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Neorrealismo literario: “Chavales del arroyo” de Pier Paolo Pasolini

Un viaje a la Roma de finales de los años 40 del siglo XX. Esa con nada en común con las postales de las ruinas del Imperio, de los paisajes y de la exaltación católica del siglo XVI, sino que se ve en blanco y negro cinematográfico, sucia, caótica y anárquica. Habitada por decenas de personajes que se mueven por ella con la misma agilidad con que Pasolini narra sus movimientos y andanzas y nos hace llegar la naturalidad y espontaneidad de sus diálogos frescos y canallas.

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Hay zonas de toda ciudad que no aparecen en las guías turísticas y cuyas calles apenas están trazadas en los callejeros municipales. Barrios cuyo nombre acaba convertido fuera de sus fronteras en estigma, en sinónimo de inseguridad y delincuencia, de emplazamientos con puerta de entrada, pero sin salida. Etiquetas de las que Pasolini prescinde para iniciar un viaje sin prejuicios en el que mostrarnos cómo es la vida en estos lugares donde el objetivo de sus habitantes es sobrevivir a la falta de medios, a la ausencia de expectativas y al desconocimiento de las posibilidades fuera de allí.

De manera dinámica, su pluma recoge sobre el papel las rutas de estos “Chavales del arroyo” que se mueven de unos puntos a otros sin aparente rumbo fijo, describiendo de manera profusa las coordenadas geográficas sobre las que se desplazan, dando nombre a las vías, plazas y puentes en un tiempo en que para conocerlos con la precisión que transmite, había que recorrerlos metro a metro, de principio a fin hasta dejarlos grabados en la memoria. Una prosa aparentemente sin alma, pero con una absoluta naturalidad cargada de verismo con la que consigue la tridimensionalidad de estos emplazamientos en la imaginación de su lector. Así es como impregna en él las claves necesarias para generar las sensaciones que le trasladen hasta esos rincones en los que las bombillas dan más sombras que luz, la basura forma parte del paisaje del entorno y el suelo que se pisa resulta ser barro cuando no es tierra seca.

A pesar de contarnos episodios de alcoholismo, machismo, prostitución, robos, abusos físicos, insultos, humillaciones y demás catálogo de faltas leves y graves, la narrativa de Pasolini no entra en juicios ni calificaciones. En su relación con los personajes, las familias y los grupos que por azar del destino se forman, nos muestra lo que acontece en valor absoluto. Los hechos son los que son, resultan inevitables. Responden a la lógica del lugar y el momento en el que se está, la de una Roma que a finales de los años 40 y principios de los 50, sobre las ruinas de un antiguo imperio, dejaba atrás el horror fascista y la destrucción material y anímica de la II Guerra Mundial. Una ciudad eterna que intentaba ponerse en pie en un presente con yugo vaticano y sin visión de futuro para los más jóvenes.

Tras más de una década como poeta, Pasolini se estrenaba en 1955, a sus 33 años, como novelista con estos “Chicos del barrio” construidos a la manera de una película neorrealista: personajes anónimos de la calle, sin alardes técnicos, cero adornos estéticos, sensación de espontaneidad,… Su literatura no era solo un medio para el entretenimiento de su lector, sino de exposición de una crítica con la que hacer reflexionar y provocar a la acción. Una línea discursiva que el artista italiano comenzaría a practicar también, años después, a través del cine y del teatro que tanta gloria y renombre le dieron.

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“Yernos que aman”, teatro a la manera de los grandes

Un puzle familiar de diez personajes en el que cada uno de ellos cumple con creces su misión en un complejo engranaje en el que todo encaja: el conjunto de historias y sus tiempos, los diálogos, las entradas y salidas de escena, los cambios de ritmo,… Dos horas brillantes que dejan en el cuerpo sensaciones como las que provocan Tennessee Williams o Eugene O’Neill.

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En esta obra no hay actores, a los intérpretes no se les ve en ningún momento. Es tal su mimetización con los caracteres que encarnan que como espectador se te olvida que estás asistiendo a una representación. Desde el inicio quedas completamente atrapado por esta atmósfera de sentimientos a flor de piel, llena de cosas que no se dicen, clamando por ser expresadas, deseando que llegue el momento en que se libere la tensión y que pase lo que pase y conlleve lo que conlleve, la tranquilidad vuelva –o se establezca por primera vez- entre los miembros de esta familia.

Algo que no es nuevo, que viene de muchos años atrás, pero que inicia un camino de no retorno cuando uno de los cuatro hijos de la familia muere. El que fuera su novio sigue anclado al pasado, al tiempo en que él creía ser feliz con quien realmente era con él cruel e infiel. Además de al fallecido, conoceremos a sus tres hermanas y a los hombres presentes en su vida. Por último, la madre que a la par que tolera, gobierna, que mientras es servil con sus hijos, marca con su actitud el ritmo de la cotidianeidad y de los acontecimientos extraordinarios que ocurren bajo su techo. Un clan de personalidades y actitudes variadas y diversas unido por los lazos de la sangre y del afecto. Un mundo cerrado en el que no hay espacio para nada ni nadie más. “Yernos que aman” es un universo perfecto de principio a fin, desde la primera hasta la última línea del texto escrito por Abel Zamora.

El también actor y director de esta obra realiza un trabajo en estado de gracia, lo que consigue en las dos horas de función es auténtica magia. Todo cuadra y fluye a medida que la historia inicial se abre en varias paralelas que van y vienen, unas veces rápido, otras haciendo que cada segundo se respire profundamente, referenciándose entre sí, estableciendo puntos de conexión con total espontaneidad. Y sin olvidar sus momentos de humor, unos jocosos, otros ácidos y algunos hasta negros, pero siempre con chispa, perfectamente encajados en la cotidianeidad a la que asistimos. Un edificio argumental al que da vida un deslumbrante y versátil reparto que enriquece el fantástico libreto que ha llegado a sus manos llenándolo de registros, y estos de matices, tanto a través de sus voces y miradas como del lenguaje corporal con que se mueven en escena.

Texto, dirección e interpretaciones se coordinan con una indiscutible sincronía avanzando in crescendo descubriéndonos personalidades, vínculos, dependencias, amores y odios, mentiras y verdades, intimidades, sueños,… un recital que trae a la memoria obras maestras de la historia del teatro que han diseccionado familias como “El largo viaje del día hacia la noche” de Eugene O’Neill, “El zoo de cristal” de Tennessee Williams o “Agosto” de Tracy Letts.

“Yernos que aman” es un espectáculo que produce una honda impresión, de esos que cuentan con todas las papeletas para ser recordado con absoluto detalle a pesar del paso del tiempo. Un excelente trabajo de cada uno de sus actores, así como de Abel Zamora, su también autor y director, merecedor de un gran aplauso.

“Yernos que aman” en la Pensión de las pulgas (Madrid).

El encanto de los “Amores minúsculos”

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Te sientas en tu silla –esto es la sala off del Lara, por lo que no son butacas- y a apenas unos metros –o unos centímetros si estás en primera fila- verás la vida pasar frente a tus ojos hasta tal punto que no solo la ves y la escuchas, sino que casi la tocas, como cuando estás en un parque fijándote en los que van y vienen o en una fiesta improvisada en tu casa observando a los que entran y salen. Eso es “Amores minúsculos”, esos instantes que no son grandes momentos, pero que tienen el potencial de ser el germen de algo que quizás no, pero que quizás sí, lleguen a ser algo importante en la trayectoria de los que los viven. Eso es lo que nos relata esta obra que fue cómic antes que libreto, y que si te acercas a ella libre de pretensiones puede ser una vivencia inspiradora tras dejar la sala.

Su naturalidad radica en su espontaneidad, la misma con que se inicia la acción como si fuera una continuidad de la cotidianeidad que los espectadores introducen en la sala, haciendo que esta se transforme en apenas un segundo, ese en el que se apagan las luces generales y se enciende un primer foco, en energía teatral. El planteamiento escenográfico hace de los actores no solo personajes, sino también narradores para el público de sus historias, así como atrezzistas y apuntadores de las de sus compañeros. Y en su ir y venir por el escenario, su estar aquí o allí, “Amores minúsculos” va hilvanando sus historias individuales y entrelazadas utilizando como hilo tejedor la chispa de la vida.

Un viaje de emociones –ilusión, ganas, desencanto, sorpresa, aturdimiento, dolor, esperanza, futuro, sonrisa,…-  a cuyo servicio se pone todo el reparto para hacer del trayecto de hora y media una atmósfera única en la que sienten y viven tanto ellos como sus espectadores. Quizás te llegue, quizás no, pero probablemente sea más por lo que lo en ti pueda calar lo que allí se cuenta –por tus experiencias, tus prejuicios o tu capacidad de concebir otras maneras de vivenciar- que porque los actores te puedan resultar más o menos completos en su trabajo de recreación de alguien tan normal y tan auténtico, tan anodino y tan especial como cualquiera de los que van a verles en cada función.

El encanto de un cruce casual de miradas; el de mirar por la ventana en un día de lluvia o recibir la luz del sol en el rostro en un día de invierno; el de pasar las primeras páginas de un libro al comenzar su lectura o el de escuchar a lo lejos la melodía de una canción que por mucho tiempo que pase te sigue enganchando; el de vivir la vida tal y como venga, tomando lo que ella te muestre y ofreciéndole tú todo lo que eres; carpe diem, eso es “Amores minúsculos”,  eso es lo que puede ser este título que ya lleva meses en la cartelera madrileña para el que vaya a verla.

“Amores minúsculos”, viernes y sábados en el Teatro Lara (Madrid).