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“Mi padre se fue con un señor de Zaragoza” de Rubén Guallar

Un paseo conducido con una prosa tranquila por Barcelona y la capital aragonesa en las vísperas del festival de Eurovisión de 1984. Una historia sensible, con un punto naif, sobre un niño que ha de hacer frente a la crueldad del mundo exterior desde la comprensión de un hogar que se tambalea por la marcha repentina del cabeza de familia.

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Cuando se tienen ocho años apenas existen los matices a la hora de actuar, lo que es, es, lo que gusta, gusta, y lo que no, es que no. Se tiene una idea de lo que está bien y de lo que está mal, pero la mente está limpia, lejos de realizar juicio moral alguno. La espontaneidad, la naturalidad y la sinceridad con uno mismo son la nota dominante. De ahí que no haya de sorprendernos que Fermín admita con honestidad, verbalice sin pudor alguno y actúe dentro de su casa en consonancia –y con la conformidad de su madre y de su abuela- con su deseo de verse vestido como Blancanieves. La cuestión es muy diferente para los adultos, cuando el qué dirán y la presión social ganan la batalla interior a los deseos más íntimos. Ese opuesto es Roberto, el padre de nuestro protagonista, quien durante un tiempo sobrellevó su matrimonio y su paternidad con escarceos con otros hombres que ocultaban sus impulsos sexuales como él. Hasta que lo inevitable le pudo y marchó tras el señor de Zaragoza del título al creer ver en él la luz de la verdad y el equilibrio personal.

Sin embargo, a pesar de la diferencia de edad y de la distancia geográfica, ambos personajes parecen vivir de manera conectada los desengaños y la crueldad que acampan en muchas ocasiones en las relaciones humanas. De niños es el bullying en el colegio, de adultos el maltrato emocional en el ámbito de la pareja. En ambos casos, Rubén Guallar nos transmite de manera cercana y con un lenguaje sencillo -con las palabras justas, tanto en términos de cantidad como de claro significado- las sensaciones que acompañan al sentirse despreciado cuando se está en público, invisible cuando se está a solas. Es en esos momentos cuando las personalidades creadas por el autor del atrevido poemario que fue Todos los putos días de mi vida, se muestran tal y como son en su más pura esencia, seres nacidos para crecer y vivir amando y siendo amados.

Pero no todo depende del tú a tú que surge con la convivencia vecinal y los lazos biológicos y afectivos. Guallar da un paso más y nos enseña también ese otro plano social resultado de una historia y de un pasado anterior a nosotros que marca el desarrollo de nuestras biografías. En la España de 1984 los ecos de una educación de modos castrenses y el filtro católico con el que se observaban las relaciones conyugales eran la norma. Tiempos en los que las escasas opciones para el entretenimiento televisivo se limitaban a dos canales que hacían que cualquier evento retransmitido por ellas se convirtiera en todo un acontecimiento social. Así sucedía con el Festival de Eurovisión, uno de los hilos argumentales de esta novela corta, en un año en el que España concursó con una canción tan pegadiza como la Lady, lady de los Bravo.

Una imposibilidad de elección que era también de actuación ante muchas injusticias. El retrato de una época que es Mi padre se fue con un señor de Zaragoza va más allá del costumbrismo de imágenes edulcoradas. Guallar no se deja llevar por la pátina borrosa de los recuerdos y testimonia también la situación de absoluta soledad en la que se había de combatir contra determinado tipo de abusos. Una lucha sorda, oscura y silenciosa, en la que solo se podía plantar cara si primero se era capaz de vencer a un enemigo aún más grande como es el miedo.

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Cristina Medina lo da todo “A grito pelao”

Sin necesidad de un gran texto, ella sola se come el escenario y pone a la audiencia –lleno absoluto- del Teatro Lara  a sus pies haciéndole reír, divertirse y participar, totalmente entregada a este torbellino de mujer combinación de actriz, cantante y show woman.

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Durante hora y media Cristina es narradora, comediante, monologuista, entertainer,…, con el apoyo de una banda en directo que tiene en su dress code tan poca vergüenza como ella pelos en la lengua y que le da a este espectáculo fiesta y ritmo. Cuatro personas sobre el escenario, unos mínimos cambios de vestuario, un par de personajes disfrazados y unos aires de magia, estos son los ingredientes con que cuenta “A grito pelao” y que da como resultado un público que se ríe, llegando hasta la carcajada.

Comienza la función con una Blancanieves con un chorro de voz rockero que provoca un primer shock energético entre la platea. Una vez el público ha quedado atrapado, sigue un juego interactivo, la vestida de Disney baja al patio de butacas y selecciona a una víctima entre los sentados en primera fila al que hará coprotagonista de su siguiente sketch. No será la única vez, en la mejor tradición del humor liante habrá ocasiones posteriores en que serán varios los que se verán involucrados en distintos números en que partiendo de un guión establecido, ella improvisa caricaturizando las claves más visuales de aquellos que aparezcan en su campo de visión. Las gafas que usas, lo que guardas en el bolso, lo que denota tu musculatura o la persona que tienes sentada a tu lado, de todo es capaz de sacar punta, chiste y diversión.

Con su banda “Los gusanitos de Teruel” dándolo todo, Cristina adquiere aires de cabaretera rebosante de energía. Cuando los músicos callan, ella se torna en una monologuista. Estos son los momentos valle de “A grito pelao”, aquellos en que el texto es recurrente y fácil. Afortunadamente no son largos y con fuerza, garra, desvergüenza y con un carácter de aupa, a la manera en que Lola Flores lo dominaba todo en cuanto abría la boca, pegaba un taconazo o levantaba un dedo, la Medina se convierte en un huracán que pone patas arriba a toda la platea. Y lo hace en un 2 x 1, no quedando claro cuál va antes y cuál después, si es una cantante que actúa o si es una actriz que interpreta cantando.

Será porque es también la autora del texto, será porque es un animal escénico o por las ganas e ilusión que transmite, esta actriz gaditana arrasa. No hay un segundo, un gesto, un movimiento, una palabra de Cristina en esta función en que no se vea a una profesional dotada para el espectáculo en directo, ese en que hay que conectar con el público de manera directa sin las ayudas y los comodines que tienen otro formatos interpretativos como el cine o la televisión. Aunque viendo como lo hace Cristina en “La que se avecina”, solo queda desear que le llegue una oferta que la traslade hasta la gran pantalla y que desde allí nos siga conquistando.

“A grito pelao”, el martes 28 en el Teatro Lara.