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“Smoking room”

Las circunstancias más cotidianas son las que mejor demuestran quiénes somos. Pedir dejar de pasar frío a la hora de fumar da pie en esta función a un carrusel de soberbia y ambición que dejan patentes los anhelos y miserias de seis hombres tan vulgares como sorprendentes en un entorno de lo más despiadado y competitivo. Diálogos reveladores e interpretaciones potentes en la adaptación teatral, con ecos de David Mamet, de una historia que vio la luz en 2002 como guión cinematográfico.

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Consideramos el trabajo como el lugar y tiempo en que ganamos el dinero que necesitamos para dar forma a nuestra vida personal, pero olvidamos que son también coordenadas y circunstancias en las que tras la fachada profesional dejamos ver facetas, ángulos y lugares interiores de quienes somos. Áreas de nosotros mismos que quizás desconocemos  o que asumimos como un personaje que ejercemos para evitar mostrar quiénes somos en realidad, pero a través de las cuales enseñamos más de lo que creemos, más de lo que estamos dispuestos a reconocer.

En Smoking room la petición de un espacio para fumar en la oficina no es más que la excusa para acceder al plano invisible de la emocionalidad de esas seis masculinidades corroídas por las distintas formas que puede tomar el orgullo cuando adopta el camino del miedo y la evitación o el de la arrogancia y la insolencia. Individualidades tan concretas y tangibles que contrastan con la abstracción e invisibilidad de las reglas que rigen la jerarquización de las relaciones en la corporación internacional en la que trabajan. Un cóctel hecho experiencia teatral a través de una conseguida compenetración de los dos elementos que dan forma a este arte y que confluyen en este montaje, texto e interpretaciones. Mérito que comparten a partes iguales Roger Igual y su elenco en un trabajo coral perfectamente sincronizado.

Los diálogos y monólogos ponen de relieve el protagonismo que tienen en las vidas de estos hombres sus frustraciones e incapacidades, vacíos que no solo no pretenden resolver sino que apuntalan a través de su egolatría –más apariencia que realidad-, falta de autocrítica e incapacidad para la escucha.  Un universo heteropatriarcal donde las justificaciones surgen y pasan en muchas ocasiones por la entrepierna y así todo lo que podría ser sensato, inteligente, creativo, original o templado adquiere siempre un punto visceral, primario y, precisamente por ello, creíble, cotidiano y cercano. Los personajes de esta ficción podrían ser perfectamente nuestros compañeros, vecinos o, incluso, cualquier otra persona a la que adscribir bajo la categoría de “cuñado”. O lo que es peor, ¡nosotros mismos! De ahí los momentos de risas y carcajadas, pero también los de asombro y estupefacción.

Un fondo de insatisfacción, además de otras vergüenzas deliberadamente ocultadas y camufladas bajo la sobrada autosuficiencia de Miki Esparbé, la meliflua equidistancia de Secun de la Rosa, el agresivo arrojo de Edu Soto, la asertiva equidistancia de Manuel Morón, el pretencioso gesto de Pepe Ocio y la sinuosa nadería de Manolo Solo. Imposturas bajo las que se deslizan enconadas amarguras personales, actitudes agresivas y suciedades como la del machismo o la xenofobia que además de entretenernos, nos dejan una sensación de desconcierto sobre la que reflexionar.

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Smoking Room, en El Pavón. Teatro Kamikaze (Madrid).

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