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Assilah, mirando al Océano Atlántico

A las 10:40 de la mañana he cogido en Tánger el tren que partía hacia Oujda, en la frontera con Argelia. 40 minutos después he comenzado a ver al fondo el océano, tranquilo, relajante, inmenso. Acto seguido, el tren ha realizado su segunda parada en lo que llevábamos de trayecto, habíamos llegado a Assilah.

Al salir del edificio terminal, y junto con una pareja española, he cogido el taxi que estaba esperando a los viajeros y por 10 dirhams (1 €) por persona nos ha dejado en el centro de la ciudad. Allí, en el lado norte de su muralla, y junto al océano, estaba una de las puertas de entrada a la medina.

Si por algo llama la atención la medina de Assilah, entre otros motivos, y que es parte de su encanto, es contar aquí y allá con lienzos de paredes convertidos en murales. Dan color, hablan a la imaginación, suscitan la curiosidad y te enganchan a seguir caminando buscando el siguiente mural, a ver qué dice, qué contiene, qué expresa. El arte parece ser una de las señas de identidad de esta ciudad, además de los murales, añádanse las varias galerías y talleres artísticos que se ven en sus calles, así como un centro de exposiciones (Centro Hassan II de Encuentros Internacionales) en el que he visto una muestra de artistas jóvenes de distintos países árabes.

Murales

Además de por lo artístico, esta medina es diferente a la de otras ciudades como Tetuán, Tánger, Fez o Marrakech. No sólo por ser más pequeña, sino también porque todas sus calles de entrada, así como las que circundan interiormente su muralla, son amplias y diáfanas. También por no haber comercio en su interior más que el estrictamente dirigido a turistas, y ser estos el grupo de gente mayoritario frente a los locales. Añádase lo cuidado del conjunto de sus calles y de los arreglos florales de muchas de las puertas de entrada de sus viviendas.

Calles

Todo esto respirando, oliendo, escuchando el océano, y pudiéndolo ver subiendo a la muralla junto a su torre suroeste.

Desde ese lugar se pudo ver en 1471 cómo llegaron los 30.000 portugueses que conquistaron la ciudad. Fueron ellos quienes construyeron a continuación la muralla que existente hoy en día, haciendo así de Assilah, como de Ceuta o de Tánger, un puerto base para las rutas marítimas portuguesas que tenían como destino el cuerno de África. Tras la unión en 1578 y posterior separación en 1640 de los reinos de Portugal y España, Assilah pasó a ser parte del imperio español, en cuyos dominios estaría hasta 1691 en que fue recuperada por los árabes. En 1912 la ciudad quedaría incluida dentro de la zona del protectorado español de Marruecos.

De esta época quedan testigos como la iglesia de San Bartolomé y la arquitectura que aloja varios restaurantes frente a la puerta norte de la medina. En la balconada de uno de ellos, en el Océano, reza un “desde 1914”. Desde aquí  se puede rodear la muralla portuguesa de la medina por su exterior, ver sus otras dos puertas en el lado este y en la torre sureste, y comprobar la vida fuera de esta, una primera zona de terrazas de restaurantes y otra posterior donde está el mercado que hubiéramos esperado encontrar dentro: verduras, frutas, huevos, pollos, cerámicas,…

Muralla

A la hora de volver a la estación del tren, y con 18º como los que hacía hoy, merece la pena volver al punto de inicio del día, la puerta norte de la medina y desde ahí caminar por la playa hasta la estación para tomar de vuelta a Tánger el tren de las 16:40 que venía desde Oujda. Un paseo de dos kilómetros hacia el norte que comienza dejando atrás el pequeño puerto pesquero, sigue dejando a un lado el espigón y finalmente, si hay oleaje, se puede ver a surferos disfrutar de las olas en un mar en estado natural que parece prolongarse hasta el infinito.

Oceano

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Chefchaouen: impresión azul

Ir a Chefchaouen es como ir a Granada. La gente se cree que porque estás en Andalucía allí va a hacer un día espléndido, y luego llegas y qué frío. Dímelo a mí que fui hace un mes y con menudo catarro volví. Pues aquí en el norte de Marruecos es lo mismo con Chefchaouen, allí hay que ir abrigado, estás en lo alto de la sierra y lo mismo te encuentras hasta nieve.”

Con este consejo recibido durante el desayuno he comenzado el día. En el autobús CTM que cubría la ruta Tánger-Oujda he subido al asiento 42 para hacer en una hora los 60 km del trayecto Tetuán-Chefchaouen. Un recorrido por el inicio de la cordillera del Rif que me ha llevado de estar casi a nivel del mar hasta llegar a los 564 metros sobre este. Una carretera sinuosa que observa la altura que forma el valle del Oued Hajera, el cauce de un río prácticamente sin caudal pero con aspecto de acoger aguas turbulentas en los momentos de lluvias torrenciales. Pasada la primera subida el terreno yermo comienza a acoger pinos y en los últimos kilómetros de subida a Chefchaouen el suelo escarpado se ha llenado de olivos.

La subida no termina cuando llegas a la ciudad. La estación del autobús te deja abajo, y la ciudad antigua queda arriba en una empinada cuesta que pondrá a prueba tus gemelos si la subes andando. A mi llegada, llovía, llovía y llovía. Esperados unos minutos a que escampara y viendo que la nube estaba estancada en los montes que rodean la ciudad, finalmente me puse en marcha. El trayecto de quince minutos bajo la lluvia hasta llegar a la entrada a la medina mereció la pena.

La ciudad antigua

Entras en una medina, calles estrechas, puestos comerciales a uno y otro lado, con la salvedad de que en esta ocasión hay cuestas, estamos en lo alto del valle. La medina de Chefchaouen no es muy grande y en apenas unos minutos se llega a su centro, la plaza Uta-el Hamman, un espacio abierto en cuyo centro está el imponente recinto fortificado de paredes rojizas de la kasbah (alcazaba) que data del inicio de la ciudad a finales del s. XV.

Alcazaba

En lo recorrido hasta entonces llama la atención que el colorido de las edificaciones no sea blanco. Aquí el color es… azul… en las fachadas, enmarcando puertas de madera, en las paredes, en las alturas,… Casi todo está pintado de este color y verte rodeado de azul te da sensación de sosiego y ligereza, de estar moviéndote en el agua más que sobre la tierra.

El impacto es realmente deslumbrante y todo un espectáculo en cuanto dejas atrás la plaza y la zona turístico-comercial (en un día como el de hoy con bastante españoles y japoneses) y comienzas a ascender por la zona más antigua y residencial. Muchas escaleras habrás de hacer para llegar hasta arriba, pero no te arrepentirás. A cada quiebro, a cada rincón, otro toque más de espectáculo azul.

CallesAzules_Chefchaouen copy

La historia

El origen de Chefchaouen es similar al de Tetuán, hasta aquí llegaron musulmanes y judíos expulsados de la Península Ibérica y junto a los bereberes que habitaban las montañas del Rif fundaron en 1471 esta ciudad desde la que se planificaban y lanzaban campañas militares contra los portugueses que ocupaban Ceuta. Hasta iniciado el siglo XX la ciudad fue un completo bastión a las influencias externas, el cristiano que intentara entrar en ella sería recibido con la pena de muerte.

Los primeros en traspasar sus murallas finalmente fueron los españoles que llegaron a marcar el terreno con el inicio del protectorado en 1912. Para su sorpresa, se encontraron que la población de origen judío hablaba castellano medieval. Chefchaouen sería la última ciudad que las tropas españolas abandonarían cuando finalizó el protectorado para dar paso a la soberanía de Marruecos en 1956.

Hoy la ciudad parece vivir sólo del turismo –ese que en exceso le roba el alma a los lugares que coloniza- atrayendo a unos por su encanto azul y supuestamente a otros por lo fácil que aquí es adquirir marihuana (por dos veces hombres con chilaba me dijeron “eh, tú, ¿quieres una china?”, según Lonely Planet el Rif produce el 42% del cannabis mundial y supone el medio de 800.000 personas en la región). También dicen los entendidos que es el emplazamiento ideal para hacer trekking en los cercanos Parques Nacionales de Talassemtane –llegando a su cima, los 1.616 metros del pico Jebel El-Kelaa- y Bouhacem.

Joan Miró

La parte nueva de la ciudad no tiene encanto alguno, excepto la plaza de Mohammed V (el rey que recuperó la soberanía del país en 1956) cuyo diseño fue obra de Joan Miró. Supongo que del original no queda nada, porque lo que ves cuando llegas –al menos está de paso entre la medina y la estación de autobuses- te deja con sensación de… nada.

Final_Mural

Tetúan: la medina, la plaza de Hassan II y el ensanche

Mirando hacia el norte, a la derecha, al este, la medina, la ciudad que se reconstruyó a finales del siglo XV. A la izquierda, al oeste, el ensanche, la expansión urbana que trajo consigo la capitalidad de Tetuán del protectorado español de Marruecos (1912-1956). Como transición entre ambas la Plaza de Hassan II con el Palacio Real, y unificando medina, ensanche y plaza en un continuo, el blanco impoluto de las paredes que lo llena todo de luz.

La medina

Elijas la puerta que elijas, la calle por la que entrarás será estrecha, con puestos comerciales a un lado y a otro, mostrando todo el género en su exterior. En continuo movimiento, gente que te adelanta, gente con la que te cruzas, vestidos en colores apagados ellos y ellas en vivos. A partes iguales chilabas y pantalones, camisas y chaquetas, en pocos casos ellas con faldas.

Las calles de la medina están distribuidas por negocios, aunque no encontrarás indicación alguna que te guíe. Puedes ver al carnicero matando en vivo un pollo y sumergiéndolo después en agua hirviendo para desplumarlo, al pescadero dándole los recortes de sus piezas al gato que espera ávido, los vivos colores de todas las frutas expuestas, docenas y docenas de huevos apiladas en torres, la extensa variedad de dulces basadas en frutos secos y miel que ofrece el pastelero, al zapatero pegando una suela, al sastre cosiendo, falsificaciones de marcas y prendas con diseños autóctonas, toda clase de dorados llenando las vitrinas de los escaparates de las joyerías, a los curtidores sumergiendo las pieles en los tintes preparados, a los ebanistas cortando sus piezas y llenando el suelo de serrín, a los barberos enjabonando a sus clientes y manejando después con maestría la cuchilla.

Oficios

Y no lo dudes, te perderás. Toda calle se bifurca, después se curva, o te obliga a girar noventa grados a la derecha, para después a la izquierda y entonces elegir nuevamente, si a este lado o a aquel. Relájate, déjate llevar y sorprender por lo que te pueda ofrecer el recorrido. Estás viviendo la ciudad, lo que sus gentes haces, hay pocos turistas y por eso de vez en cuando llamas la atención. Habrá quien se acerque y te pregunte, te quiera llevar, tú decides si sí o si no. Y no pretendas repetir una ruta dentro de la medina, no lo conseguirás, te volverás a perder, creerás que ese gato con el que te acabas de cruzar es el mismo que ya viste antes, y no, no lo es.

Gatos

Calles comerciales y otras más discretas que se asoman y en las que si entras te llevarán a viviendas en cuyo interior deben vivir en la penumbra. Y repartidas aquí y allá distintas mezquitas y zagüías (especie de ermita en que se halla la tumba de un santón según la definición de la RAE) e indicaciones en cerámica sobre las paredes –hoy ladrillo y ayer adobe- que te cuentan en árabe, inglés y español el origen del enclave exacto en que te encuentras.

CalleOscura

La medina de Tetuán fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1997. Su origen actual se remonta a la llegada desde Andalucía de refugiados árabes y hebreos altamente formados durante los últimos años de la Reconquista española y tras las expulsiones de judíos decretadas por los Reyes Católicos en 1492 y de los moriscos por Felipe II entre 1609 y 1613. Previamente Tetuán había sido destruida en varias ocasiones por castellanos y portugueses por ser sede de piratas y base de ataques a la cercana ciudad fronteriza de Ceuta (ciudad portuguesa de 1415 a 1640 y desde entonces española).

La plaza de Hassan II

PalacioReal

Por ella entré a la medina y a ella vuelvo. Es una gran esplanada, y la primera impresión es que aquí algo no cuadra. Por la propia estructura del espacio, no se ven proporciones, regularidad ni relación entre sus elementos. La fachada este, la del Palacio Real no es simétrica ni está centrada con respecto a la plaza. Además, casi todo el espacio está vallado y con presencia militar permanente que impide acercarte al edificio regio. Al norte de la plaza varios cafés con terrazas donde hombres tranquilos y más o menos charlatanes toman té y café, al sur también cafés con terrazas menores –nuevamente solo hombres forman su clientela- y puestos ambulantes que prolongan el mercado de la medina en un continuo que llega hasta el ensanche.

La forma elíptica que tiene la plaza frente al palacio real se prolonga en otra zona que está también vallada, lo que junto a la invasión del comercio callejero hace el paso de personas atascado, lento y necesitado de paciencia.

La respuesta a este diseño de plaza está en la historia reciente, hasta mediados de la década de 1980 el monarca Hassan II, padre del actual Mohammed VI, nunca había visitado la ciudad y según la costumbre, llegado este momento, se le habilitó un palacio similar a los que tenía en otras ciudades –como Fez, Casablanca, Rabat, Meknes o Marrakech- utilizando el hasta entonces consulado general de España y que durante el tiempo del protectorado español había sido la comisaría. En aquellos tiempos frente al edificio policial se encontraba la plaza del Feddán que fue destruida para dar amplitud visual al palacio.

Además de lo expuesto sobre la distribución del espacio llaman también la atención cuatro torres frente al palacio que podrían parecer minaretes y que sin embargo resultan ser faros art nouveau diseñados por un discípulo de Gaudí.

El ensanche

Junto a la plaza de Hassan II está la de Al-Jala, ahí surge la avenida de Mohammed V. Es el elemento central del desarrollo urbano iniciado cuando en 1912 se designó desde Madrid a Tetuán como la capital del protectorado español de Marruecos. En aquel año el hoy país independiente cedió su soberanía a Francia y este traspasó a España el control de la zona norte del país, un régimen que duraría hasta 1956 cuando el país recuperaría nuevamente su soberanía.

El urbanismo de esta zona es el opuesto al de la medina, planificado bajo las premisas del orden y la cuadricula. Edificios que podríamos encontrarnos perfectamente en Andalucía y que en los letreros y luminosos de sus cafés y locales comerciales como cines, teatros y farmacias conservan muchos nombres españoles. La propia avenida de Mohammed V fue hasta 1956 avenida del Generalísimo.

Nombres

En esta zona de la ciudad está el que fuera el primer museo del país, el Museo Arqueológico, inaugurado en 1940. Formado por un pequeño jardín y tres salas en las que podemos conocer un poco sobre el pasado prehistórico fenicio, romano, bereber e islámico del norte marroquí. Llaman especialmente la atención los mosaicos del s. II dC traídos desde la antigua ciudad romana de Lixus (hoy cerca de Larache, en la costa atlántica, a 130 km de Tetuán) o los vestigios encontrado en el yacimiento arqueológico de Tamuda, ciudad prerromana del s. III aC y situada a 2 km al sur de la ciudad en dirección a Chefchaouen, a donde voy mañana…

Mosaio

Llegar hasta Tetuán

Se ha encendido la señal de “abróchense los cinturones”, miro por la ventanilla y lo que presumo es la línea del litoral gaditano se va quedando atrás y sólo se ve azul, intensidad lapislázuli en el océano y turquesa hacia el horizonte. Según la mitología griega estoy más allá del mundo conocido, aquel que entonces abarcaba únicamente el mar Mediterráneo y cuyo fin a Hércules mandaron enmarcar en uno de sus trabajos colocando dos columnas, una en Tarifa y la otra en el monte Hacho en Ceuta, fijando así en los mapas de entonces y de ahora el Estrecho de Gibraltar. Hoy soy yo el que pretende ampliar su mundo conocido, la intención de este vuelo es llegar a ciudades que hasta ahora nunca había visitado.

En poco más de cinco minutos el avión gira hacia la izquierda y entonces observo nuevo litoral, es la costa atlántica africana, estamos entrando en Marruecos. En los minutos que el Bombardier CRJ200 sobrevuela tierra llama la atención lo verde del terreno y sus subidas y bajadas, así como la multitud de construcciones que se ven aquí y allá, incluido un extenso parque de aerogeneradores, y un poco más allá la amplia prolongación urbana que supongo es Tánger.

Aterrizamos puntuales a las 12:25 hora local, apenas han sido 50 minutos en el aire desde Madrid, y salimos del avión. Primera impresión, hasta se podría decir que hace calor, sobra el abrigo, la brisa es agradable a la piel y si fuera a estar en exterior un poco más no podría hacerlo sin recurrir a las gafas de sol. La terminal del aeropuerto tangerino es pequeña, lo que permite resolver en breve los trámites aeroportuarios: control de pasaportes, cambiar euros por dírhams (1 €: 10,5 dírhams) y salir por el “no tiene nada que declarar” que aquí incluye pasar todo el equipaje por un scanner de (presunta) seguridad.

Es el momento, ¡comienza la aventura! Destino de este primer día: Tetuán. Junto al indicador de taxis en la terminal de llegadas un gran cartel te indica las tarifas, a Tánger centro ciudad 100 dírhams. En mi tímido francés, le indico al taxista que quiero ir a la estación de autobuses de la compañía CTM –la que he leído que da un servicio más fiable-, y me dice que entonces son 150, que los 100 es a la es estación central. “OK, no problem, a la estación central de autobuses entonces” le respondo, cuando lleguemos allí ya pensaré qué hacer.

Nos ponemos en marcha. Desde el primer momento hay edificaciones a lo largo de todo el camino, con mayor densidad a medida que avanzamos. Me llama la atención que aquí y allá se vea a hombres, mayoritariamente jóvenes, a pie de carretera con actitud entre ociosa y relajada espera, y vestidos con chaquetas que yo llevaría en días de frío. No como hoy, que puesto pie en tierra no he vuelto a ponerme la que yo llevaba cerrada hasta el cuello cuando salí de mi casa en Madrid esta mañana.

Pasados unos quince minutos llegamos a una gran glorieta en la que es patente una falsa sinfonía de cláxones, y el tráfico saturado parece regularse más por un espíritu de supervivencia que por reglas formales. Hay varias salidas y me pregunto cuál cogerá el taxista para seguir avanzando. Fácil respuesta, para, me señala a la derecha y me dice que hemos llegado.

En la acera varios vendedores ambulantes ofreciendo dulces, gente que sube y baja de más taxis. Decido entrar en la estación y ver si encuentro el modo de ir a Tetuán. Todas las señales parecen bilingües árabe-francés por lo que creo que será fácil hacerme entender. Sigo la acera, comienzo a ver por primera vez hombres y mujeres con chilaba y a muchas de ellas con pañuelo cubriendo el cabello, paso varios puestos más de lo que parece comida rápida y llego hasta la entrada a la estación. Una vez dentro busco que por algún sitio diga “Tetuán”, el espacio no es muy grande, habrá como unas diez taquillas. Veo un primer puesto que en sus vitrinas lleva escrito el nombre que busco, pregunto y me dicen que ahí no, pero me hacen una señal de dos puestos más allá. El diálogo es simple

–          ¿Tetuán?

–          Sí.

–          ¿Cuánto?

–          14 dírhams.

–          ¿A qué hora?

–          1:15, en diez minutos

–          ¿En qué andén?

–          Busca ese autobús, me indica el hombre desde su silla señalando un cartel ajado por la mucha luz directa recibida probablemente a lo largo de años en que se ve un autobús con lo que parece una gran estrella en su lateral.

Con un pedazo de papel en la mano que supongo es el billete salgo a los andenes. No hay señalización informativa alguna, pero enseguida intuyo el bus que me habían indicado, podría ser el de la fotografía, tal cual, porque parece tener tanto años como ella. Para que no me quede duda alguna, junto a su puerta un tipo gritando “Tetuán, Tetuán, Tetuán”, le enseño mi billete y me indica la parte trasera. El que debe ser su compañero me precede, abre el maletero y allí dejo mi equipaje. Quedan unos minutos para salir y espero, miro el bullicio, más relajado detecto que hay más voces, más destinos que están siendo anunciados de esta manera.

No se llega a completar ni medio autobús, me coloco en la parte de atrás junto a una ventanilla, así puedo ver el paisaje una vez nos ponemos en camino. Puntualidad, a las 13:15 el conductor da portazo, se sienta en su sitio, da marcha atrás y comenzamos viaje.

Bus

La zona urbana que atravesamos no es muy grande y no hay demasiado tráfico, además de tener dos carriles por cada sentido. Para mi sorpresa, dejamos a un lado un edificio circular que parece abandonado desde hace tiempo, ¿es posible que fuera una plaza de toros? Anotado queda en mi cabeza, tengo que leer más estos días sobre el antiguo protectorado español de Marruecos (1912-1956) y el pasado de Tánger como puerto franco internacional, lo mismo descubro que sí, que aquí hubo una plaza de toros.

PlazaToros

En un par de glorietas frenazos en seco, se abre la puerta y sube algún nuevo viajero. Supongo dejada atrás la ciudad cuando pasamos bajo unos grandes pilares y unas señales que indican el desvío hacia la autopista Tanger Puerto – Casablanca. Entonces sucede como antes desde el aire, llama la atención lo verde y ondulado del paisaje que contemplo a través del cristal.

Monte

De vez en cuando algún desvío en la carretera N2 hacia poblaciones que se ven más allá y junto a ella puestos ambulantes que a la rápida velocidad que pasamos he llegado a adivinar son algunos de cebollas y otras auténticas carnicerías con sus piezas colgadas a pie del asfalto.

Cebollas

A mitad de camino la carretera inicia una subida serpentuosa  y llegado a una cima comienza el cambio. Entramos por el oeste en la cadena montañosa del Rif, en la bajada surgen los árboles, un bosque frondoso de pinos a mi derecha y a la izquierda veo que se abre un gran valle enmarcado más allá por una gran muralla de piedra. Hemos dejado atrás la influencia atlántica, aquí reina el clima mediterráneo.

En breve surge una mancha blanca que se extiende a lo largo de una gran colina, son las casas encaladas de Tetuán. La N2 bordea la ciudad por su lado sur hasta que el autobús se desvía y paramos. Hemos llegado, estamos en la estación de autobuses tetuaní. Los porteadores esperan junto al bus esperando que algunos de los viajeros les reclamemos sus servicios. Salgo con mi maleta pequeña y me dirijo a la parada de taxis. Indico que quiero ir al hotel El Reducto, pero a los dos que pregunto me indican que ellos van a otras zonas. Son colectivos, suben a gente con direcciones comunes y parece que yo quiero ir a donde nadie más va, a apenas un par de kilómetros y en sentido centro ciudad.

Así que manos a la obra me pongo a andar. Subo cuesta, y aquí se agradece ponerse la chaqueta, sopla un aire más bien fresco. Subo, subo y subo. Miro mi mapa varias veces y veo que voy en buen camino. Tengo que llegar a la muralla, a la entrada principal de la medina junto al Palacio Real.

En una de esas comprobaciones de mapas oigo un “¿A dónde vas?” Me está pasando lo que la guía advierte, se te acercarán guías voluntarios que no aceptarán un no por respuesta, irán de altruistas y luego te pedirán que les pagues.  Le digo que ya sé yo cómo ir, pero deben ser las únicas palabras en español que no quiere entender, su vocabulario sobre barrios de Madrid y equipos de la liga de fútbol es de lo más completo.  Eso sí, debo reconocer que una vez aceptada la situación, me dejé llevar por él y llegados a la zona comercial con una cada vez mayor afluencia de viandantes su asistencia fue muy útil. Probablemente sin ella hubiera tardado en encontrar el pasadizo que junto a la Plaza Hassan II te lleva al hotel “El Reducto”.

Me dejó en la misma entrada, un pequeño recibidor alicatado con azulejos que forman una decoración de motivos geométricos y al frente una puerta de madera con cristales de colores. Paso y veo un pequeño comedor que resulta de lo más acogedor y a mi izquierda una recepción.

–          Hola, buenas tardes, tenía una reserva a nombre de…

Ya lo puedo decir, ya estoy asentado en Tetuán.