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Las “Tribus” de las que formamos parte

Cada casa sus normas y cada familia sus reglas. Pequeños universos en los que las individualidades de padres e hijos están tan relegadas como resultan ser protagonistas por sus particularidades. Un texto que da voz a cada uno de ellos y, al tiempo, les aúna en algo común e interrelacionado. Seis actores fantásticos y una dirección certera que da fluidez, ritmo e intensidad a una historia que busca y se pregunta los motivos de nuestros límites y afectos.

Un padre y una madre que pasados los sesenta pensaban estarían ya viviendo solos, pero no, el hijo mayor ha vuelto a casa tras romper por enésima vez con su última novia, su hija no termina de encontrar su sitio en lo laboral y el pequeño aún no ha dado con las coordenadas en las que su sordera le permitan independizarse. Así que entre la verborrea que les asemeja y su capacidad compartida de criticar hasta la extenuación lo que los demás hacen, dicen, piensan y sienten, su convivencia es una extraña mezcla de camarote de los hermanos Marx, frente de guerra y sesión de terapia colectiva sin coordinador aparente al frente.

Pero a pesar de las voces, el exceso de palabras malsonantes y la sobre gestualidad, esta familia transmite autenticidad, su verosimilitud está por encima de la suspensión de la realidad que conlleva su ficción. Tribus no son solo situaciones concebidas para entretenernos, engancharnos o epatarnos, el texto de Nina Raine (con divertidos localismos en la adaptación de Jorge Muriel) tiene como fin dilucidar cuántas capas -de sueños e ilusiones, pero también de deberes y responsabilidades- conforman cuanto vemos y escuchamos.

Y sí, la discapacidad auditiva forma parte de todo ello. Pero no como elemento nuclearmente melodramático, sino como termómetro que revela con humor y sarcasmo, también con dolor e incertidumbre, cuánto estamos dispuestos a aprender y esforzarnos, así como a corregirnos continuamente, para entendernos, valorarnos y apoyarnos, no solo en un momento concreto o unas circunstancias determinadas, sino a lo largo de toda la vida.

Un maremágnum al que Julián Fuentes da forma sobre el escenario con extraordinaria solvencia. Manteniendo siempre el equilibrio, el diálogo y la relación -complementaria unas veces, de connivencia y hasta de conflicto, otras- entre lo individual y lo grupal, lo convencional y lo diferente, el lenguaje verbal y el de signos. No hay un segundo de quietud sobre el escenario, lo que llega a ser excesivo por su duración o casi extenuante por su falta de silencios, pero tampoco atropellos ni incoherencias que desvirtúen o nos distraigan de lo expuesto.

Todo queda perfectamente mostrado gracias a lo bien concebidos que están elementos como el espacio sonoro (las piezas instrumentales, las óperas y la atmósfera de ruido que envuelven opresivamente a los que ya no oyen, pero aún no han perdido plenamente este sentido), la iluminación (dando niveles y profundidad a una sencilla, pero muy eficaz escenografía) o la videoescena (relevando la ironía de determinados comportamientos y actitudes). Y sobre todo esto, un elenco que más que coordinarse y conjuntarse, se coreografía, en el que van todos a una dejándonos claro que sobre un escenario hay muchos menos límites e incapacidades de los que nos creemos. Ahora solo falta que en el patio de butacas de la realidad nos propongamos lo mismo.

Tribus, en el Teatro Valle-Inclán (Centro Dramático Nacional, Madrid).