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El amor, la belleza y la maestría de “Cyrano de Bergerac” de Edmond Rostand

El amor romántico, la belleza interior y un héroe quijotesco son los tres pilares de esta dramaturgia en verso que produce hilaridad y asombro continuo y sin par por las cómicas e ingeniosas respuestas de su protagonista. Un texto que juega con la pompa y boato de mediados del s. XVII francés en que está ambientado, pero con la fluidez narrativa y la hondura en el retrato de sus personajes propia de la literatura de finales del XIX en que fue escrito.  

Como lector, Cyrano me ha parecido maravilloso, divertido, ocurrente, inteligente, una obra maestra. No es lo mío la producción teatral, pero supongo que desde ese punto de vista, sus múltiples, profusas y detalladas propuestas escenográficas (un teatro, un frente de guerra, un convento, una tienda de comestibles, un jardín y una casa con balcón,…), llenas de personajes secundarios manejando toda clase de atrezo (comidas, medios de transporte,…) y vistiendo de manera acorde a sus papeles (soldados, marqueses, burgueses, monjes y monjas,…) debe ser consideradas una locura, algo imposible, poco menos que un suicidio económico.

Imagino que Edmond Rostand pensaba tan a lo grande mientras escribía esta obra que quiso dar a su protagonista cuanto requiriera para hacerle brillar. La realidad es que el nivel literario que alcanzó es tan excelente que hace que las indicaciones técnicas se entiendan más como una prolongación del alto nivel de su historia que como un soporte de la misma, ya que en ningún momento le hacen sombra a la arrogancia y la sensibilidad de Cyrano, los dos elementos en torno a los cuales giran cuanto acontece. Dos pilares que dicen también mucho sobre su personalidad y su comportamiento. Altivo, sarcástico y retador cuando está en ambientes públicos, fundamentalmente entre hombres. Cercano, empático y atento en todo lo que tiene que ver con el único capítulo de su intimidad, Roxana, su prima y la mujer de la que está enamorado.

De igual manera que Cyrano le cede sus palabras a Christian para que este consolide la atracción recíproca que siente por Roxana, Rostand pone a su disposición una retórica en verso que no solo es siempre recurrente y divertida, sino también vivaz y fluida, que encandila, gusta y asombra tanto por la formalidad de su métrica y sus rimas como por lo que dice y sugiere. En ningún momento presenta fisura alguna e hila los cambios de ritmo y atmósfera haciendo crecer la intensidad y alcance de su relato. Algo en lo que supongo tiene mucho que ver la traducción del francés al castellano de Jayme y Laura Campmany de la edición que he tenido entre mis manos (Espasa Calpe, Colección Austral, 2000).

La bravuconería, testosterona y alarde de violencia con que se rigen los ambientes masculinos contrastan con la admiración por la belleza, la multitud de las emociones y la búsqueda estética cuando se trata de acercarse y ganarse el afecto de aquella por la que ambos hombres se sienten atraídos. Dos mundos enfrentados entre los que hace puente –casi de manera real- la nariz de Cyrano, poniendo sobre la mesa la cuestión de la apariencia física y el papel que esta puede determinar a la hora de relacionarse tanto para los agraciados con el don de una buena prestancia, como para los que se encuentran en sus antípodas. Un plano en el conviven sin un orden determinado la belleza interior con la fealdad exterior, el eufemismo de las apariencias, los cánones físicos y una sinceridad pocas veces verbalizada.

No tengo claro si esto hace de Cyrano de Bergerac una obra atemporal, pero lo que está claro es que a pesar de los casi cuatro siglos de vida que aparenta (cuatro de sus actos se sitúan en 1640 y el último en 1655) y de los 120 años reales que tiene (su estreno fue el 27 de diciembre de 1897) su lectura resulta tan fresca y estimulante como seductora y apasionante.

Cyrano de Bergerac, Edmond Rostand, 1897, Ediciones Austral.

“La mujer singular y la ciudad”, Vivian Gornick frente a sí misma

El ritmo, los sonidos y las luces de Nueva York como escenario de fondo. Las personas que van y vienen, las que nos abandonan y a las que dejamos a un lado a lo largo de nuestra biografía. Una prosa tranquila que refleja el balance, la toma de conciencia y la aceptación de lo vivido a través de una completa síntesis de anécdotas, experiencias y aprendizajes.

Tras repasar en Apegos feroces (1987 en EE.UU., 2017 en España) su historia personal tomando como hilo conductor la relación con su madre, Vivian Gornick se situó más de dos décadas después frente al espejo de la conciencia y la escritura para valorar en quién se había convertido tras casi 80 años de vida. Las etapas por las que había pasado, en qué había cambiado y en qué seguía siendo igual. También en qué medida eso había afectado al concepto que tenía de sí misma, a su manera de relacionarse y a lo que pretendía de los demás, tanto de los que formaban parte de su círculo más personal, como de esa abstracción que es la sociedad a la que estamos adscritos por coyunturas culturales, económicas, políticas…

Un ejercicio de sinceridad y de auto conocimiento a partir de la imagen que le devuelven de sí misma los más cercanos (especialmente su amigo Leonard), del ejercicio de verse en tercera persona actuando socialmente y observando a los demás cuando es invitada a encuentros formales de distinta clase y condición. Pero, sobre todo, dándose cuenta de cómo ha cambiado su postura y su punto de vista ante cuestiones que antes sentía e interpretaba de manera muy diferente.

Indagando en qué se sustentaba su búsqueda en la sombra, y qué pretendía con su argumentación en público, sobre el amor romántico, y los objetivos más allá de lo político que pretendió alcanzar con su militancia feminista. Pero, sobre todo, su difícil relación primero, apática después y satisfactoria finalmente, con la soledad. Asuntos de gran calado existencial que, sin embargo, no constituyen un hilo narrativo convencional, sino que están transversal y continuamente presentes en los diálogos y atmósferas de los episodios biográficos recordados, así como en el contenido de las reseñas que realiza de distintos escritores (Edith Wharton, Henry James, Edmund Gosse, Mary B. Miller…).   

Gornick maneja el lenguaje con gran eficacia, no dejando duda alguna ni sobre lo que muestra ni sobre lo que pretende. No se esconde tras un uso estético de las palabras o una retórica elaborada, se sirve de ellas como herramientas que la sitúen donde quiere estar, en un punto de comunicación fluida entre su transparencia interior y su contacto sin barreras ni prejuicios con el exterior.

Lo erudito en ella es su capacidad para dar respuesta a quiénes y cómo somos encontrando las conexiones entre los momentos aparentemente intrascendentes y las situaciones que quedan grabadas a fuego. La lucidez con que acepta que lo pasado respondía a unos criterios que ya no siente como propios o practica de la misma manera, así como la asunción de que la versatilidad y flexibilidad alcanzada con la madurez no es un privilegio, sino algo conseguido a base de esfuerzo y lucha en demasiadas ocasiones contra la propia incomprensión.

La mujer singular y la ciudad, Vivian Gornick, 2015 (2018 en España), Sexto Piso Editorial.