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“Cabalgando con la muerte” (Jean-Michel Basquiat, 1988)

Pocos meses antes de su muerte a los 27 años de edad, Jean Michel realizaba esta obra que siendo fiel a su estilo, se alejaba de muchas de sus señas de identidad. Una imagen premonitoria de lo que sucedería el 12 de agosto de ese año a causa de una sobredosis de heroína.

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Cuando muchos aún están intentando conseguir un primer reconocimiento, este neoyorquino del Bronx, de padre haitiano y madre puertorriqueña, ya era alguien cotizado que había expuesto tanto en su país como en Europa, colaborado largamente con autores como Andy Warhol, además de alabado por la crítica que al hablar de él hacía referencia a nombres anteriores como Dubuffet o Twombly o clásicos de la categoría de Durero, Leonardo da Vinci, Caravaggio o Van Gogh.

Quizás sea una de sus creaciones más sencillas. Dos figuras apenas trazadas, sin intervención tipográfica ni añadidos a modo de collage, sobre un fondo indefinido de 249 x 289.5 cm. No aparecen tampoco sus conocidas coronas ni sus característicos trazos angulosos. La gama cromática es muy reducida. El negro para los contornos, el hombre que suponemos es él aparece rellenado de manera imperfecta de granate, y el animal sobre el que cabalga de blanco. Podríamos suponer que es un caballo por la primera palabra del título o por la composición que nos evoca a reyes y emperadores de siglos atrás. Podría ser incluso otro ser humano a cuatro patas, de rodillas, dominado por quien está sentado sobre su espalda.

Pero sea quien sea, la calavera de su rostro, la toxicidad de su mirada deja claro que esto no es un juego ni una pose. Lo que Basquiat nos muestra es un camino de ida sin marcha atrás. No queda otra que seguir hasta diluirse, derrumbarse, caer o estamparse fatalmente contra el final. A lo siete años fue atropellado por un coche, desde entonces, la idea de que la muerte podía hacer acto de presencia de manera inminente, en cualquier momento, le rondó siempre en su mente.

Quizás por eso decidió adelantarse a ese momento y ser él quien lo dirigiera. Para que no le pasara como a otros cuyas vidas había visto arrasadas por el SIDA o por el crack y la heroína que tantos estragos habían causado en su Nueva York natal. Esa ciudad cuyos museos visitaba de la mano de su madre cuando era niño y en cuyas paredes descubrió años después que ninguno de sus autores era de piel negra. Como sí lo era la de las personas sobre las que los uniformes de policía solían ejercer su poder, las que desempeñaban los puestos de trabajo peor pagados y la mayoría de los que veía dormir en la calle.

Callejero en el que comenzó a desenvolverse con apenas 18 años, firmando como SAMO (Same Old Shit)y de donde cogió el hábito de convertir cualquier soporte en superficie sobre la que contar lo que bullía en su mente. Ya fuera relativo a la música de todo tipo que escuchaba sin fin, al boxeo, a los referentes culturales traídos por los antepasados esclavos desde África o a cuanto le fuera útil del torbellino de imágenes a que estaba sometido cualquier individuo (televisión, revistas, videojuegos, publicidad, cine,…). Y de una manera completamente novedosa, que vista desde la digitalización de nuestro hoy resulta visionaria por la cohesión con que manejaba la amalgama de recursos de que se servía y la infinitud de significados que era capaz de utilizar, unir y conseguir.

Por eso mismo impacta sobremanera este Cabalgando con la muerte con que termina el recorrido formado por 130 obras suyas con que la Fundación Louis Vuitton repasa su trayectoria. Porque demuestra que con poco era capaz de conseguir tanto como con mucho y, sobre todo, porque no habla de su entorno, su lugar o su comunidad, sino única y exclusivamente de él, de un Jean-Michel Basquiat que de tanto querer comerse la vida, estaba próximo a aniquilarse a sí mismo.

Jean-Michel Basquiat en Fundación Louis Vuitton (París) hasta el 21 de enero de 2019.

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Impresiones vienesas (III): sentir a través de la mirada

Tercer y último día completo en mi primera estancia en Viena. A primera hora de la mañana la luz del sol da directamente sobre las fachadas del barrio de los museos, el Museum District, en la zona suroeste del Ringstrasse. Edificios de estilo neoclásico –equilibrio, proporción, elegancia- construidos en lo que hasta 1857 había sido extramuros y que con el plan urbanístico puesto en marcha  en aquel momento –tirar las murallas y expandir la ciudad-dio a Viena el esplendor arquitectónico que hoy es su seña de identidad. Poco tráfico y menos gente aun paseando a las ocho de la mañana -y los pocos que lo hacían era paseando a sus perros- te producen la sensación de haberte escapado durante un momento de tus quehaceres en la corte imperial.

Dos de esos edificios construidos en la segunda mitad del s. XIX fueron las sedes del entonces museo de colecciones reales, hoy dos entidades separadas, el Kunsthistorisches y el Naturhistorisches Museum, uno dedicado a las bellas artes y el otro a la naturaleza. Pocos minutos antes de las diez estaba junto a muchos más turistas esperando a que abrieran las puertas del primero (mientras escuchaba la banda sonora de “Sonrisas y lágrimas”, ¡es lo más austríaco que tengo en mi ipod a falta de descargarme el eurovisivo “Rise like a phoenix” de Conchita!).

Pagas tus 14 euros de entrada, pasas la puerta y… ¡qué impresión! El edificio en sí mismo ya es una obra de arte, mármol blanco y negro, grandes alturas, todo decorado, un espacio central que actúa como recepción del que surgen dos escaleras a los lados y una gran escalinata al frente. No hacen falta instrucciones, te está pidiendo que la subas, está hecha para que cada escalón que asciendes sientas cómo tu emoción crece al ver a dónde vas a llegar. Antes de pisar el descanso te paras para contemplar con la boca abierta a “Teseo venciendo al centauro”. De repente el mármol de carrara se ha hecho carne, más que eso, una absoluta perfección física que exuda sensualidad hasta casi rozar la pulsión física. Tras ver a Teseo, durante un tiempo creerás que ya no es posible concebir cuerpo humano más hermosa. Realizada por Antonio Cánova para Napoleón a partir de 1805, tras la derrota de este acabó en manos del Emperador Francisco I, quien sucumbido ante su belleza le construyó incluso un templo al estilo griego en el cercano parque de Volksgarten para albergarla.

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Caravaggio, Velázquez,…

Pasados estos primeros minutos de disociación de la realidad, en la siguiente planta comencé el recorrido por la pintura italiana. Genial Caravaggio pintando en su “Virgen del Rosario” de 1605 algo que no se había hecho hasta entonces, no solo los penitentes que rezan ante la virgen parecen auténticos hombres de la calle, sino que además lo muestran con sus pies descalzos y sucios en su planta. Además, otras dos obras, un “David con la cabeza de Goliat” que te evoca otra versión suya de este tema en el Museo del Prado, y “La coronación de espinas” con sus inconfundibles efectos de luz que otorgan al aún hombre Jesucristo una dureza y sufrimiento que trasciende el lienzo para llegar hasta tu piel.

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Dos salas más allá Velázquez, con los retratos de las infantas Margarita y Maria Teresa y el del príncipe Felipe Próspero que hace unos meses pudieron verse en el Museo del Prado en la muestra “Velázquez y la familia de Felipe IV”. Curiosa sensación comprobar que nuevamente vistos a muchos kilómetros de la primera vez las miradas de sus protagonistas siguen transmitiendo la confianza que el pintor parece haberse ganado de estas tres personas en las sesiones de posado, así como la precisión de las pinceladas para crear espléndidas y detalladas vestimentas o fondos realmente inexistentes destinados a hacer más protagonistas a los miembros de la familia real.

Dejas al sevillano atrás y vuelves a la pintura italiana. La “Virgen del Prado” de Rafael (1505-06), toda delicadeza, cariño y ternura con su hijo y su primo San Juan Bautista, nada que ver con la descarada desnudez de “El suicidio de Cleopatra” de Guido Cagnazzi (1658) o la carnalidad de la “Susana y los viejos” de Tintoretto (1555-56). De otro veneciano del s. XVI, Tiziano parecen llamarte para hablar seriamente en privado sus retratados masculinos, no con la picaresca de la mirada del “Amor tallando inclinado” de Parmigianino (1534-39).

A medida que avanzas el recorrido es curioso comprobar la cantidad de nombres en que coinciden las colecciones reales de España y Austria durante su formación en los siglos XVI y XVII: Duero, Rubens, Reni,… También hay artistas anteriores, tal es el caso del flamenco Roger van der Weyden, el Museo del Prado cuenta con su “Descendimiento de la cruz” (1435) y aquí en Viena tienen un “Tríptico del calvario” (1445) que me ha recordado al primero por la composición y por el intenso azul que maneja en las vestimentas femeninas.

Sala a sala disfrutas más y más, como con los tres autorretratos de Rembrandt o las escenas populares de Pieter Brugel el Viejo. Hoy he aprendido que su “Cazadores en la nieve” realizado en 1565, está considerado la primera representación pictórica de la nieve en la historia del arte, y también he pasado largo rato observando su “Torre de Babel” (1563). Tanto como frente a los fantásticos e ingeniosos retratos de Arcimboldo -en el “Agua” formando un rostro humano de perfil a base de peces y en “Verano” otro con fruta-, el paisaje del “Bautismo de Cristo” de Patinir, el estudio de “El arte de la pintura” de Vermeer o el dolor y sufrimiento que transmite el “San Sebastián” de Mantegna.

El museo a finales del siglo XIX

El deleite de la visita a la colección de pintura del Kunsthistorisches cuenta con detalles como hacerte sentir como un visitante de finales del s. XIX, en dos de las salas grandes sus paredes está completamente ocupadas, repletas de obras como dictaminaba el canon museológico de entonces.

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En la última sala de la colección de pintura, una sorpresa, una obra de Klimt hasta ahora nunca expuesta en público por encontrarse en una colección privada: “Dama con pañuelo violeta”, retrato realizado en 1895. De aquel momento, y también de Gustav Klimt son algunos de los frescos que se pueden ver en las pechinas sobre las columnas del perímetro de la escalera central, representando alegóricamente algunos momentos de la historia de la pintura (Egipto, Roma,…).

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Buscando a Gustav Klimt

Deseoso de seguir viendo pintura y sobre todo, más de Gustav Klimt, he prescindido de visitar el resto del Kunsthistorisches Museum (arte egipcio, griego, romano, oriente medio,…) y en un paseo de cinco minutos me he colocado en el Leopold Museum, llamado así por el mecenas que lo inauguró en 2002 y al que donó todas sus colecciones a su muerte en 2010.

La carta de presentación de este museo es contar con la mayor colección en todo el mundo de Egon Schiele, así como de autores contemporáneos a su momento en Viena, como es el caso de Klimt y otros de las primeras décadas del siglo XX. De estos últimos, como de Schiele he preferido evadirme, sus obras tienen la capacidad de ponerme nervioso. Reconozco su creatividad e ingenio, pero colocarme frente a ellas me produce desasosiego e inquietud, además de incomodidad y diría que hasta disgusto. Valga como ejemplo este autorretrato del mencionado Egon Schiele.

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Volviendo a Klimt, que era mi propósito, he podido ver en su formato original algunas obras que hasta ahora para mí no eran más que reproducciones en los libros: un cartel de las muestras del grupo Sezession (“el arte por el placer del arte”), obras realizadas en sus veranos a principios del siglo junto al lago Attersee, o con la que ganó el primer premio en la Exposición Internacional de Roma en 1911, “La vida y la muerte”.

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Mientras que en muchos de los demás autores del museo –a excepción del grato descubrimiento de Albin Egger-Lienz a quien no conocía hasta ahora- sus obras me hacen pensar en creadores que manifiestan un estado interior nervioso, tenso y conflictivo, en el caso de Klimt me siento invitado a soñar, a volar, a evadirme, a imaginar. En su caso soy capaz de sentir a alguien que se quiere comunicar con quien le está viendo, me siento motivado, sonriente e ilusionado al ver sus creaciones.

Tendré que volver a Viena para seguir viendo más Klimt, a excepción de las “Ninfas” vistas en la Albertina, seguiré tras este viaje con las ganas de ver el famoso beso, Adán y Eva, Judith, el friso de Beethoven, o incluso su estudio, pero por esta vez la visita a la ciudad imperial no va a dar para más.

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