Archivo de la etiqueta: Clara Sanchís

“Naufragios de Álvar Núñez”

Volver a siglos atrás para sin hacer drama del dolor, pánico del terror ni mofa de lo cómico, mostrarnos cómo actuaron los españoles que llegaron a Florida hace cinco siglos. Un montaje casi operístico que Magüi Mira dirige con suma agilidad, consiguiendo cuanta expresividad es posible de los elementos escenográficos, técnicos y humanos con que cuenta a su disposición.

Primero fue la realidad, lo que pasó, la llegada en 1527 de Pánfilo de Narváez a lo que hoy es territorio estadounidense. Luego la narración, lo que Álvar Núñez de Vaca contó en 1542 en su libro de viajes, Naufragios y comentarios. Nunca tendremos la versión directa de su protagonista, ni de los cuatro supervivientes que le acompañaron durante sus ocho años de aventura ni de aquellos que se encontraron en las múltiples hazañas, andanzas y peripecias que debieron vivir en su largo tránsito por territorio enemigo hasta conseguir volver a dominio español. Pero sí podemos imaginar qué ocurrió, tal y como hizo décadas atrás José Sanchís Sinistierra hasta llegar a la edición en 1992 de este texto.

Punto de partida que la también directora de funciones recientes como Consentimiento o Festen pone en escena con un montaje de gran plasticidad y una adaptación textual que, además de jugar al metateatro, alcanza una lograda combinación de mirada a la historia y contraste de puntos de vista y valores con un inteligente sentido del humor y un comedido dramatismo. Mira no se sirve del revisionismo histórico para negar la versión oficial, sino para exponernos que hubo más de lo que se nos ha contado y se sigue afirmando.

Deja a un lado la épica y opta por mostrar a sus protagonistas como seres humanos. Eran valientes conquistadores, sí, pero también mercenarios de la vida en una época en la que tenías pocas opciones para huir de la miseria. Con un sentido del patriotismo y del liderazgo basado en actitudes ostentosas (saludo con el brazo en alto) y expresiones artísticas (la copla), similares a las que décadas atrás camparon en nuestro país y que algunos siguen empeñados en practicar y promover.

Una ironía con la que estos Naufragios enganchan al público y le evitan la aridez del relato académico para llevarle al destino que este suele evadir. El sentir y la respuesta de los que se vieron invadidos por los que llegaron definiéndose como embajadores del poder político del Emperador Carlos I y transmisores de la palabra divina de Dios. Encuentros en los que la pauta de los que llegaron desde el viejo continente no fue la empatía del mostrarse y escuchar, sino la violencia y la agresividad que derivaba en muertes y penurias como las relatadas por Álvar Núñez.  

Luchas, huidas, hambre y sufrimientos meteorológicos que en el escenario del María Guerrero resultan una experiencia tan narrativa como estética gracias al uso de la luz y el sonido, la progresiva metamorfosis acumulativa de la escenografía y por el vestuario, maquillaje y trabajo, especialmente corporal, de un elenco fantástico. Una coralidad que comienza con unos siempre eficaces Jesús Noguero y Clara Sanchís, continúa por unos divertidos y comedidos Pepón Nieto y Nanda Abella y se complementa por intervenciones tan geniales como las de Rulo Pardo o Alberto Gómez Taboada.

Naufragios de Álvar Nuñez, en el Teatro María Guerrero (Madrid).

“Una habitación propia” de Virginia Woolf

La literatura como un coto reducido para los hombres, las mujeres como un instrumento, seres que ni sienten ni padecen al servicio de la masculinidad. Pero ni lo uno ni lo otro son cierto, el arte no entiende del género de quien lo crea y las capacidades humanas no guardan correspondencia con el sexo del cuerpo que las practica. Esto es lo que deja claro la Virginia Woolf que tan bien encarna Clara Sanchís y a la que no le limita ni que el texto sea originalmente un ensayo ni una puesta en escena con algunos elementos con un punto artificioso.

UnaHabitacionPropia.jpg

Un día, estando sentada en el césped del campus de la Universidad de Oxford, un bedel se le acercó a Virginia para decirle que no podía estar sentada allí, que el suelo mullido solo podía ser pisado por profesores y alumnos, curiosamente todos ellos hombres. Esta es la anécdota que le sirve como punto de referencia a partir de la cual contarnos no solo como se encuentra con mil límites para ejercitar su intelecto, sino la consideración que la sociedad de su tiempo tenía de las mujeres. Seres invisibles, sin identidad, inexistentes, tal y como ejemplifica con la historia de su país. ¿Acaso recogen los libros alguna fémina antes que la Reina Isabel? ¿Qué habría ocurrido de haber existido una mujer con el don de Shakespeare? ¿Hubiera llegado a nosotros? ¿O hubiera fallecido frustrada por no tener siquiera la posibilidad de haber sido enseñada a leer y escribir?

Cuestiones cercanas para una mujer, con más posibilidades materiales pero también con mayor espíritu reivindicativo que las demás, en un tiempo en que las de su sexo habían de casarse para ser consideradas socialmente y que, en cualquier caso, tenían negado el acceso a todo lo que supusiera su consideración intelectual, como el formar parte de los círculos de discusión y decisión. O qué decir de aspectos tan mundanos de auto gestión como el disponer de su propio dinero en una cuenta corriente. Esto es lo que pone de manifiesto Virginia, siendo ella muestra de lo primero y poniendo como ejemplo de lo segundo a todas esas que no tuvieron otra opción más que la de ser madres de una larga prole, trabajadoras en el campo de sol a sol o limpiadoras sin horario por un sueldo que les daba escasamente para comer.

Un monólogo que tiene mucho de reivindicación, pero también de exposición sin más, los hechos hablan por sí mismos de cómo era la situación de las mujeres en la metrópoli del Imperio Británico a finales de la década de los veinte del pasado siglo. No hace falta decir que lo que Woolf planteaba entonces sigue estando presente no solo en algunos ámbitos de nuestra sociedad occidental, sino que sigue siendo tal cual o, incluso, aun peor, en muchos lugares del mundo.

Durante algo más de una hora Clara Sanchís se entrega completamente a este monólogo para hacernos ver las múltiples dimensiones que tiene todo cuanto Virginia explicaba con absoluta claridad hace casi noventa años. La falsedad de los argumentos masculinos, lo tergiversado de sus razonamientos para ejercer y mantenerse en el poder, la sumisión femenina ante lo impuesto y aceptado cuando no es capaz siquiera de dudar, la impotencia que le genera la injusticia sufrida por ella misma. Palabras que tienen mucha fuerza y que no necesitan de recursos con los que marcar puntos de inflexión en la acción como papeles arrojados al aire o de un piano en la acción. El buen hacer de Sanchís demuestra que lo suyo es que la expresividad de su piel y el tono de su voz vayan tras el texto y no que este se adapte al sentir que la dirección le ordena en los momentos en que intenta alterar su fluir.

unahabitacionpropiavirginia.jpg

Una habitación propia, en Teatro Pavón (Madrid).