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Fotógrafos que convierten en leyenda al fotografiado: Terry O’Neill

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Faye Dunaway el día siguiente de ganar el Oscar, Beverly Hills, 1977.

Hay personajes que no serían los que son si no fuera por aquellos que les han ayudado a construir su imagen. Entre el marketing y el arte es donde se coloca la fotografía al servicio de personajes como Ava Gardner, Audrey Hepburn, Brigitte Bardot o la modelo Twiggy. Y detrás de la cámara una mente que combina talento y técnica en el manejo de la luz, la de Terry O’Neill. Bajo el título de “El rostro de las leyendas”, el Espacio Telefónica nos da la oportunidad de deleitarnos hasta el próximo 12 de enero con 66 imágenes suyas tomadas a lo largo de las últimas cinco décadas.

El quería viajar ser músico, y aunque no lo consiguió, sí que viajó y acabó relacionándose largo y tendido con el mundo de la música. El fue el primero que mostró en 1963 a The Beatles como un grupo de cuatro británicos desenfadados y frescos –primera foto además del cuarteto en un medio de comunicación-  y a los Rolling Stones como los gamberros descarados que desde entonces siguen siendo. Además de estos, su objetivo ha retratado a otros como Elton John actuando en vivo, Rod Stewart vistiendo estampado de leopardo, Bruce Springteen paseando por Sunset Trip, Bono, David Bowie (fabulosa imagen con Liz Taylor poniéndole un pitillo en los labios), Eric Clapton, Tina Turner o Amy Winehouse. Posados que transmiten una abrumadora naturalidad que podría hacer pensar a estos personajes que es su fotogenia –y no la labor de Terry O’Neill- la que ha ayudado a que la fotografía consiga dejar al público con la boca abierta al contemplar las imágenes fijas que ellos han protagonizado.

Le hizo famoso la sencillez de la imagen que tomó al Secretario de AA.EE. británico durmiendo de traje en un aeropuerto rodeado de personas africanas vestidas de manera tribal. El éxito le llevó a dejar el servicio fotográfico de British Airways en el que había comenzado a trabajar y a partir de ahí su carrera fue un no parar: “Tuve mucha suerte. Estaba en el lugar y los tiempos correctos: la década de los 60 en Londres. Fue una edad de oro. Cada día ocurría algo emocionante.” 

Su estilo es el de una absoluta espontaneidad que le hace parecer invisible al ver las imágenes que en rodajes cinematográficos tomó de mitos como Raquel Welch, Ursula Andress, Clint Eastwood, Orson Welles, Robert Redford o Richard Burton. Son retratos humanos, sensibles, cercanos y al tiempo gestos de admiración hacia sus protagonistas. He ahí la fotografía que tomó a su mujer Faye Dunaway en la piscina el día después de que esta ganara el Oscar a la mejor actriz en 1977, o las que tomó en su cotidianeidad a su buen amigo Frank Sinatra. 

Deseaba viajar a EE.UU. cuando aún era un joven británico, y ha acabado recorriendo medio mundo siguiendo a sus lugares de trabajo para retratarlos o recibiendo para posados a iconos de la moda -o quizás sus retratos fueron los que les convirtió en iconos- como Christy Turlington o Iman (color), de la política como Winston Churchill o Nelson Mandela el día de su 90 cumpleaños, o del deporte como Pelé en su fotografía oficial para la promoción del Mundial de Futbol del próximo 2014, uno de los últimos trabajos de un maestro de la imagen que sigue en activo a sus 75 años. 

De Nueva York a Munich, de Londres a Las Vegas, de París a Almería, allí donde hiciera falta crear leyenda o seguir a una ya existente ha acudido Terry O’Neill desde 1963 creando la suya propia. Una gran carrera que podemos disfrutar y con la que incluso soñar imaginando cómo nos hubiera retratado él a cada uno de nosotros en esta exposición que merece la pena visitar.

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Frank Sinatra, Miami, 1968.

Sitio web de “Terry O’Neill: el rostro de las leyendas” en la web de la Fundación Telefónica.

(Fotografías tomadas de la web de la Fundación Telefónica)

Data.Path, una experiencia electrónica en Fundación Telefónica

Madrid-20131102-01446 El arte electrónico tiene pros y contras respecto a otras disciplinas para llegar a ser considerado –si no lo es ya- como una de las bellas artes, esas que se abrevian como BB.AA. El contra es su poca trayectoria histórica, algo que sólo el paso del tiempo podrá solucionar, y el desconocimiento que del mismo tenemos por no disponer aún de una suficiente dimensión museística –presencia en colecciones ya existentes o entidades exclusivas- a la que acudir para conocerlo. El pro es su capacidad de invocar a varios sentidos (vista, oído, ilusión de tacto incluso) del espectador y el dinamismo inherente a sus montajes que lo convierte en una experiencia con alto potencial estimulante. La Fundación Telefónica ha puesto a disposición del japonés Rioyi Ikeda (1966) el tercer piso de su sede en la calle Fuencarral de Madrid. Para este espacio el artista ha concebido y creado Data.Path, un montaje-experiencia que bien podría considerarse una muestra del arte electrónico como BB.AA. ¿Por qué? Porque atrae al espectador y le hace sentir, ¿no es eso el arte? En segundo lugar, porque dialoga con él, le cuenta una historia. Y después genera recuerdo, lo que deja claro que no es sólo una experiencia lúdica con la que disfrutar los varios minutos que se prolonga data.path. El montaje Luz y sonido en movimiento creados y controlados electrónicamente en un túnel de 20 metros con un espacio de recepción, estos son los elementos con los que se construye data.path. Con un área previa de transición, penumbra aséptica para liberarnos de la luz exterior que llevamos en la retina. Una vez limpio de contaminación lumínica comienza de lleno la verdadera vivencia, un proceso similar a la experiencia cinematográfica. La proyección y el sonido llegan hasta los pies del visitante, hasta el suelo que tiene frente a él, invitándole a entrar en el túnel, a pasar de una dimensión abierta a una cerrada, a una proyección perpendicular a su figura, a una paralela a su paseo. Pasamos de ser espectadores a ser protagonistas, a revivir momentos que conocemos por haber visto, leído o escuchado, de la curiosidad que nos llama a acudir a donde se desarrolla la acción al paseo evangélico de Jesús sobre las aguas al avanzar sobre la proyección. Dentro del túnel, llega el momento de la inmersión, de liberarnos y pasar de observar a sentir el efecto de la luz y el sonido en movimiento sobre nuestro cuerpo. Haces de luces en forma de números, textos, formas, líneas,… Nosotros mismos nos convertimos en soporte de data.path. Las sensaciones que vivirá nuestro cuerpo a través de los sentidos de la vista y del oído perdurarán más allá del instante en que termine la proyección y/o hayamos recorrido los 20 metros ya mencionados. En la experiencia que hemos vivido el sonido es la transformación en ondas acústicas de la luz, y la luz es la transformación en imagen de las ondas acústicas, hay una perfecta sincronía entre ambos códigos expresivos para amplificar su simbiosis expresiva. La historia  ¿Data.path nos cuenta algo? Yo creo que sí. Este es el momento más subjetivo y personal de la experiencia y que entiendo es el fin último de Ryoji Ikeda. En los textos de presentación no se dice nada al respecto, mensaje que capto: estos son elementos a tu disposición, no quiero que me leas sino que me interpretes en base a ti mismo, que construyas tu propia historia. O quizás no sea así y resulte ser una adivinanza en la que él disfruta por no darnos la respuesta a su jeroglífico electrónico, a su sudoku audiovisual. Quizás sea la necesidad humana de querer darle sentido y significado a todo, de darle unas coordenadas. Quizás sea la que tiene esta como fin último, la de conocer lo que está sucediendo para tener la ilusión de su control y entonces la de la seguridad personal. En el inicio una línea inicial recorre desde el fondo todo el espacio hasta el punto inicial en que está el espectador, es el pulso de la vida que comienza. Un punto en la astronomía infinita que acabará siendo uno entre miles más señalados con sus coordenadas. La vida se llena de piezas y el espacio se hace complejo, el ojo ya no puedo abarcarlo en perspectiva lineal, se ha hecho tridimensional como las representaciones moleculares. Una vez creado el espacio, hay que moldear a sus habitantes, la vida humana. Túnel y suelo de entrada dejan atrás los puntos y las líneas para llenarse de vida, se articulan en filas en las que surgen mencionados y numerados los cromosomas del 1 al 27, con la excepción de los 22 y 23 que aparecen como X e Y. ¿Qué clase de seres habitan este espacio? No serán humanos, la ciencia de la biología dice que el ser humano sólo tiene 23 pares de cromosomas. Construido el espacio y sus habitantes, llega la acción. Entendida como en el mundo actual, datos informáticos, códigos binarios, que se hacen metadatos que lo recogen, registran y categorizan todo. El crecimiento de los metadatos hechos luz y sonidos se hace exponencial hasta que llega el momento en que ya no hay definición. Se han hecho crípticos, no conseguimos descifrarlos, es el sobredimensionamiento que colapsa. Diálogo y reflexión Y entonces… ¿qué sucederá? ¿Cómo sigue la historia? Ese es el diálogo que propone el artista, nos ha contado una historia, en nuestras manos y nuestra experiencia personal queda prolongarla a través del recuerdo y la reflexión si nos da pie a ello. Con respecto al montaje, me queda la duda de saber qué sucederá con él tras su fin expositivo el próximo 5 de enero. ¿Se apagará como los aparatos electrónicos que cada día lo ponen en marcha? ¿Llegará a ser pieza referente del arte electrónico en alguna institución museística? Madrid-20131102-01450 Madrid-20131102-01452 Site de data.path en la web de Fundación Telefónica