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“Reparar a los vivos”

Para que alguien que necesita un corazón lo reciba hace falta que previamente fallezca quien se lo vaya a donar. Ambas situaciones conllevan un drama familiar de difícil enunciación cuya realidad solo conocen los equipos médicos involucrados. Esa energía que se mueve entre unos y otros en unas circunstancias tan difíciles, únicas y rápidas en el tiempo es lo que sabe elaborar y transmitir con suma precisión esta cinta. Mucha sensibilidad y delicadeza en una narración salpicada de momentos de gran lirismo.

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Los primeros minutos son todo ritmo, un joven apuesto de melena rubia deja a su chica durmiendo y él se desplaza por la noche de una ciudad francesa combinando bici y monopatín hasta subirse a un coche en el que junto a dos amigos se desplaza hasta una playa en la que se enfunda en un traje de neopreno y y se lanza al mar a surfear. En ese momento la historia que estaba comenzando a ser proyectada se transforma en una inmersión sensorial que va más allá de la experiencia subacuática de sus protagonistas. Es el primer gancho que Reparar a los vivos lanza al espectador para que este se sienta dentro del torrente emocional que está a punto de comenzar.

A partir de este momento la película deja de verse con los ojos y pasa a ser seguida con los latidos del corazón que se acompasan a la cadencia con que se desarrollan y suceden los acontecimientos. En primer lugar en el hospital en el que asistimos a una serie de secuencias magistrales en las que se combina a la perfección el proceso de estabilización médica con el aviso a la familia, la certificación del diagnóstico con el shock al recibir la crudeza de la información y el momento que confirma que no hay marcha atrás con la propuesta de proceder a la donación de los órganos. La tensión de la situación, la angustia emocional que desprenden los protagonistas –Emmanuelle Seigner llena la pantalla con su madurez actual igual que lo hacía con su belleza hace dos décadas- y la dureza de aceptar que lo que está ocurriendo solo tiene como opción aceptar su final no permiten un segundo de descanso.

Fuera del hospital la realidad es diferente, es calmada y reposada, como la de la resignación de Claire –Anne Dorval enamora a la cámara igual que lo hacía en la Mommy de Xavier Dolan- al asumir que su corazón está en su recta final. La intensidad de la anterior trama torna aquí en un melodrama más convencional, y por ello menos sorprendente, en el que se intuye una carrera profesional truncada, la renuncia a una historia de amor y una maternidad que después de dos décadas de ejercicio sigue siendo para ella la máxima prioridad personal.

Tanto en una historia como en otra, Katell Quillévéré va un paso más allá, se sumerge en la oscuridad emocional de sus tramas, evitando la manipulación sensible y los convencionalismos médicos para hacer que su película resulte veraz y creíble. En su primera parte recuerda vagamente al pasaje hospitalario de la Manuela de Almodovar en Todo sobre mi madre. En la segunda, los personajes tienen tras de sí mucho más de lo que muestran y bien podrían haber sido concebidos por Paul Verhoeven, aunque a buen seguro él los hubiera llevado por otros derroteros.

La crueldad del amor, “Mommy” de Xavier Dolan

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Las relaciones materno filiales son atemporales y universales, todo ser humano tiene una madre que le dio la vida, una circunstancia que no es solo un vínculo con otra persona, sino también una realidad que forma parte de su propio ser y de su identidad a lo largo de toda su vida. Un hecho, para bien o para mal, tan invisible como inevitable.

Esa es la realidad que cuenta la “Mommy” de Xavier Dolan en una película que demuestra que el cine no es solo una industria automatizada de productos seriados, sino también un arte de creaciones únicas, cuidando con meticulosidad en su elaboración cada uno de los elementos que la forman. En el inicio, un sólido guión de aparente sencillez en torno al cual se acoplan como perfectas piezas de un puzzle cinematográfico para formar la que es en verdad una compleja historia.

Porque no se nos hace espectadores de una ficción, sino que nos inocula dentro de ella. Nos introduce en la piel de esa madre sola en la vida que a pesar de sus limitaciones económicas, educativas y laborales es devoción y espíritu de lucha por su hijo. Él no es solo un joven violento, irracional y potencialmente peligroso, sino que es también un chaval vulnerable y comprometido incondicionalmente con su madre. Pero si algo está claro entre ellos dos, entre madre e hijo, entre adulta y adolescente, es que lo que les une es amor con mayúsculas. Sin lógica, irracional quizás, pero auténtico, con mayúsculas.

Y es así a pesar de los contratiempos, los impedimentos y las incomprensiones sobre el comportamiento del otro o el de uno mismo. Ahí es donde esta cinta es profundamente veraz, no edulcora ni amarga, no adorna ni desnuda, y su relato muestra aquello con lo que convive el amor, la crueldad. La que supone para una madre no saber cómo hacer con un hijo que va en contra del canon de un proyecto de vida tanto personal como familiar. Como  también es cruel la lucha de él frente a sus tesituras negándose a culpar a sus procreadores de la carga genética y ambiental que le hace comportarse como alguien que él no es.

“Mommy” es contada desde esa dicotomía, desde el corazón de esos dos personajes tan reales que parecen salirse de la pantalla y hacerse de carne y hueso. Las geniales interpretaciones de Anne Dorval y Antoine-Olivier Pilon complementan un guión en el que no todo es verbo, sino que hay mucho de lenguaje corporal, de gestos, miradas y distancias físicas que resultan tan o más elocuentes que la más precisa de las palabras, contando tanto o más que ellas, como ocurre con el personaje de la vecina haciendo de la historia de dos un triángulo afectiva y humanamente equilatero.

Además de demostrar ser un gran director de actores, Dolan maneja con perfecta sincronía todos los medios técnicos. Las canciones que integra casi a modo de videoclip en su relato dan nuevas dimensiones al momento emocional que acompañan. En su uso de la fotografía, los encuadres, los movimientos de cámara o la mayor o menor definición del fotograma según el contenido de la secuencia, hacen de la imagen un recurso manejado con inteligencia para profundizar en la conexión íntima entre personajes y entre relato y espectadores.

La de Dolan es una manera muy particular y delicada de contar historias, a caballo entre narrar fábulas y lo que podría ser exponer heridas con el ánimo de que hacerlas visibles las haga sanar. Al igual que el amor puede convivir con la crueldad, allí donde hay dolor, también hay lugar para la esperanza.

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