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“Fecha de caducidad” de Darío Márquez Reyeros

Recordar el pasado desde la experiencia del presente, sin añoranza, pero con agradecimiento. Constatar el hoy desde los contrastes de sus múltiples paradojas, tanto las sonámbulas de su vivencia como las efímeras, elaboradas cuando aún era futuro. Balance de un tiempo cuyo transcurso convirtió a su protagonista en quien es hoy. Versos tranquilos y serenos escritos por un autor consciente de sí mismo y diáfano y transparente en su intención comunicativa.

Nacemos, crecemos, nos reproducimos y morimos. Ese es el ciclo de vida de toda especie animal y, como tal, también del ser humano. Darío Márquez Reyeros (Alcobendas, 1998) ha llegado al final de la segunda fase en lo que corresponde a su etapa física y ahora le queda todo lo que la madurez le ponga por delante. Pero antes de adentrarse de lleno en ese proceso que intuye consistente en curtirse a base de tomar decisiones, y responsabilizarse de sus consecuencias, y responder reactivamente a las sorpresas del día a día, de combinar la construcción de su propio camino y adaptarse a lo que las circunstancias obliguen, Darío ha fijado de manera pausada y reposada su infancia. Ha cerrado una etapa, al tiempo que la sitúa como prólogo, inicio y cimiento de lo que ya está siendo y de lo que está por venir.

La primera parte de Fecha de caducidad es una elipsis temporal que transcurre desde que el niño que la protagoniza lanzó una pelota hasta que esta tocó el suelo. Una imagen que construyen la cita de Dylan Thomas con que la inicia y los versos finales de su última poesía. Quince poemas con los que dibuja el mapa de su niñez, estructurado en torno a lugares como el colegio, la presencia de sus padres, la universalidad de sus abuelos, el parque en el que jugaba al aire libre y las fantasías que materializaba en su casa. Sobre el papel, versos centrados en la acción y en el contexto, pero tras cuyas narraciones y descripciones resultan patentes las impresiones del instante, las sensaciones de cada momento y las emociones que teñían la atmósfera de su casa.

En el segundo bloque, el Márquez Reyeros actual, distante del niño anterior como bien señala la cita de Ana María Matute que lo presenta, se fija en su alrededor y elucubra a partir de lo que ve. Busca con su mirada, analiza lo que observa y contrasta lo que percibe, constatando cuán diferente es, respecto a lo que suponía, cuanto ha experimentado e intuido en su corta experiencia personal como adulto. Intenta encontrar cuál es la motivación que mueve el mundo e impulsa a las personas, el fin que perseguimos con nuestra manera de actuar y de relacionarnos. Y lo hace con una habilidad que le permite abrir foco para buscar el realismo de la naturaleza, al abrigo de Ángel González, y lo onírico, dimensión en la que la fantasía y la lógica libre de la infancia siguen siendo posible.

Los afectos, el cariño y el sentimiento de pertenencia enlazan estos poemas con los cuatro que cierran Fecha de caducidad. En ellos late una madurez que acepta y respeta, que entiende las divergencias y las contrariedades, que asume los silencios, las imperfecciones y las incapacidades. Darío concluye así su revisión de sí mismo, de quién ha sido, y deja donde corresponde a quien suponía que iba a ser para comenzar a discernir entre quién es hoy y quién será mañana. Así es como este poemario, ganador del XXIV Premio de Poesía Joven “Antonio Carvajal”, cierra su propio círculo. Como si fuera una geometría dibujada con la certeza de quien está seguro de sí mismo, a la par que dispuesto a dejarse sorprender por lo inesperado que haya de surgir en la definición, tránsito y fijación de su trazado.

Fecha de caducidad, Darío Márquez Reyeros, 2021, Ediciones Hiperion.