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“Palabras encadenadas”

La oscuridad de un lugar cerrado. La desnudez de la sala off del Lara. La brutalidad sobre una mujer secuestrada. La influencia sobre un hombre deseoso de ser escuchado. Diálogos que surgen desde el bajo vientre, el corazón y la cabeza. Una acción enérgica y nerviosa, que avanza de manera serpenteante. Francisco Boira y Cristina Alcázar encajando de igual manera que lo hacen el amor y el odio, el deseo y el desprecio, la reconciliación y la venganza.

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Hay representaciones a las que contar con una escasa escenografía les viene como anillo al dedo. Lo que podría suponer más presión para sus actores, ya que todo recae sobre ellos (diálogos, movimiento y lenguaje corporal), se convierte en lo contrario, en una oportunidad para demostrar su capacidad de hacer suyo el escenario nada más aparecer en escena. Así sucede en “Palabras encadenadas”. Desde el instante cero y hasta el momento en que se apagan las luces, Boira y Alcázar practican un duelo interpretativo tan impetuoso y encendido como complementario y recíprocamente enriquecedor. Un in crescendo sin tregua. Cuando la acción parece relajarse, resulta estar cogiendo aire para dar un salto hacia adelante con más fuerza, con una combinación de furia e inteligencia que te agarra, te arrastra y te tiene continuamente confundido al no darte pista alguna de hacia dónde te va a llevar.

Jordi Galcerán les ha conducido por este camino con un texto que comienza desorientando, haciendo descender al infierno a dos seres humanos que se comportan casi como animales. Mientras tanto, en ese plano paralelo que es la realidad, vemos a dos actores que llenan la escena de manera brutal con sus cuerpos exudando ansiedad. Él como secuestrador ejerciendo sometimiento, ella como mujer violentada y aterrorizada.

Tras situarnos, evolucionamos hacia una fase dialogada que se asemeja a una montaña rusa. Un viaje acelerado y sin frenos, por un camino de escasa visibilidad y con unos cambios de rasante que cada personaje aprovecha para introducirse en las fisuras del otro con una sagacidad que tensiona el ambiente, elevando al máximo nuestra capacidad de tolerancia y resistencia, con situaciones que pasan de ser hipótesis que no queremos imaginar a una realidad asfixiante, que aun siendo invisible, el espectador llega a sentir. Es la etapa de las paradojas, de por momentos llegar a empatizar con el que parecía despreciable y  de desconfiar de la que había sido presentada como víctima. Un pasaje intenso y potente en el que nada es lo que parece para, quizás sí, quizás no, acabar siendo lo que semejaba ser.

Desde aquí y hasta el final, Francisco Boira y Cristina Alcázar entran en toda la filigrana de la que son capaces haciendo, con la sutileza de sus miradas, la expresividad de sus cuerpos y la versatilidad de sus voces, que uno más uno sean tres: él, ella y los dos. Sea por la química que hay entre ellos, sea por el trabajo de Juan Pedro Campoy como director, de lo que no queda duda alguna es que su buena interpretación conjunta es la que encadena las palabras del título, la narración en la que se enmarcan y las atmósferas que las acompañan.

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“Palabras encadenadas”, en el Teatro Lara (Madrid).

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Teatro: 10 funciones de 2015

Cantaba La Lupe que en algunos casos el teatro es falsedad bien ensayada. No en todos. En estos que recuerdo de los vistos a lo largo de este año fueron experiencias de un extremado verismo, pequeños mundos que duraron quizás más tiempo que su representación y que hicieron sentir y emocionarse a los que fueron testigos de su acontecer. 

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“La ola” (Centro Dramático Nacional). Texto, dirección y actores perfectamente engranados entre sí en un montaje que demuestra que uniendo buenas piezas, el todo conseguido es aún más que la suma de ellas.

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“Héroes” (La Pensión de las Pulgas). Una obra bien estructurada y  dialogada convertida en una gran representación gracias al versátil y entregado trabajo de sus tres actores.

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“Ivan Off” (La Casa de la Portera). Del drama a la tragedia, intensidad con momentos de hilaridad en un reparto coral con buenos secundarios y un soberbio Raúl Tejón como protagonista.

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“Invernadero” (Teatro de la Abadía). Tras aparentes diálogos recurrentes y situaciones absurdas se esconde la autoridad mal ejercida, el anhelo de poder y la tragedia y el drama de las injusticias a que juntos dan lugar.

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“Confesiones a Alá” (Teatro Lara). Una fantástica María Hervás se deja la piel sobre el escenario contándonos diferentes etapas en la vida de una joven musulmana en una sociedad injusta y discriminatoria.

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“El testamento de María” (Centro Dramático Nacional). Blanca Portillo desborda con su energía en un papel que le hace ser mujer y madre, compañera seguidora e incrédula a partes iguales, una veces narradora de una historia que vivió y otras fiscal de lo que creemos hoy que sucedió.

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“Yernos que aman” (La Pensión de las Pulgas). Un puzle familiar de diez personajes en el que cada uno de ellos cumple con creces su misión en un complejo engranaje en el que todo encaja: el conjunto de historias y sus tiempos, los diálogos, las entradas y salidas de escena, los cambios de ritmo,… Dos horas brillantes que dejan en el cuerpo sensaciones como las que provocan Tennessee Williams o Eugene O’Neill.

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“Tres” (Teatro Lara). Por separado podríamos considerar las interpretaciones del trío protagonista femenino como histriónicas, insulsa en el caso del hombre que las acompaña, y el libreto como una sucesión de gags de programa televisivo de variedades. Sin embargo, el buen trabajo actoral da la vuelta a la tortilla y lo que vemos sobre escena es a tres actrices solventes, un actor resultón y un texto que entretiene y que genera sonrisas de principio a fin.

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“MBIG” (La Pensión de las Pulgas). Una valiente y creativa puesta al día del “Macbeth” de Shakespeare sin alterar su retrato de las consecuencias de la ambición humana sin límite. Una dinámica puesta en escena valiéndose de la escenografía vintage de la Pensión de las Pulgas. Un gran trabajo de texto y dirección de José Martret con un espléndido Francisco Boira como protagonista y un brillante elenco de secundarios.

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“El público” (Teatro de la Abadía). Un texto tan atemporal e hipnótico como deslumbrante la puesta en escena dirigida por Alex Rigoda. Un espectáculo profundamente poético en lo verbal y plástico, con ecos de surrealismo pictórico, en lo visual. Provocación inteligente en una autopsia humana, intelectual y social que pone patas arriba prejuicios sin lógica ni coherencia, planos de lectura establecidos y órdenes impuestos.

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Soberbio “MBIG”

Una valiente y creativa puesta al día del “Macbeth” de Shakespeare sin alterar su retrato de las consecuencias de la ambición humana sin límite. Una dinámica puesta en escena valiéndose de la escenografía vintage de la Pensión de las Pulgas. Un gran trabajo de texto y dirección de José Martret con un espléndido Francisco Boira como protagonista y un brillante elenco de secundarios.

MBIG

Lo vacuo del lenguaje corporativo empresarial es el gancho de entrada para traernos al día de hoy lo que el dramaturgo inglés escribió hace casi cuatro siglos. La ambición y la traición son conceptos que siempre han formado parte de la naturaleza humana, e igual que hubo un tiempo en que palacios monárquicos y sedes episcopales eran escenarios de insidias y luchas soterradas por el liderazgo, hoy –como desde que el capitalismo se estableció como el mecanismo que articula nuestra economía- las empresas son ese lugar cotidiano en el que muchos tienen la oportunidad de ser testigos, protagonistas o víctimas de la erótica del poder.

También en ellas se viven historias como la de Macbeth, quien acabó con su monarca porque deseaba para sí el puesto de rey, y que, aspirando a ser sucedido como líder por aquellos que llevaran su sangre, acabó hundido ante la predicción de que no era su apellido el que iba a quedar para la posteridad. Ese es el primer gran acierto de José Martret en su adaptación, con este ingenioso recurso deja claro que nos va a contar una historia que además de clásica es también contemporánea, quizás incluso atemporal.

Una vez enganchados con este planteamiento narrativo, su siguiente alarde de creatividad está en el tratamiento de los personajes. Resulta evidente con la intervención inicial de las dos brujas, Urd y Skuld, ejerciendo de oráculo, acompañadas en deslumbrante sintonía por unos efectos de luz y sonido llenos de significado. Con este brillante clic con el que comienza, “MBIG” nos tiene agarrados en el plano de las sensaciones y con la promesa de que lo que hemos visto no han sido solo unos cuantos recursos ingeniosos, sino una muestra de lo mucho, más y mejor, que está por venir.

Y como en el McBeth International Group no hay descanso, llega Francisco Boira y, derrochando fuerza y energía por doquier, se hace el dueño y señor de la escena. Él es Macbeth, este es su sitio y está dispuesto a lo que sea necesario para marcar su territorio y dejarnos claro que estamos en sus dominios. Su rotundo mando escénico se manifiesta con un recital de presencia física y lenguaje corporal, de registros de voz y de expresividad que llenan la atmósfera de los espacios de la Pensión de las Pulgas trasladándonos a los lugares de Escocia en los que se desarrolla esta tragedia.

Pero hay reparto más allá de Boira, “MBIG”  tiene una acción coral y cada personaje un rol fundamental que los actores que los encarnan interpretan de manera sobresaliente. El egoísmo de Lady Macbeth en las manos y el rostro de Olga Rodríguez, el fantasmal Banquo convertido en presencia inquietante por Andrés Gertrudix, el dolor del Macduff de Raúl Tejón, el enlace con el mundo empresarial a través de los pequeños monólogos de Raquel Pérez,…  Tras ellos, una gran dirección de actores que hace que cada uno de ellos brille por sí mismo y que juntos formen un conjunto que es más que la suma de su partes. Unidos hacen que lo que se plantea sobre el papel como una historia de falta de escrúpulos y valores, se vaya convirtiendo en un completo catálogo del comportamiento humano en situaciones de nubes negras cargadas de lluvia, cielos oscuros y noches de vientos fríos.

En resumen, más de dos horas y media de función en las que el espectador vive una experiencia total, la de estar en un mundo que hace suyo mientras dura la representación, que es real porque se siente y se vive, no solo en la mente, sino también en el corazón y la piel.

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“MBIG”, en La Pensión de las Pulgas (Madrid).