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“Un hijo” y “Un secreto”, el universo infantil de Alejandro Palomas

Dos novelas que se presentan bajo la categoría de juveniles pero que merecen ser leídas también por el público adulto por la mirada sincera, abierta y respetuosa con que su autor se acerca a la personalidad, las vicisitudes y la relaciones que establecen sus protagonistas. Dos historias que combinan el drama, la comedia, la intriga y la tensión atrapando a su lector y dejándole con ganas de que Guille se convierta en un personaje con una larga vida literaria.

Hace años me quedó grabado lo que comentaba la terapeuta Virginia Satir en En contacto íntimo sobre cómo crear las mejores condiciones para favorecer el entendimiento entre padres e hijos en las primeras etapas del crecimiento. La pauta era bien sencilla, los mayores lo somos no solo en edad, sino también físicamente y eso influye tanto sobre el punto de vista desde el que observamos la realidad como sobre la comunicación que establecemos con los más pequeños. Para conseguir una relación entre iguales que favorezca la comprensión y la empatía, Satir aconseja que los adultos no solo modulemos el lenguaje (hacerlo sencillo, que no simple) sino que dialoguemos haciendo que nuestros ojos estén a la misma altura de los suyos, sentándonos o agachándonos para conseguirlo.

Eso es lo que Alejandro Palomas parece haber hecho en estas dos obras para crear el universo de Guille (un niño de nueve años que vive solo con su padre y sueña con ser Mary Poppins) en Un hijo y de él y Nazia (una compañera de clase de origen pakistaní separada temporalmente de su familia biológica por las autoridades) en Un secreto. Alejandro no observa a sus protagonistas desde una posición superior (como autor o como adulto), sino que se coloca a su altura y -lo que es aún más importante- contempla el mundo que les rodea con el doble filtro de su mirada. Un enfoque que combina su corta experiencia de la vida -sin referentes que les permitan relativizar o codificar- y una imaginación que siempre encuentra argumentos para dar respuesta a lo desconocido. Una visión que se plasma en una retórica con un vocabulario reducido, pero suficientemente locuaz, y una sintaxis con modismos sin intención estética alguna, pero eficazmente expresivos.

Y ya está, que diría Guille. Así de fácil es quedar atrapado por la lectura de cuanto sucede en torno a él y así de lograda es la excelente labor literaria del autor de Un perro o El tiempo que nos une. Además de lo ya señalado, hay que destacar igualmente la manera en que se sirve de sus protagonistas principales como narradores para estructurar estas dos novelas. Esto no convierte a Un hijo y a Un secreto en historias corales al uso, sino en recorridos narrativos que se van trazando con la aportación de aquellos (el padre, la profesora y la orientadora escolar) que tienen una influencia directa sobre la vida de Guille (quien también ejerce como escritor) y Nazia.

Dos niños iceberg (que tras su apariencia esconden una realidad nada fácil de gestionar) a través de los cuales Palomas manifiesta una sensibilidad total con ese período de todos nosotros que es la infancia, y con ese colectivo, los niños, a los que nuestra sociedad no considera o integra con la dignidad, el respecto y la consideración que merecen en las dinámicas (más productivas que humanistas, quizás por ello) de su funcionamiento.

Por último, señalar que aunque se pueden leer de manera independiente, es cierto que Un secreto resulta más rico si previamente se ha disfrutado de Un hijo. Ahora solo queda esperar que llegue el día -si no lo ha hecho ya- en que Alejandro Palomas dé con las claves para escribir una nueva entrega con la que conocer cómo progresan la vida y el fascinante mundo interior de Guille, su familia y sus amigos.

Un hijo y Un secreto, Alejandro Palomas, 2015 y 2019, La Galera Ediciones y Editorial Destino.

“La peste” de Albert Camus, ¿vivir la vida o sobrevivir a la vida?

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Albert Camus construye una historia sobre el sentido de la vida. Te sitúa en Orán, contándote su emplazamiento geográfico y su meteorología. Comienza la historia con una anécdota, ratas que aparecen muertas. Da un salto y las enfermas comienzan a ser las personas, entra en el detalle, se genera tensión y su relato coge ritmo. La enfermedad crece y la muerte hace acto de presencia, saltan las alarmas, el horror invisible es ya el protagonista. La peste lo invade todo, no es sólo la realidad tangible de una enfermedad con una sintomatología, medidas preventivas y tratamiento, sino también una atmósfera, un espíritu invisible que lo empaña todo. Se pasa entonces al mundo de lo invisible, al universo de las sensaciones, a las individuales y las colectivas, las primeras se suman para crear las segundas, y las segundas influyen con su fuerza sobre las primeras dejando de quedar claro si somos unicidades o parte de una masa. Se limitan los registros de comportamiento y pensamiento, y los que se siguen practicando es de manera opaca y con un alcance limitado. La vida ya no es para vivirla, sino para sobrevivirla. …Qué duro debía ser vivir únicamente con lo que se sabe y con lo que se recuerda, privado de lo que se espera…

En ese in crescendo se desvelan tanto la figura del narrador que nos guía como la de los personajes principales. Algunos de ellos mentes que se crecen y bucean en las tinieblas que se han formado para hacer de la densidad claridad, para en la enfermedad –tanto en la médica como en la espiritual- dar con la esencia del virus con la que crear el antídoto para las futuras ocasiones. Tienen el tesón sin fin y la voluntad infinita para no dejarse llevar por lo visible de la situación y buscar en ella las corrientes limpias que sigan haciendo que los humanos seamos seres racionales con posibilidad de mejorarnos y seguir creciendo, y no caer de nuestro lado animal. Ese que nos lleva a la ley del más fuerte en lo físico y a ser cada día menos en lo que a futuro respecta. …Todo lo que el hombre puede ganar al juego de la peste y de la vida es el conocimiento y el recuerdo…

Personajes y Camus integran al lector mediante la reflexión, en la búsqueda incesante de los argumentos que expliquen el presente, uniéndolo con el pasado (qué antes fue como esto, qué nos ha llevado hasta aquí) y dirigiéndolo hacia el futuro (sabremos evitar volver a caer en los mismos comportamientos, nos habremos superado a nosotros mismos). En el apocalipsis, en la tragedia, en la oscuridad, siempre hay motivos para la confianza y la esperanza en el género humano, en nosotros mismos. …Hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio…

Pero en “La peste” como en la vida nada es lineal, ni causa-consecuencia, sino que todo lo bueno es también potencialmente no bueno, y el esfuerzo por mejorarnos debe estar siempre presente. La estabilidad como tal no existe, o hacemos por ir a más, a conocer más y conseguir más, o dejaremos de comprender y perderemos la conexión con el mundo en que vivimos y no sabremos cómo hacer frente a los desafíos de cada día, tanto los que ya tenemos como los que hayan de venir. Es entonces, cuando del desconocimiento surge la desconexión y de ahí el enfrentamiento, y volvemos al punto inicial de ponernos en riesgo. …El mal que existe en el mundo proviene casi siempre de la ignorancia, y la buena voluntad sin clarividencia puede ocasionar tanto desastre como la maldad…