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“Antígona” es brutal

Un texto clásico, una iluminación barroca y un mensaje actual, universal, eterno, siempre presente. Un bucle sin fin que comienza con la resaca del conflicto, sigue con la tensión de la defensa de la ley y concluye con la paradoja del ejercicio del poder. Un elenco en el que todos los actores brillan con su quietud cada vez que intervienen y cuando coordinan sus movimientos hacen casi estallar el escenario.

Antigona

El claroscuro recuerda siempre a Caravaggio, es inevitable pensar que se masca una tragedia, que algo tremendo está a punto de ocurrir o ser anunciado, algo sin marcha atrás o sin posibilidad de enmienda. Lo que se van a presentar son hechos consumados, no hay fuerza que pueda cambiar el destino, sea este un camino ya pasado que pesa como una losa o uno por trazar que angustia casi hasta la asfixia. Con esta iluminación y este inquietante presentimiento es como se inicia la Antígona de Sófocles adaptada por Miguel del Arco que acoge el Teatro Pavón.

Creonte, todo fuerza y mando, se niega a enterrar al hombre que dirigió una rebelión para retirarle del poder. Quiere que su cadáver esté presente, intocable y a la vista de todos como muestra de que nada ni nadie debe poner en duda su autoridad. Una rectitud y frialdad que resulta más propia de alguien despótico que de un gobernante, de quien busca perpetuarse y distanciarse de sus súbditos en lugar de mediar equilibradamente entre ellos. Semejante liderazgo -que no deja espacio para la empatía, no entiende de emociones y no permite los afectos- es encarnado por una Carmen Machi brutal, dueña y señora del escenario, con una mirada de acero y una presencia pétrea que se hace aún más rígida cuando se enfrenta a Antígona.

Ella es Manuela Paso, herida, pero dura y resiliente, la hermana del muerto, la cara de la derrota, la humanidad de los vencidos que pide también ser considerada, escuchada y entendida. Sin embargo, es tomada como oportunidad de ejercer una justicia que tiene más de revancha que de ley equitativa. El destino hará que ella sea la punta de lanza por la que Creonte se vea obligado a enfrentarse a su corazón, encarnado en el amor que profesa por su hijo, convirtiéndose en víctima de su absolutismo.

Utilizados por el primero y acosando a la segunda se encuentran un grupo de ciudadanos que son una masa perfectamente coordinada, una explosión de ritmo a base de palabras y movimiento que dejan ver sobre el escenario, de manera tan anárquica y visceral como lógica y coreografiada, mil matices diferentes. Desde la incertidumbre y el miedo a la obediencia y el acatamiento, desde el recelo y la desconfianza a la lucha y la desesperanza. Pinceladas que se perciben como una sucesión de fogonazos que llenan la escena de la complejidad que tienen la convivencia y la difícil consecución del equilibrio entre el grupo y el individuo, entre la razón y el corazón, entre el gobernante y sus gobernados.

Antígona, en el Teatro Pavón (Madrid).

“Corpus Christi” de Terrence McNally

Al igual que Jesucristo fue crucificado por amar a todas las personas sin hacer diferencia alguna, Matthew Sheppard fue asesinado en EE.UU. en  1998 por sentirse atraído por los hombres. A partir de estos salvajes hechos, McNally hace un impresionante traslado a nuestros tiempos del relato católico de la vida y pasión de Cristo. En su valiente visión del Salvador como alguien con quien todos podemos identificarnos compone un cuadro en el que la homosexualidad es tanto manera de amar como excusa para la persecución y el castigo.

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El asesinato del joven Matthew Sheppard es uno de los muchos hitos que la homofobia y la crueldad humana nos han dado a lo largo de la historia. Tras golpearle duramente en la cabeza una tarde del mes de octubre de 1998, le abandonaron en el campo, atado a una cerca en la que fue encontrado muchas horas después, ya en estado de coma y sin posibilidad alguna de recuperación. Su asesinato quiso ser utilizado por algunos grupos supuestamente cristianos como muestra de que las personas homosexuales tienen negado el acceso al reino de los cielos. A tanto odio, sinrazón y brutalidad Terrence McNally respondió con este texto, con un prólogo en el expone la idea de que si Jesús existió, fue un hombre que se dirigió a todos nosotros con un mensaje de amor y aceptación mutua y no como alguien con reglas con las que alejar de una vida de bienestar y pacífica convivencia a la mayor parte de las personas.

Bajo esta máxima, McNally apunta que fuera cual fuera la biografía de Jesús, podemos verle e interpretarle bajo otras características similares con el fin de identificarnos con él desde nuestras características más personales. Esto no sería blasfemar, sino una muestra de su universalidad y capacidad de empatizar con todos nosotros.

El autor de, entre otras muchas, la genial Love! Valour! Compassion! o la íntima Mothers and sons, realiza un perfecto símil entre las etapas y algunos de los grandes momentos de la supuesta vida del hijo de Dios con aquellos que muchos homosexuales han de afrontar en su intento de vivir una vida conforme a su manera de sentir. Con esta premisa y con la superposición en la mente de las imágenes de Sheppard falleciendo atado y apaleado y Jesucristo crucificado hay que acercarse a Corpus Christi.

De la misma manera que el nacido en Belén no fue entendido por los sacerdotes del templo en su niñez, así le sucede al protagonista Joshua –nombre en hebreo de Jesús- en su etapa formativa, plasmada sobre todo en la fiesta de graduación del instituto cuando ha de afrontar tanto la exigencia de popularidad como con el supuesto hito de perder esa noche, si no lo ha hecho ya, la virginidad heterosexual. El Nuevo Testamento nos relata la travesía del desierto del destinado a redimirnos, un proceso similar a la huida que muchos jóvenes han de hacer para alejarse de las que fueron la coordenadas –geográficas, familiares y sociales- que no les aceptaron para buscarse unas en las que fijar su lugar en el mundo. En sus últimos años Cristo se dedicó a transmitir la palabra de Dios y su mensaje de amor, ese que decía que todos somos iguales y debemos ayudarnos, apoyarnos y darnos afectos sin filtro alguno. Una realidad que muchos hombres y mujeres no pueden vivir por ir de la mano con un igual y ser por ello objeto, no solo de crítica, sino de violencia física y psicológica que puede llegar a costarles la vida.

Esta obra centra toda su apuesta en la fuerza de sus diálogos, aunando estos una doble dimensión temporal, hacer referencia tanto a lo sucedido hace dos mil años como a la realidad de hoy en día, unas veces de manera simultánea y otras quedándose en el aquí y ahora, pero sin olvidar el relato y el referente bíblico. Para dar todo su protagonismo y máxima poder a la palabra, el autor plantea una puesta en escena sin escenografía, desnuda y limpia de elementos ajenos a su relato, tan solo un banco en el que los actores han de esperar sentados cuando no intervienen. Y con ecos del teatro griego, con un elenco solo masculino en el que buena parte de los actores han de interpretar varios papeles –independientemente de su género y edad, como a los apóstoles con profesiones del mundo actual o a compañeros del instituto- y todos ellos vestidos de la misma manera (camisa blanca, chinos de color beige y pies descalzos).

Se da la ironía de que el título tiene también múltiples dimensiones con un marcado simbolismo. No solo es el nombre de la ciudad del estado de Texas -uno de los más conservadores de EE.UU.-  en la que está ambientada la historia y en la que McNally vivió durante su infancia. Es también la fiesta católica que se celebra sesenta días después del Domingo de Resurrección para ensalzar la presencia de Jesucristo en la Eucaristía, momento en el que él señalo su entrega a los demás cortando el pan y diciendo aquello de “tomad y comed todos de él, porque esto es mi cuerpo, que será entregado por vosotros.”

Un mensaje similar es el que Terrence McNally pretende hacernos llegar con esta gran obra, que ojalá muertes tan crueles como la de Matthew Shepard valgan para darnos cuenta de que las personas estamos destinadas –en nuestra diversidad, que no desde nuestras diferencias sociales, religiosas, culturales, educativas,…- a respetarnos, querernos y amarnos.

“Una noche como aquella”

Amistad, cariño, atracción, sexo, amor, dos hombres, una mujer y música en directo. Combínese todo con interpretaciones frescas y diálogos que hacen sonreír y agítese durante setenta minutos para obtener como resultado una historia sobre cómo evolucionan las relaciones a través de un amplio y fluido muestrario de situaciones de pareja y convivencia.

UNCA-web

Un chico, otro chico y una chica. Amigos que una noche se dejan llevar y se convierten en trio. ¿O es más adecuado decir “pareja de tres”? Normalmente “trio” se entiende como algo sexual, pero “Una noche como aquella” no trata de esto. Tres personas que se llevan bien, que se conocen desde hace mucho tiempo, una relación en la que, sin ponerse etiquetas, cada uno de ellos siente atracción física y emocional por los otros dos, entonces,  ¿por qué no probar? Superada la barrera de un primer encuentro de desnudo físico, todo es comenzar a rodar y ver hasta dónde se llega.

Si dejamos a un lado que aquí son tres en lugar de dos, nos vamos a encontrar con un catálogo de situaciones de pareja similar al de cualquier otra. Tener un sitio en el que vivir juntos, las reglas de la convivencia, las presentaciones en familia o quién habla y quién calla frente al televisor, entre otras. Algunas cuestiones con sus peculiaridades, porque si a veces acompasar los ritmos sexuales entre dos puede ser complicado, entre tres da pie a imaginar muchos castillos de naipes.

De fondo, dos hilos conductores, humor cargado de optimismo y naturalidad sin prejuicios. Las sonrisas llegan provocadas por situaciones en las que cualquiera podríamos vernos, momentos que se resuelven de manera solvente sin caer en debates, polémicas o chistes de mejor o peor gracia sobre cualquier asunto relacionado con el sexo (orientación, identidad o género). Un relax que deja fuera cualquier posible influencia distorsionadora, como son las cuestiones morales, y que hace que el texto escrito por Nacho Redondo se centre en lo realmente importante, en mostrar la posible complejidad de una relación únicamente a partir de los elementos que la forman, los deseos y aspiraciones de sus integrantes.

A esta lograda intención de ser sencillo sin ser simple, hay que sumarle la buena definición que tiene cada personaje –y el notable trabajo de los actores que los encarnan-, componiendo en su conjunto un triángulo equilátero en términos de protagonismo e intervención sobre el escenario. Un puzle de tres piezas en continuo movimiento, como si de figuras de un tetris se tratara, que su directora, Chos, hace fluir de manera más o menos rápida según el pasaje, pero siempre hacia adelante. A destacar también que lo hace sumando, cuanto acontece aporta a lo que está por venir, el presente de cada escena tiene tras de sí el pasado de lo vivido, de lo ya visto y escuchado.

Las canciones en directo de Ana Pi son la guinda a este menú teatral de buenas materias primas (reparto y libreto) y cuidada elaboración y presentación que sus espectadores probablemente recuerden por su fácil digestión y el buen sabor de boca que les dejó.

Una noche como aquella” en Teatro Lara y Nave 73 (Madrid).