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“Los dos papas”

Los entresijos del Vaticano incitan siempre al morbo y a la fantasía. De ahí que esta película parta de la premisa no explicitada de dar respuesta a cómo se gobierna uno de los estados más pequeños, poderosos y menos transparentes del mundo. Una interrogante que queda sin resolver al ocultar su relato en el superficial y evasivo retrato humano de sus dos protagonistas.

Y está bien que así sea, conocer a los hombres, las mentes y el pensamiento de quienes se dieron el relevo al mando de la Iglesia católica apostólica romana en 2013. Los dos papas menciona los conflictos administrativos, burocráticos y judiciales (gestión de las finanzas vaticanas, conocimiento de abusos sexuales…) en que se vio envuelta la gestión de Benedicto XVI, pero no entra a exponer lo que los permitió, el alcance del daño ocasionado ni las medidas que supuestamente se pusieron en marcha para enmendarlo (quizás porque no hizo nada al respecto).

Otro tanto sucede con las cuestiones de fe y de interpretación del mensaje de Cristo, quedándose en la superficie de la retórica de dos posiciones aparentemente enfrentadas. Frente a la postura conservadora del cardenal Ratzinger, la aparentemente más abierta y humana del argentino Borgoglio. Una dialéctica bien planteada y que podría haber dado mucho juego, pero en la que no profundiza y que más bien parece tener como fin promocionar al actual Papa y humanizar a quien fuera tildado de frío, insensible y alejado de la realidad.

Los dos papas podría haber sido una película de guión, pero se enreda en los flashbacks argentinos y renuncia en su presente al poder de la palabra, trasladando todo su peso al genio interpretativo de Jonathan Pryce y Anthony Hopkins. Un vacío que Fernando Meirelles intenta cubrir con un gran despliegue de recursos técnicos bien manejados (la reproducción de la Capilla Sixtina, el ritmo del montaje de los cónclaves), pero que transmiten más saber hacer que saber contar como demostró en anteriores títulos como Ciudad de Dios o El jardinero fiel.

“Que Dios nos perdone”

Madrid es la ciudad en la que entre el sofoco veraniego, las hordas de turistas y un país hastiado por la crisis, un asesino está haciendo de las suyas sirviéndose en buena medida de la falta de medios policiales. Con una estética árida, un guión preciso y unos protagonistas muy sobrios, pero certeramente interpretados por Antonio de la Torre y Roberto Álamo, esta película es una buena muestra del potencial que tiene el cine de nuestro país.

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En las primeras secuencias se nos presenta a los dos protagonistas, ambos en el mismo local, pero cada uno a lo suyo. Uno chulo, prepotente y soberbio, fardando ante dos compañeros; el otro callado, solitario y, por voluntad propia, en segundo plano, entre escuchando y ensimismado. A continuación visitan el escenario del crimen de una mujer mayor. Lo que parece ser cumplir sin más el procedimiento policial, se convierte gracias a la capacidad analítica y el ojo avizor para los detalles que aúnan entre los dos, en el inicio de una investigación para dar con el asesino.

Dos agentes con unas vidas que se sostienen a golpe de rutina y monotonía tanto en lo laboral como en lo personal, tragando, más que aceptando, la losa invisible que son la falta de medios policiales y la incomunicación con que se desenvuelven en sus hogares. Cuestiones que no necesitan de grandes momentos para hacérsenos evidentes, Rodrigo Sorogoyen nos las muestra como son, sigilosas y silentes: casas sin decoración, cenas de dos que apenas se dirigen la palabra, mesas con montañas de expedientes sin archivar, coches patrulla sin aire acondicionado,…, esa parte de España ignorada por los medios de comunicación y que en agosto de 2011 solo prestaban atención al espectáculo de masas que supuso en aquellos días la visita del Papa Benedicto XVI.

Así es como un asesino puede hacer de las suyas libremente y estos dos policías no tienen otro recurso más que su empeño para hacerle frente. Una decisión y auto convencimiento por conseguir lo propuesto que es tan convincente como el soberbio trabajo de Antonio de la Torre y Roberto Álamo. Dos interpretaciones sólidas, arrebatadoramente asertivas, sin fisura alguna, parcas en palabras pero llenas de un lenguaje no verbal que resulta, paradójicamente, de lo más expresivo. La brutal rotundidad de Álamo desborda la pantalla, mientras que de la Torre le da una contención igual de inquietante, una doble tensión que se une a la de saber que no saber quién es el criminal ni cómo llegar a él cuando se tiene la certeza de que actuará impunemente en cualquier momento.

En esa línea de impaciencia e intriga con un mar de fondo de desidia y abandono en el que se sienten tanto los servidores de lo público como los que son simples ciudadanos –fantástico elenco de secundarios encargados de ponerles caras, cuerpo, fuerza y alma- da como resultado una muy lograda atmósfera que resulta mucho más familiar y cercana de lo que podríamos esperar. Una sensación de que lo que nos han contado es algo más que una ficción, que tras esta historia hay una pátina de verdad que se pega a la piel para confundirse con la realidad al salir a la calle tras el fin de la proyección.