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“Rinconete & Cortadillo”, agitando conciencias

De la sonrisa a la risa y de la risa a la carcajada. Unas veces por el texto, otras por lo que hacen con él Santiago Molero y Rulo Pardo. No se sabe qué va antes, si la hilaridad o la desvergüenza, la agria comicidad de hace cuatro siglos o el ácido sarcasmo de hoy en día, pero tras ello, mucho ingenio literario y mucho saber hacer interpretativo.

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Si Cervantes levantara la cabeza y supiera que cuatro siglos después de su muerte está considerado uno de los nombres fundamentales, no solo de la literatura en español, sino de la universal, ¿qué pensaría? ¿Qué le diría a los gestores, ya cesados, de lo público que han deseado fotografiarse junto a sus huesos? ¿O a los gobernantes que han ignorado su cuarto centenario porque el calendario político no les va a permitir tal instantánea? Quizás callara verbalmente, pero con pluma, tinta y papel pondría en negro sobre blanco la ironía y la cotidianeidad de estos tiempos en que creyéndonos avanzados, demócratas y justos resulta que flotamos sobre un mar de fondo en el que, hoy como ayer, sigue habiendo corrientes de hambre, corrupción y una desigualdad que por prolongada, endémica y normalizada ya resulta institucionalizada y comúnmente aceptada. Ante la imposibilidad de que don Miguel pueda ponerse manos a la obra a su oficio con tal fin, es Alberto Conejero quien, con las ansias propias de un pupilo avezado y deseo de homenaje, se pone a su servicio para traerle hasta nuestro presente. A la par, él viaja hasta el siglo XVII para hablar de igual a igual con su maestro sobre los modos y maneras que éste utilizaba en la concepción y escritura de sus ficciones.

Un diálogo que se hace popular al hacerlo a través de dos hombres de la calle, dos pillos, dos buscavidas que más que vivir pobremente, sobreviven. Eso sí, con justificado orgullo y humana dignidad. Dos nombres silenciados, manipulados y cosificados a mayor gloria de quien a partir de ellos creó una pieza literaria que les engulló y anuló como seres individuales con personalidad propia. No hay equidad, el éxito y reconocimiento de Cervantes no fue altruista por parte de la sociedad de su tiempo, sino que se tomó como cobro el negarles a ellos, a Pedro del Rincón y Diego del Cortado, su carta de existencia, condenándoles a ser quienes ellos consideran que no eran, Rinconete y Cortadillo. Sin embargo, en la melancolía y aceptación de su injusta desgracia brota un sarcasmo, una ironía y una acidez a través de la cual Conejero pone de relieve como el reinado de los Austrias del s. XVII y la monarquía parlamentaria de hoy comparten la vulgarización de su pueblo por sus gobernantes, la falsedad de su vocación de servicio público, el uso represivo de las fuerzas y cuerpos de seguridad,…

Y si el apellidado Saavedra apenas necesitó las veinte páginas de su novela ejemplar para dejarnos esta imagen de su tiempo, el Rinconete & Cortadillo del autor de La piedra oscura tiene de su parte el fantástico trabajo que a partir de su texto han realizado Salva Bolta, dirigiendo su puesta en escena, y Santiago Molero y Rulo Pardo interpretándolo. No solo materializan de manera precisa su discurrir dramático, sino que extraen de él una hilarante profusión de detalles cómicos (incluyendo referencias históricas, literarias y todo tipo de deliberados anacronismos) y solventan tan bien sus quiebros trágicos –en los que por momentos parece que Conejero deja de dirigirse al público y utiliza a sus personajes para canalizar un soliloquio interior- que no solo lo engrandecen, sino que lo convierten en algo superior. Un lúdico entretenimiento de hora y media de continuas risas, pero al tiempo y también, un espectáculo intelectualmente estimulante, generador de un estado de ánimo y de conciencia que perdura tras su fin.

Rinconete & Cortadillo” en los Teatros del Canal (Madrid).

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Lolita vive en “La plaza del diamante”

Simbiosis de texto y actriz. Un somero y cuidado recorrido en forma de monólogo desde la ingenuidad de la más tierna juventud hasta el diálogo maduro frente a frente, de igual a igual, con la vida. Una hábil y sobria Lolita que, con el único instrumento de su voz, nos lleva con paso firme desde la esperanza de los años 20 a la incertidumbre de los 30 y la posterior hecatombe y penumbra de la posguerra.

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La adaptación teatral que Cales Guillén y Joan Ollé han realizado de la novela de Mercè Rodoreda tiene una gran fuerza. Sin necesidad de escenografía, apenas unas luces de fiesta y el banco en el que se sienta la Colometa, la historia que esta mujer nos cuenta nos traslada a una época cuya huella invisible nos rodea y a una biografía de la que somos descendientes.

Esta plaza, la del diamante, del barrio de Gracia de Barcelona recoge con sosiego las palabras amables con las que, sin culpar ni victimar, una de sus vecinas recorre las turbulencias, la agitación y los sacrificios sin límites que supuso buena parte de la historia española del siglo XX. Un marco temporal en el que las esperanzas, los sueños y las ilusiones de muchos niños se dieron de bruces con la realidad. Durante la infancia se les hizo fantasear con mundos y posibilidades que solo existían en la imaginación para posteriormente, dejada esta etapa atrás, encontrarse con un entorno en el que para hacerse un sitio había que contar con medios que no tenían con los que luchar contra la desigualdad y la injusticia. Ocurría que después, cuando ya como adultos habían aprendido a lidiar con el mundo, la sinrazón se apoderó de él. La barbarie no solo les golpeó con violencia y crueldad, sino que les inoculó el germen de la desesperación, prolegómeno de la autodestrucción. Sin ni siquiera haber estado destinados en el frente y con la contienda habiendo llegado a su fin, se desencadenó entonces la batalla más dura y larga de la guerra, esa que tuvo como fin preservar la conciencia, la dignidad y la razón, lo que nos hace seres humanos, sentirnos personas.

Y en todo ese maremágnum, un ser aparentemente débil, pero que con la fuerza que revelan los ojos, el tono de voz y las manos de Lolita demuestra la serenidad de saberse fuerte por haber superado las pruebas, golpes y avatares que el trazado del destino le tenía preparado a las mujeres de su tiempo. Una joven prometida a la que su novio la obliga a arrodillarse por dentro, que como mujer debe someterse al visto bueno de su suegra, madre que trabaja durante horas de rodillas para dar de comer a sus hijos, convertida en viuda por una guerra que no le da siquiera un cuerpo que enterrar, al borde del colapso por el hambre generada por el racionamiento alimenticio de la posguerra,… Y sin embargo, alguien que a pesar de su pobreza económica, su mínima educación formal y su limitada experiencia en la vida, con su aprender mirando, su sentido de la prudencia y su saber dar pasos certeros, no solo mantiene la cabeza bien alta, sino que sale adelante triunfante y vencedora sin necesidad de haber causado daños ni dejar víctima alguna en su camino.

La Colometa y Lolita comparten el impulso que las mueve, el instinto, animal, femenino, visceral, resultado de la experiencia y las crisis vividas, pero que en ambos casos hace de ellas dos grandes mujeres. Una como personaje literario y teatral, y otra como la actriz que la ha convertido en alguien real y a recordar sobre el escenario.

“La plaza del diamante”, en el Teatro Bellas Artes (Madrid).