientación (escenografía, vestuario, maquillaje y peluquería), lo que le permite trabajar con unos presupuestos reducidos y al margen de los grandes estudios. Esto deja todo el protagonismo a quien verdaderamente ha de tenerlo durante la proyección, sus actores y actrices, profesionales que saben que cuando Woody Allen llama a sus puertas se les está ofreciendo una gran oportunidad que puede llegar a convertirse en un hito de sus carreras (he ahí el Oscar de Cate Blanchett por Blue Jamine o el de Penélope Cruz por Vicky Cristina Barcelona).

En esta ocasión quienes han sabido aprovechar la ocasión han sido Jesse Eisenberg y Kristen Stewart. Ellos son quienes en noventa minutos nos llevan de un Hollywood que se presenta como la tierra prometida en la que soñar con verse en las marquesinas y vivir un amor romántico a un Nueva York en el que se puede hacer y tener dinero y vivir conforme a la materialidad y los contactos que este permite. En este recorrido de una única dirección, cada trama tiene el tiempo que necesita, se plantea y da a conocer en su justa medida, progresa correctamente y cuando no tiene manera de continuar, da el giro que necesita para seguir avanzando. Un salto de costa a costa que no acaba con el amor porque este, de una u otra manera, encuentra sus momentos, lugares y maneras para seguir vivo.

Esa es una de las reflexiones que ofrece Café Society, cuánto tiene el amor de espontáneo y cuánto de racional, en qué medida podemos interferir sobre sus designios y bajo qué motivaciones. Y sobre todo, que ninguna opción es absolutamente positiva o negativa, el no sigue presente aunque hayamos dicho  que sí y al revés, el pasado sigue con nosotros aun habiéndole negado posibilidad de futuro a aquella chispa que sigue encendida aunque, aparentemente, no le prestemos atención.

Como no todo es amor en esta vida, Woody Allen sale de este debate interno, que ya no es obsesión como lo fue en el pasado, sino reflexión amable y hasta auto aceptación, para regodearse en esa válvula de escape que también maneja como es el humor socarrón. Chistes, bromas y casi parodias de algo que conoce tan bien como es la cultura judía y la maquinaria de despachos, intereses, llamadas y contraprestaciones en que se mueve la industria del cine tras las pantallas . Dos ingredientes que se combinan con la presencia de la mafia y sus socarronas fechorías sin escrúpulos para dar ritmo y agilidad a esta historia cuando la necesita.

“Jason Bourne”

Cuarta entrega de las andanzas del agente especial que le salió rana a los servicios secretos estadounidenses. Persecuciones en moto, en coche y a pie, localizaciones en abierto en grandes ciudades europeas y norteamericanas, secretos de estado que involucran a gigantes empresariales de las redes sociales. Una producción hollywoodiense a lo grande cuyo principal contenido es el ruido, tanto sonoro como visual, de un guión que aspira a poco más que entretener.

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Comienza Jason Bourne demostrándonos lo gran luchador que es su protagonista, venciendo por KO un combate en la frontera entre Serbia y Albania y mostrándonos de paso su impresionante musculatura y sus perfectos abdominales. Queda así claro que Matt Damon es también el productor de la cinta y que este personaje es para él es lo mismo que el Ethan Hunt de Misión: imposible para Tom Cruise. Pero a diferencia de en aquella, aquí estamos en el lado oscuro de la realidad, ese en el que aunque EE.UU. tiene una posición hegemónica en el mundo, sus modos y maneras no están siempre del lado de lo legal, qué decir ya de lo ético.

Bourne vuelve en esta ocasión con un doble objetivo, descubrir cómo fue su proceso de selección por parte de la CIA y cuáles son los nuevos y ocultos proyectos que ésta tiene en marcha. Un dos en uno ya que ambos asuntos –y las personas involucradas- están más ligados de lo que parece y todo apunta a que, además, están relacionados con el asesinato de su padre. Un doble fin para el héroe, conseguir el sosiego personal y aportar luz a algo que puede afectar a la humanidad ya que hay indicios de algo turbio en lo que respecta a la seguridad de los datos personales que sobre todos nosotros acumula un gigante 2.0 de Silicon Valley en colaboración con representantes gubernamentales.  Para que quede más claro aún, el personaje que representa al mundo empresarial aparece en un gran escenario haciendo una presentación ante cientos de personas con ademanes como los de Steve Jobs o Mark Zuckerberg.

Y entre los interludios de estas intrigas dialogadas en despachos sobrios y antros de los bajos fondos, persecuciones por distintas ciudades vividas como si fuéramos los que estamos huyendo u observándolas desde las salas llenas de pantallas de seguimiento en la central de los servicios de inteligencia norteamericana. Todo expuesto con un gran despliegue visual, un excelente trabajo de montaje, pero tan minucioso, milimétrico y preciso por conseguir el máximo apabullamiento que se va a cotas de efectos de sonido e imágenes por segundo -¿fuera de foco incluso a la manera de pinceladas impresionistas?- que a duras penas se consiguen procesar.

La primera secuencia a toda velocidad discurre por Atenas, durante una de las muchas protestas populares motivadas por los recortes del gobierno griego, detalle que parece le va a dar a la película un toque geopolítico. Pero no, es la capital helena como podría ser cualquier otro lugar, como lo son posteriormente Berlín, Londres o Las Vegas en un más a más, más choques, más golpes, más coches destruidos, más figurantes gritando y corriendo en todas direcciones,… Un exceso que es todo lo contrario en cuanto a gestualización, quedando esta reducida a una continua mirada fría, fija e intensa por parte de Matt Damon, Alicia Vikander, Tommy Lee Jones y Vincent Cassel. Las justas y necesarias para hacer que la historia evolucione y que Jason Bourne sea uno de los éxitos de la taquilla del verano.

“Nuts” de Tom Topor, la obra que quiso interpretar Barbra Streisand

El cine ha hecho que los juicios en EE.UU. nos parezcan una de las situaciones más teatrales que podemos encontrarnos en la vida cotidiana. La escenografía viene marcada por el sistema y los que intervienen pueden hacer de su discurso una construcción emocional más allá de los tecnicismos y formulismos del lenguaje jurídico. Tom Topor se vale perfectamente de lo primero para, a partir de lo segundo, profundizar hasta los aspectos más delicados de una historia “basada en hechos reales” en la que, bajo la apariencia de un asesinato y una prostituta, se encuentra una situación que no cuadra y un personaje herido y obligado a construirse a sí mismo.

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El casting es muy sencillo. Un juez y una acusada, un abogado defensor y un fiscal, asistente de sala y testigos. La estructura de la obra también lo es. Entra el señor de la toga, se presentan las partes y se enuncian los cargos contra la mujer sometida a escrutinio judicial, declaran las personas propuestas por la defensa y la acusación y finalmente se dicta sentencia. En este sentido, esta Loca no ofrece ninguna sorpresa. Su valor está en las intervenciones de cada uno de sus personajes y como a través de lo que dicen y declaran dejan ver, no solo que detrás de cada decisión burocrática hay muchos comportamientos humanos, sino también historias llenas de sombras oscuras, silencios sordos e ilusiones rotas en las que a pesar de todo, se es capaz de tener fuerza para luchar y seguir adelante.

Para evitar el riesgo de la linealidad, Topor incluye varios elementos disonantes. La protagonista que lucha contra la injusticia de ser considerada mentalmente incapaz por un sistema que solo busca etiquetar en lugar de comprender, es también una persona impetuosa y visceral, lo que por momento la hace parecer altiva, irrespetuosa y soberbia. Frente a ella, un testigo que se vale de su prestigio médico para hacer dogma de sus opiniones sobre la salud mental de su paciente, y una pareja de hombre y mujer que se presentan, no como personas que tienen algo que aportar, sino como víctimas de una hija por la que no se sienten recompensados, ni afectivamente ni en términos de orgullo paterno-filial.

Todo esto nos permite conocer a una mujer que tiene tras de sí no solo una biografía con episodios que se salen del guión de lo que se puede mostrar en público, sino también un sistema familiar con momentos y comportamientos ocultados durante mucho tiempo. El pasado más reciente y el más lejano toman cuerpo y luz en la tribuna de testigos pasando a ser algo real una vez que quedan recogidos por los taquígrafos que registran cuanto se relata en los interrogatorios. Un complejo entramado que el autor resuelve con una aparente sencillez que tiene tras de sí una intriga con un ritmo creciente bien planificado, con diferentes fuentes que discurren asincrónicamente en un complementario y perfecto equilibrio para confluir en una atmósfera de suspense de gran intensidad. Una fuerza que se revelará como el motor que marcará el devenir y la sentencia de lo que allí se está discutiendo, superando los juegos verbales y las inteligentes vueltas de tuerca de sus exposiciones orales .

Motivos que hacen de lo escrito por Tom Topor un buen texto teatral que triunfó en el off-Broadway de 1979 y cuyos derechos fueron rápidamente adquiridos por Hollywood. Finalmente, la adaptación cinematográfica fue producida en 1987 por Barbra Streisand, quien estuvo años tras el papel de Claudia Faith viendo en él una oportunidad de ampliar su registro interpretativo tras una laureada carrera de más de veinte años y con el hándicap del gran éxito de Yentl (1983), su último título hasta entonces. El resultado en la gran pantalla, a pesar de contar con Topor en la adaptación del libreto teatral como guión cinematográfico, no pasó de ser un telefilm con una sobreactuada Streisand.

Something happens with some people: they love you so much they stop noticing you’re there because they’re so busy loving you. They love you so much their love is a gun, and they keep firing it straight into your head. They love you so much you go right into a hospital…

“Las brujas de Salem” de Arthur Miller

Cuando la sinrazón acampa, la lógica y el sentido común desaparecen, dejando el terreno libre para el ejercicio de la violencia que conllevan los comportamientos motivados por el deseo de poder, la envidia y la soberbia. Una brutal retrato de lo viscerales, canallas y diabólicos que podemos llegar a ser en una alegoría con la que Arthur Miller retrató la caza de brujas del Hollywood de los 50. Una obra maestra que sigue estando vigente y que bien podría valer como símil del funcionamiento de nuestro sistema político-mediático.

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El siglo XX vivió algunos de los acontecimientos más brutales de la historia de la humanidad como dos guerras mundiales, el régimen nazi o la guerra fría. Previos que explican la paranoia totalitarista que en el campo de las ideologías se extendió por los países occidentales a finales de la década de los 40, donde no actuar, tanto en el terreno personal como en el profesional, bajo las premisas del pensamiento oficial suponía ser considerado un adalid del bando contrario y en consecuencia, ser silenciado, perseguido y condenado como el peor enemigo de la patria. La política recogía así los modos absolutistas que durante muchos siglos había impuesto la religión en la vida privada y social de todas las personas.

Arthur Miller se sirvió inteligentemente de los juicios por brujería celebrados en la localidad de Salem (Massachusetts) en 1692 para, con un escrupuloso respeto a la verdad de lo sucedido entonces, mostrar cómo la historia se repite. Quien leyera o viera representadas Las brujas de Salem (en su título original, El crisol) en 1953, rápidamente constataría que en EE.UU. y en pleno siglo XX tenían lugar hechos similares, con la única diferencia que donde antes se mencionaba a Satán o al diablo, en ese momento se hablaba de comunismo y de la URSS. Una lectura que nadie se atrevió a afirmar entonces y que las más de seis décadas transcurridas desde su publicación y estreno han confirmado. Más de medio siglo en el que las coordenadas geopolíticas han cambiado en gran medida dando pie a un nuevo orden internacional, pero en el que este texto sigue teniendo la misma fuerza y capacidad evocadora que el primer día.

Basta comprobar el mosaico diario de los medios de tirada nacional y los titulares de apertura de los noticiarios de las principales emisoras de televisión de muchos países, incluido el nuestro, para constatar que en mayor o menor grado se siguen creando, provocando y alimentando situaciones de linchamiento público con el fin de consolidar el status quo del sistema y sus dirigentes, en cualquiera de sus muchas facetas. Por desgracia, un refrendo que hace de Arthur Miller un genio del teatro universal y de su creación, una obra maestra vigente tanto por sus valores literarios como por su sabia lectura política y su muestra de las pulsiones humanas.

Una sabia construcción narrativa en la que Miller comienza cada uno de sus cuatro actos con pequeños acontecimientos desde los que amplía el foco para dejarnos ver cómo la mentira, la manipulación y la tergiversación acaban convirtiéndose en una explosiva y aplastante atmósfera en la que los inocentes se ven sometidos, amenazados y provocados hasta la extenuación. Un entorno claustrofóbico y sin escapatoria donde todo aquel que no se alce como portavoz o defensor de la versión oficial, será considerado culpable –hasta que no sea capaz de demostrar lo contrario- de actos de difícil definición y verosimilitud y de los que no se tiene siquiera pruebas inculpatorias.

En el interior de sus páginas, el autor de El precio o Después de la caída nos retrata con un lenguaje directo y sin posibilidad alguna de malinterpretación, lo depredador que el ser humano puede llegar a ser con sus similares. Diálogos ágiles y sin necesidad de lirismo alguno, que sirven para un doble proceso de construcción, el in crescendo narrativo de los acontecimientos y el soberbio retrato emocional de cada uno de los personajes que conforman la población de esta pequeña ciudad del este americano de finales del s. XVII.

“Pollo” de David Henry Sterry

Un relato árido y áspero sobre lo que es ganarse la vida con diecisiete años, creyéndose valiente, duro y adulto y no ser más que alguien indefenso, usado  y manipulado. Una visión realista y asertiva sobre la experiencia de la prostitución heterosexual masculina, centrándose en los hechos sucedidos y en las vivencias experimentadas. Sin adornos. Sin excesos. Sin gratuidades.

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Todo título autobiográfico que llega con la premisa de contar una experiencia única, suscita el temor de ofrecer una creación que tiene mucho de catarsis necesaria para el que la firma, pero poco o nulo interés para el lector al que se la ofrece. Sin embargo, en esta ocasión, no sucede así. David Henry Sterry tiene en cuenta que al otro lado de las páginas hay alguien con quien tiene que cumplir un doble objetivo: hacerle llegar en primera persona sus vivencias y conseguir que le resulten interesantes y entretenidas hasta el final.

Con diecisiete años, en 1974, Sterry se trasladó a Hollywood para realizar su último curso de instituto antes de entrar en la Universidad. En su primer día se ve sin techo y con unos padres separados tan ausentes como lejanos, tanto ellos como el destino le dan la espalda y se encuentra siendo drogado y violado. En el marco de este inicio, la providencia le da una tregua y surge alguien que le da la posibilidad de ganar dinero, de ser un pollo, a cambio de dar placer con su cuerpo a quien esté dispuesto a pagar por ello. Comienza entonces una triple vivencia, la del chaval con un físico potente que aún no es mayor de edad, la del gigolo merecedor de grandes propinas de sus clientes y la del niño aún unido emocionalmente a sus progenitores.

Lo que se inicia como una historia de descubrimientos, de transformación a intervalos en un personaje para introducirse en una nueva realidad, deriva en un viaje profundo y oscuro hacia lo más recóndito de la intimidad y el comportamiento del ser humano. Cada capítulo trae consigo la historia de un nuevo cliente, un ser que, dinero mediante, pide ayuda para acceder a aquellos rincones de su persona –insatisfacciones, ausencias, parafilias,…- necesitados  de expresión, de limpieza, de aire fresco. Un proceso en el que, a pesar de sus frenos, David se ve arrastrado y ha de hacer frente no solo al infierno de su pagador, sino también a la llamada inesperada, violenta y salvaje de sus propios demonios. Estos le ponen también de por medio la trampa de los recuerdos de su infancia y reciente adolescencia, positivos unas veces, crueles, dolores y aun persistentes en otras ocasiones.

Una bomba de relojería que el protagonista narrador vive con aparente relax, pero que en su lector va creando una tensión creciente que le hace devorar las páginas para bucear con él tanto en el submundo de la especie humana como en la olla a presión a la que está sometiendo a su inmadurez e inexperiencia. Pollo es una muestra de que buena parte de la realidad de la vida no tiene nada que ver con las imágenes que vemos y presuponemos. Una densa penumbra a la que Henry Sterry le ponen las palabras justas y necesarias para crear un relato preciso e impactante.

“Trumbo: La lista negra de Hollywood”

Cuando se lo propone y deja a un lado su, cada día más exclusivo, deseo de hacer caja, la meca del cine sabe cómo construir un buen relato, con el que de paso limpiar su mala conciencia por aquellos años en que se puso de manera descarada al servicio del poder en su intento de absolutismo ideológico. Años 40 y 50 muy bien plasmados en la pantalla con un guión que, como no podía ser menos en un biopic de uno de los mejores escritores cinematográficos de la historia, es la clave de esta película.

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El fin de la II Guerra Mundial no supuso el cierre de una etapa. Para muchos tuvo una prolongación en la que la contienda ya no fue cuerpo a cuerpo a miles de kilómetros de su hogar, sino que tuvo lugar tanto en la calle en la que vivían como en su puesto de trabajo. El motivo, no asumir como propias las palabras vacías que los gobernantes de Washington habían dictado como manera de crear entre la población estadounidense una sensación de riesgo y amenaza ideológica, por una supuesta invasión comunista, sin lógica alguna. Conscientes del poder del cine como medio difusor de ideas y modos de comportamiento, políticos de todo pelo pusieron a Hollywood en su punto de mira para poner al servicio de sus objetivos tenebristas a productores, directores, actores y guionistas. El precio a pagar por aquellos que dijeron que no fue el de ser víctimas de la famosa caza de brujas que les llevó al escarnio público y al fin de su carrera profesional.

Pero a pesar de todo, si de algo se vanaglorian en EE.UU. es de saber hacer frente a las injusticias. Cuando la realidad les demuestra que se han equivocado, no tienen pudor alguno en construir un relato épico en el que se ponen del lado del ganador y hacen suya tanto su lucha como sus principios, renegando de lo que fueron y convirtiendo al entonces vilipendiado en el héroe de hoy. Así fue como le sucedió a Dalton Trumbo, afamado guionista de clásicos del cine como Vacaciones en Roma, Espartaco o Éxodo y tras cuya labor están personajes que lanzaron o consolidaron el estrellato de nombres como Audrey Hepburn, Kirk Douglas o Paul Newman.

Como en todo biopic, no hay riesgo de spoiler en esta cinta, ya conocemos las líneas generales de lo sucedido. Su interés recae en ver con qué grado de sinceridad se cuentan los acontecimientos, así como la calidad técnica y narrativa de su relato. Lo primero ha de ser evaluado por los más expertos conocedores de aquella época y sus protagonistas. Pero si hay algo que Trumbo deja claro es que aquellos fueron años de una libertad de pilares dudosos, de una supuesta democracia en la que los que se vieron obligados a luchar contra ella no tenían mayor intención que la de hacer frente a una injusticia que les negaba cualquier posibilidad de vida libre, no solo en el terreno creativo y laboral, sino también en el social. El Dalton Trumbo que nos muestra esta película es un ejemplo de como el hombre se crece, por pura necesidad de supervivencia, ante la adversidad y como tener los objetivos claros a largo plazo hacen que el camino que se traza al andar se dirija en la dirección correcta.

La historia está construida a la manera en que lo hacía el guionista que le da título. Primero nos presenta el ambiente de relaciones personales y modos laborales de los grandes estudios a finales de la década de los 40. Acto seguido introduce el elemento que distorsiona esta tranquilidad y que acaba por provocar la historia de la que somos espectadores. Comienza entonces un relato de tensión, de choques de fuerzas en una serie de escenarios (testificación ante el Comité de Actividades Antiestadounidenses en Washington, cárcel en Texarkana, residencia familiar, pequeños estudios cinematográficos,…) en los que confluyen unos personajes cuyos bien planteados y desarrollados diálogos hacen que la trama evolucione de la manera tan inteligente y equilibrada en que lo hace.

Sobre este buen material, señalar el notable trabajo interpretativo de Bryan Canston, presente en todas las secuencias, encarnando a un protagonista totalmente creíble en su conflicto humano y su volcánica vitalidad creativa. Tras él, un coro de secundarios en el que destacan Diane Lane y Helen Mirren llenando la pantalla cada vez que aparecen.  Por todo esto, por lo que cuenta y por la manera tan ordenada y correcta en que lo hace, Trumbo es una película que tiene todas las papeletas para resistir el paso del tiempo y ser recordada y vuelta a ver una y otra vez sin perder ni un ápice de interés.

“The zoo story”, brillante primera obra de Edward Albee

Una de las primeras creaciones del famoso autor de “¿Quién teme a Virginia Wolf?” en la que ya demuestra su maestría en convertir momentos cotidianos en situaciones límite, en hacer de un diálogo rutinario una tormenta que desnuda las verdades y los límites de conciencia de sus protagonistas.

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Cuenta Albee en el prólogo de la edición que ha llegado a mis manos (Signet Classic, 1963) que este fue uno de los tres primeros textos que escribió, siendo representado primeramente en Berlín tras pasar por varias manos. La representación en la entonces sitiada ciudad alemana fue el pasaporte para que volviera aceptada a Nueva York al año siguiente, apenas tres años y medio Broadway y Hollywood le pondrían la alfombra roja gracias a la brutal y descarnada maestría de “¿Quién teme a Virginia Wolf?”.

Sin embargo, el éxito no llega solo, algo se estaba ya fraguando en esta historia del zoo ambientada en un rincón cualquiera del neoyorquino Central Park en el que un hombre aparente de 40 años que lee  sentado en un banco es interpelado por otro de unos 30. Mientras el segundo cuenta de manera profusa y verborrea una serie de historias a través de las cuales muestra alguna de las claves de su vida (una familia rota, un recorrido individual sin rumbo, un futuro sin proyecto vital), el primero calla más que habla y responde más que expresa, dejando ver las coordenadas de aparente éxito en las que se asienta su presente acomodado y sujeto a las normas (trabajo fijo, casa en propiedad, familia formada por mujer, dos hijas y dos mascotas).

Dos seres que por opuestos y diferentes que resultan inevitablemente complementarios. A medida que se suceden los minutos de lectura, “The zoo story” es un solo acto cuya representación podría durar hasta una hora según el ritmo que se le imprima, surge la provocación de aquel que considera no tiene nada que perder y el miedo de quien considera que sí corre riesgo.  Tras una primera fase de apariencia formal, surge la verdad, la violencia que se está dispuesto a ejercer para apropiarse de lo que uno se ve negado –lo que alienta el deseo de poseerlo-, o para defender lo que se considera propio -sin plantearse en qué medida es derecho de propiedad individual o de usufructo a compartir-.

El texto cuenta con anotaciones de su autor en las que deja libertad tanto a directores como actores para moldear a su manera la profusión de registros interpretativos de sus personajes, los detalles en las narraciones y descripciones de sus diálogos, y los cambios de ritmo que se pueden imprimir en su puesta en escena. Múltiples posibilidades que convierten a “The zoo story” en una fantástica ficción y una oportunidad de oro, para quien tenga la suerte de participar en su montaje y si está a la altura creativa de la propuesta de Edward Albee, de demostrar sus dotes como director o como actor haciendo vibrar y disfrutar a quienes acudan al teatro para verles.

Sin pelos en la lengua, “I’ll eat you last: a chat with Sue Mengers” de John Logan

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Descarada y cínica a la par que transparente y sincera. Así es Sue Mengers, una agente de actores entregada a su trabajo, a construir carreras, a convertir a los actores protagonistas de éxitos de cartelera en mitos del cine. Gene Hackman, Burt Reynolds, Lauren Hutton,… o Barbra Streisand son los protagonistas de algunos de los cotilleos, anécdotas o trastiendas del mundo del show-business que nos cuenta.

Ella habla y nosotros escuchamos, su ego no tiene límites ni tamaño, lo inunda todo parando el transcurrir del tiempo, haciendo del escenario y la platea un espacio único en el que ella interactúa con el público con absoluta naturalidad hilvanando el nacer, éxtasis y aparente declive de su mundo.

Su monólogo espontáneo y locuaz alterna frivolidad, materialismo y deseo sin límite de poder, tal cual es ella y tal cual parece ser el Hollywood que nos describe. Así se suceden los minutos ante la estupefacción que produce la desvergüenza continua de Sue Mengers alternada con su aparente formalidad en algunos momentos como en su conversación telefónica con Sissy Spacek.

Por eso gusta esta obra, porque no es un texto, sino un personaje. Porque apela a la parte chismosa y cotilla, socialmente ligera que todos llevamos dentro. ¿Crees que no? Ponte a prueba leyendo el texto de John Logan o, si tienes la suerte de ir a Broadway, viendo a Bette Midler interpretándola, y luego me lo cuentas.

(imagen tomada de amazon.es)