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“Cómo acabar con la escritura de las mujeres” de Joanna Russ

Queda mucho por hacer para conseguir la igualdad real de las mujeres en nuestra sociedad. Una buena manera de lograrlo es mirar atrás y ver los muchos recursos que el heteropatriarcado ha utilizado para dividirnos entre ciudadanos de primera y de segunda. Esto es lo que propone este sesudo y bien explicado ensayo centrado en el mundo de la literatura y cuyas líneas generales se pueden aplicar a cualquier colectivo que no esté formado por hombres blancos heterosexuales y occidentales.

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Joanna Russ lo explica muy bien y lo deja claro con los muchos ejemplos que utiliza, las mujeres han sido negadas, impedidas, menospreciadas y minusvaloradas de muchas maneras en el campo de la literatura a lo largo de la historia. No ha sido el único ámbito creativo, artístico o de vida donde el hombre se lo ha puesto muy difícil, casi imposible, pero nos vale como muestra de lo mucho que tenemos que cambiar para llegar a disfrutar de todas las potencialidades que tiene la sociedad plural y diversa –racial, cultural, sexual,…- que verdaderamente somos.

A lo largo de sus once capítulos -publicados originalmente en 1983 y ahora por primera vez en castellano-, Russ expone las muchas formas que han tenido esos mecanismos de exclusión y cómo han evolucionado en los últimos dos siglos a medida que los logros de las autoras o los avances de la sociedad obligaban a que también lo hicieran las estrategias de ocultación. Así, la inicial o primera etapa de negar la posibilidad de acceso a la educación que suele ser la vía de desarrollo del hábito lector y del impulso escritor dio pie a otras como a no considerar que la obra valorada por su calidad hubiera sido escrita por una mujer o afirmar que la creación era de calidad “a pesar” de su autoría femenina.

Recursos a los que le siguieron otros más centrados en el contenido, como la de aplicar distinto rasero si lo escrito era por una autora en lugar de por un autor. Si lo escribía él, tenía capacidad de imaginación, elocuencia y habilidad –incluso cuando inventa personajes femeninos-, si lo hacía ella, o hablaba de algo propio de mujeres o era obsceno, indecente y grosero –si escribía personajes masculinos o sus mujeres de ficción no se comportaban con la formalidad exigida-.  Otra táctica ha sido la de calificar las creaciones como de un género diferente al de su realidad, algo que le ha sucedido a muchas mujeres viendo como sus historias eran tildadas de regionalistas o costumbristas, y no como creaciones dramáticas, góticas, románticas o como realmente correspondiera.

Y por si esto no es suficiente, lo que muchas han sufrido es ser consideradas únicamente por una de sus creaciones, como si lo suyo hubiera sido algo puntual resultado de una coincidencia o producto de la suerte. Una manera más de negar su capacidad creativa y artística, haciendo que el resto de su producción quedara oculta en antologías, biografías, estudios y demás tras un único título.

Súmese a esto el aparecer referenciadas como “mujer de” en lugar de hacerlo por sí mismas o considerarlas como entes autónomos, obviando las relaciones que pudieran tener con sus contemporáneos. O darles una presencia mínima en los programas formativos diseñados por el mundo académico. Etcétera, etcétera,  etcétera,… Lo miremos por donde lo miremos, un catálogo de impedimentos de lo más variado por el que han pasado, o están haciéndolo, infinidad de escritoras.

Y aunque Cómo acabar con la escritura de las mujeres se centra en las letras anglosajonas –contando lo vivido por autoras como Emily Dickinson, Mary Shelley, Edith Wharton o Charlotte Bronte- su profundidad, claridad y tono deja claro que cuanto expone ha sido una tendencia universal vivida por creadoras de otras lenguas. Y si no, que se lo digan a algunas de nuestras grandes como Emilia Pardo Bazán, Carmen Laforet o Gloria Fuertes.

Cómo acabar con la escritura de las mujeres, Joana Russ, 1983, Editorial Dos BigotesEditorial Dos Bigotes y Editorial Barrett.

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“Emilia”, genio y figura

Ágil monólogo que nos muestra las muchas facetas -escritora, literata, erudita, intelectual, gallega, esposa, madre,…- de una mujer que se negó a asumir las limitaciones que los hombres de su tiempo imponían a las de su sexo. Un texto de amplio registro –de lo público a lo íntimo, de lo académico a lo familiar- tan bien interpretado por Pilar Gómez como bien escrito por Noelia Adánez y Anna R. Costa.

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La condesa de Pardo Bazán siempre tuvo claro que su vida hubiera sido mucho más fácil si su nombre hubiera acabado en o en lugar de en a, si se hubiera llamado Emilio en lugar de Emilia. Pero eso nunca la frenó. Así se lo cuenta a una platea convertida en una tribuna de espectadores a la que asisten nombres por todos conocidos como Menéndez Pelayo, Leopoldo Alas Clarín, Emilio Castelar o José María Pereda y a los que se dirige directamente para recordar los absurdos y banales argumentos con que la critican –y hasta la desprecian- por el único hecho de ser mujer.

Nuestra protagonista nos cuenta cómo tuvo que reivindicarse, defenderse, explicarse y justificarse continuamente para hacerse valer. Algo que consiguió, pero invirtiendo en el proceso tanta energía como autoestima para no dejarse vencer por argumentos tan absurdos como que la ternura propia de las de su género la inhabilitaba para la atención y la profundidad que exige el pensamiento racional, o insultantes como que no podía ser miembro de la RAE porque su culo no cabía en una de sus sillas (Juan Valera dixit).

Quizás por su práctica literaria del naturalismo literario fue consciente de sus fortalezas y habilidades, que no tuvo pudor alguno en manifestar sin traza alguna de modestia siempre que fuera necesario presentarse o reivindicarse. Un estilo y unas características que Noelia y Anna, autoras de este monólogo, han tomado como guía para su escritura, combinando lo académico con lo espontáneo, la riqueza de lo elaborado para llegar a la síntesis que nos presenta con la frescura de la exposición oral a la que está destinado. El resultado es un texto con mucha calidad, a la altura del personaje que describe y que es también el encargado de enunciarlo, convirtiéndose tanto en su aliado como en su principal competidor a la hora de ganarse la atención y la consideración como elemento principal de la representación por parte del público.

La encargada de resolver estas tablas es Pilar Gómez, quien se funde completamente con la autora de Los pazos de Ulloa para trasladarnos con emoción y convicción la resolución con que la también catedrática y traductora asumió el fin de su matrimonio, la alegría con que vivió su maternidad, la serenidad con que se correspondió amorosamente con Benito Pérez-Galdós, la convicción con que reivindicó el derecho a la educación de las mujeres o el tesón con que practicó el ejercicio de la literatura, dejando a su muerte en 1921 un legado de decenas de novelas, relatos, ensayos, obras de teatro, libros de viaje y artículos periodísticos.

Un recuerdo que sería aún más rico si cuando doña Carmen Polo entró en el Pazo de Meiras no hubiera mandado destruir toda la documentación que aún quedaba de ella en la que durante mucho tiempo fue una de sus residencias, además de lugar de trabajo. Un motivo más para reivindicar a esta extraordinaria mujer y escritora.

Emilia, en Teatro del Barrio (Madrid).