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30 años de “La historia interminable”

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Este 6 de diciembre se cumplieron tres décadas del estreno en España de esta película de Wolfgang Petersen basada en la novela de Michael Ende. La historia y su mensaje siguen igual de vigentes, tiene la misma fuerza. El mundo de Fantasía acechado por La Nada, y que solo puede salvarse si desde la Realidad se sueña. ¿Puede haber algo más atemporal y real a la par? ¿Algo que es tan propio de niños como y tan ausentemente presente en los adultos? Provocaba una sonrisa ver en el pase al que acudí ayer en el Artistic Metropol (Madrid) a padres con hijos en edades similares a las que ellos debían tener cuando  la vieron en el cine. Sonrisa aumentada al acabar la sesión y escuchar a los pequeños comentar con ilusión y asombro cómo los personajes de Baltasar y Atreyu están interrelacionados, la rapidez del caracol de carreras o el malvado lobo Gmork.

Desde 1984 los recursos técnicos de la industria cinematográfica han cambiado mucho, los efectos especiales que entonces nos asombraron hoy se miran desde la butaca con cariño y un punto de admiración al recordar cómo aquellos momentos artesanales -a base de maquetas e inserciones croma en momentos en que Photoshop y la edición digital eran alcances aún por inventar-, junto con una buena resolución en los temas de fotografía, vestuario y escenografía, podían hacernos sentir tanto como los hiperdesarrollos informáticos de hoy en día. Colin Arthur, el responsable de los efectos especiales de la película, contaba ayer en el previo a la proyección cómo el gigante comepiedras está inspirado en él mismo y el blanco dragón Fújur en su entonces mascota. “… Realmente entonces no hablábamos de efectos especiales, sino de efectos ópticos…”, señalaba este hombre de cine con una carrera tan amplia que abarca colaboraciones con figuras como Stanley Kubrick (“2001, una odisea del espacio”) o Pedro Almodovar (“Hable con ella”).

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Atención especial merece también  la banda sonora de Giorgio Moroder a golpe de sintetizador, como con los que revolucionó la música disco y lanzó al estrellato a Donna Summers, y su tema principal, “The never ending story”, una de esas canciones de la que podemos decir que no fue solo uno de los temas del año, sino de toda una época. De aquellos años son películas de factura similar sobre mundos fantásticos como “Dune” (David Lynch), personajes de leyenda como “Lady halcón” (Richard Donner) o historias entre la fantasía y la realidad como “La princesa prometida” (Rob Reiner). Títulos que también nos hicieron soñar e imaginar tanto que, a la par que se hicieron su sitio en la historia del cine, se convirtieron en parte del imaginario de los que entonces éramos niños.

Michael Ende no quedó nada satisfecho de la adaptación de su novela (publicada cinco años antes), hasta el punto de pedir que se retirara su nombre de los créditos del film, al contrario que los más de dos millones y medio de personas que la vieron en España. Como con tantos otros textos siempre existirá la diatriba de cuál está mejor, si el libro o la película, a lo que yo respondo, ¿y qué más da? Es interesante el debate sobre la fidelidad o no de la segunda hacia el primero, pero en cualquier caso son creaciones diferentes (he ahí “Las crónicas de Narnia”, “Harry Potter”, “El señor de los anillos”,…). Y como tal merece la pena disfrutar de ambas, pasando las páginas de, y con Wolfgang Petersen observando desde la butaca lo que en la oscuridad de una sala sucederá mágicamente sobre la pantalla, hoy como hace 30 años, que podemos volar a lomos de un dragón con cara de golden retriever achuchable al que desearíamos llevarnos a casa.

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JET LAG

Apenas he dormido tres horas, con lo que no puedo fiarme mucho de que lo que vaya a redactar esté bien estructurado y expresado (partiendo de que para ello tuviera habilidades, que con tan poco descanso uno no está para auto valoraciones). Pero bueno, dicho esto-valga como prólogo, previo, o excusatio non petita-, allá vamos…

cama-gato

Karaganda, 18 de noviembre de 2013

Una, dos, tres,…, en la cama, pero no cuento ovejitas sino las vueltas que estoy dando. Nada, que no hay manera de volver a dormirse. Me he despertado, desvelado y ya no me duermo, y mira que lo necesito, cansado, agotado físicamente después del viaje ayer y dormir tan sólo cuatro horas al llegar, pero… debe ser eso, debe ser jet lag. Las cinco horas de adelanto que sobre mi reloj biológico impone estar en Asia Central.

Y pienso en las dos palabras, jet lag jet lag jet lag, y a lo que me suena es a título de canción disco de los años 70 que además no recuerdo, la que me viene a la cabeza es “Upside Down” de Donna Summer. Eso sí, pensar en música me hace evadirme, me relaja, me tranquiliza. Quizás sea el primer paso para volver a dormir, dejar atrás la tensión física y entrar nuevamente en un relax mental  que me vaya llevando a… a ninguna parte porque el sueño no llega. Eso sí, aunque no pasa nada, la sensación es agradable,  se me ocurre pensar si estoy iniciando un estadio de trascendencia metal, ¿será algo parecido a la meditación que practican los budistas? Seguro que este interrogante que me planteo no tiene sentido alguno, me parecerá absurdo cuando esté en plenas facultades. Además, se acaba pronto el momento evasión del momento presente, la realidad vuelve de golpe. La compañía aérea me perdió mi maleta, ¿dónde estará mi maleta? ¡Ay!

Otra vez como al inicio, la cabeza embotada, las articulaciones como cuando tienes una gripe, ¡señor, qué cuadro! Y el reloj dice que son las 03:00 aquí, en España las 22:00 del día anterior. La gente que viaja con frecuencia de un lado a otro del mundo sin parar, ¡menudo descontrol interno que tendrán! Ellos y los que les rodean, porque se te tiene que poner un carácter, y así de continuo… Y además, ¡qué calor que hace! En la calle bajo cero y aquí dentro en modo verano, tumbado sin más encima de la cama.

Divago conmigo mismo, “y si fuera…”. ¿En estos momentos plantearse cuestiones así? Esto es como soñar despierto, no se puede controlar, mi cerebro actúa solo (ese momento en que en un documental te muestran lo activo que está tu cerebro cuando sueñas, ¡y tú no lo sabías!). ¡Y qué más da! Pues eso, y si fuera un animal, ¿cuál sería yo? Un perro, siempre he pensado que sería un perro, aunque quizás a la hora de dormir sea como un gato, un gatito como los que se ven en los dibujos animados con los puñitos apretados.

Pero por más que cierre los ojos,… encima en este país no deben existir las persianas y las cortinas son como de papel, y junto a la ventana de la habitación una farola de las que ilumina a lo grande. Si corro las cortinas y enciendo la luz, con el ventanal que tengo que tengo por pared, desde fuera la habitación va a parecer ¡un escenario! Y no hay remedio, en el neceser de mano no tengo ni el antifaz ni los tapones. Sí, todo un cuadro, pero ayuda a conciliar el sueño cuando estás “en cama extraña”.

A lo mejor lo que tengo no es jet lag, y es insomnio sin más y no hay que darle más vueltas. Porque como siga dándole vueltas voy a entrar en un bucle en un bucle en un bucle en un bucle… Y si fuera insomnio , ¿a qué sonaría el insomnio? ¿Quizás a Bjork cuando se pone en modo íntimo en “Bailar en la oscuridad”?

¿Qué es ese ruido? Pi pi…. Pi pi… como dos vece “pi” y silencio y otras dos veces “pi” y silencio. ¡Ay! El móvil que se está quedando sobre la mesa sin batería y me grita para que lo ponga a cargar. Pues no soy capaz de moverme, lo dejo sonar, pi pi…. pi… pi…. Hasta me acostumbro a ello, es como los sonidos electrónicos de las canciones que Giorgio Moroder produjo a Donna Summer. Volvemos a la música disco de los 70, a esa psicodelia visual de colores y formas que van y vienen que puedes ver en tu pc cuando reproduces la música con el Windows Media Player.

Y el despertador que está puesto a las 07:30 que mañana, o sea ya hoy, hay cosas que hacer. Y yo que no tomo café…, pues nada, a esperar a que llegue el sueño cuando quiera venir… ¡Qué cosa esta del jet lag!

(Imagen tomada de decoesfera.com)